Archivo mensual: marzo 2015

Miguel de Cervantes cuenta su hallazgo

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

Este periódico ha obtenido en exclusiva la opinión del manco de Lepanto sobre su propio hallazgo, la cual reproducimos a continuación:

“Sin juramento me podrás creer, desocupado lector, que este que tiene ante vuesa merced es el primer sorprendido de su propio descubrimiento. Bien sabe el cielo que me gustaría comparecer en más airosa manera que bajo la apariencia de “reducción de esquirlas óseas” con que han tenido a bien presentarme mis temerarios indagadores, pero cada cual es hijo del tiempo y a tal desmejoramiento me veo reducido.

Ni el riguroso trance en que se halla España -que algunos llaman crisis y otros recuperación-, ni el escaso contento que a mi modestia concede tan desaforada atención me privarán de tomar una vez más la pluma para dar mi opinión sobre el asunto, que con no ser tan premioso como las malhadadas economías digo yo que algún interés reviste, siendo el muerto quien opina y siendo España quien a menudo no atiende.

Me encuentro convertido en motivo de disputa entre quienes acusan de necrófilo el intento de ubicarme, quienes sospechan engaños y afeites para lustre de poderosos y quienes advierten tan solo una porfía mercantil emboscada de cultura. No veo en cambio a mis sedicentes lectores alegrándose del hallazgo, que para tal cortedad de júbilo habría preferido que nadie me moviera de mi sitio. No se me oculta que es patrimonio de nuestra triste raza -acaso ya decadente cuando entre hermanas trinitarias dispuse mi enterramiento- el discutirlo todo y debatirlo todo y no hallar paz en escrutinio ninguno, donoso las menos veces, así en banalidades deportivas como en urgencias que debieran serlo de Estado. Pero paisanos, por Dios y su Madre Santa, ¿es que nadie va a celebrar la sede de mi destino? ¿Es que nunca se ha de coincidir para el legítimo festejo en este pobre país donde toda suspicacia tiene su asiento y todo negro augurio hace su habitación?

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Conventos y democracia

Convento de las Trinitarias, donde reposa Cervantes.

Convento de las Trinitarias, donde reposa Cervantes.

La abadesa del convento de las Trinitarias, Sor Amada de Jesús, no ha querido revelar cuántas de sus 13 monjas votaron contra la búsqueda de los huesos de Cervantes en su cripta, pues el monacato no es incompatible con la democracia; ni por qué razones, pues las sesiones capitulares son tan secretas como los consejos de ministros. El caso es que ganó el sí, y es gracias a este inmaculado ejercicio de clausura electoral que hoy podría anunciarse el hallazgo del autor del ‘Quijote’.

Las constituciones de Santa Teresa, cuyo año celebramos, prevén incluso la moción de censura fulminante, disponiendo que la priora que demostrare incapacidad para el mando al cabo de su primer año sea relevada para evitar el deterioro de la vida conventual “con hacerse de imperfecciones costumbre”. Redescubrir que ni la democracia ni la regeneración son inventos de la modernidad ni patrimonio laico invita primero a la burla de nuestro adanismo analfabeto, que cree fundar la historia en cada mitin, y aboca después a la melancolía a quienes sopesábamos la toma de hábitos para huir de la ruidajera electoral de 2015: ahora ya sabemos, ay, que en Silos también votan.

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‘Modridismo’

Luka o la visión.

Luka o la visión.

Cuando a Bernabéu le preguntaron por qué no había fichado a Cruyff, el gran visionario zanjó cualquier suspicacia: «No me gustaba su jeta». Se ha criticado a Florentino por empeñarse en fichar caras bonitas que principalmente vendiesen y camisetas y que luego, a poder ser, tocaran con algún criterio la pelota. Pero hay un poderoso argumento que refuta esta acusación: se llama Luka Modric, es hoy el mejor jugador libra por libra del Real Madrid -Real Modrid– y uno no juraría que los One Direction le admitieran en el grupo ni que su rostro forre carpetas adolescentes, si eso aún se hace. Y sin embargo Modric se parece a Cruyff no solo curiosamente en su jeta sino también en su capacidad de despliegue de un fútbol total, que defiende atacando y penetra combinando y controla arriesgando.

La cinética tiene pendiente explicar el modo en que un centrocampista tan pequeño logra ocupar tanto espacio; la lingüística, cómo un croata puede entenderse tan bien con acentos de Francia, Portugal, Gales o Málaga; y la historia, por qué un balcánico teje alianzas de civilizaciones hasta hace poco tan separadas como la delantera y la defensa del Madrid. Con su retorno ha confirmado lo que todos sospechábamos: que el bajón de juego del equipo no se debía al 4-3-3, ni a la diadema de Bale, ni siquiera al Instagram de Irina; sino sencillamente a la lesión de Modric. Suya es la claridad del último pase a Benzema que culmina en la chilena fallida de Cristiano y el primer gol de Bale; suya es la presteza con que saca la falta para Carvajal y concluye en el segundo de Bale a tiro de CR; suyo es el péndulo del mediocampo con el que hipnotiza a sus marcadores cambiando de ritmo o encuentra agua para llevarla al molino de la BBC, zahorí profundo en la zona de tres cuartos.

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Sinceraos, ‘Lomanas’

Jardiel, obrero de la pluma.

Jardiel, obrero de la pluma.

Para retratar de una vez el fariseísmo de la opinión pública suele recordar Ruiz Quintano una confesión de Dumas: «Yo tengo dos opiniones de la Virgen: una para los periódicos y otra para los amigos». En España siempre fue tendencia presumir de cristiano viejo y vivir como pagano, o bien blasonar de rojo sensible y vivir como señorito facha; el truco es que nunca coincida la opinión privada con la mediática, y cuando el juego se descubre sentimos un bochorno como el del malabarista cuando se le caen los platillos en mitad de la función. Bajo la vigilancia insomne de la corrección política la cosa no ha hecho más que empeorar, y ya en campaña la hipocresía nacional se extrema hasta el delirio.

Así tenemos a Esperanza Aguirre -que sabemos que concita el voto más tradicional del PP- descargando su imagen conservadora sobre la chepa de Cristina Cifuentes, quien sí milita en el PP más por azar que por doctrina. Aguirre blasona de liberal pero un liberal es aquel que no necesita repetir a cada paso que lo es, porque sus obras cantan. Pablo Iglesias viaja a la socialdemocracia desde su puerto ideológico (y financiero) en el marxismo tropical, pero no puede decirlo muy alto para que no se le cabree el patrón bolivariano ni pierda por un calculado centro los votos de la izquierda radical en que militó siempre. Y luego está Albert Rivera, a quien acusan de indefinición ideológica porque su programa no es enteramente socialdemócrata ni tampoco liberal, sino un poco de los dos. Pero Rivera no es un hipócrita, porque lleva a gala desde el principio la disolución de las dos Españas en un eclecticismo enriquecedor, más por razones generacionales que teóricas. Pretender destruirle por no ser rojo ni azul es como descartar a un mediocentro por saber atacar y defender a la vez. «Jamás he sido hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre ideas inherentes a los dos bandos: el sentido reverencial de la tradición de las derechas y el sentido porvernirista del progreso y la libertad genuino de las izquierdas», escribió Jardiel Poncela en 1947. Cuando en el Madrid del 36 un escritor comunista amigo suyo le advirtió de la conveniencia de alinearse así fuera retóricamente con el comunismo, Jardiel contestó: «Si no creo en Dios, ¿cómo voy a creer en Lenin?».

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Florentino underground

Calibrando micros antes del disparo.

Calibrando micros antes del fuego a discreción.

Parece incontestable que Florentino Pérez pasará a la historia como el segundo presidente más importante de la historia del Real Madrid. O, más exactamente, como otro Bernabéu que devolvió al equipo el orgullo competitivo y modernizó su modelo financiero para meterlo en posición de cabeza en la era de la globalización (posición en la que permanece), después de haber asegurado la gloria pasada con el título de mejor club del siglo XX. Todo ello se logró sin que el club dejara de ser propiedad de sus socios, estructura entrañable pero anacrónica ante al empuje desleal de oligarcas rusos y petrolíferos jeques. Ahora bien: logros tan gigantescos no se consiguen impunemente. Y menos en España.

La dimensión mediática del Madrid es tan disparatada que a nadie le deja intacto. Concierne en especial al madridista, pero no menos al antimadridista, y esta bipolaridad condiciona definitivamente el periodismo deportivo: cada periódico o cada programa de radio o televisión se ocupa del Madrid a favor o en contra por razones de estricta rentabilidad, como bien saben los presentadores y locutores cuando les traen los datos de audiencia segmentados por contenidos.

El apogeo de esta polarización se vivió bajo el trepidante trienio mourinhista, al que daba réplica desde Barcelona el guardiolismo para completar un guión maniqueo que ni la Marvel se habría atrevido a soñar, de tan perfecto. Pero las guerras cansan a la tropa y hacen soñar a las poblaciones castigadas con amaneceres silenciosos y comida abundante. Florentino despidió a Mourinho y apretó la mano blanda de Ancelotti, y este trajo la Décima y tres títulos más. Por una ley infalible del madridismo, la felicidad de su afición crece en proporción directa a las ganas de hundimiento que va incubando el antimadridismo, y en fútbol ese ajuste de cuentas siempre es mera cuestión de tiempo. No se puede ganar todo, decimos: pero sabemos que eso vale para el Atleti. Cuando el Madrid no gana, incluso cuando gana sin dar espectáculo, se desata una ansiedad demencial que revuelve las críticas constructivas con las interesadas y abona el terreno para la teoría de la conspiración. Pero el Madrid debe asumir que el precio por su historia gloriosa y su presente millonario y su futuro hegemónico es la fiscalización constante, la magnificación de sus faltas mínimas, la espera constante del batacazo. Así es el juego, y los madridistas no querríamos otro, ni mayor deferencia, porque significaría que nuestro equipo ha dejado de ser rival a batir, leyenda en marcha, sinónimo de importancia.

En este punto debo ser honesto con el lector. Es sabida mi condición madridista, que nunca he ocultado, como tampoco mi admiración por Mourinho, pues nunca me divirtió tanto el fútbol como entonces ni creo que lo vuelva a hacer. Colaboro en Real Madrid TV y he estrechado creo que dos veces la mano de Florentino Pérez, una de ellas en Lisboa. Oteando el horizonte no se me ocurre mejor presidente para el Real Madrid, y son bien conocidos mis accesos de hooliganismo tuitero, que con la edad voy tratando de corregir. Pero creo que hoy Florentino Pérez se ha equivocado. Ardiendo de ira santa hacia la prensa, ha llevado la identificación de su persona con el club a un extremo escasamente institucional, cercano al mundo tribal ‘underground’ donde toda discrepancia es tomada por traición. El aficionado tiene todo el derecho a dar pábulo a conjuras; pero el presidente del Real Madrid, y en concreto Florentino Pérez, no. ¡Aunque fueran ciertas!

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El ruido sordo de la endogamia

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

Abrió la sesión un atronador minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del 11-M: fue la parte más elocuente de la matinal parlamentaria, zambullida ya en el barro electoral. Por unos instantes todos nos pusimos de pie para pasar íntimamente el dedo por aquella cicatriz nacional aún tibia, acariciándola enmudecidos, y sólo se oyó el tableteo de los fotógrafos disparando. Hasta la pantalla del iPad de doña Celia exhibía la sombra del luto. El responso laico concluyó con un aplauso como futbolero y a partir de ahí todo fue a peor.

El señor Bosch tomó la palabra y preguntó por la pobreza infantil. Más tarde, Pere Macias, tras «solidarizarse con el pueblo de Madrid», inquirió por el fomento de la innovación industrial. Se hace escandaloso, si no imperdonable, que ERC y CiU olviden así sea por un día la identidad oprimida de su tierra. Si el tabarrón catalán continúa amortiguándose, nos tememos que cualquier miércoles se alce Tardà clamando que le duele España.

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Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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Las manos blandas van al pan

Mano blanda en guante de seda.

Mano blanda en guante de cuero.

El populismo no nació en televisión sino exactamente en el banquillo del Real Madrid hace ya algunas décadas. Cuando el pueblo y la prensa se dieron cuenta de que allí residía la madre de todos los chivos expiatorios, se aplicó a su periódico sacrificio con fruición, pues pocas sensaciones hay tan gratificantes como cargar sobre un solo hombre una culpa compartida, de compleja atribución. Por eso en Inglaterra, que da entrenadores blindados como Ferguson o Wenger, nunca ha arraigado el populismo.

No se trata de defender a la desesperada a Ancelotti, más allá de los títulos logrados, sino de recordar que los culpables de este juego feble son en primer lugar los jugadores, que lo mismo rechazan la mano dura por incompatible con sus compromisos publicitarios que pagan con desprecio la concesión de mayores márgenes de autogestión a sus citas nocturnas. Las manos blandas de don Carlo se refugiaban en sus blandos bolsillos -o en zonas más blandas aún del cuerpo- mientras contemplaba el esplendor de la decadencia, espectáculo majestuoso desde tiempos de Nerón.

-Todo son ciclos, todo son subidas y bajadas… -comentaba alguien en el bar.

-Pues que tengan cuidado con las bajadas -respondía otro parroquiano, portavoceando insuperablemente el narcisismo amenazante de una afición malcriada por su larga cohabitación con la excelencia.

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