
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.






