Archivo de la etiqueta: apatrullando la ciudad

El choque y la conciencia

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“A tu lado vamos todos, catalán. También los extremeños y los andaluces”.

Por circunstancias que no vienen al caso, he tenido ocasión de asistir a un curso de reeducación vial. Recomiendo la experiencia a los españoles que estos días se preguntan por la existencia del Estado más allá de Montoro, sea cual sea el número de puntos que milagrosamente hayan sido capaces de conservar. Mi instructor se llama Paco, aunque él prefiere decir formador vial. Otros alumnos se lo imaginan reeducando las pulsiones ultraviolentas de Álex en La naranja mecánica.

En adelante, para mí, el Estado será Paco. Un cincuentón robusto y calvo, afable pero inequívoco, que imparte la materia absolutamente imbuido de la relevancia de su función. Paco explica el significado del rojo, del ámbar y del verde como Unamuno desentrañaría el estadio estético, ético y teológico de la metafísica de Kierkegaard. La ironía no es una opción. Hay vidas en juego. En concreto, las de los 1.800 españoles que cada año abonan los arcenes de las autopistas. En clase analizamos las infinitas maneras que existen de partirse la médula al volante y condenarse uno o condenar a otro a una silla de ruedas vitalicia. Somos 17 alumnos -16 varones, una mujer-, desde ejecutivos trajeados hasta surferos de Tarifa. Paco se ocupa de que ninguno de nosotros, alumnos forzados por la autoridad del Estado a un reaprendizaje que de primeras juzgamos superfluo, fastidioso y recaudatorio, terminemos saliendo a fumar en los descansos con el corazón encogido, silenciosos, contritos como San Agustín.

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18 septiembre, 2017 · 11:14

La pirula

La noche nos confunde.

La noche nos confunde.

El taxi bajaba por la calle de la Colegiata de San Isidro y yo viajaba en él, y tenía prisa porque me estaban esperando. Así que al llegar a la altura de la Cava Baja le sugerí al taxista que me ahorrara un fastidioso rodeo girando a la izquierda. El taxista, con suave acento sudamericano, objetó que esa maniobra estaba prohibida, cosa que yo ya sabía. Los dos nos tomamos unos segundos para asegurar la escena del precrimen; al verla despejada de sirenas y uniformes, el taxista cedió a mi insistencia y giró a la izquierda.

Fue salir del giro y topar de frente con una pareja de agentes de movilidad que nos hacían señales para que nos echáramos a un lado de la calzada. Una insidiosa furgoneta de reparto los había ocultado a nuestro vistazo preventivo. El taxista maldijo en voz baja, con más pesar que ira. Se percató rápidamente de lo que venía a continuación, aunque no dudó en delatarme cuando el agente se acercó a la ventanilla.

-El cliente me dijo que hiciera la pirula…

-Pero usted decidió hacerla. Usted conducía, así que la denuncia es para usted. Si el cliente quiere pagársela, es cosa suya.

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23 octubre, 2015 · 11:48

Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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Narcocorrido de Sito Miñanco

Don Sito antes.

Don Sito antes.

Reconozco que yo no había oído hablar de Sito Miñanco hasta que cené el verano pasado en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira. No recuerdo cómo el nombre de Miñanco acabó monopolizando la sobremesa, pero sí que a mis compadres gallegos les brillaban los ojos mientras componían un vibrante narcocorrido a tres voces. Yo escuchaba fascinado la historia del capo legendario que pagaba operaciones y entierros de su bolsillo, se paseaba en Testarrosa por Vilagarcía y casi subió al Cambados a segunda división, sin descuidar por ello sus escrupulosas tareas como importador de media docena de toneladas de cocaína.

La romantización del criminal es género reservado a los mejores rapsodas, de Thomas De Quincey a Francis Ford Coppola, pero el retrato cobrará un relieve definitivo si los narradores comparten paisanaje con el protagonista. He recordado aquella divertida velada ahora, al ver en la tele a un barbudo Miñanco que ha pasado 20 de sus 59 años en la trena y a quien la Audiencia Nacional acaba de conceder el segundo grado penitenciario: podrá salir entre semana a trabajar en cualquier empresa que le ofrezca un puesto siempre y cuando opere fuera de Galicia. ¿Por qué? Lo explica el auto: «Es necesario evitar el daño que la presencia del interno pueda producir a las víctimas o a su familiares que actualmente vivan en la zona de la que es oriundo el interno». Y evoca a continuación la famosa «generación perdida de las Rías Baixas», que compite en juventud truncada con los portales más sórdidos de la Movida.

Ahora.

Ahora.

Tanto como entiende la fascinación literaria del personaje, uno comprende el dolor que la sola visión de su figura paseando en libertad por el vecindario causará a los familiares de quienes perdieron un hijo en el cepo penoso de los paraísos artificiales. Ahora bien. Perdonen si apunto una diferencia entre un De Juana Chaos que, tras cumplir su pena aún pendiente, retornase a su piso en el barrio de Amara de San Sebastián, donde viven varias víctimas de ETA; y la hipótesis que baraja el abogado de Miñanco, según la cual el narco podría obtener el tercer grado este mismo año e instalarse con todas las de la ley en su casa de Cambados. Y no me refiero ahora al hecho lógico de que el asesinato, penal y moralmente, comporte mayor gravedad que el narcotráfico. Me refiero a que el asesinado por un etarra nunca tuvo elección, mientras que quien muere de sobredosis a manos de un camello sí la tuvo. La droga provoca una degeneración paulatina de la voluntad, con la que forcejea un tiempo hasta que termina anulándola por completo; el tiro en la nuca tiene una manera más aparatosa de anular voluntades: ni siquiera deja margen a la negociación.

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¿Cuánto hay de Edgar Hoover en Jorge Fernández?

Hoover a la izquierda. Fernández no sé si a la derecha o en Babia.

Hoover a la izquierda. Fernández no sé si a la derecha o en Babia.

Estaría como loco Jorge Fernández por soltar la noticia de la desarticulación del frente de presos de ETA para lavar en lo posible la foto de la infamia de Durango y mandó un mail a los medios de comunicación dando los detalles con una coda no escrita: “Esto para que veáis que al Estado no se le escapa ni una, bocazas”. Pero el bocazas, de nuevo, fue el ministro del Interior. La Guardia Civil no había llegado todavía al piso franco y las webs ya estaban parpadeando con el registro, concediendo a los terroristas un cómodo plazo para entregarse al formateo de discos duros en la estricta senda de una tradición española recientemente instaurada.

Antes estas cosas costaban dimisiones pero en el gabinete de Rajoy el Gélido no se quema ni Dios. Fernández es un ministro del Interior original, revolucionario diríamos, que se esfuerza por ajustar los calmos tiempos de las operaciones policiales a las urgencias de lo digital, del mismo modo que Santiago Pedraz compensa la morosidad de lo jurídico evacuando tuits enfurecidos. Cuando nos anunciaron una Ley de Transparencia no imaginábamos que se llevara tan lejos.

Fuera de la inepcia comunicativa, asombra la paradoja que en el lapso de cinco días se alza entre el consentido “aquelarre repugnante” de Durango, en palabras de Fernández, y la prematuramente cacareada operación contra “el tentáculo que controla a los presos”, en palabras del mismo Fernández. Hombre, don Jorge, puestos a cortar tentáculos podía ir directamente a por el pulpo, no solo no clandestino sino incluso fotogénico.

Como asombra la navideña disposición de los medios de progreso por avizorar gestos franciscanos en el cálculo mafioso de los comunicados etarras.

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9 enero, 2014 · 12:23

La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Hablemos de los árbitros

Sacar la roja y mirar para otro lado.

Sacar la roja y mirar para otro lado.

A la hora en la que escribo todavía no tengo noticia de que Sánchez Arminio haya invocado problemas familiares para justificar el arbitraje de Carlos Clos Gómez en Pamplona. Todo apunta por tanto a que Clos Gómez no sólo continuará siendo árbitro de Primera División, sino que también logrará evitar la nevera en la que encerraron durante seis jornada a Muñiz Fernández. Yo diría incluso que Clos Gómez es hoy un hombre con la conciencia perfectamente tranquila, cuando no orgulloso de la forma en que maneja su pito.

Carlos Clos Gómez es un aragonés ambicioso que decidió primero hacerse árbitro de fútbol y decidió después llegar todo lo lejos que pudiera en tan arduo oficio. Y lo está consiguiendo por la vía rápida, que hoy y ahora en España se recorre perjudicando al Madrid de vez en cuando; no siempre, para que no cante, pero sí con el escándalo suficiente para que Sánchez Arminio admire su valor. El punto culminante de su carrera se lo brindó, cómo no, José Mourinho, al que se dio el gustazo de expulsar en aquella final de Copa que Simeone se pasó aullando y retorciéndose como un basilisco en una hoguera. Pero lo que en el simpático Cholo es energía y carácter, en Mourinho es fascismo intolerable. Eso y la vergüenza rencorosa que sentía Clos por aquella lista de los 13 errores que le había sacado el portugués en rueda de prensa. Con la memoria fría de una venganza largo tiempo amasada, Clos sirvió la suya gélida haciendo leña de un árbol caído como era ya Mou, gesta por la que fue nombrado mejor árbitro 2012-13 de Primera División con una puntuación de 11,65. El sábado pasado en el Reyno de Navarra, Clos Gómez quiso darle otro empujoncito a su carrera y contribuyó generosamente a ampliar la brecha con el Barça en la tabla clasificatoria. Si yo fuera Clos Gómez, me atrevería ya a fantasear con la Cruz de Sant Jordi que entrega la Generalitat.

Una operación como la ejecutada en Pamplona era de esperar desde que Muñiz pitó aquel penalti a favor del Madrid en Elche. Los madridistas nos lo temíamos hace mucho, y los que tenemos voz lo dijimos. Las cosas no podían quedar así, por el bien de la justicia social y la salida de la crisis. El Madrid es grande y rico, pero sobre el césped debe someterse a las decisiones de un individuo que no está aislado del ruido, que es humano y que tiene sus sentimientos. Se nos pide en consecuencia que respetemos su difícil tarea, que seamos comprensivos con la presión que padece. Hay que acatar la ley y las decisiones del Tribunal de Estrasburgo. O tomar ejemplo del Barça, que jamás habla de los árbitros y siempre ha tenido jugadores al corriente de sus obligaciones fiscales.

Ante este complejo de Robin Hood arbitral algunos no hemos de callar, como tampoco se callaba Santiago Bernabéu cuando abandonó un día el palco murmurando: “Lo del árbitro es un robo y yo no soy el Santo Job de la paciencia”. Nosotros tampoco, don Santiago.

(La Lupa, Real Madrid TV, martes 17 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 66:25.

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