Teatro pánico en Ferraz

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Arrabal, en chino.

Se abre el telón y vemos al galán, interpretado por el actor madrileño Sánchez Pérez, cortejando siglas -unas más monjiles, más lúbricas otras-, que en todo caso se prestan de buena gana a la comedia. La obra nos suena, la estrenaron en primavera y la reponen ahora no bajo demanda del público sino a causa de la cicatería de los programadores, la escueta imaginación de los guionistas y la convalecencia del divo más veterano del escalafón, gallego de origen y de ejercicio. Nuestro Tenorio se esmera, declama con énfasis ayudado por el timbre cavernoso de su voz, pero no logra pactar con el espectador la suspensión de su incredulidad. Es una farsa y todos lo saben. El más consciente de que pisa tablas y no suelo es el mismo protagonista, lo cual garantiza el anunciado fracaso del reestreno.

Claro que quizá no se trate de una simple opereta. Quizá se trate de una pieza de teatro pánico, ese que debe morir en el momento exacto de nacer. Porque las evoluciones de Sánchez están sentenciadas desde el instante de su concepción ideológica, que es un aborto, y continúan sentenciadas sobre la mesa de operaciones aritméticas, que es una aporía. Así que quizá Sánchez sea un antihéroe de Arrabal, un emperador de Asiria desdoblado en arquitecto de su propia soledad.

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9 septiembre, 2016 · 10:57

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