No tenemos tantos premios Nobel en España como para poder permitirnos despreciar a ninguno. Puede que la obra del primero de todos, don José Echegaray -del que tanto se burlaron los modernistas- nos quede definitivamente lejos, anclada en un romanticismo tardío y declamatorio que vuelve imposible su rescate.
La muerte de Noelia no repugna a la fe sino a la razón. A la razón humana y a la razón de Estado, dispositivo que se inventó para proteger la vida de sus ciudadanos, no para facilitar su muerte. Una chica de 25 años no debería desear una muerte digna sino una vida digna. Una muerte puede ser indolora o atroz, pero la dignidad no es un atributo de la muerte sino de la vida. Cuando decimos que un héroe murió dignamente, en realidad queremos decir que coronó su vida con un último aliento de gloria: lo demás es silencio, y del silencio nada se puede predicar. Por eso no deberíamos estar preguntándonos si Noelia ha accedido a la muerte digna que ansiaba sino si se le procuró la vida digna que merecía. Una vida digna de continuar, de iluminar todavía la noche oscura de su alma, de renacer como lo hizo la consciencia de los 54 solicitantes de eutanasia que revocaron su decisión en 2024, según el Ministerio de Sanidad.
El orador despacha su discurso con el automatismo municipal que da la costumbre. Sus frases se concatenan sin esfuerzo ni pasión, parecen brotar del mecanismo oculto que tracciona las escaleras del metro de Madrid cuando no se estropean. Él adquirió esa mecánica destreza cantándole temas al preparador de abogados del Estado. Es una retórica monótona, quizá demasiado fría en estos tiempos de emotivismo a flor de red, pero a cambio imprime a sus intervenciones cierta solidez industrial, una fluidez sintáctica que contrasta con los balbuceos sincopados que cualquier cronista parlamentario debe tolerar cada semana.
Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere «misiles a hospitales» (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
Desde el confort de un Madrid tibio y libre que ya estira los dedos para tocar la primavera da cierto rubor pronunciarse sobre la muerte de Ali Jamenei: ni que optáramos a un goya. Quien sí optaba a uno era el director de cine iraní Jafar Panahi, encarcelado dos veces por los ayatolás y detenido muchas más por significarse políticamente. Ciertamente, en virtud de algún arcano antropológico que no guarda particular relación con la inteligencia o la cultura, las gentes del cine propenden a la injerencia política de cacharrería en mayor medida que los escultores efímeros o los críticos gastronómicos; pero hay una sutil diferencia entre criticar al poder para solidarizarse con la oposición, como hace Panahi, y criticar a la oposición para solidarizarse con el presidente, cómodamente instalado junto a su imputada esposa en el patio de butacas para constatar el satisfactorio grado de penetración de su propaganda en el solícito sector del cine plurinacional del Estado español.
El relato literario, para serlo, debe declararle la guerra al relato político. La literatura contribuyó a acelerar el fin de la era victoriana cuando se puso a denunciar su monumental hipocresía, la elaborada patraña que la civilización británica se contaba a sí misma. Señalar al monstruo moral que podía ocultarse tras las maneras impecables del gentleman: ese fue el propósito narrativo que guio entre otros a Robert Louis Stevenson y a Oscar Wilde.
La vi el domingo saliendo de la T4 por la puerta de los taxis como una montaña de trapo. Empujaba un portamaletas atestado mientras con la otra mano trataba de manejar el carrito capotado de su bebé. Su marido andaba distraído a unos metros de distancia, cómodamente vestido como cualquier hombre occidental del siglo XXI, mientras ella descifraba apenas el mundo a través del rectángulo visual de su niqab marrón. No es una imagen infrecuente en los aeropuertos de Europa, pero resulta imposible acostumbrarse a ella a poco que se haya desarrollado una mínima capacidad para ponerse en la piel del otro, de la otra, dentro de esa celosía textil autoportante que vela cada uno de sus pasos públicos.
Nos quejamos de Rufián, pero la gran esperanza del antitrumpismo es Alexandra Ocasio-Cortez. Topo con este narcótico titular: «AOC 2028: ¿puede Ocasio-Cortez salvar a la izquierda?». El arranque de la pieza compendia todo lo que está mal en la izquierda, en el periodismo y en la Vía Láctea: «Alexandria Ocasio-Cortez, AOC para el mundo, no necesita presentación. A sus 35 años y con casi 9 millones de seguidores en Instagram, es un icono de la resistencia progresista». Se suponía que ya no presentábamos a nadie diciendo que no necesita presentación; se suponía que el número de seguidores no avala el genuino liderazgo (a menos que queramos confiar el futuro de nuestras naciones a gurús de las criptos y estrellas del porno); y se suponía que resistir al trumpismo es incompatible con cebar el negocio de sus tecnooligarcas. Pero lo malo no es ser un icono de la resistencia progresista: lo malo es convertirse en un icono de la resistencia a la alfabetización.