Archivo diario: 2 marzo, 2015

Territorio Zarrías: la maldición del olivo

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Apenas han transcurrido 24 horas desde que el juez Alberto Jorge Barreiro citara a declarar, entre otros, a Gaspar Zarrías como imputado en el mayor caso de corrupción de la historia de España, pero en su Cazalilla originaria sólo parece haberse enterado Juan Balbín, que cumple aquí dos décadas como alcalde socialista.

Cazalilla, corazón de Jaén, se alza sobre una suave loma enmarcada por olivares y bendecida por el trazo feraz del Guadalquivir. No llega al millar de habitantes -«novecientos veintialgo», precisa Balbín- esta pequeña localidad de la Andalucía interior cuya economía depende del olivo, se dice, aunque debiera decirse del subsidio agrario, y cuya identidad política se confunde con el socialismo que ha gobernado la Junta de Andalucía desde que hay democracia. Tras una victoria de UCD en los primeros comicios democráticos, el municipio no ha conocido otro gobierno que el socialista, como tantos de la Andalucía rural. Allí donde el color del voto parece tan eterno como el de su paisaje. Allí donde reside la fortaleza de Susana Díaz, su pie en pared electoral desde el que proyectarse hasta San Telmo, y de ahí a Ferraz, y de ahí -quién sabe- a La Moncloa. Allí donde los pocos vecinos que se ofrecen a la vista del reportero se enteran por él de la imputación de su hijo más ilustre, a quien incluso el marciano votante del PP (un 26% frente al 71% que cosechó el PSOE en las municipales de 2011) respeta demasiado como para desearle una condena.

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Si hay fallo hay esperanza

El fútbol que viene.

El fútbol que viene.

Alan Turing habría sido un buen entrenador de fútbol porque no perseguía exactamente la infalibilidad de la máquina, sino su perfectibilidad sostenida. Su ideal no era el robot impecable sino el niño que no deja de aprender porque no deja de fallar. El fútbol contemporáneo se parece cada vez más a un certamen de trigonometría que va enterrando en el hielo a mamuts entrañables del cojonudismo español como Clemente o Camacho. Se llevan ahora los estrategas pulcros como Marcelino, cuyo Villlarreal se replegaba en defensa y se estiraba en ataque con un compás armónico de pleamar, o mejor, de marcapasos. Su fútbol no acusará infartos repentinos, pero tampoco allega las emociones de un corazón de carne.

¿Y Ancelotti? Bueno, lo más infalible que hay en Ancelotti es el radar delicadísimo de su ceja. Si pusiéramos a don Carlo a pie de urna, con fijarnos en la fluctuación de su ceja obtendríamos las mejores israelitas. Al final de la primera mitad la ceja le dibujaba un arco apuntado que significa: estamos dominando pero no les hacemos ocasiones claras, y además no me quedan más chicles en la americana. Dejó de mascar tras el penalti convertido maquinalmente por Cristiano y subió la ceja de nuevo en el empate. Pero no siempre es tan previsible, como cuando sacó a Illarra por Isco, la máquina con menos apariencia de máquina pero más engrasada del Real Madrid hoy por hoy.

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