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Y la pegada cambió de bando

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Pelea en el barro.

Un debate a seis puede ser cualquier cosa menos un debate, pero esto ya lo saben todos ustedes, que no se sientan ante el televisor en la campaña más polarizada del siglo para oír argumentos sino para calibrar gestos, ponderar reflejos, aplaudir sarcasmos, maldecir presencias o extrañar ausencias. Fue una velada de boxeo en la que el cartel de los asaltos lo paseaban dos varones medrosos –Aitor Esteban y Gabriel Rufián– y los guantazos corrían de parte de dos mujeres capaces de redefinir ellas solas los roles tradicionales de género sin cobrar un solo euro de ninguna asociación.

Cayetana Álvarez de Toledo salió de su esquina como salía Tyson en los 80; la ministra Montero tenía un plan, la consabida impostura del estadismo sanchista, pero como decía Tyson todo el mundo tiene un plan hasta que le cae el primer puñetazo. “Es una anomalía que no esté aquí Sánchez, ese vanidoso útil del separatismo, de coraje discutido y discutible…” Y a partir de ahí hacia arriba. Abusó de sus turnos de palabra tanto como del hígado del adversario, que unas veces eran las Montero y otras veces era Rufián. Solo una vez trató de defender la propuesta fiscal del PP, pero no acertó a desgranarla bien. Y qué coño, ha vuelto a la política para disfrutar. Protagonizó el momento más tenso de la noche con Irene Montero, que cometió el error fatal de tratar a Álvarez de Toledo como si fuera la caricatura de Álvarez de Toledo que el feminismo de tea ardiente quema a escondidas en sus aquelarres digitales. Pero topó con carne, hueso y cerebro. La estrategia de frontalidad de la candidata popular le asegura el foco del debate. Acaso entraña un único riesgo, que no sé si lo es en estos tiempos: una irradiación de suficiencia que atraerá a muchos y disuadirá a otros.

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17 abril, 2019 · 11:25

El austericidio de Mayweather

No es tirar, sino dar.

No es tirar, sino dar.

Yo no sé qué esperaba la gente. Seguramente un tabique roto, una ceja partida, qué menos que salpicar un poco el escote de Beyoncé. El tacticismo extremo de la pelea deja un rastro de decepción, cuando no un manifiesto enojo con los jueces, y sin embargo ocurrió lo que el aficionado medio sabía que ocurriría. Si algo ha demostrado el Mayweather-Pacquiao es que el boxeo no es la salvajada que, inconfesablemente, cierto espectador desea de dos hombres semidesnudos desafiándose sobre un ring. Confío en que esta victoria de la prudencia sobre la testosterona contribuya a mejorar la imagen del boxeo en los medios.

Fue, sí, un combate cicatero en que ninguno de los dos púgiles se entregó a fondo ni frisó siquiera la altura de su nombre. También lo sabíamos, pues ambos superaron hace años la edad romántica del suicidio. Más abnegación vimos en el Pizjuán, con esos cabezazos tercos de Cristiano que sujetan la esperanza de la Liga. Sabíamos que en Floyd Mayweather cabe toda modalidad de lo hortera pero ninguna expectativa de brutalidad. El campeón es un boxeador maquiavélico, glacial, austericida incluso: no derrocha muchos más golpes de los que ingresa. Y por eso venció. Las tarjetas no mienten: Pacquiao conectó 81 de 429 golpes, mientras que Money el Invencible acertó 148 de 435 intentos. Superioridad negra en números redondos.

¿Por qué entonces invadió Twitter un clamor de tongo al conocerse el veredicto? Hay un pipero del boxeo que valora ante todo la modestia y la actitud, como aplaudía las carreritas en la presión de un Raúl decadente, y no se puede negar que la iniciativa la llevó Pacman, cuyo combo enloquecido del cuarto asalto actualizó aquel título de demonio tagalo. Floyd lo encajó en las cuerdas, recurrió al paso lateral y siguió a lo suyo, consciente de que cuenta el impacto y no la vistosidad. Incluso arriesgó demasiado a fuerza de no arriesgar, escatimando contras para fastidio del YouTube, y tuvo que aplicarse a partir del séptimo asalto para restablecer la jerarquía. Su estilo arroja así una lección ética de autodominio, una estética de sencillez y hasta una económica de control del déficit. “El plan de todos es venir hacia mí y tirar muchos golpes. No ha funcionado en 19 años”, había declarado la víspera. Ahora puede repetirlo con el cinturón de esmeraldas ciñendo su intacta cintura. Una vez más.

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Pacquiao vs. Mayweather

The Fight.

The Fight.

Faltaban dos semanas para el combate de su vida contra Manny Pacquiao cuando a Floyd Joy Sinclair Mayweather se le antojó comprarse un Bugati. Miró el reloj, comprobó que eran las tres de la madrugada y marcó el número de su vendedor:

-Tienes 12 horas para conseguirme un Bugati. Si no lo consigues en ese plazo, ya no lo quiero.

El vendedor ha contado luego que colgó el teléfono, se duchó, hizo algunas llamadas, tomó un avión y entregó un rutilante Bugati al deportista mejor pagado de la historia, cumplido lo cual declaró: “Esto me ha hecho mejor persona, trabajar más duro y no ponerme límites”. Nunca perdonaremos a los gurús del emprendimiento que hayan contagiado su retórica calvinista incluso al recadero de un boxeador podrido de millones. El mejor del mundo libra por libra y campeón invicto en cinco categorías, eso sí.

Pero que nadie piense que Money Mayweather no ha preparado a conciencia esta pelea. Que nadie madrugue para él el tópico del juguete roto, el sansón tonto y millonario perdido en la satisfacción de sus complicados caprichos, atendidos 24 horas por un séquito de oro y hip-hop. Uno sospecha que Mayweather cumple con el ritual de la ostentación casi obligado por oficio y posición, por no decepcionar a sus hinchas y por ese tedio existencial que se apodera de ti cuando ganas 105 millones $ al año.

No es Mayweather un Tyson de infancia desolada que halló en el boxeo el desaguadero de su frustración y la revancha contra el mundo: hijo y sobrino de boxeadores, ha mamado el noble arte desde la cuna y ha sido entrenado por los mejores en los mejores gimnasios. El cuerpo de Floy Jr. llama al orgullo industrial, y si a los 38 años todavía le apodan Pretty Boy es porque tras 47 combates (47 victorias) ningún rival ha conseguido tocarle la cara con suficiente contundencia como para afearle sus armónicas facciones. Y eso, bañeras de dólares y volquetes de putas aparte, sólo se logra mediante una disciplina atroz, una técnica superdotada y quizá la mayor inteligencia que se ha desplegado nunca sobre un ring después de Ali. Mayweather es intocable porque ha trabajado obsesivamente su invulnerabilidad. Su cintura es de gelatina, su repertorio inagotable, su instinto para clasificar puntos débiles un escáner infrarrojo y su guardia baja una trampa para los incautos que se aventuran por el perímetro blindado del campeón sin un plan de fuga detallado. Si abrigas la disparatada fantasía de pegar a Mayweather, más vale que le hagas escupir su protector bucal de 23.000 dólares o escucharás el ruido que hace un árbol al ser talado, y será tu cuerpo rebotando en la lona sin saber aún de dónde vino el contraataque. “Soy joven, soy guapo, soy rápido, soy elegante y probablemente no pueda ser golpeado”, declaró Ali. Si alguien puede repetir hoy esa frase sin blasfemar, ese es Míster Money. Un sujeto, por lo demás, condenado por maltrato a 90 días de cárcel que reclamó la devolución de su licencia a la Corte de Nueva York con este argumento: “Yo no le impido realizar su trabajo de juez; no me impida realizar el mío”.

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El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53

La verdad indiscutible sobre Mike Tyson

¿Dónde estás, inocencia?

¿Dónde estás, inocencia?

Spike Lee se ha especializado en el biopic de negros que destacan. Como él mismo es un destacado cineasta negro, todos esperamos que un día cierre el círculo de la negritud sobresaliente biografiándose a sí mismo en la gran pantalla. Mientras eso sucede, su próximo proyecto consistirá en adaptar para la HBO un monólogo titulado “Mike Tyson. La verdad indiscutible”, con el que el propio ex campeón de los pesados venía recorriendo los escenarios norteamericanos como otro toro salvaje aceptablemente redimido por el show business.

La verdad indiscutible sobre Michael Gerard Tyson (Brooklyn, 1966) establece que fue el boxeador más salvaje de todos los tiempos, la fuerza menos humana que jamás se haya desencadenado sobre un ring. Otros ha habido más técnicos, más estéticos, más rápidos, más resistentes, más invictos, más ricos, desde luego más inteligentes. No parece posible superar el palmarés de Sugar Ray Robinson; nadie pudo vencer a Rocky Marciano; Alí es el más grande por una carismática confluencia de todas las virtudes pugilísticas. Pero nunca un hombre ha inspirado tanto miedo a otro hombre (entrenado a su vez para dar miedo), nunca nadie ha prendido tan justificadamente el escalofrío del pánico en el alma de sus víctimas como Mike Tyson, el noqueador más terrorífico de todos los tiempos.

Tyson se crió en Brownsville, la zona más deprimida y deprimente de Brooklyn, las peores calles de entre las malas calles neoyorquinas de los setenta. Era un niño acomplejado por el sobrepeso del que abusaban los trapichas adolescentes. Cuando le quitaban las gafas para jugar con ellas, el pequeño Mike huía aterrorizado ante la sola posibilidad del enfrentamiento físico; pero más tarde, una vez conjurado el peligro, le embargaba la humillante resaca de rabia que deja la impotencia. Se aficionó a las palomas, que adquiría con el dinero que hurtaba al vecindario. Un día, uno de aquellos chavales mayores que él le robó un pájaro, y cuando Mike le persiguió suplicando que se lo devolviera, aquel insensato se volvió hacia su perseguidor, le mostró la paloma apresada entre las manos, con un brusco movimiento le retorció el pescuezo al animal y arrojó a los pies de su dueño el cadáver todavía caliente. Un incendio que ya no se apagaría se declaró en el interior de Michael: se abalanzó sobre el colombicida y le propinó la primera paliza de una vida generosísima en palizas. “Supe que nunca más tendría que preocuparme de que alguien se metiera conmigo”, confiesa sollozando como un niño de 40 años en uno de los documentales que más tarde han dedicado a su leyenda.

Con una madre que nunca escondió en casa su decidida apuesta por la promiscuidad, un padre que la había abandonado antes de que él naciera y semejante hábitat callejero, el único sentido de pertenencia que Brooklyn podía proporcionar a Mike nacía al calor de la delincuencia púber. Se unió a los pandilleros y abrazó una resuelta carrera de ladrón y de camello. El campeón de los pesados más joven de la historia fue precoz en todo: a los 12 años acumulaba tantos arrestos –sumaría 38 detenciones a los 13, todo un récord- que fue internado en un correccional.

Y allí empezó a cambiar su previsible destino de escoria social. El monitor Bobby Stewart organizaba peleas para desahogar a la conflictiva muchachada y Mike le pidió que le enseñara a boxear. Stewart vio disposición en aquel chaval precozmente maleado que deseaba resarcirse de las burlas cosechadas por su obesidad y su ceceo. A los pocos meses, Stewart pasó a su prometedor alumno a Cus D’Amato, mánager profesional y verdadero mentor del fenómeno Tyson. D’Amato lo sacó del reformatorio y lo acogió en su casa, le programó entrenos exigentes, le habló de la disciplina y de la paradójica espiritualidad que exige la práctica del boxeo, lo convirtió en púgil amateur y cuando su pupilo estuvo listo para la categoría profesional, satisfecho del deber cumplido con el noble arte de las dieciséis cuerdas, se murió. De esa orfandad ya no se repondría nunca el joven Tyson. D’Amato le había procurado de la nada una autoestima indudable, basada en la potencia letal de sus puños, y cuando faltó volvió a rondarle el desamparo imborrable del gueto.

Cus le había cogido con 15 años y había tutelado sus primeras victorias. En la olimpiada juvenil de 1981, Tyson se apuntó un récord que todavía no le ha sido arrebatado: noqueó a su rival en ocho segundos. Batió en el primer asalto a todos los demás con los que se enfrentó aquel año, que acabó con 21 victorias por una derrota. Siguió fogueándose y dando que hablar en combates amateur hasta que llegó su debut en el profesionalismo en 1985, año de la muerte de D’Amato. En los meses siguientes ganó 27 combates, 25 de ellos por K.O., 15 de ellos en el primer asalto. En noviembre de 1986, con 20 años y cuatro meses, su nuevo y codicioso promotor Don King le considera preparado para el gran desafío: la pelea por el título mundial de los pesados contra el campeón Trevor Bervick. Bervick había vencido en 1980 a un Alí en franca decadencia que esa noche no quiso perderse la velada: subió al ring antes de comenzar, se acercó al aspirante Tyson y le dijo al oído: “Véncele por mí”. Fue un hermoso gesto de cesión dinástica. El heredero no necesitó completar el segundo asalto para ocupar el trono.

“Estuve dos semanas sin quitarme el cinturón para nada. Iba a comprar el pan con el cinturón puesto”, confesaría Tyson, que asimismo declaró haber combatido aquel día bajo los efectos quemantes de una gonorrea contraída por mediación de una fulana y no tratada por la vergüenza que le daba contárselo al médico. Tyson había infringido así uno de sus preceptos: practicar la abstinencia total hasta ser campeón. Entre los 13 y los 20 años había soñado con el título cada noche, estudiando una y otra vez la completísima videoteca de boxeo de D’Amato, memorizando los estilos de los grandes campeones y practicándolos sin descanso. Cuando alcanzó la gloria tan oscuramente deseada, la exprimió a fondo. “Todas las mujeres quieren estar con el campeón”. Por su incontinencia sexual le acabaría sobreviniendo la ruina, pero antes tuvo tiempo de marcar una época sobre el cuadrilátero: la última edad de oro del peso pesado.

La bestia desatada.

La bestia desatada.

“Mi trabajo consiste en hacer el máximo daño posible. Y como tengo un defecto pulmonar de nacimiento, sé que mis combates no pueden alargarse demasiado”. Estas dos premisas resumen el historial de nocauts más estremecedores que cabe datar en todo el siglo XX. Tyson era un boxeador más bien bajo para su categoría, pero la velocidad, precisión y potencia de sus golpes no se habían visto hasta la fecha. Jamás especulaba: salía a matar. Algo criminal, una pulsión de revancha contra el mundo ardía dentro de él alentando una ferocidad mineral, infrahumana, desagradable incluso para la sensibilidad encallecida de los más fervientes aficionados al boxeo, que como escribió Manuel Alcántara es el único deporte que no es un juego. De no ser por la intervención de los árbitros, varios de sus rivales habrían muerto sobre el ring. Los golpes curvos de Mike Tyson, sus fulminantes series de ganchos y crochés retumbaban sobre la carne de la cara o del cuerpo del adversario como la pisada del tiranosaurio en el vasito de agua. El público deliraba de excitación sólo con verle en la esquina esperando el primer campanazo, como el depredador que mira a la cabra al otro lado de una reja que están a punto de levantar.

Mike Tyson dominaba además el arte del amedrentamiento: antes de empezar el combate, cuando los púgiles se emparejan cara a cara para recibir las advertencias del árbitro, el campeón fijaba una mirada deshumanizada en su oponente, le trasmitía la imagen precisa del terrible dolor que estaba a punto de sufrir hasta que el aspirante no aguantaba más y desviaba la vista. Entonces Tyson sabía que ya había ganado la pela, que el rival se le había entregado presa de pavor, y cuando ya lo había noqueado se detenía un momento mirando al árbol caído con desprecio y luego volvía a la esquina con la mirada vacía del burócrata que ha concluido su jornada laboral. Como si, efectivamente, Hannah Arendt tuviera razón y el mal casara perfectamente con la banalidad.

Pero el éxito y la fortuna no contribuyeron a amansar a Mike Tyson. Pese a su matrimonio con Robin Givens –a la que se empeñó en conocer tras ver una película suya en televisión-, se abandonó a la vida crápula que tanto como el alcohol, las drogas o el sexo extramarital fomentaba una inevitable camarilla de parásitos aduladores. Tras el divorcio cantado, Tyson aún se abandonó más. Ya no se preparaba los combates, aunque los ganaba por la inercia de su pegada descomunal. En 1990 se enfrentó a James Douglas: las apuestas estaban 42-1 a favor de Tyson. Douglas llegó a besar la lona pero se recuperó y contra todo pronóstico noqueó al desentrenado campeón en el décimo asalto. Tyson se curó la humillación ganando en forma aplastante las tres peleas siguientes del calendario. Pero el concurso de Miss América Negra se interpuso entre su frágil disciplina y sus bestiales instintos. Él declaró que nunca llegó al extremo de violar a aquella Desiree Washington, pero el testimonio de la joven dio con los huesos del campeón en una cárcel de Indiana donde cumplió tres años. Allí se convirtió al islam, como antes hicieran Alí o Malcolm X, pero Tyson no sólo no halló la paz en la religión de Mahoma sino que constató asustado que empezaba a volverse a loco, a mantener furiosos diálogos consigo mismo. Un vagamente articulado rencor hacia su país le acabó persuadiendo de la necesidad de tatuarse a Mao en el brazo derecho y al Che en el costado izquierdo.

El mismo día que salió del talego acudió a rezar a la mezquita más cercana y convocó a los medios para anunciar que volvería a pelear. Once meses después había recuperado el título de los pesados y la gloria pugilística parecía refluir mansamente hacia él, pero otro negro muy fuerte había surgido para enseñorearse del escalafón en su ausencia: Evander “Real Deal” Holyfield. El choque de cercanías era inevitable. Se le llamó “Finally” y se produjo en Las Vegas el 9 de noviembre de 1996. Tyson perdió por K.O. técnico en el undécimo asalto pero había recibido varios cabezazos antirreglamentarios de su contrincante y por ello se acordó una revancha al año siguiente. Fue el famoso episodio de la oreja, ustedes lo recordarán. En respuesta a los tramposos cabezazos del defensor del título, Tyson le arrancó de un mordisco un pedazo de oreja por la que perdería la pelea, tres millones de dólares en concepto de daños y perjuicios y la licencia de boxeador.

La decadencia del legendario campeón estaba lanzada pero King Kong aún se resistió a caer del todo. Recuperó la licencia en 1998 y ganó media docena de peleas fiado al terror que todavía suscitaba en sus rivales. Pese a que le había abandonado aquella velocidad de relámpago seguido de trueno y de catástrofe natural, conservaba la pegada, que dicen que es lo último que pierde un boxeador. El polaco Golota se negó a dejar la esquina al comienzo del tercer asalto después de haber besado la lona y casi perdido un ojo en los dos primeros. Realizó su último y desesperado intento por recuperar el cinturón de los pesados en 2002 ante Lennox Lewis, que dominó la contienda de principio a fin. Tyson ha confesado después que a esas alturas ya solo peleaba por la bolsa, pues su mala cabeza y los manejos desleales de su promotor Don King –que recibió la visita intempestiva de su descontento cliente y de ahí salió directamente en camilla hacia el hospital- habían consumido una fortuna de 300 millones de dólares y tenía siete hijos de diversas mujeres que mantener. ¿Y quién se atreverá a advertir menos dignidad en el mercenario que se deja apalizar por llevar el sustento a su familia que en el arrogante hércules que se compara sin rebozo con los gigantes inmortales de su disciplina?

El ídolo caído.

El ídolo caído.

Su último combate tuvo lugar el 11 de junio de 2005 contra un barrendero irlandés llamado Kevin McBride. Tyson dio en la báscula 105 kilos de carne avejentada y macilenta. Perdió, claro. Y cuando los periodistas le rodearon para preguntarle por qué consentía manchar así su leyenda, Tyson se derrumbó y con los ojos secos y su voz de niño habló con una honestidad tan brutal, tan hermosa como su pegada perdida: “Ya no amo este deporte. Siento decepcionar así a la gente. No puedo seguir así, perdiendo contra boxeadores de esta categoría. Hace tiempo que solo peleo para pagar facturas. Al salir al ring pienso en mis hijos, no en los tipos con los que me enfrento. No combatiré más. Ya encontraré algo que hacer”.

Mientras lo encontraba, atendió solícito el canto de sirena de las drogas, por cuya posesión y consumo fue multado repetidas veces y finalmente sancionado de nuevo con la cárcel. Poco a poco, a lo largo de estos últimos años, ha luchado por su rehabilitación civil. Ha protagonizado cameos en cine, se ha empleado como showman, ha impartido charlas y conferencias ofrendando la autoparodia de su carne exhausta como única lección de vida, como el viejo salmón que muere cuando ha terminado de nadar contracorriente y alimenta con sus restos a las crías. Parece haber hallado cierta paz familiar, cierta dignidad profesional en el mundo del espectáculo, donde ahora se presentan Spike Lee y la HBO para ayudarle a consolidar su quebradiza senda de redención. Pero Mike Tyson, el boxeador más brutal de todos los tiempos, nunca estará pacificado del todo. En su alma dantesca seguirán huyendo de los demonios del lumpen las palomas mensajeras que llevan al cuello el mensaje confuso de una ira sorda que no se apaga y que no tiene destinatario ni razón de ser, del mismo modo que Tony Soprano no comprendía por qué los patos abandonaron para siempre su piscina.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de julio de 2013)

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