
Pedro Sánchez presionó mucho -mucho- para que León XIV lo recibiera en el Vaticano antes de visitar España. En principio solo estaba prevista la reunión en la nunciatura española. Al final lo logra, pero no le sale como esperaba. Se veía compartiendo telediario con la primera autoridad moral del planeta, luciendo lado correcto de la Historia, pero esa mañana la Guardia Civil entra en la sede central de su partido para llevarse documentación de cuando allí operaban Cerdán y Leire, siempre a sus órdenes. Los agentes buscan información de una trama de facturas falsas con las que la anterior cúpula de Ferraz, segunda de la era Sánchez, financiaba a una gestapillo montada a raíz de los cinco días de reflexión del hombre profundamente enamorado. Aquello no fue teatro: fue la señal de hacer dirigida a los que podían hacer, pero no con la retórica voluntarista del expresidente Aznar sino con todo el poder de un presidente en ejercicio resuelto al contraataque. El cometido de los destinatarios de ese mensaje era ilegal, y por eso lo es también la financiación: debían desactivar con amenazas, promesas o extorsiones las investigaciones que podían hacer daño al jefe. Y aquellos fontaneros se pusieron manos a la obra, como bien saben el fiscal Grinda y el teniente coronel Balas.






