
Parece que tendremos ir haciéndonos a la idea de que un presidente del Gobierno acabe condenado por corrupción. Que acabe incluso durmiendo en la cárcel, despojado de todos sus abalorios zambianos. El proverbial atasco de causas en la Audiencia Nacional provocará que la sentencia no llegue antes de un lustro, pero cuando llegue tendremos que afrontar la paradoja (solo aparente) de que precisamente el más moralista de nuestros expresidentes vaya a ser el primero en ingresar en prisión, veremos si solo o en compañía de sus hijas.







No se como valorar a De Aldama, pero lo cierto es que su decisión personal (opuesta a colectiva, que parece ser la que guía a todos, todos los lemings al precipicio) de colaborar con la justicia está provocando una descompactación fecal que parecía constreñir a todo el mundo desde el año pum. No es ya que salga el fecaloma Zapatero -seguido, esperamos, por el fecaloma José Bono- , es que la situación internacional -Venezuela, Cuba- experimentará un alivio que ya dábamos por olvidado. Con condiciones, claro, pero esas ya superan mi acumen. Esperemos una sociedad de gente más o menos adulta