Archivo mensual: abril 2015

Rajoy: médico o pastelero

El parpadeo entrañable de la voz (¡sinestesia!) de KITT.

El parpadeo entrañable de la voz (¡sinestesia!) de KITT.

Qué pretendéis hacer con don Mariano, ‘peperos’ del demonio. A qué contorsiones demagógicas vais a someterlo en campaña. Por qué fango catódico queréis arrastrarlo. A cuántos niños deberá arrimar su hirsuta barba, a cuántos jubilados palmotear el lomo, con cuántos adolescentes Hilfiger deberá autorretratarse para ampliar el legendario cupo de su paciencia. Dirán como siempre que todo es idea del marido de Celia Villalobos, pero uno cree que tales atrocidades, más que de un matrimonio usuario del Candy Crush, solo han podido salir de la mente de un lector de Blake que soñó con dulcificar el gesto de un funcionario con tertulia en casino de provincias. Eso era sin complejos Rajoy hasta que barones y asesores decidieron que debía “mezclarse con la gente” -que es como llaman a fingir que a un político le importa de súbito la gente- para hacerse perdonar el voto de castigo de los mismos pardillos que votaron a Rato.

Pero ay, don Mariano anda tan desmoralizado con la ingratitud demoscópica de sus gobernados que se ha prestado a la pantomima, sin advertirles que lo mismo daría bajar un plasma al patio de butacas: los mítines del PP evocarían entonces esos traumáticos capítulos de El coche fantástico en donde, al haber quedado destruida su indestructible carrocería, KITT solo pervive en espíritu y voz a través de la caja CPU que Michael coloca amorosamente en el asiento de copiloto de su coche de repuesto. Es cierto que en la serie KITT hace gala de un mayor desparpajo verbal que don Mariano, pero ambos comparten cadencia de parpadeo.

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Pacquiao vs. Mayweather

The Fight.

The Fight.

Faltaban dos semanas para el combate de su vida contra Manny Pacquiao cuando a Floyd Joy Sinclair Mayweather se le antojó comprarse un Bugati. Miró el reloj, comprobó que eran las tres de la madrugada y marcó el número de su vendedor:

-Tienes 12 horas para conseguirme un Bugati. Si no lo consigues en ese plazo, ya no lo quiero.

El vendedor ha contado luego que colgó el teléfono, se duchó, hizo algunas llamadas, tomó un avión y entregó un rutilante Bugati al deportista mejor pagado de la historia, cumplido lo cual declaró: “Esto me ha hecho mejor persona, trabajar más duro y no ponerme límites”. Nunca perdonaremos a los gurús del emprendimiento que hayan contagiado su retórica calvinista incluso al recadero de un boxeador podrido de millones. El mejor del mundo libra por libra y campeón invicto en cinco categorías, eso sí.

Pero que nadie piense que Money Mayweather no ha preparado a conciencia esta pelea. Que nadie madrugue para él el tópico del juguete roto, el sansón tonto y millonario perdido en la satisfacción de sus complicados caprichos, atendidos 24 horas por un séquito de oro y hip-hop. Uno sospecha que Mayweather cumple con el ritual de la ostentación casi obligado por oficio y posición, por no decepcionar a sus hinchas y por ese tedio existencial que se apodera de ti cuando ganas 105 millones $ al año.

No es Mayweather un Tyson de infancia desolada que halló en el boxeo el desaguadero de su frustración y la revancha contra el mundo: hijo y sobrino de boxeadores, ha mamado el noble arte desde la cuna y ha sido entrenado por los mejores en los mejores gimnasios. El cuerpo de Floy Jr. llama al orgullo industrial, y si a los 38 años todavía le apodan Pretty Boy es porque tras 47 combates (47 victorias) ningún rival ha conseguido tocarle la cara con suficiente contundencia como para afearle sus armónicas facciones. Y eso, bañeras de dólares y volquetes de putas aparte, sólo se logra mediante una disciplina atroz, una técnica superdotada y quizá la mayor inteligencia que se ha desplegado nunca sobre un ring después de Ali. Mayweather es intocable porque ha trabajado obsesivamente su invulnerabilidad. Su cintura es de gelatina, su repertorio inagotable, su instinto para clasificar puntos débiles un escáner infrarrojo y su guardia baja una trampa para los incautos que se aventuran por el perímetro blindado del campeón sin un plan de fuga detallado. Si abrigas la disparatada fantasía de pegar a Mayweather, más vale que le hagas escupir su protector bucal de 23.000 dólares o escucharás el ruido que hace un árbol al ser talado, y será tu cuerpo rebotando en la lona sin saber aún de dónde vino el contraataque. “Soy joven, soy guapo, soy rápido, soy elegante y probablemente no pueda ser golpeado”, declaró Ali. Si alguien puede repetir hoy esa frase sin blasfemar, ese es Míster Money. Un sujeto, por lo demás, condenado por maltrato a 90 días de cárcel que reclamó la devolución de su licencia a la Corte de Nueva York con este argumento: “Yo no le impido realizar su trabajo de juez; no me impida realizar el mío”.

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¡Tú eres vikingo!

Periodismo ciudadano.

Periodismo ciudadano.

Circula por ahí un tipo de lector entrañable, españolísimo, que en su quijotismo desaforado es capaz de conciliar la exigencia de compromiso con la denuncia de parcialidad. Es esa clase de inteligencia zorruna que nos tiende la emboscada perfecta, en la que uno pierde siempre: si rehúye su demanda por cobarde, y si la atiende por descarado. Es ese tuitero que nos pide que nos mojemos; que definamos nuestra posición en un asunto espinoso; que evitemos los socorridos refugios del perfil bajo, las generalidades vagas y la ironía sistemática. Pero que, cuando nos ha convencido para que hagamos todo eso, seguros de ganar si no su aplauso al menos su reconocimiento, corre eufórico a afearnos nuestra parcialidad: «¡Oiga, que se le ve el plumero!».

Nuestro hombre constituye una mezcla armoniosa de dos arquetipos tan opuestos como el chulo y el afrancesado: es un castizo que quiere que el torero eche la pierna por delante de la embestida previsible, y es el ecuánime racionalista que certifica con horror la barbarie de la cogida, castigo merecido por el temerario. El columnista se queda entonces sumido en la perplejidad, como Juan Belmonte cuando lo llevaban desangrándose a la enfermería por arrimarse incluso más de lo que acostumbraba:

«¿Le parece a usted que así de cerca está bien?», le espetó el maestro al aficionado que se había pasado toda la faena exigiéndole más cercanía al toro. Con la diferencia de que, en Twitter, los papeles de aficionado y de toro los interpreta el mismo: el tuitero taimado.

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Y sigue siendo el rey

Fe azteca.

Fe azteca.

Con dinero el Madrid, y sin (tanto) dinero el Atleti, en el fútbol uno no siempre hace lo que quiere, ni su palabra es la ley; pero anoche un delantero venido de México, sin trono (aunque con reina), permitió que el Madrid siguiera siendo el rey. Javier Hernández, devoto y luchador, sin la exquisitez letal de Karim, con el fuego que en el francés nunca prendió, acometió una y otra vez la portería blindada de Oblak y su plegaria fue finalmente atendida.

Corría el minuto 38 cuando Robinson definió la situación con la solemnidad de un hispanista: «No tiene continuidad el juego del Atleti». No lo habría expresado con mayor circunspección el finado Raymond Carr. Nosotros creemos sin embargo que en la discontinuidad de su juego consiste precisamente la continuidad del estilo rojiblanco, y hace muy bien en no interrumpirla con ambiciones asociativas, no hablemos ya de marcar un gol. Mediada la primera parte Simeone pidió a los suyos intensidad, que ya sabemos lo que significa, y si alguien lo olvida sale Raúl García.

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Don Draper o la conquista de la moral

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

[Al hilo de la última temporada de Mad Men que ahora se exhibe, he creído oportuno recuperar un artículo que publiqué en el número 2 en papel de la revista Jot Down, octubre de 2012. Por entonces la serie acababa de concluir su quinta temporada, pero el análisis ético y narratológico que me inspiró entonces la peripecia interior de Don Draper quizá no haya perdido toda su vigencia. Razón de que lo ofrezca a continuación, por si alguien gusta y no se pone quisquilloso con los llamados spoliers]

Mad Men, la serie de AMC que aplica el leit-motiv nacional del sueño americano al mundo caníbal de la publicidad en los albores del capitalismo salvaje neoyorquino, nos ha regalado a uno de los personajes de ficción más literarios –en el sentido de complejo, matizado, poliédrico, pero a la vez arquetípico– de la década. Nos referimos a su protagonista, Don Draper, director creativo de agencia interpretado con maravillosa, naturalísima sobriedad por Jon Hamm, a quien no podremos ver jamás como otra persona que Don Draper, por supuesto (ambos son huérfanos, por cierto). Si acordamos que la excelencia narrativa reside hoy en las series norteamericanas mucho antes que en la novela o el cine, entonces Don Draper, como las plegarias del Libro de Job o la relectura de la Odisea o la biografía del doctor Johnson, alcanza la cota máxima del mérito literario, que es aquel que funde la ética y la estética y logra al mismo tiempo edificar a los sencillos y rendir a los sabihondos, deparando a un Borges felicidad en vida y consuelo ante la muerte a un Harold Bloom.

Draper se ofrece al espectador en principio como el self-made man yanqui por excelencia, ascendido a la cima social y económica tras sobreponerse a unos orígenes familiares penosos que se nos revelan episódicamente a golpe de flash-back. Vemos a Draper engominado a cal y canto, elegante hasta la arrogancia, seguro de su talento, seduciendo a magnates de Madison Avenue putrefactos de millones; pero un día descubrimos que este Draper resulta ser, literalmente, un pobre hijo de puta. La puta muere al parirlo y el bebé es confiado al granjero Whitman que la preñó –Whitman: apellido parlante que remite al patriarca de la lírica americana– y bautizado Dick. El padre muere coceado por un caballo y su madrastra se casa con un paleto de maneras brutales. Dick tiene un hermanastro, llamado Sam. Dick sueña con huir de tan faulkneriano hogar y se alista en la campaña de Corea. Allí se produce lo que Joyce llamaba una epifanía, el hito que ha de polarizar un relato entero. Por culpa de su imprudencia, una explosión destroza a su compañero, el genuino soldado Don Draper, y el cobarde Dick Whitman, superado por el horror de la guerra, decide colgarse la chapa identificatoria de Draper aprovechando que ha quedado irreconocible y suplantar así su identidad para los restos. Consigue así el doble objetivo de huir sin explicaciones de su castrante familia y de desertar sin castigo del ejército estadounidense, que de hecho lo licencia con honores de héroe. Ahí empieza Dick a felicitarse de su astucia, a abrazar su impostura, a planificar su nuevo nacimiento, a atornillarse la máscara del triunfador. Lo que no sabe es que con la medalla de héroe militar recibe otra invisible con la que el destino –el destino es el carácter… o la falta de él– castigará su decisión: la de héroe trágico, acechado para siempre por las consecuencias morales de la impostura existencial.

La primera reconvención del destino la encarna Sam, quien en una foto del New York Times reconoce a aquel hermanastro que se suponía que jamás volvió de Corea. Se presenta en la lujosa agencia, pero topa con la negativa innegociable de Dick a dejar de ser Don Draper. En un gesto que cifra toda la inmundicia que puede representar un puñado de dólares, el adinerado hermano mayor se deshace del miserable hermano menor ofreciéndole 5.000 pavos con la condición de no volver a ver jamás esa familiar cabeza pajiza que le evoca un pasado nefando, cuidadosamente ocultado. Sam, desolado, se ahorca sin tocar un solo dólar: solo buscaba el afecto fraterno. Se une Sam así al difunto soldado Draper en el panteón de fantasmas morales que ulularán en la conciencia de nuestro apuesto Hamlet.

Pero Don se centra en las dos carreras que mejor acallan la voz de la conciencia viril: la de hombre de negocios y la de Don Juan. El destino le dará una tregua de inconsciencia eufórica. Compaginará el éxito profesional con la posesión de cuantas mujeres se cruzan en su camino. La que se resiste le estimula más, y no suele tardar más de dos capítulos en acabar cediendo y aun enamorándose del irresistible depredador Draper. El descarnado machismo sexual que refleja la serie, fiel a su época –¿a todas las épocas?–, solo lo contrapesa el simétrico furor uterino de otras tantas amazonas libertinas, que también han campado en todo siglo. La mujer legítima de Don, Betty Draper, es una muñequita despersonalizada, anulada al unísono por la pujanza de su marido, por la puritana educación recibida y por sus propias deficiencias de carácter. Solo a una mujer destina Don rango de especie común a la suya: a Anna Draper, la esposa del soldado muerto al que suplantó y única confidente de su tremendo secreto, cuya comprensión mitiga la voz espectral que la ingesta desmedida de whisky en cóctel Old Fashioned o directamente de la botella no logra ahogar del todo.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

La serie avanza ahondando poco a poco en este esquema dialéctico que enfrenta al héroe con su pasado, la calma hipócrita del hogar con la codicia frenética de Manhattan, la estabilidad con el affaire. La conciencia de Draper va disociándose cada vez más, estirándose como chicle, vaciándose de toda coherencia. Y aunque otro patriarca de las letras norteamericanas como Ralph Waldo Emerson dejó escrito que la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, Draper no puede olvidar que en realidad se llama Whitman, como el gran poeta que versificó la apoteosis fundacional de la subjetividad en su “Canto a mí mismo”. Episodio a episodio Draper va cayendo en la cuenta de que él no puede cantarse a sí mismo porque no sabe quién es. Su canto no tiene objeto porque ya no sabe qué es verdad y qué es embauque en su vida. Su oficio, asociar valores románticos a productos tan pedestres como laxantes y medias, es la gran metáfora que la serie propone para expresar el la falsedad arquetípica de su personaje.

Llegamos al ecuador del drama, al gran punto de inflexión narrativo. Como suele pasar en la vida, Draper necesitará tocar fondo para tomar impulso. El fondo –la segunda epifanía de la serie, matriz de la narración– lo marca su divorcio con Betty, quien desenmascara a su marido y le obliga a confesar su verdadera identidad al hilo de la historia desdichada de Dick Whitman. El final de la tercera temporada, teñido de una majestuosa melancolía bajo los dylanianos sones de Don´t think twice, it´s all right, juega con la sugerencia del perdón de Betty; el espectador llega a desearlo, pero es demasiado tarde: la confianza está rota. En Betty ha nacido una personalidad inédita de mujer dura e independiente que atiende al apetito de su insatisfacción y al grito de su orgullo liándose con un rico divorciado. Se trata de Henry Francis, asesor del gobernador del Estado, un hombre comprensivo pero ayuno de carisma que jamás podrá librarse de la sombra patrimonial que la figura de Don seguirá proyectando sobre Betty. Don Draper se muda a un piso de soltero, afronta la puesta en marcha de una nueva agencia como socio fundador y reduce al mínimo su vida social y el ajetreo de sábanas. Ha comenzado la conquista de una personalidad propia, el camino de la forja moral que nunca emprendió, ahora posible mediante la ascesis de la soledad y la introspección. Comienza a escribir un diario y se apunta a natación. Oímos en off sus reflexiones por primera vez, mientras ejecuta largas y rectas brazadas de crol.

En ese reposado estado de conciencia escribe la famosa carta a Lucky Strike después de que este gigante del tabaco decida abandonar la agencia, condenándola a la ruina a medio plazo. El guión concede a esa carta la categoría de hito que merece: nadie antes en la Gran Manzana había osado rasgar tan sonoramente –en el mismo Times– el dogma sacrosanto de la idolatría del mercado: el cliente no siempre tiene razón, se atreve a proclamar Draper. Los cigarrillos matan y me alegro de no tener ya que vender los de esta marca; es más, no pienso vender los de ninguna otra en el futuro. Por supuesto, se trata de otro truco publicitario, un gancho comercial dirigido a la trinchera de enfrente: los enemigos institucionales que tiene toda tabacalera. Pero no deja de ser una maniobra pionera, nunca vista: hacer publicidad sin mentir. El riesgo es altísimo, las garantías invislumbrables y aún así ejecuta el plan, lo que informa del cambio moral que se está operando en el nuevo Draper. Solo Peggy, su alter ego femenino en la agencia –y casi la única que no pasa por su cama-, entiende la genialidad del gesto. Pero quien mejor lo define es Megan, la secretaria con veleidades artísticas que acabará convirtiéndose en su segunda mujer y musa de su reconstrucción ética: “El mensaje era: no me dejas tú, te dejo yo”. Así empiezan todos los despechados a rehacer su vida.

Megan es la Penélope de Don, Ulises de una odisea interior en pos de la adultez moral. Al principio de la serie, Draper no era un carácter sino un mero arquetipo, y ese arquetipo del self-made man se va rellenando de carne, de zozobra, de remordimiento, de propósitos de redención: de naturaleza humana en suma. Pero el hombre es el único animal que no tiene propiamente naturaleza sino más bien historia, y la serie la desarrolla con ritmo indesmayable, haciendo progresar vívidamente a Don hacia una moralización que culmina en su amor –por primera vez maduro– por Megan. A ella le dice quién es desde el principio. Dick Whitman, que había pasado a ser Don Draper por obra de la cobardía y que había perseverado en la impostura por efecto de la ambición, retorna con Megan a ser Dick Whitman por la fuerza del amor de Megan, al modo como Don Quijote regresa en su agonía a la lucidez postrera de ser nada más que Alonso Quijano. Megan, dueña de una sensibilidad inasequible para Betty, es seducida por el presente brillante de Draper pero al mismo tiempo acepta la carga familiar de su pasado. Su química con los hijos de Don convence definitivamente a nuestro héroe demediado de la idoneidad de Megan como esposa. Y al hilo de ese amor bien cimentado en la confidencia, la sofisticación afrancesada de Megan depara otro don a Don: el de la superación del machismo, el de infundirle respeto a la personalidad propia de su compañera, cuya vocación de actriz supone todo un reto para la patriarcal estrechez de miras de un macho alfa en el Manhattan de los sesenta. En su nuevo hogar, decorada a la última, se respira complicidad y las disputas acaban rápido sobre la alfombra o sobre la colcha.

La familia crece, como la culpa.

La familia crece, como la culpa.

Cuando concluye la quinta temporada, Donald Francis Draper hace pequeñas cosas reveladoras de una generosidad nueva –el desinterés es la piedra de toque de la grandeza ética–, como dejarle una nota a Megan informando de que sale cinco minutos a comprar bombillas. La nota incluye la coda tierna del “Te quiero”. O como coger el coche para llevar al amigo adolescente de su insolente hija Sally a su lejana casa tras llegar a casa reventado por un durísimo día de trabajo. En esos detalles se manifiesta el temple que conforma un carácter. Hay mil detalles más, como los que exponen una creciente paciencia con sus subordinados en la oficina. Antes era un gentleman impecable; ahora ha logrado imbuir esa brillante envoltura de la fibra costosa de la virtud, y la virtud, no se engañen los temperamentos provocadores, siempre será la única fuente de atractivo humano perdurable. Por eso amamos todos a Don Draper.

Al parecer, AMC ha prometido una sexta y quizá una séptima temporada de Mad Men. En este punto el guión ofrece a mi juicio dos congruentes derivas narrativas: la consolidación a lo bildungsroman de esta tendencia moralizante, lo que obligaría a un final más o menos abierto y permitiría el happy end; o la llamada de la sangre y la vuelta a las andadas como un barco incesantemente arrastrado corriente abajo, por citar el colofón de El gran Gatsby. Porque el personaje de Draper parece construido a pachas por la mano elegantemente melancólica de Scott Fitzgerald y el alma atormentada de Dostoievski. La psicocrítica, corriente de análisis literario deudora de Freud, estudia al personaje a la luz de su infancia, que considera determinante. Se trata de un enfoque muy útil a partir del momento en que la novelística moderna corrige la injerencia abusiva del autor en la autonomía psicológica de sus criaturas. Así, constata cómo los antihéroes de Dostoievski muchas veces parecen absorber al escritor, en lugar de hacer derivar simplonamente a los personajes de la biografía –prisma romántico– o ideología –prisma adecuado a la novelística de tesis– del creador. Ahora bien, Draper es rehén de su infancia desgraciada, cierto; pero no lo es menos de su ambiente y de su libre albedrío. La sociocrítica, deudora de la cosmovisión marxista, atiende sobre todo a las condiciones socioeconómicas en que se mueve el protagonista de un relato, y no puede negarse que el capitalismo neoyorquino de la década de los sesenta determina en buena medida su comportamiento. Ahora bien, ni la infancia ni el ambiente agotan a nuestro personaje, y ahí reside su magnitud artística: Don Draper se sobrepone a su cuna y acaba contradiciendo algunas de las normas de su mundo caníbal porque deviene ante todo un héroe ético, es decir, un héroe en pleno uso de su libre albedrío y de la responsabilidad que comporta.

Hombre solo.

Hombre solo.

Don Draper exigía un estudio diacrónico y no sincrónico, y de ahí el espoileo inevitable de este artículo, que ustedes sabrán disculparme porque en todo caso no anulará esa mezcla de familiaridad y sorpresa que compone el placer estético, cuando vean Mad Men. Draper es lo que Lukács denominaba “héroe problemático”: aquel que entabla una relación dialéctica con su mundo cuyo saldo final redunda en el autoconocimiento. El protagonista de esta serie acaba reivindicándonos en las narices su derecho a vivir autónomamente, al modo pirandelliano; su derecho a ser primero alguien más fulgurante de lo que el destino le tenía asignado, y su derecho a arrepentirse del precio de nihilismo que pagó por su sueño americano, para cambiar de nuevo. Draper, así, anula a su propio guionista en beneficio de la más alta función de las ficciones: la de pasar a vivir como verdades morales en nuestra imaginación.

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¿Es Rato normal?

La mano mediática.

La mano mediática.

No sabía lo que decía cuando apelaba a los “seres humanos normales”. Normal y humano en un mismo sintagma: monumento al oxímoron. Pero don Mariano no es antropólogo y por tanto ignora que la normalidad, en el hombre, es siempre la excepción, como descubren todos los vecinos del psicópata que nunca dejó de saludar en el rellano.

¿Es Rato un humano normal? Según la retórica de Montoro lo es, y como a tal le aplica la ley; pero según el pensamiento de Montoro no lo es en absoluto, y por eso le monta el gran carnaval mediático en la puerta de su casa de pijo expiatorio, momento que aprovechan las damiselas ultrajadas del PP para, pellizcándose las mejillas a fin de colorear su palidez Jane Austen, salir a presumir de que aquí nadie es más que nadie, que los poderes andan bien separados, que el Gobierno tiene un compromiso con la regeneración tan largo que le mide hasta el Barrio de Salamanca y que el peso de la ley cae a la misma velocidad que una bola de plomo en condiciones de vacío (ideológico). Y otros tartamudeos orgánicos a pie de tumba que ustedes han oído estos días.

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La espada y la palabra. Vida de Valle Inclán

Genio sin máscaras.

Genio sin máscaras.

Es cierto que no contaba Valle-Inclán con una biografía a la altura de su leyenda, precisamente porque su leyenda excesiva deformaba los contornos rigurosamente fácticos de su vida. La culpa de esta carencia hay que atribuírsela al modelo subjetivo y militante que instituyeron sus primeros biógrafos, de Melchor Fernández Almagro a Ramón Gómez de la Serna, apasionados partidarios del artista y sus máscaras más que del hombre y sus hechos que recogieron sin mucho escrúpulo el más celebrado anecdotario valleinclanesco, tan romántico como dudoso.

Ahora bien, el primer culpable de este desdén por el rigor fue el propio don Ramón, quizá el genio literario más indiscutible de la primera mitad del siglo XX español, quien ejerciendo de tal se entregaba a la mixtificación incontinente y, con aquel ceceo magnético, diseminaba retazos fantasiosos de autobiografía por entrevistas y tertulias en las que reinaba sin discusión. “Cuando está don Ramón en el café, él habla y los demás escuchamos”, consignó un testigo de aquellos años en que el magisterio literario se impartía en los cafés. Valle, a la manera de los dandis de raza, se preocupó de vivir en artista, empezando por la calculada excentricidad de su aspecto, que tan popular lo hizo entre el pueblo de Madrid. Cuando nos acercamos al 80° aniversario de su muerte, el investigador Manuel Alberca ofrece el resultado de una tarea hercúlea: despojar de máscaras al creador del esperpento para fijar el relato contrastado de su paso por el mundo, desde su nacimiento en el seno de una señorial familia gallega en 1866 hasta su amargo fin en los albores del fatídico 1936.

Este colosal trabajo ha merecido el Premio Comillas, pero en nuestra modesta opinión no creemos que este libro, con ser grueso, agote la figura de Valle-Inclán. Tampoco lo ha pretendido, y lo justo es juzgar las obras por el grado de aproximación a su propósito declarado, que en este caso se ha limitado a documentar una vida, soslayando el juicio sobre su obra y aun la influencia recíproca de la una en la otra. En la presentación se disculpa Alberca de antemano por incurrir en eventuales interpretaciones más allá de la constancia de los hechos: pues bien, a este lector le hubiera gustado que el autor interpretase más, mucho más. La biografía de Alberca avanza sobre la pauta obsesiva del dato fidedigno y olvida quizá que un escritor está en su creación tanto o más que en sus amores, infortunios, desafíos políticos o quiebras financieras. Agradecemos las exhaustivas relaciones de liquidaciones editoriales, porque revelan un tren de vida acomodado que desmiente la fama de bohemio con que Valle gustaba de adornarse; pero echamos de menos una indagación más audaz en el proceso psicológico de su maduración artística. Por ejemplo, cómo el primer exponente de la prosa modernista termina alumbrando preceptivas tan insólitas como las de Luces de bohemia o Tirano Banderas. Quizá sea posible hallar un virtuoso término medio (el Belmonte de Nogales, vaya) entre el método vibrante pero novelero de un Stefan Zweig y este contemporáneo prurito de sabueso del dato, que sacrifica toda amena teatralización o conjetura pertinente en el altar de la historiografía científica, si vale el oxímoron. La prosa funcional, correcta, tampoco concede mayores expansiones.

Dicho lo menos bueno, digamos ya que la obra de Alberca acumula méritos ingentes. Quedará por ejemplo como la aclaración definitiva de la paradoja ideológica valleinclanesca: cómo una literatura tan vanguardista pudo ser hecha por alguien que abrigó toda su vida un pensamiento ultramontano, orgullosamente reaccionario. De tal forma que sus admiradores literarios se empeñaban en disculpar su carlismo como una extravagancia estética más de don Ramón, en tanto que los tradicionalistas más ortodoxos desconfiaban de su compromiso con la Causa a la vista de la propensión escatológica que denotan sus obras. Y sin embargo los hechos son tozudos e infinitos los testimonios que certifican una inclinación natural al tradicionalismo, la fe inquebrantable en la raza de los pueblos como medida de su destino, la añoranza del señorío de raíz feudal y el convencimiento de sus virtudes sociales, el odio insuperable al gregarismo y la mesocracia o la admiración por la figura del caudillo providencial, incluido Mussolini. El aristocratismo estructural de Valle sirve no solo para cimentar su credo esteticista, que le enfrentó con empresarios de teatro deseosos de códigos más comerciales, sino también para decodificar muchas de sus contradicciones políticas: carlista a fuer de español pero aliadófilo a fuer de católico; defensor del régimen mexicano frente a los terratenientes españoles por pura venalidad (el gobierno revolucionario le pagó su gira americana); partidario de las dictaduras pero crítico con Miguel Primo de Rivera; monárquico de siempre pero comprometido en 1931 con la República como antialfonsino notorio.

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Narcocorrido de Sito Miñanco

Don Sito antes.

Don Sito antes.

Reconozco que yo no había oído hablar de Sito Miñanco hasta que cené el verano pasado en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira. No recuerdo cómo el nombre de Miñanco acabó monopolizando la sobremesa, pero sí que a mis compadres gallegos les brillaban los ojos mientras componían un vibrante narcocorrido a tres voces. Yo escuchaba fascinado la historia del capo legendario que pagaba operaciones y entierros de su bolsillo, se paseaba en Testarrosa por Vilagarcía y casi subió al Cambados a segunda división, sin descuidar por ello sus escrupulosas tareas como importador de media docena de toneladas de cocaína.

La romantización del criminal es género reservado a los mejores rapsodas, de Thomas De Quincey a Francis Ford Coppola, pero el retrato cobrará un relieve definitivo si los narradores comparten paisanaje con el protagonista. He recordado aquella divertida velada ahora, al ver en la tele a un barbudo Miñanco que ha pasado 20 de sus 59 años en la trena y a quien la Audiencia Nacional acaba de conceder el segundo grado penitenciario: podrá salir entre semana a trabajar en cualquier empresa que le ofrezca un puesto siempre y cuando opere fuera de Galicia. ¿Por qué? Lo explica el auto: «Es necesario evitar el daño que la presencia del interno pueda producir a las víctimas o a su familiares que actualmente vivan en la zona de la que es oriundo el interno». Y evoca a continuación la famosa «generación perdida de las Rías Baixas», que compite en juventud truncada con los portales más sórdidos de la Movida.

Ahora.

Ahora.

Tanto como entiende la fascinación literaria del personaje, uno comprende el dolor que la sola visión de su figura paseando en libertad por el vecindario causará a los familiares de quienes perdieron un hijo en el cepo penoso de los paraísos artificiales. Ahora bien. Perdonen si apunto una diferencia entre un De Juana Chaos que, tras cumplir su pena aún pendiente, retornase a su piso en el barrio de Amara de San Sebastián, donde viven varias víctimas de ETA; y la hipótesis que baraja el abogado de Miñanco, según la cual el narco podría obtener el tercer grado este mismo año e instalarse con todas las de la ley en su casa de Cambados. Y no me refiero ahora al hecho lógico de que el asesinato, penal y moralmente, comporte mayor gravedad que el narcotráfico. Me refiero a que el asesinado por un etarra nunca tuvo elección, mientras que quien muere de sobredosis a manos de un camello sí la tuvo. La droga provoca una degeneración paulatina de la voluntad, con la que forcejea un tiempo hasta que termina anulándola por completo; el tiro en la nuca tiene una manera más aparatosa de anular voluntades: ni siquiera deja margen a la negociación.

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