Hay que reconocer que Borja Sémper ha vuelto más guapo de la muerte. Hace diez meses recibió la tétrica embajada de la vieja dama y palideció como cualquiera. Hay un diagnóstico que suena como una detonación y luego propone un calvario con incierto cálculo de vida. Si «es benigno» son las dos palabras más bonitas del inglés según Woody Allen, nosotros creíamos que las tres peores del castellano eran estas otras: «cáncer de páncreas».
A vueltas con el aquelarre latinoché de Pedro en Barcelona, la politología más atenta ya ha señalado el enésimo volantazo de nuestro Socialista Internacional, que ya es todo lo que queda de la Internacional Socialista. Un presidente sobrado de imputados y falto de presupuestos que viaja por el mundo predicando la paz para no asumir las consecuencias domésticas del guerracivilismo que él exhumó y que lo inhumará en un año. Poco nos parecen los 200 pavos en maquillaje que gasta nuestro superhéroe -yo sospecho que es de los que se maquillan también para estar por casa-, teniendo en cuenta los estragos venideros de la agenda judicial y del calendario electoral.
El PP tiene razones para el optimismo: su marca húngara ha infligido una derrota humillante al mentor ideológico (y mecenas crediticio) de Vox, y en Andalucía las encuestas contemplan ya la reedición de la absoluta de Juanma Moreno. La estridencia ideológica agota, la economía vuelve a importar y en la calle Rajoy se hace bastantes más selfis que Zapatero, que necesita escaparse escoltado al monte de El Pardo cuando quiere estirar las piernas o hacer negocios, no necesariamente por ese orden.
El orador despacha su discurso con el automatismo municipal que da la costumbre. Sus frases se concatenan sin esfuerzo ni pasión, parecen brotar del mecanismo oculto que tracciona las escaleras del metro de Madrid cuando no se estropean. Él adquirió esa mecánica destreza cantándole temas al preparador de abogados del Estado. Es una retórica monótona, quizá demasiado fría en estos tiempos de emotivismo a flor de red, pero a cambio imprime a sus intervenciones cierta solidez industrial, una fluidez sintáctica que contrasta con los balbuceos sincopados que cualquier cronista parlamentario debe tolerar cada semana.
La noticia no es que el PP lleve gobernando Castilla y León el mismo tiempo que pasó Moisés guiando al pueblo elegido. La noticia es que ese pueblo no solo no expresa voluntad alguna de cambio sino que acaba de redoblar su confianza en el partido que allí fue refundado. Cuando Aznar llegó a la presidencia de la Junta no solo no había nacido Lamine Yamal: es que acababa de nacer su padre.
Un día las elecciones de Castilla y León de 2026 serán recordadas con lágrimas de añoranza por todos los amantes de la vieja política. Es decir, por todos esos ciudadanos que aborrecen el mesianismo, que no necesitan posicionarse cada cinco minutos en el lado correcto de la historia, que experimentan un vívido bochorno ante la espontaneidad milimetrada del político que se graba jugando con su perrita y que jamás han depositado en sus representantes otra expectativa que la de ser capaces de cuadrar un presupuesto, mantener los servicios públicos, garantizar el orden en la calle y a ser posible no meter la mano en la caja.
Cuando caiga merecidamente este Gobierno, antes por ridículo propio que por odio ajeno, habría que desear que lo sustituyera su contrario. Pero lo contrario del sanchismo no es la derecha, ni siquiera la ultraderecha, ni mucho menos el fascismo ubicado a la derecha de la extrema derecha pasando por el centro. Lo contrario del sanchismo es la realidad.
Dos concejales que representaban a sus respectivas Españas han dimitido por exhibir comportamientos igualmente inaceptables. Una concejala del PP en Collado Villalba ha renunciado a su acta tras irrumpir aparatosamente en el escenario donde una cómica intepretaba uno de esos monólogos de la vagina que dejaron de ser escandalosos más o menos en el 411 antes de Cristo, año en que Aristófanes representó Lisístrata. No parece que todos los concejales del PP de Madrid, deudores de un cierto pocholismo felizmente extirpado, hayan expuesto nunca su virginal sensibilidad al corrosivo contacto de la comedia griega o la sátira latina, bastante más obscenas que la entrañable coprolalia del nuevo feminismo, cuyas evas adánicas descubren un mediterráneo violeta cada día. En el fondo ambos activismos -el conservador y el progresista- dibujan dos ingenuidades simétricas.