Archivo de la etiqueta: boxeo es vida

El Prometeo negro

14650715788255

Un hombre siempre se levanta.

Hace ya mucho que la muerte besó la lona, noqueado por el mito. Y hace menos que su memoria personal, destruida por el Parkinson, fue fiada a la memoria colectiva, la que alza monumentos a sus inmortales. ¿De quién es Muhammad Ali? ¿A quién pertenece su leyenda? ¿A los negros, al boxeo, al pop, a las voces de la contracultura? No hay identidad que pueda reclamarlo en exclusiva porque Ali es orgullo de una raza más amplia: la de los hombres libres.

Nunca supo el ladrón que le robó la bicicleta a los 12 años el inmenso favor que nos hizo. El fuego ya ardía en él, una rabia indefinida y cósmica que el policía que atendió su denuncia supo encauzar por el aliviadero reglamentario: un gimnasio de boxeo. Allí aprendió Clay no ya a defenderse, sino a ofender de palabra y de obra. Creció guapo e ingenioso, ordenando con criterios apolíneos cien kilos de músculo y varias toneladas de egolatría que sólo unas piernas hechas para el claqué podían desplazar con tanta gracia. Golpear y ser golpeado le parecía una ordinariez, así que perfeccionó su propio estilo: el baile ingrávido, la esquiva elástica y ese jab larguísimo que ejecutaba girando sutilmente el guante al impactar, para cortar la piel de su adversario. La lengua de la serpiente. El picotazo de la abeja cuando deja de zumbar.

Leer más…

Deja un comentario

5 junio, 2016 · 13:58

El hacha y el martillo

9788416420438

Boxeo es vida. Vive duro.

Más que una novela, el tolo­sa­rra  ha escrito un repor­taje nove­lado en torno a dos míti­cos púgi­les vas­cos: Pau­lino Uzcu­dun e Isi­doro Gaz­ta­ñaga, cuyas vidas va entre­cru­zando con el rigor docu­men­tal y el sen­tido cro­no­ló­gico pro­pio de las bio­gra­fías. El autor, cate­drá­tico de Lite­ra­tura y autor bien cono­cido en el ámbito eus­kal­dún, forma parte de la gene­ra­ción de los Atxaga y Jua­risti, y ha publi­cado media decena de nove­las, libros de via­jes, can­cio­nes y rela­tos. En esta oca­sión recons­truye las aza­ro­sas tra­yec­to­rias de dos boxea­do­res que a prin­ci­pios del siglo XX pasea­ron el nom­bre del País Vasco y de España por el olimpo del noble arte tanto en la escena euro­pea como en la estadounidense.

A Uzcu­dun se le apodó el Leña­dor Vasco pronto y con impe­ca­ble cri­te­rio, pues se había criado como aiz­ko­lari en un case­río gui­puz­coano hasta que mar­chó a París a for­marse como púgil, con­fiado en su inti­mi­dante com­ple­xión. Su carrera fue meteó­rica: los riva­les caían aba­ti­dos por sus guan­tes como antaño caían las ramas bajo su hacha. Su pegada des­co­mu­nal y su coraje faja­dor lo hicie­ron tres veces cam­peón de Europa. En Amé­rica tam­bién impar­tió brio­sas lec­cio­nes de cocina vasca, pero fra­casó en su asalto al cam­peo­nato mun­dial con­tra el legen­da­rio Joe Louis, el bom­bar­dero de Detroit. Gaz­ta­ñaga, por su parte, el Mar­ti­llo Pilón de Ibo­rra, siendo más agra­ciado y téc­nico com­par­tía rotun­di­dad con Uzcu­dun, su ídolo de juven­tud y más tarde amigo en el cir­cuito hasta que rom­pie­ron por riva­li­dad depor­tiva pri­mero e ideo­ló­gica des­pués: al esta­llar la Gue­rra Civil, Uzcu­dun optó por Falange (y el autor no oculta su con­dena por ello) mien­tras que el repu­bli­cano Gaz­ta­ñaga se quedó en Amé­rica, enca­de­nando haza­ñas de alcoba y peleas de com­pro­miso que seña­li­za­ron su deca­den­cia hasta el tra­gi­có­mico final: acabó tiro­teado en Boli­via por un cor­nudo. A ambos les gus­taba tanto la juerga auto­des­truc­tiva como los K.O., en la mejor tra­di­ción de los pesos pesados.

Leer más…

Deja un comentario

15 abril, 2016 · 18:35

El austericidio de Mayweather

No es tirar, sino dar.

No es tirar, sino dar.

Yo no sé qué esperaba la gente. Seguramente un tabique roto, una ceja partida, qué menos que salpicar un poco el escote de Beyoncé. El tacticismo extremo de la pelea deja un rastro de decepción, cuando no un manifiesto enojo con los jueces, y sin embargo ocurrió lo que el aficionado medio sabía que ocurriría. Si algo ha demostrado el Mayweather-Pacquiao es que el boxeo no es la salvajada que, inconfesablemente, cierto espectador desea de dos hombres semidesnudos desafiándose sobre un ring. Confío en que esta victoria de la prudencia sobre la testosterona contribuya a mejorar la imagen del boxeo en los medios.

Fue, sí, un combate cicatero en que ninguno de los dos púgiles se entregó a fondo ni frisó siquiera la altura de su nombre. También lo sabíamos, pues ambos superaron hace años la edad romántica del suicidio. Más abnegación vimos en el Pizjuán, con esos cabezazos tercos de Cristiano que sujetan la esperanza de la Liga. Sabíamos que en Floyd Mayweather cabe toda modalidad de lo hortera pero ninguna expectativa de brutalidad. El campeón es un boxeador maquiavélico, glacial, austericida incluso: no derrocha muchos más golpes de los que ingresa. Y por eso venció. Las tarjetas no mienten: Pacquiao conectó 81 de 429 golpes, mientras que Money el Invencible acertó 148 de 435 intentos. Superioridad negra en números redondos.

¿Por qué entonces invadió Twitter un clamor de tongo al conocerse el veredicto? Hay un pipero del boxeo que valora ante todo la modestia y la actitud, como aplaudía las carreritas en la presión de un Raúl decadente, y no se puede negar que la iniciativa la llevó Pacman, cuyo combo enloquecido del cuarto asalto actualizó aquel título de demonio tagalo. Floyd lo encajó en las cuerdas, recurrió al paso lateral y siguió a lo suyo, consciente de que cuenta el impacto y no la vistosidad. Incluso arriesgó demasiado a fuerza de no arriesgar, escatimando contras para fastidio del YouTube, y tuvo que aplicarse a partir del séptimo asalto para restablecer la jerarquía. Su estilo arroja así una lección ética de autodominio, una estética de sencillez y hasta una económica de control del déficit. “El plan de todos es venir hacia mí y tirar muchos golpes. No ha funcionado en 19 años”, había declarado la víspera. Ahora puede repetirlo con el cinturón de esmeraldas ciñendo su intacta cintura. Una vez más.

Leer más…

Deja un comentario

Archivado bajo El Mundo

Pacquiao vs. Mayweather

The Fight.

The Fight.

Faltaban dos semanas para el combate de su vida contra Manny Pacquiao cuando a Floyd Joy Sinclair Mayweather se le antojó comprarse un Bugati. Miró el reloj, comprobó que eran las tres de la madrugada y marcó el número de su vendedor:

-Tienes 12 horas para conseguirme un Bugati. Si no lo consigues en ese plazo, ya no lo quiero.

El vendedor ha contado luego que colgó el teléfono, se duchó, hizo algunas llamadas, tomó un avión y entregó un rutilante Bugati al deportista mejor pagado de la historia, cumplido lo cual declaró: “Esto me ha hecho mejor persona, trabajar más duro y no ponerme límites”. Nunca perdonaremos a los gurús del emprendimiento que hayan contagiado su retórica calvinista incluso al recadero de un boxeador podrido de millones. El mejor del mundo libra por libra y campeón invicto en cinco categorías, eso sí.

Pero que nadie piense que Money Mayweather no ha preparado a conciencia esta pelea. Que nadie madrugue para él el tópico del juguete roto, el sansón tonto y millonario perdido en la satisfacción de sus complicados caprichos, atendidos 24 horas por un séquito de oro y hip-hop. Uno sospecha que Mayweather cumple con el ritual de la ostentación casi obligado por oficio y posición, por no decepcionar a sus hinchas y por ese tedio existencial que se apodera de ti cuando ganas 105 millones $ al año.

No es Mayweather un Tyson de infancia desolada que halló en el boxeo el desaguadero de su frustración y la revancha contra el mundo: hijo y sobrino de boxeadores, ha mamado el noble arte desde la cuna y ha sido entrenado por los mejores en los mejores gimnasios. El cuerpo de Floy Jr. llama al orgullo industrial, y si a los 38 años todavía le apodan Pretty Boy es porque tras 47 combates (47 victorias) ningún rival ha conseguido tocarle la cara con suficiente contundencia como para afearle sus armónicas facciones. Y eso, bañeras de dólares y volquetes de putas aparte, sólo se logra mediante una disciplina atroz, una técnica superdotada y quizá la mayor inteligencia que se ha desplegado nunca sobre un ring después de Ali. Mayweather es intocable porque ha trabajado obsesivamente su invulnerabilidad. Su cintura es de gelatina, su repertorio inagotable, su instinto para clasificar puntos débiles un escáner infrarrojo y su guardia baja una trampa para los incautos que se aventuran por el perímetro blindado del campeón sin un plan de fuga detallado. Si abrigas la disparatada fantasía de pegar a Mayweather, más vale que le hagas escupir su protector bucal de 23.000 dólares o escucharás el ruido que hace un árbol al ser talado, y será tu cuerpo rebotando en la lona sin saber aún de dónde vino el contraataque. “Soy joven, soy guapo, soy rápido, soy elegante y probablemente no pueda ser golpeado”, declaró Ali. Si alguien puede repetir hoy esa frase sin blasfemar, ese es Míster Money. Un sujeto, por lo demás, condenado por maltrato a 90 días de cárcel que reclamó la devolución de su licencia a la Corte de Nueva York con este argumento: “Yo no le impido realizar su trabajo de juez; no me impida realizar el mío”.

Leer más…

Deja un comentario

Archivado bajo El Mundo

La luminosa magnesia de Manuel Alcántara

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

Hay dos lecciones que sacar de La edad de oro del boxeo, la modélica antología de crónicas pugilísticas de Manuel Alcántara que acaba de publicar Libros del KO (no podía ser una editorial con otro nombre), con esmeradas introducciones de Teodoro León Gross y Agustín Rivera, más un fraternal epílogo de Garci. La primera de ellas es que el boxeo es el único deporte al que nadie llama juego, en sentencia famosa del histórico cronista. La segunda, que el periodismo deportivo se puede hacer con clase y estilo. Ambas lecciones resultan subversivas.

El boxeo, como la decencia inmobiliaria, estuvo muerto en España un tiempo largo pese a haber dado campeones tan ejemplares como Javier Castillejo, y solo últimamente parece que repunta algo la afición en los gimnasios urbanos, en las veladas regulares de Sanse o Leganés, en las barriadas de chándal y periferia. El mismo Alcántara, en la entrevista que incorpora el volumen, afirma que la crisis puede estar alimentando las dosis de frustración necesarias para desahogarse pegando. Si Alcántara tiene más razón que De Guindos, entonces pronto veremos a los profesores de pilates gloriosamente derrotados por pegadores de doce onzas.

Al boxeo se le llama «noble arte» desde que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry (y padre del amante de Wilde), estableció doce reglas para golpearse del modo más caballeresco posible. Pero la nobleza, si llega, llega después; antes hay que estar bastante mal de la cabeza y pasar mucha hambre para elegir la carrera sacrificial sobre el ara de las dieciséis cuerdas. Así ha sido siempre y así sigue siendo: he tenido algún contacto con boxeadores profesionales o amateurs y ninguno había salido precisamente de La Moraleja. Pasé un tiempo haciendo guantes con un ingeniero extremeño que estudiaba oposiciones y tenía una izquierda como para descontracturar lomos de elefante. Y otro, empresario vasco, cambiaba la corbata por el casco sin perder la elegancia. Excepciones, en todo caso.

El boxeo tiene sus haters entre el clero vigilante de la opinión pública, sin llegar tampoco al campo semántico del genocidio hasta el que han desplazado la tauromaquia. Es lógico, tratándose la nuestra de una sociedad entrañable, dominada por la obsesión infantil de soñarse prósperos, perennes y confortables a la vez y de continuo según el modelo triunfante de la publicidad. En el toreo se mata a unos animales que mugen como en los audiolibros infantiles de Mi primera granja pero con mayor verismo y vierten litros de sangre aparatosa sobre la arena, mientras que en el boxeo se imprime a rostros humanos vistosas tumefacciones y, si estás a pie de ring, te pueden caer unas gotas de sangre tibia, de sudor caliente o directamente un protector bucal con diente dentro. Es la clase de espectáculo que explica de qué va la cosa en este valle, y es la clase de mercancía que no hay forma de colocar a una masa de consumidores cuya edad mental, en las sociedades desarrolladas, se ha cifrado en los doce años exactos. Quince todo lo más, si vivimos en Finlandia.

Leer más…

Deja un comentario

1 junio, 2014 · 20:36

La toalla de Wert

No sé cómo le habrá sentado a mi amigo Gistau que el ministro más odiado del país le cite en acto oficial, rodeado por Soraya Sáenz de Santamaría, Gallardón, Fátima Báñez y Jesús Posada. Una cosa es que al PP nunca le haya interesado fundar su propia bodeguilla de escritores y otra que te mencione el mismísimo Wert a traición:

–Me hace gracia que, en un país en que no hay mucha afición por el boxeo, quitando a David Gistau, se hable tanto de tirar la toalla, que yo creo que mucha gente no sabe lo que quiere decir. Yo tiro la toalla, generalmente con cierto desorden, al salir de la ducha, que es el único sitio donde la tiro.

Wert es el héroe de una epopeya personalísima que se llama la Wertíada y que persigue no tanto la españolización de los niños catalanes –pues aquí lo único españolizable es Diego Costa, y sin consenso– como la remontada en algunos puntos del Informe Pisa, a ver si en próximas ediciones conseguimos desmarcarnos de Letonia. La tarea no es pequeña y ya desmoralizó a otros más idealistas que él, desde Jovellanos a Larra, y por eso nos explicamos que le pregunten por el peso insoportable de su toalla. El problema de Wert es que su asistente en la esquina es Mariano Rajoy, y Rajoy no detiene una pelea (¡ni la empieza!) aunque el rostro de su púgil entone una oda a la tumefacción. Sobre todo si lo pide la prensa.

Leer más…

Deja un comentario

5 diciembre, 2013 · 11:46

La verdad indiscutible sobre Mike Tyson

¿Dónde estás, inocencia?

¿Dónde estás, inocencia?

Spike Lee se ha especializado en el biopic de negros que destacan. Como él mismo es un destacado cineasta negro, todos esperamos que un día cierre el círculo de la negritud sobresaliente biografiándose a sí mismo en la gran pantalla. Mientras eso sucede, su próximo proyecto consistirá en adaptar para la HBO un monólogo titulado “Mike Tyson. La verdad indiscutible”, con el que el propio ex campeón de los pesados venía recorriendo los escenarios norteamericanos como otro toro salvaje aceptablemente redimido por el show business.

La verdad indiscutible sobre Michael Gerard Tyson (Brooklyn, 1966) establece que fue el boxeador más salvaje de todos los tiempos, la fuerza menos humana que jamás se haya desencadenado sobre un ring. Otros ha habido más técnicos, más estéticos, más rápidos, más resistentes, más invictos, más ricos, desde luego más inteligentes. No parece posible superar el palmarés de Sugar Ray Robinson; nadie pudo vencer a Rocky Marciano; Alí es el más grande por una carismática confluencia de todas las virtudes pugilísticas. Pero nunca un hombre ha inspirado tanto miedo a otro hombre (entrenado a su vez para dar miedo), nunca nadie ha prendido tan justificadamente el escalofrío del pánico en el alma de sus víctimas como Mike Tyson, el noqueador más terrorífico de todos los tiempos.

Tyson se crió en Brownsville, la zona más deprimida y deprimente de Brooklyn, las peores calles de entre las malas calles neoyorquinas de los setenta. Era un niño acomplejado por el sobrepeso del que abusaban los trapichas adolescentes. Cuando le quitaban las gafas para jugar con ellas, el pequeño Mike huía aterrorizado ante la sola posibilidad del enfrentamiento físico; pero más tarde, una vez conjurado el peligro, le embargaba la humillante resaca de rabia que deja la impotencia. Se aficionó a las palomas, que adquiría con el dinero que hurtaba al vecindario. Un día, uno de aquellos chavales mayores que él le robó un pájaro, y cuando Mike le persiguió suplicando que se lo devolviera, aquel insensato se volvió hacia su perseguidor, le mostró la paloma apresada entre las manos, con un brusco movimiento le retorció el pescuezo al animal y arrojó a los pies de su dueño el cadáver todavía caliente. Un incendio que ya no se apagaría se declaró en el interior de Michael: se abalanzó sobre el colombicida y le propinó la primera paliza de una vida generosísima en palizas. “Supe que nunca más tendría que preocuparme de que alguien se metiera conmigo”, confiesa sollozando como un niño de 40 años en uno de los documentales que más tarde han dedicado a su leyenda.

Con una madre que nunca escondió en casa su decidida apuesta por la promiscuidad, un padre que la había abandonado antes de que él naciera y semejante hábitat callejero, el único sentido de pertenencia que Brooklyn podía proporcionar a Mike nacía al calor de la delincuencia púber. Se unió a los pandilleros y abrazó una resuelta carrera de ladrón y de camello. El campeón de los pesados más joven de la historia fue precoz en todo: a los 12 años acumulaba tantos arrestos –sumaría 38 detenciones a los 13, todo un récord- que fue internado en un correccional.

Y allí empezó a cambiar su previsible destino de escoria social. El monitor Bobby Stewart organizaba peleas para desahogar a la conflictiva muchachada y Mike le pidió que le enseñara a boxear. Stewart vio disposición en aquel chaval precozmente maleado que deseaba resarcirse de las burlas cosechadas por su obesidad y su ceceo. A los pocos meses, Stewart pasó a su prometedor alumno a Cus D’Amato, mánager profesional y verdadero mentor del fenómeno Tyson. D’Amato lo sacó del reformatorio y lo acogió en su casa, le programó entrenos exigentes, le habló de la disciplina y de la paradójica espiritualidad que exige la práctica del boxeo, lo convirtió en púgil amateur y cuando su pupilo estuvo listo para la categoría profesional, satisfecho del deber cumplido con el noble arte de las dieciséis cuerdas, se murió. De esa orfandad ya no se repondría nunca el joven Tyson. D’Amato le había procurado de la nada una autoestima indudable, basada en la potencia letal de sus puños, y cuando faltó volvió a rondarle el desamparo imborrable del gueto.

Cus le había cogido con 15 años y había tutelado sus primeras victorias. En la olimpiada juvenil de 1981, Tyson se apuntó un récord que todavía no le ha sido arrebatado: noqueó a su rival en ocho segundos. Batió en el primer asalto a todos los demás con los que se enfrentó aquel año, que acabó con 21 victorias por una derrota. Siguió fogueándose y dando que hablar en combates amateur hasta que llegó su debut en el profesionalismo en 1985, año de la muerte de D’Amato. En los meses siguientes ganó 27 combates, 25 de ellos por K.O., 15 de ellos en el primer asalto. En noviembre de 1986, con 20 años y cuatro meses, su nuevo y codicioso promotor Don King le considera preparado para el gran desafío: la pelea por el título mundial de los pesados contra el campeón Trevor Bervick. Bervick había vencido en 1980 a un Alí en franca decadencia que esa noche no quiso perderse la velada: subió al ring antes de comenzar, se acercó al aspirante Tyson y le dijo al oído: “Véncele por mí”. Fue un hermoso gesto de cesión dinástica. El heredero no necesitó completar el segundo asalto para ocupar el trono.

“Estuve dos semanas sin quitarme el cinturón para nada. Iba a comprar el pan con el cinturón puesto”, confesaría Tyson, que asimismo declaró haber combatido aquel día bajo los efectos quemantes de una gonorrea contraída por mediación de una fulana y no tratada por la vergüenza que le daba contárselo al médico. Tyson había infringido así uno de sus preceptos: practicar la abstinencia total hasta ser campeón. Entre los 13 y los 20 años había soñado con el título cada noche, estudiando una y otra vez la completísima videoteca de boxeo de D’Amato, memorizando los estilos de los grandes campeones y practicándolos sin descanso. Cuando alcanzó la gloria tan oscuramente deseada, la exprimió a fondo. “Todas las mujeres quieren estar con el campeón”. Por su incontinencia sexual le acabaría sobreviniendo la ruina, pero antes tuvo tiempo de marcar una época sobre el cuadrilátero: la última edad de oro del peso pesado.

La bestia desatada.

La bestia desatada.

“Mi trabajo consiste en hacer el máximo daño posible. Y como tengo un defecto pulmonar de nacimiento, sé que mis combates no pueden alargarse demasiado”. Estas dos premisas resumen el historial de nocauts más estremecedores que cabe datar en todo el siglo XX. Tyson era un boxeador más bien bajo para su categoría, pero la velocidad, precisión y potencia de sus golpes no se habían visto hasta la fecha. Jamás especulaba: salía a matar. Algo criminal, una pulsión de revancha contra el mundo ardía dentro de él alentando una ferocidad mineral, infrahumana, desagradable incluso para la sensibilidad encallecida de los más fervientes aficionados al boxeo, que como escribió Manuel Alcántara es el único deporte que no es un juego. De no ser por la intervención de los árbitros, varios de sus rivales habrían muerto sobre el ring. Los golpes curvos de Mike Tyson, sus fulminantes series de ganchos y crochés retumbaban sobre la carne de la cara o del cuerpo del adversario como la pisada del tiranosaurio en el vasito de agua. El público deliraba de excitación sólo con verle en la esquina esperando el primer campanazo, como el depredador que mira a la cabra al otro lado de una reja que están a punto de levantar.

Mike Tyson dominaba además el arte del amedrentamiento: antes de empezar el combate, cuando los púgiles se emparejan cara a cara para recibir las advertencias del árbitro, el campeón fijaba una mirada deshumanizada en su oponente, le trasmitía la imagen precisa del terrible dolor que estaba a punto de sufrir hasta que el aspirante no aguantaba más y desviaba la vista. Entonces Tyson sabía que ya había ganado la pela, que el rival se le había entregado presa de pavor, y cuando ya lo había noqueado se detenía un momento mirando al árbol caído con desprecio y luego volvía a la esquina con la mirada vacía del burócrata que ha concluido su jornada laboral. Como si, efectivamente, Hannah Arendt tuviera razón y el mal casara perfectamente con la banalidad.

Pero el éxito y la fortuna no contribuyeron a amansar a Mike Tyson. Pese a su matrimonio con Robin Givens –a la que se empeñó en conocer tras ver una película suya en televisión-, se abandonó a la vida crápula que tanto como el alcohol, las drogas o el sexo extramarital fomentaba una inevitable camarilla de parásitos aduladores. Tras el divorcio cantado, Tyson aún se abandonó más. Ya no se preparaba los combates, aunque los ganaba por la inercia de su pegada descomunal. En 1990 se enfrentó a James Douglas: las apuestas estaban 42-1 a favor de Tyson. Douglas llegó a besar la lona pero se recuperó y contra todo pronóstico noqueó al desentrenado campeón en el décimo asalto. Tyson se curó la humillación ganando en forma aplastante las tres peleas siguientes del calendario. Pero el concurso de Miss América Negra se interpuso entre su frágil disciplina y sus bestiales instintos. Él declaró que nunca llegó al extremo de violar a aquella Desiree Washington, pero el testimonio de la joven dio con los huesos del campeón en una cárcel de Indiana donde cumplió tres años. Allí se convirtió al islam, como antes hicieran Alí o Malcolm X, pero Tyson no sólo no halló la paz en la religión de Mahoma sino que constató asustado que empezaba a volverse a loco, a mantener furiosos diálogos consigo mismo. Un vagamente articulado rencor hacia su país le acabó persuadiendo de la necesidad de tatuarse a Mao en el brazo derecho y al Che en el costado izquierdo.

El mismo día que salió del talego acudió a rezar a la mezquita más cercana y convocó a los medios para anunciar que volvería a pelear. Once meses después había recuperado el título de los pesados y la gloria pugilística parecía refluir mansamente hacia él, pero otro negro muy fuerte había surgido para enseñorearse del escalafón en su ausencia: Evander “Real Deal” Holyfield. El choque de cercanías era inevitable. Se le llamó “Finally” y se produjo en Las Vegas el 9 de noviembre de 1996. Tyson perdió por K.O. técnico en el undécimo asalto pero había recibido varios cabezazos antirreglamentarios de su contrincante y por ello se acordó una revancha al año siguiente. Fue el famoso episodio de la oreja, ustedes lo recordarán. En respuesta a los tramposos cabezazos del defensor del título, Tyson le arrancó de un mordisco un pedazo de oreja por la que perdería la pelea, tres millones de dólares en concepto de daños y perjuicios y la licencia de boxeador.

La decadencia del legendario campeón estaba lanzada pero King Kong aún se resistió a caer del todo. Recuperó la licencia en 1998 y ganó media docena de peleas fiado al terror que todavía suscitaba en sus rivales. Pese a que le había abandonado aquella velocidad de relámpago seguido de trueno y de catástrofe natural, conservaba la pegada, que dicen que es lo último que pierde un boxeador. El polaco Golota se negó a dejar la esquina al comienzo del tercer asalto después de haber besado la lona y casi perdido un ojo en los dos primeros. Realizó su último y desesperado intento por recuperar el cinturón de los pesados en 2002 ante Lennox Lewis, que dominó la contienda de principio a fin. Tyson ha confesado después que a esas alturas ya solo peleaba por la bolsa, pues su mala cabeza y los manejos desleales de su promotor Don King –que recibió la visita intempestiva de su descontento cliente y de ahí salió directamente en camilla hacia el hospital- habían consumido una fortuna de 300 millones de dólares y tenía siete hijos de diversas mujeres que mantener. ¿Y quién se atreverá a advertir menos dignidad en el mercenario que se deja apalizar por llevar el sustento a su familia que en el arrogante hércules que se compara sin rebozo con los gigantes inmortales de su disciplina?

El ídolo caído.

El ídolo caído.

Su último combate tuvo lugar el 11 de junio de 2005 contra un barrendero irlandés llamado Kevin McBride. Tyson dio en la báscula 105 kilos de carne avejentada y macilenta. Perdió, claro. Y cuando los periodistas le rodearon para preguntarle por qué consentía manchar así su leyenda, Tyson se derrumbó y con los ojos secos y su voz de niño habló con una honestidad tan brutal, tan hermosa como su pegada perdida: “Ya no amo este deporte. Siento decepcionar así a la gente. No puedo seguir así, perdiendo contra boxeadores de esta categoría. Hace tiempo que solo peleo para pagar facturas. Al salir al ring pienso en mis hijos, no en los tipos con los que me enfrento. No combatiré más. Ya encontraré algo que hacer”.

Mientras lo encontraba, atendió solícito el canto de sirena de las drogas, por cuya posesión y consumo fue multado repetidas veces y finalmente sancionado de nuevo con la cárcel. Poco a poco, a lo largo de estos últimos años, ha luchado por su rehabilitación civil. Ha protagonizado cameos en cine, se ha empleado como showman, ha impartido charlas y conferencias ofrendando la autoparodia de su carne exhausta como única lección de vida, como el viejo salmón que muere cuando ha terminado de nadar contracorriente y alimenta con sus restos a las crías. Parece haber hallado cierta paz familiar, cierta dignidad profesional en el mundo del espectáculo, donde ahora se presentan Spike Lee y la HBO para ayudarle a consolidar su quebradiza senda de redención. Pero Mike Tyson, el boxeador más brutal de todos los tiempos, nunca estará pacificado del todo. En su alma dantesca seguirán huyendo de los demonios del lumpen las palomas mensajeras que llevan al cuello el mensaje confuso de una ira sorda que no se apaga y que no tiene destinatario ni razón de ser, del mismo modo que Tony Soprano no comprendía por qué los patos abandonaron para siempre su piscina.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de julio de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Volver al boxeo

Hace poco que han dejado de temblarme los dedos, así que aprovecharé para contaros este día gozoso de regreso a los entrenos de boxeo en el Metropolitano. Si habéis pegado al saco con cierto método alguna vez reconoceréis ese párkinson puntual que os agita las manos tras el ejercicio como si acabaran de daros un susto tremendo. Es un temblor satisfactorio, hemingwayano, que nos recuerda que nos hemos comportado como hombres, empleándonos agresiva y tenazmente contra algo que en el fondo está dentro de nosotros mismos.

Después de seis meses en que apenas falté al gimnasio, tres días a la semana de duro aprendizaje que nunca nos enseña apenas nada -el boxeo es una disciplina complejísima, una mezcla de ajedrez, crimen y coreografía que exige de nuestro cuerpo y de nuestra mente cotas de destreza prácticamente inalcanzables-, al concluir marzo tuve que dejarlo. Acababa de lograr que me echaran de Intereconomía pero de momento no que me pagaran por ello, así que decidí suspender prudentemente cualquier gasto de tiempo y dinero hasta tanto reconstruyese una rutina productiva. Hoy tengo cobrada parte de la indemnización, establecidas algunas colaboraciones y aparte está la red del paro y la esperanza, que es lo último que se pierde justo antes que los lectores. Escribo, leo, cubro plenos en el Congreso, veo El ala oeste, tuiteo, facturo, bebo con los amigos e incluso con periodistas, cocino pescado al microondas y gasto dinero con mi novia. Sólo me faltaba volver a boxear para ajustar a satisfacción la horma de mis días.

Ha sido muy grato comprobar que los chicos no me habían olvidado. Jero se ha alegrado de que volviera a ponerme bajo su carismática dirección y los compañeros se han acercado a preguntar por mi ausencia. Muchos empiezan las clases de boxeo pero pocos perseveran más allá del primer mes, y en el gym al final siempre éramos los mismos, el mismo reconocible núcleo de tarados. Siendo de los nuevos, yo ya había sido golpeado lo suficiente como para ganarme el dulce derecho a la camaradería que Chesterton circunscribía al macho humano, ese sentimiento fraternal que tanto atrae a las mujeres y que tanto envidian porque a su especie caníbal le ha sido vedado. Al asomarme al cuadrilátero ha sido conmovedor chocar de frente con aquella agria vaharada a sobaquina insumergible, inembalsamable, encostrada en las paredes como una última capa de invisible gotelé, efluvio que ya habíamos olvidado junto con la risa de la infancia y el tacto del primer beso y otras cosas hermosas de la vida. Ha sido aún más gratificante aguantar casi hasta el final el entrenamiento con Ramón de pareja, que tiene más envergadura y más ritmo. Tampoco andaba rápido de piernas por una inflamación absurda en el empeine derecho: fue una patada que me propinaron el sábado jugando al Futbolín Humano durante una despedida de soltero en Segovia. Y sin embargo, pese a que alguna serie se me atrancaba, contra todo pronóstico he efectuado la de esquiva-gancho-croché-derecha con apreciable fluidez, visto lo visto. Al saco ya no he llegado entero, la camiseta chorreando, las sienes martilleándome como si tuviera un xilófono en el cráneo. Pero el fondo ya lo cogeré de nuevo. Lo importante era volver.

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Volví en el metro con Gistau, que lleva ocho meses boxeando sin parar y ya ha adoptado envidiables automatismos. Se sujetaba a la barra del vagón mientras charlábamos sobre su salida de El Mundo y su flamante incorporación a ABC; de haberse producido un frenazo, estoy casi seguro de que la barra metálica se habría combado.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros