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Don Draper o la conquista de la moral

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

[Al hilo de la última temporada de Mad Men que ahora se exhibe, he creído oportuno recuperar un artículo que publiqué en el número 2 en papel de la revista Jot Down, octubre de 2012. Por entonces la serie acababa de concluir su quinta temporada, pero el análisis ético y narratológico que me inspiró entonces la peripecia interior de Don Draper quizá no haya perdido toda su vigencia. Razón de que lo ofrezca a continuación, por si alguien gusta y no se pone quisquilloso con los llamados spoliers]

Mad Men, la serie de AMC que aplica el leit-motiv nacional del sueño americano al mundo caníbal de la publicidad en los albores del capitalismo salvaje neoyorquino, nos ha regalado a uno de los personajes de ficción más literarios –en el sentido de complejo, matizado, poliédrico, pero a la vez arquetípico– de la década. Nos referimos a su protagonista, Don Draper, director creativo de agencia interpretado con maravillosa, naturalísima sobriedad por Jon Hamm, a quien no podremos ver jamás como otra persona que Don Draper, por supuesto (ambos son huérfanos, por cierto). Si acordamos que la excelencia narrativa reside hoy en las series norteamericanas mucho antes que en la novela o el cine, entonces Don Draper, como las plegarias del Libro de Job o la relectura de la Odisea o la biografía del doctor Johnson, alcanza la cota máxima del mérito literario, que es aquel que funde la ética y la estética y logra al mismo tiempo edificar a los sencillos y rendir a los sabihondos, deparando a un Borges felicidad en vida y consuelo ante la muerte a un Harold Bloom.

Draper se ofrece al espectador en principio como el self-made man yanqui por excelencia, ascendido a la cima social y económica tras sobreponerse a unos orígenes familiares penosos que se nos revelan episódicamente a golpe de flash-back. Vemos a Draper engominado a cal y canto, elegante hasta la arrogancia, seguro de su talento, seduciendo a magnates de Madison Avenue putrefactos de millones; pero un día descubrimos que este Draper resulta ser, literalmente, un pobre hijo de puta. La puta muere al parirlo y el bebé es confiado al granjero Whitman que la preñó –Whitman: apellido parlante que remite al patriarca de la lírica americana– y bautizado Dick. El padre muere coceado por un caballo y su madrastra se casa con un paleto de maneras brutales. Dick tiene un hermanastro, llamado Sam. Dick sueña con huir de tan faulkneriano hogar y se alista en la campaña de Corea. Allí se produce lo que Joyce llamaba una epifanía, el hito que ha de polarizar un relato entero. Por culpa de su imprudencia, una explosión destroza a su compañero, el genuino soldado Don Draper, y el cobarde Dick Whitman, superado por el horror de la guerra, decide colgarse la chapa identificatoria de Draper aprovechando que ha quedado irreconocible y suplantar así su identidad para los restos. Consigue así el doble objetivo de huir sin explicaciones de su castrante familia y de desertar sin castigo del ejército estadounidense, que de hecho lo licencia con honores de héroe. Ahí empieza Dick a felicitarse de su astucia, a abrazar su impostura, a planificar su nuevo nacimiento, a atornillarse la máscara del triunfador. Lo que no sabe es que con la medalla de héroe militar recibe otra invisible con la que el destino –el destino es el carácter… o la falta de él– castigará su decisión: la de héroe trágico, acechado para siempre por las consecuencias morales de la impostura existencial.

La primera reconvención del destino la encarna Sam, quien en una foto del New York Times reconoce a aquel hermanastro que se suponía que jamás volvió de Corea. Se presenta en la lujosa agencia, pero topa con la negativa innegociable de Dick a dejar de ser Don Draper. En un gesto que cifra toda la inmundicia que puede representar un puñado de dólares, el adinerado hermano mayor se deshace del miserable hermano menor ofreciéndole 5.000 pavos con la condición de no volver a ver jamás esa familiar cabeza pajiza que le evoca un pasado nefando, cuidadosamente ocultado. Sam, desolado, se ahorca sin tocar un solo dólar: solo buscaba el afecto fraterno. Se une Sam así al difunto soldado Draper en el panteón de fantasmas morales que ulularán en la conciencia de nuestro apuesto Hamlet.

Pero Don se centra en las dos carreras que mejor acallan la voz de la conciencia viril: la de hombre de negocios y la de Don Juan. El destino le dará una tregua de inconsciencia eufórica. Compaginará el éxito profesional con la posesión de cuantas mujeres se cruzan en su camino. La que se resiste le estimula más, y no suele tardar más de dos capítulos en acabar cediendo y aun enamorándose del irresistible depredador Draper. El descarnado machismo sexual que refleja la serie, fiel a su época –¿a todas las épocas?–, solo lo contrapesa el simétrico furor uterino de otras tantas amazonas libertinas, que también han campado en todo siglo. La mujer legítima de Don, Betty Draper, es una muñequita despersonalizada, anulada al unísono por la pujanza de su marido, por la puritana educación recibida y por sus propias deficiencias de carácter. Solo a una mujer destina Don rango de especie común a la suya: a Anna Draper, la esposa del soldado muerto al que suplantó y única confidente de su tremendo secreto, cuya comprensión mitiga la voz espectral que la ingesta desmedida de whisky en cóctel Old Fashioned o directamente de la botella no logra ahogar del todo.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

La serie avanza ahondando poco a poco en este esquema dialéctico que enfrenta al héroe con su pasado, la calma hipócrita del hogar con la codicia frenética de Manhattan, la estabilidad con el affaire. La conciencia de Draper va disociándose cada vez más, estirándose como chicle, vaciándose de toda coherencia. Y aunque otro patriarca de las letras norteamericanas como Ralph Waldo Emerson dejó escrito que la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, Draper no puede olvidar que en realidad se llama Whitman, como el gran poeta que versificó la apoteosis fundacional de la subjetividad en su “Canto a mí mismo”. Episodio a episodio Draper va cayendo en la cuenta de que él no puede cantarse a sí mismo porque no sabe quién es. Su canto no tiene objeto porque ya no sabe qué es verdad y qué es embauque en su vida. Su oficio, asociar valores románticos a productos tan pedestres como laxantes y medias, es la gran metáfora que la serie propone para expresar el la falsedad arquetípica de su personaje.

Llegamos al ecuador del drama, al gran punto de inflexión narrativo. Como suele pasar en la vida, Draper necesitará tocar fondo para tomar impulso. El fondo –la segunda epifanía de la serie, matriz de la narración– lo marca su divorcio con Betty, quien desenmascara a su marido y le obliga a confesar su verdadera identidad al hilo de la historia desdichada de Dick Whitman. El final de la tercera temporada, teñido de una majestuosa melancolía bajo los dylanianos sones de Don´t think twice, it´s all right, juega con la sugerencia del perdón de Betty; el espectador llega a desearlo, pero es demasiado tarde: la confianza está rota. En Betty ha nacido una personalidad inédita de mujer dura e independiente que atiende al apetito de su insatisfacción y al grito de su orgullo liándose con un rico divorciado. Se trata de Henry Francis, asesor del gobernador del Estado, un hombre comprensivo pero ayuno de carisma que jamás podrá librarse de la sombra patrimonial que la figura de Don seguirá proyectando sobre Betty. Don Draper se muda a un piso de soltero, afronta la puesta en marcha de una nueva agencia como socio fundador y reduce al mínimo su vida social y el ajetreo de sábanas. Ha comenzado la conquista de una personalidad propia, el camino de la forja moral que nunca emprendió, ahora posible mediante la ascesis de la soledad y la introspección. Comienza a escribir un diario y se apunta a natación. Oímos en off sus reflexiones por primera vez, mientras ejecuta largas y rectas brazadas de crol.

En ese reposado estado de conciencia escribe la famosa carta a Lucky Strike después de que este gigante del tabaco decida abandonar la agencia, condenándola a la ruina a medio plazo. El guión concede a esa carta la categoría de hito que merece: nadie antes en la Gran Manzana había osado rasgar tan sonoramente –en el mismo Times– el dogma sacrosanto de la idolatría del mercado: el cliente no siempre tiene razón, se atreve a proclamar Draper. Los cigarrillos matan y me alegro de no tener ya que vender los de esta marca; es más, no pienso vender los de ninguna otra en el futuro. Por supuesto, se trata de otro truco publicitario, un gancho comercial dirigido a la trinchera de enfrente: los enemigos institucionales que tiene toda tabacalera. Pero no deja de ser una maniobra pionera, nunca vista: hacer publicidad sin mentir. El riesgo es altísimo, las garantías invislumbrables y aún así ejecuta el plan, lo que informa del cambio moral que se está operando en el nuevo Draper. Solo Peggy, su alter ego femenino en la agencia –y casi la única que no pasa por su cama-, entiende la genialidad del gesto. Pero quien mejor lo define es Megan, la secretaria con veleidades artísticas que acabará convirtiéndose en su segunda mujer y musa de su reconstrucción ética: “El mensaje era: no me dejas tú, te dejo yo”. Así empiezan todos los despechados a rehacer su vida.

Megan es la Penélope de Don, Ulises de una odisea interior en pos de la adultez moral. Al principio de la serie, Draper no era un carácter sino un mero arquetipo, y ese arquetipo del self-made man se va rellenando de carne, de zozobra, de remordimiento, de propósitos de redención: de naturaleza humana en suma. Pero el hombre es el único animal que no tiene propiamente naturaleza sino más bien historia, y la serie la desarrolla con ritmo indesmayable, haciendo progresar vívidamente a Don hacia una moralización que culmina en su amor –por primera vez maduro– por Megan. A ella le dice quién es desde el principio. Dick Whitman, que había pasado a ser Don Draper por obra de la cobardía y que había perseverado en la impostura por efecto de la ambición, retorna con Megan a ser Dick Whitman por la fuerza del amor de Megan, al modo como Don Quijote regresa en su agonía a la lucidez postrera de ser nada más que Alonso Quijano. Megan, dueña de una sensibilidad inasequible para Betty, es seducida por el presente brillante de Draper pero al mismo tiempo acepta la carga familiar de su pasado. Su química con los hijos de Don convence definitivamente a nuestro héroe demediado de la idoneidad de Megan como esposa. Y al hilo de ese amor bien cimentado en la confidencia, la sofisticación afrancesada de Megan depara otro don a Don: el de la superación del machismo, el de infundirle respeto a la personalidad propia de su compañera, cuya vocación de actriz supone todo un reto para la patriarcal estrechez de miras de un macho alfa en el Manhattan de los sesenta. En su nuevo hogar, decorada a la última, se respira complicidad y las disputas acaban rápido sobre la alfombra o sobre la colcha.

La familia crece, como la culpa.

La familia crece, como la culpa.

Cuando concluye la quinta temporada, Donald Francis Draper hace pequeñas cosas reveladoras de una generosidad nueva –el desinterés es la piedra de toque de la grandeza ética–, como dejarle una nota a Megan informando de que sale cinco minutos a comprar bombillas. La nota incluye la coda tierna del “Te quiero”. O como coger el coche para llevar al amigo adolescente de su insolente hija Sally a su lejana casa tras llegar a casa reventado por un durísimo día de trabajo. En esos detalles se manifiesta el temple que conforma un carácter. Hay mil detalles más, como los que exponen una creciente paciencia con sus subordinados en la oficina. Antes era un gentleman impecable; ahora ha logrado imbuir esa brillante envoltura de la fibra costosa de la virtud, y la virtud, no se engañen los temperamentos provocadores, siempre será la única fuente de atractivo humano perdurable. Por eso amamos todos a Don Draper.

Al parecer, AMC ha prometido una sexta y quizá una séptima temporada de Mad Men. En este punto el guión ofrece a mi juicio dos congruentes derivas narrativas: la consolidación a lo bildungsroman de esta tendencia moralizante, lo que obligaría a un final más o menos abierto y permitiría el happy end; o la llamada de la sangre y la vuelta a las andadas como un barco incesantemente arrastrado corriente abajo, por citar el colofón de El gran Gatsby. Porque el personaje de Draper parece construido a pachas por la mano elegantemente melancólica de Scott Fitzgerald y el alma atormentada de Dostoievski. La psicocrítica, corriente de análisis literario deudora de Freud, estudia al personaje a la luz de su infancia, que considera determinante. Se trata de un enfoque muy útil a partir del momento en que la novelística moderna corrige la injerencia abusiva del autor en la autonomía psicológica de sus criaturas. Así, constata cómo los antihéroes de Dostoievski muchas veces parecen absorber al escritor, en lugar de hacer derivar simplonamente a los personajes de la biografía –prisma romántico– o ideología –prisma adecuado a la novelística de tesis– del creador. Ahora bien, Draper es rehén de su infancia desgraciada, cierto; pero no lo es menos de su ambiente y de su libre albedrío. La sociocrítica, deudora de la cosmovisión marxista, atiende sobre todo a las condiciones socioeconómicas en que se mueve el protagonista de un relato, y no puede negarse que el capitalismo neoyorquino de la década de los sesenta determina en buena medida su comportamiento. Ahora bien, ni la infancia ni el ambiente agotan a nuestro personaje, y ahí reside su magnitud artística: Don Draper se sobrepone a su cuna y acaba contradiciendo algunas de las normas de su mundo caníbal porque deviene ante todo un héroe ético, es decir, un héroe en pleno uso de su libre albedrío y de la responsabilidad que comporta.

Hombre solo.

Hombre solo.

Don Draper exigía un estudio diacrónico y no sincrónico, y de ahí el espoileo inevitable de este artículo, que ustedes sabrán disculparme porque en todo caso no anulará esa mezcla de familiaridad y sorpresa que compone el placer estético, cuando vean Mad Men. Draper es lo que Lukács denominaba “héroe problemático”: aquel que entabla una relación dialéctica con su mundo cuyo saldo final redunda en el autoconocimiento. El protagonista de esta serie acaba reivindicándonos en las narices su derecho a vivir autónomamente, al modo pirandelliano; su derecho a ser primero alguien más fulgurante de lo que el destino le tenía asignado, y su derecho a arrepentirse del precio de nihilismo que pagó por su sueño americano, para cambiar de nuevo. Draper, así, anula a su propio guionista en beneficio de la más alta función de las ficciones: la de pasar a vivir como verdades morales en nuestra imaginación.

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Mi tarde con Loquillo

[Reproduzco, por si fuere oportuno y al hilo de una mención de Pedro Ampudia, la entrevista que le hice a Loquillo en Donosti, una tarde otoñal de 2010. Fue de las mejores cosas que hice como reportero de Época. A pesar de su extensión final, corté mucho material que conservo grabado, lo cual no bastó para que tras la publicación me llamara el representante del artista hecho un basilisco por el exceso de opiniones políticas vertidas, como si no hubiese una grabadora en rojo sobre la mesa y como si Loquillo no fuera Loquillo, en definitiva. Ahora que arrecia el tabarrón catalán, quizá sea de algún interés]

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Nació José María Sanz Beltrán en el barrio barcelonés de Clot. Cuenta 49 años de edad y 30 de carrera. Tiró una vez una tele desde el piso 25 de un hotel a la piscina. Loquillo se lo puso Epi, con quien machacó aros en su primera juventud. Hizo la mili en la Armada. Culto, incorrecto, informado, indomable. Le hartaron de vivir en Barcelona los nacionalistas excluyentes. Nos recibe en su Donosti de adopción, villa bonita, fuerte y formal, para confirmarles a los lectores de ÉPOCA aquella declaración de principios propia de una rock star que no se apaga: “Abrirás una revista y me encontrarás a mí”.

-Dice Miguel Ríos que hay una edad límite en el rock. ¿Es así?
-No. Para su generación, igual sí.

-¿Cómo es su generación?
-Pues bastante distinta. Yo vengo del ruido, y él del paz y amor, no puede ser igual. No sé cómo será, pero desde luego no igual. Yo he nacido con el punk. Pero yo soy de la generación del 77, no tengo nada que ver con los hippies, ni en forma de actuar ni de pensar, musicalmente no tenemos nada que ver.

-¿Está muerto el rock and roll?
-Bueno, es evidente que estamos viviendo el final de una época y de una tradición y de unos valores. No sé si el rock va a sobrevivir a eso, pero creo que más que el rock and roll, lo que existe es una manera de entender la vida que también tenían los románticos del siglo XIX o los poetas beatnicks de los años cuarenta y cincuenta. Sí es cierto que la cultura rock empapa toda la sociedad de los últimos 30 años. En nuestro país, los mítines se parecen cada vez más a un concierto de rock. El rock ha sido portavoz o ha sido la punta de lanza de un modo distinto de entender la vida. Siempre hubo actitudes así, en otros siglos se ha llamado de otra manera.

-¿Qué cambio ha supuesto la Red?
-Un cambio absoluto, una vuelta a empezar. Hay quien dice que es el final y yo digo que es el principio. La Red ayuda a que la música que no suena en las emisoras de radio comerciales llegue a los demás. Con lo que somos los primeros en agradecerlo. Y por otro lado, ha creado una vuelta a los inicios. La música se había convertido a mitad de los años noventa en una industria tan controlada que en España el músico se acababa a los 30 años. No existías. Lo decían las radiofórmulas. Vino la Red, y nos salvó. Las radios ya no marcan nada. Los críticos de rock son crepusculares. La crítica real está en la Red. Tu mismo público hace la crítica continuamente.

-Pero está por ver que eso cristalice en unos beneficios…
-Yo creo que el artista debe tener el derecho de hacer con su obra lo que quiera. Yo tengo en mi página varios de mis discos colgados para descargar, pero lo digo yo, y no cobro por ello. Entiendo que tiene que haber una Red, donde tú puedas escuchar música y comprarla si tú quieres, pero por otro lado entiendo que la gente intercambie canciones porque eso es lo que hacíamos nosotros cuando grabábamos casetes.

-¿Y esa forma de pensar por qué no impera en una sociedad tan criticada como la SGAE?
-LA SGAE tiene un problema que arrastra desde hace muchos años. Yo creo que es un cementerio de elefantes. Yo soy partidario de que las sociedades de gestión tienen que ser llevadas por gestores. El problema de la SGAE viene de muy lejos. Ahora no está ni Ramoncín ni Víctor Manuel y el problema sigue igual. Ahora está Jorge Drexler. ¿Tú te crees que a mí me va a defender Jorge Drexler? No se da cuenta de que le han puesto ahí de parapeto. Pero el problema son los que están detrás, y los que quieren venir. Y por otro lado, hay muchísimos factores interesados en esa guerra. Porque los máximos beneficiarios de esa guerra son las empresas de telecomunicaciones. Cuanto más pirateo, más ganan. Y en cambio tenemos las tarifas de Adsl más caras de Europa.

-La SGAE no ha entendido como usted que la Red es el principio…
-Lo que a mí me parece un abuso es haber estado cobrando una pasta a la gente por un trozo de plástico con un redondel, y además tres veces seguidas. Primero el disco, después el de grandes éxitos y después el cd. Es normal que la gente se rebote. La SGAE es un gran negocio. Lo que sí noto es la gran cantidad de ignorancia sobre el tema en España. Qué poco nos creemos la cultura que tenemos y qué poco la respetamos. A un francés le es muy difícil comprar algo que está en el suelo, y para un español es como decir: “¡Eh, que le estoy engañando a alguien!”

-¿Cómo se veía a una banda de rock en los primeros ochenta?
-En esa época se nos consideraba pro-yanquis. Nos llamaban fascistas por ir de cuero. Yo les decía: “¡Pero si en el asalto al Palacio de Invierno los bolcheviques vestían gabardinas de cuero!”.

-¿Fueron tan salvajes los 80 como se dice? ¿Llegó usted a tocar fondo?
-No, no me lo podía permitir. Porque mi padre no era diplomático, tampoco estrella del toreo, ni actor de cine. Mi padre era estibador del puerto de Barcelona. He crecido en un piso de 49 metros cuadrados, donde vivíamos en el pasillo, porque vivíamos mi padre, mi madre, mi tía y mi abuela. Cuando tú creces en eso, cuando ganas un dinero en esto, sabes lo que ganas y le das un valor a lo que ganas. Y si depende de ti una familia y te han educado con la cultura de los valores, puedes pasarte tres pueblos, pero llega un momento en el que te das cuenta de que no puedes pasarte más. Y eso es lo que me ha salvado a mí.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

-¿Qué le parece esta ley del tabaco?
-Una vergüenza. No se puede adoptar una norma en un país como el nuestro, de hostelería, de servicios. Y aquí vienen los guiris a desgravarse. ¿Por qué no podemos vivir de ellos? Y además, el que quiera ir a un sitio de fumadores que vaya, y el que no quiera ir que no vaya. Yo fumo muy poco, pero me gusta de vez en cuando fumarme un cigarrillo. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida? ¿A ti te obligan a ir a misa o a ir a los toros? ¿No, verdad? Si quieres vas, si quieres no vas. Se acabó. Esto no es Suecia. Aquí la gente, de entrada, grita. En segundo lugar, la gente se relaciona. La forma de relacionarse es bebiendo, alternando y hasta hace poco fumando. ¿Quién no ha intentado ligar ofreciendo un cigarro? ¿Alguien se imagina un concierto de jazz sin tabaco? Yo he crecido con el cine negro americano o francés. Jean Paul Belmondo o Humphrey Bogart fuman. ¡Me ofrecéis estos modelos masculinos y ahora me decís que no molan! Me parece impresentable.

-Ha tenido la surte de tocar como telonero de The Who y The Rolling Stones. ¿Qué siente cuando mira atrás y ve que lo ha conseguido?
-A veces uno piensa: “Lo he hecho, lo demás no”. Pero también pienso: “Yo lo creí más que lo demás”. Querer es poder. Ya estuve en 1999 con los Rolling haciéndoles una coña. Entré con Gay Mercader en el camerino, con un maletín y vestido de negro. Y Gay les dice: “Es el hombre del cash”. Y los tíos se quedan flipando como diciendo: ¿Nos van a pagar aquí con una maletín? La coña es que el maletín estaba lleno de chocolatinas de billetes con su cara.

-¿Para cuándo una reunión en directo de los hombres de negro: Calamaro, Bunbury, Urrutia y usted?
-Está más cerca de lo que parece. Los artistas están de acuerdo. Los mánagers han hablado. Lo dejo ahí.

-¡Vaya cuarteto!
-Los cuatro somos para darnos de comer aparte. El mundo del cine es corporativista. De ahí la vinculación de muchos al comunismo o socialismo. Es difícil en el cine ser individual. Ese corporativismo hace que tengan un lobby de poder muy gordo con el cual logran que les subvencionen todo y más. En el mundo de la música todos somos individuales y las compañías se las ven y las desean para lanzar a los músicos al mercado. Lo que conseguimos lo hacemos solos. Con lo que se subvenciona una película, se podría subvencionar toda una discográfica durante un año. Pero creo que la cultura subvencionada termina matando al artista. Se deben subvencionar los locales, promocionar la cultura en los medios, pero el mantener y subvencionar a fondo fijo a compañías de teatro, a gente del cine… ¡Deja que vengan otros! Lo cierto es que los cuatro hemos ido a nuestra bola. Enrique se ha metido en Latinoamérica a base de constancia y trabajo, y de invertir su propia pasta. Andrés se vino de Argentina a España a buscarse la vida. No le ayudó nadie. Y Jaime, creo que debería estar en la RAE… ¿No está Cebrián? Este señor ha escrito 30 de los mejores poemas musicados de los últimos 30 años en España. Una lección de castellano.

-Que Alaska se dedique ahora a participar en tertulias del corazón, ¿qué le sugiere?
Olvido siempre ha sido así. No engaña a nadie. Ha intentado mantener un cierto equilibrio entre intelectualismo y hedonismo. No me sorprende, va con ella. Tanto Nacho Canut como Olvido son personajes que quiero mucho y que se inventan a sí mismos. Me encantan los desplantes de Nacho y las salidas de maruja de Alaska.

-Si su hijo le dijera que le gusta la música de Bisbal, ¿qué le diría?
-Mi hijo es fan de Morrissey y los Who. Esos programas siempre han existido: Mecano salió de algo parecido. El problema es que sólo salen cantantes melódicos. Hay un pensamiento único de música. El problema de ese programa, que ha hecho mucho daño a la generación que estaba emergiendo en aquella época porque no pudieron llegar, el verdadero problema es que estaba pagado con dinero público. Y que las compañías de discos y agencias de contratación, que se forraron con ello, las hemos subvencionado nosotros.

-Eso no solo ocurre con la música…
-Te contaré una cosa. Hace poco recibí una llamada de una serie de televisión que quería describir una parte de la historia de España. Yo les dije que si era una productora privada, yo cobraba. Si era TVE, lo hacía gratis. Hay que tener ética en esto. Tú puedes engañar a la gente durante un tiempo, pero si no tienes ética, te vas a la mierda. En España, durante muchos años, uno tenía que vender los derechos de autor a una emisora de radio para sonar; ahora es a la compañía directamente. ¿Hemos avanzado algo? No. ¿Cuál es la ética? No hacerlo. Yo desde el año 92 no sueno en las emisoras comerciales. Pero en cambio tengo una editorial propia y la gestiono yo mismo. Siempre se lo digo a la gente que empieza: cuidad de vuestros derechos de autor. Es el legado de tu familia.

-Ha participado en varias películas, ha escrito dos novelas. ¿No le bastaba con el rock para expresarse?
-Hay que aprender divirtiéndote y trabajando a la vez. De joven era muy fan de Charlton Heston y siempre pensaba que se lo debía pasar que te cagas porque siempre aparecía en sus películas disfrazado de algo. En las dos pelis que he hecho, en una hago de guardaespaldas de los años veinte; fue en La ciudad de los prodigios, basada en la novela de Eduardo Mendoza, gran Premio Planeta. En la otra hago de falangista. A ver qué me toca la próxima. En cuanto a lo de escribir, lo hago para reflejar la historia no contada de mi ciudad. Fue una explosión de cultura. Todos los grandes, empezando por Vargas Llosa, venían. Y llegó Pujol y se lo cargó. Antes de que cuenten una historia distorsionada, pues la cuento yo.

-Se acercan los comicios catalanes…
-No voy a votar a un partido para que administre mi voto otro. Merecen una temporada en el infierno todos. El 51% de la población, entre la que me incluyo, no votamos el Estatuto. No fuimos a votarlo. Eso tendría que hacer pensar a la clase política. ¿Cómo estamos tan lejos del electorado? Les importa una mierda. Ellos a la suya.

-¿Y no hay rebeldes que acaben con esa omertá nacionalista?
-No, se han ido todos. De mi generación se ha ido todo el mundo. En una cena, creo que Loles León dijo: “A mí me echó Pujol de Barcelona”. Salió mi compañero Sabino Méndez y dijo: “Nosotros resistimos a Pujol, nos ha echado el Tripartito”. Las bandas más importantes de Barcelona de aquella época nos fuimos todas. Primero porque las compañías desaparecieron. Y en segundo lugar, porque tengo muy asumido lo que ellos tienen tan claro: que cultura catalana es la que se hace en catalán. Punto. Eso te dicen. ¿Y para qué te vas a molestar? La omertá ahora es muy clara allí, aunque de mí a veces dicen: “Bueno, todavía es recuperable, algo habremos hecho mal con él…”.

-¿Ha perdido la esperanza de que cambie la hegemonía nacionalista?
-Evidentemente esto va a tener que petar un día. Pero entretanto te has cargado una generación. El nacionalismo ahora mismo en Cataluña es un negocio muy rentable. A mí me sabe muy mal que un sentimiento que puede ser muy digno, respetable, de ciudadano que quiere sus símbolos y tradiciones, se haya convertido en el chollo de vida de mucha gente. Es comercializar un sentimiento muy íntimo. En Cataluña se ha creado el funcionariado cultural. Es todo un arte. Han intentado ver en mí a un Boadella de la música, pero él tiene muchas más tablas. Yo, humilde y simplemente, he dicho: esta guerra no es mía, ahí os quedáis. Porque la situación es kafkiana. Allí son capaces de gobernar con el 20% de los votos y les va a dar igual. Hasta ahí llega su locura.

-¿Está a favor de las listas abiertas?
-Lo primero es que cambie la ley electoral. Un hombre, un voto. Una mujer, un voto. ¿Por qué mi voto vale la mitad que el de uno que vive en Vic? Y a partir de ahí, lo demás. Los partidos políticos viven aún de ideologías políticas del siglo XIX. Miguel Bosé no es santo de mi devoción, pero el otro día dijo una frase muy buena: “Los sindicatos están obsoletos”. Siguen con la retórica del Palacio de Invierno. Los partidos están enquistados, y si entra un poco de aire fresco cierran la ventana. El virus del franquismo muta, y tanto la izquierda como la derecha sufren de él. Es muy difícil matarlo. Si la derecha en este país peca de rancia y de no ser europea, la izquierda de este país peca de que pagaría por ver a los grises entrando en la universidad. Y como no pasa, se cabrean. Y creo que hay gente en España que es diferente. Mi familia procede mitad del anarquismo y mitad del POUM, imagínate. Me cabrea por ejemplo la explotación de la bandera republicana por parte del PC. Pues yo conozco mucha gente de derechas que es republicana. En España, actualmente, todo aquel que manifieste su desacuerdo es un facha. Si vives en Cataluña y no estás por la labor del chanchullismo, eres un facha. Y anticatalán ya es todo aquel que vive en España. Deberían leer historia, porque se ha vendido a los chavales que los españoles invadieron Cataluña. Y parece que en Cataluña jamás hubo franquistas, ni el Tercio de Montserrat, ni esas imágenes de brazos alzados. En la II Guerra Mundial, mientras mi padre estaba en la cárcel, Jordi Pujol estudiaba en un colegio alemán.

-¿Qué le parece el nuevo Gobierno?
-Que Leire Pajín sea ministra es lo que menos me choca. Cualquier espectador de la política de los últimos cuatro años tenía que darse cuenta. Lo más increíble para mí es la supresión del Ministerio de Igualdad. Tengo mucho interés en saber cómo van a reaccionar los foros feministas. Si se van a callar o no. Y eso que era la apuesta del presidente. Aunque igual no dicen nada para no perder la subvención.

-La Monarquía y su futuro.
-Interesante pregunta. El futuro es mujer. En todas las fotos sale ella delante.

-San Sebastián o Barcelona.
-Difícil. Llevo ya años fuera de Barcelona, pero aún me falta más perspectiva. Voy exclusivamente para ver a mi madre y a mis amigos. Desgraciadamente para mí, en un momento determinado se convirtió en una ciudad muy opresiva, sobre todo a raíz de todo lo que pasó con la vinculación de Sabino a Ciutadans. Lo pagaron conmigo, fue tremendo, se cebaron conmigo cuando no tenía ninguna vinculación política. La expresión es: aburrieron a un buey. Y me largué. Estaba harto. Tendrá que pasar tiempo para que vuelva a recuperar el feeling. Y Donosti es una ciudad que me pega. Es muy familiar, casi un barrio de Barcelona, vas a todos lados andando. Y la gente es muy seria y educada, nadie te da el coñazo, y eso me ayuda mucho. Aquí puedo ir al fútbol o al baloncesto con mi hijo, pasear con él o ir a la playa, y nadie me molesta.

-¿Lo de Lady Gaga es provocación?
-¿A quién le puede provocar eso?

-¿El Barça o los Celtics?
-Pregúntamelo cuando vuelva Gasol [risas].

-Último libro que ha leído.
-Una biografía de Patton y Rommel. Me gustan mucho las biografías de grandes estadistas, de Federico el Grande a Churchill, ver cómo reaccionaron ante situaciones límite. Y sus estrategias. También en la música es importante la estrategia…

-Última peli que le haya gustado.
-Hace poco volví a ver la trilogía de Aldecoa dirigida por Mario Camus. Young Sánchez, de 1963, con Julián Mateos de boxeador, es impresionante.

-Su vocación frustrada.
-Yo quería ser astronauta, y no es coña. Intenté alistarme en la fuerza aérea con 16 años. No me quisieron por alto. Yo quería ser piloto de caza y de ahí marcharme a Houston para pasar las pruebas de la NASA. Como veis, en cierto modo he logrado estar cerca de las estrellas: me he convertido en una.

-Zapatero.
-Tiene una flor en el culo. Se parece a Cruyff: en la peor situación, de una manera o de otra, siempre ganaba.

-Laporta.
-Un caso indescifrable. En un concierto en Barcelona vino a verme al camerino. Yo flipaba, porque habían venido algunos Boixos Nois -muchos tienen por himno el “Feo, fuerte y formal”- y pensaba que se iba a liar. Pero he de decir que Laporta conmigo siempre ha sido una persona cojonuda, y mira que no soy independentista. Era excesivo y se lo he criticado. Pero no puedo hablar mal de él, porque era fan. Claro que yo tengo fans muy extraños…

-Montilla.
-El día que ganó yo escribí una columna en El Periódico de Cataluña que se titulaba “La Cataluña de Candel llega al poder”. Les he pedido a los de El Periódico que me dejen escribir el día que Montilla pierda. Porque hemos pasado de 23 años de pujolismo a la más absoluta frustración. Había mucha ilusión en que cambiara todo, en que entrara el aire, en que se podían hacer las cosas de otra manera. Yo no entiendo eso de las “relaciones España-Cataluña”. ¿Qué es eso? ¡Pero si coges un avión y estás ahí! ¡Si con la Red estás ahí! Es un discurso de hace 300 años.

-Federico Jiménez Losantos.
-La primera entrevista que me hicieron a mí fue en Disco Express, la revista underground por excelencia de Barcelona, donde Federico era columnista. Escribía de música y de arte, y formaba parte de la gran intelectualidad catalana. Ahora hay mucho odio hacia él. ¿Qué es muy crítico? ¿Y qué pasa con la libertad de expresión, es que no se puede hablar o qué coño pasa? Lo que sucede es que es una persona incómoda, le pegaron un tiro en Cataluña, y eso no mola nada a ciertos sectores que estuvieron de acuerdo.

-Vargas Llosa.
-Me encanta su gran jerarquía. Casi lo admiro más como persona que como escritor. Fui a Cuba en los noventa y llevaba una chupa de cuero con la imagen del Che. Y cuando vi aquello, me dije: ¿Quién me ha tomado el pelo? Las bandas de rock, prohibidas. Los rockeros me daban las cintas en un lavabo por miedo a los comisarios políticos. Y salí corriendo. Y Vargas lo denunció en un momento difícil. Parece que García Márquez es cojonudo porque apoya a Fidel y éste no porque es de derechas. ¿Estamos en párvulos o qué?

-¿Es usted taurino?
-Yo crecí al lado de la Monumental, yo crecí con los toros. Mi padre me llevaba, y cuando no había dinero entrábamos al último toro, cuando abrían las puertas y nos metíamos todos los pobres. Las calles en mi barrio olían a toro. Y a mí me jode que jodan mis recuerdos. Y que esto de la prohibición sea una cuestión política. Es evidente, porque si fuera una cuestión de respeto a los animales se prohibirían los correbous. O todo o nada. Si algo tiene que morir, que muera por su propia decadencia, pero no por obligación. Yo ahora a mi hijo puedo llevarle a muy pocos lugares en Barcelona de los que yo conocí. Se cargaron el boxeo, el Price, donde había lucha libre. Se cargan los toros, ahora el tabaco. No quiero dar el discurso rancio, pero que no se acaben las cosas porque lo decidan unos tipos con toda la inquina. Cuando fui hace poco con Jaime Urrutia a la Monumental nos llamaban asesinos. ¿Pero he matado a alguien? Si empezamos así, no comamos carne nadie. Ahora bien, no olvidemos una cosa: en Cataluña tú puedes empezar tirando pintura a un barco de la Navy y puedes terminar teniendo un piso en Pedralbes.

(Publicado en ÉPOCA, 7-XI-10)

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22 octubre, 2013 · 18:32

El coherente martirio del cantautor llamado Rodríguez

¿Por qué nos fascina la figura del músico Sixto Rodríguez que el oscarizado documental Searching for Sugar Man acaba de propulsar a los anaqueles más altos del culto pop? ¿Es su biografía o la perfección mítica de la historia -la búsqueda y hallazgo del genio perdido- lo que nos cautiva? ¿Es cierto eso de que el tiempo acaba canonizando a los mejores, que la impostura no se puede sostener, que el talento termina reclamando por sí solo su justo podio? ¿Son los estragos de la publicidad imprescindibles para fundamentar lo mismo una fama que un desprestigio, incluso que un cronopio? ¿Quién es el genio real, el héroe o su exégeta: Belmonte o Chaves Nogales, Aquiles u Homero?

Desde que vi la película no puedo dejar de escuchar las canciones de Rodríguez (Detroit, 1940), cuya efímera carrera musical se ciñe a dos discos, Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), tan notables en su estricta aportación musical y literaria como estrepitosamente orillados por las mieles del éxito industrial. Con una poderosa excepción: la aldea sudafricana, que se mantuvo extraña e irreductiblemente fiel a las canciones de aquel desconocido cantautor folk de resonancias hispanas y procedencia yanqui hasta elevarlo a la categoría de Bob Dylan del apartheid en una era aún previa a la globalización digital. Rodríguez es, efectivamente, un letrista excepcional y un melodista de primer orden, una apostura icónica y una voz barrial más honesta aún que la de Springsteen. “Lo tenía todo para triunfar”, repiten una y otra vez en la película. Y sin embargo el tipo nacido para superestrella ha vivido como albañil en Michigan toda su vida, ajeno al éxito acotadísimo que cosechara en Sudáfrica, compatibilizando su curro en la obra con la licenciatura de Filosofía, la crianza de tres hijas y una frustrada carrera política por el ala izquierda, como corresponde a todo cantautor protesta que se precie. Ahora es famoso, claro, y aún sale de gira por ahí, pero el hecho cierto es que ya es tarde; que el éxito merecido le ha llegado cuando ya no podía disfrutarlo, y que su historia apuntala con extraña singularidad todas las dudas planteadas en el primer párrafo.

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12 abril, 2013 · 13:09