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Las dos musas de Raúl del Pozo

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[Reproduzco a continuación el prólogo que escribí para El último pistolero, el último libro de Raúl del Pozo, que ya está en las librerías bajo el benemérito sello de Círculo de Tiza. Fue un honor]

Tiene escrito Raúl del Pozo que no piensa ir a ningún entierro sino al suyo propio. Pero miente porque no fue al de Umbral pero sí estuvo en el de Ruano, donde declaró solemnemente que ya no se divertiría tanto hasta que muriera Azorín. De modo que Raúl evita los entierros por una complicada penitencia que consiste en no reírse de un mundo irrisorio, el muerto el primero. Y en esto no hace sino prolongar la risa escalofriante de la calavera barroca, que es una de sus musas. Porque la prosa de Raúl abreva en el Siglo de Oro sin ninguna prosopopeya, con la familiaridad con que la amante indecorosa usurpa cada noche nuestro cepillo de dientes. No muchos columnistas pueden aún mentar a Quevedo sin mancharse la boca. A mí de momento sólo se me ocurre uno, y se llama Raúl del Pozo.

Pero asiste a Raúl el capricho de otra musa, que no es negra y clasicista sino callejera y solar, y que se llama periodismo. Si el columnista umbraliano es aquel que lleva todos los días flores a su propia tumba, Raúl jamás se ha preocupado de cebar el cementerio de las frases brillantes, esas que hoy son y mañana se echan al fuego, junto con el resto del periódico un día de barbacoa. Voltaire nos recomendó cultivar nuestro jardín y Baudelaire nos dio a libar las flores del mal, pero ni Voltaire nació asomado a la ferocidad de las hoces del Júcar ni Baudelaire se peleó con los chulos de la calle de Huertas, donde la redacción de Pueblo revolvía, al decir de los mayores, los vicios y las ambiciones del oficio con un descaro legendario. Ahora bebemos fuera de la redacción, Raúl, pero bebemos.

Conocí al autor mucho después de empezar a leerle. Fue el 23 de abril de 2014, un año antes de recalar yo en El Mundo. La revista Leer organizaba por el día del libro una charla sobre la crónica parlamentaria como género literario. Invitó de ponentes a Víctor Márquez Reviriego, a Raúl del Pozo y al incrédulo abajofirmante. Allí declaró Raúl su deuda con Azorín, y por modestia no añadió –lo hago yo ahora– que suya es la estirpe que nace en Larra, se arremolina con Ramón, fluye por Ruano y cae en cascada a partir de Umbral. De ese manantial tiene que beber quien quiera probar la corriente más fresca de nuestras letras recientes, que es el columnismo; no digamos ya quien quiera escribirlo.

El lector que vague por la acrópolis que tiene en las manos constatará con asombro que todas las columnas siguen en pie. Esta terca resistencia desafía el dicterio de Connolly, que escribió que el periodismo, por su propia naturaleza, estaba excluido de cualquier participación en el mañana. Este libro participa del mañana tan bien como del pasado reciente, y ello se debe creo yo al envidiable concurso de las dos musas citadas. Si el lector sólo encontrara aquí literatura, aún podría pasear los ojos por una hermosa naturaleza muerta. Si el lector solo hallara periodismo, no traería cuenta talar más árboles para reimprimir estas piezas. Pero han de saber ustedes que a la madera así invertida no le pudo caber mayor honor.

Posee nuestro columnista el don de la frase perfecta, lo cual no es ninguna suerte, porque puede ahogar el sentido bajo los arrullos de sirena del ritmo, el látigo de la esdrújula y el fogonazo ninja que deja la nada cuando se disipa el humo. A Raúl le ha importado siempre significar, y por eso huye de la abstracción y se aferra a las cosas pequeñas. Se le llama ahora a esto, con verborrea de coach mingafría, salir de la zona de confort. Raúl sale de ella como de las metáforas inútiles y de los funerales: porque se encontraría demasiado cómodo. Por eso en su última reencarnación se ha inventado un columnismo de confidencia y de exclusiva, y cada día llama o le llaman los primeros políticos de este país no para conminarle a observar un off the record sino para rogarle que lo transgreda, con la negrita bien clara. Tampoco se me ocurre otro a quien esto se le consienta.

De manera que la contraportada de El Mundo, que un día por semana me honra compartir con él, atrapa el ruido de la calle para no ensordecernos con los violines llagados del narcisismo. Y a veces afina tanto el radar de su escritura que pulsa el latido de la Españeta eterna. De esa finura nace esta antología. Yo les diría a los estudiantes de Periodismo que se olvidaran por un puto día del trending topic, del posicionamiento SEO y del número de visitas y aprendieran de Raúl a usar el lenguaje, que es lo que les dará de comer, si no se les adelanta un colombiano con más y mejores lecturas. Yo, si me dejaran, les tiraría este libro como Cela –que tanto quiso a nuestro columnista– le tiró un día mil pesetas a un mendigo a la salida de un lujoso restaurante: “¡Toma, anda, para que escarmientes!”

Al estilo de Raúl unas veces le sopla la musa cheli del casticismo que sabe demasiado fuerte para el tecnolenguaje aséptico de ahora, esa sopa Childs cuyo éxito universal cifraba Camba precisamente en una insipidez que a nadie disgusta. Y otras veces le toca el arpa la musa elevada de Grecia y de Roma, y entonces me lo imagino alzado sobre coturnos y cubierto con la túnica, con un agujero oportuno para la pija. Porque la sicalipsis a menudo embravece su imaginario y todavía epata a las burguesas, y quizá a alguna duquesa. Hay días en que uno no sabe si Del Pozo es un Bradomín guapo, bolchevique y sentimental y días en que se nos aparece como un golfista perfectamente british. Aunque con el golf no admite bromas y se cabrea si lo tildan de elitista: lo es, pero porque la élite no va en la clase sino en la inteligencia. Yo confieso que a veces la audacia de Raúl me ha hecho envejecer de golpe por comparación: en los cócteles y en las columnas, en el Manolo y por teléfono: “Bustos, por vender más un día nos pedirán que salgamos en la contra haciéndonos una paja”. En tanto llega tan gozoso apocalipsis, quiero dejar aquí mi nota admirada por un hombre que es pura raza de las letras, que incluso habla en pedazos redondos de escritura y que permanece incólume mientras el mundo –¡mi mundo!– se va rápidamente licuando entre balbuceos de ágrafos digitales.

 Madrid, 1 de febrero de 2017

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9 mayo, 2017 · 10:36

¡Haz reír, haz reír!

Portada del libro.

Portada del libro.

“Mi muerte es un asesinato colectivo”, dejó escrito Jardiel, comida ya su garganta por el cáncer, su bolsillo por las deudas y su ánimo por el entrañable cainismo español: a un lado el sectarismo de la izquierda, que ni hoy le ha perdonado su alineamiento claro con el franquismo, y al otro la mojigatería de la derecha, que receló siempre de la amoralidad de sus personajes y del ateísmo de su autor. Ya se sabe que en la España del XX los vencedores de la guerra perdieron los manuales de literatura; pero Jardiel Poncela resiste desde las tablas que reponen sin pausa sus demandadas comedias y desde el merecido medallón de piedra del Teatro Español -junto a Lorca, Benavente o Valle-, y sabe al fin que ha vencido.

Por la necesidad de reivindicar el talento del mayor comediógrafo español del siglo pasado entendemos la resuelta devoción con que el periodista Víctor Olmos afronta la peripecia vital de su biografiado, sin ocultar la elasticidad de su moral privada pero justificando siempre al hombre por sus obras. Como la mayoría de sus contemporáneos en la república de las letras, Jardiel fue misógino humorístico, antisemita retórico y franquista por mero “antiizquierdismo de las izquierdas españolas”: era un burgués liberal que como tantos se refugió en el Movimiento cuando los milicianos le requisaron el Ford V8 que tantas cuartillas de escritura de café le había costado; años después La Codorniz le volvería a embargar el mismo coche por faltar a sus compromisos editoriales.

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La inexistencia frustrada del humor argentino

El rostro de un genio.

El rostro de un genio.

Este artículo sobre Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) llega para llenar un vacío, con otro. Versará sobre un autor desconocido por méritos propios, alguien que un día se propuso escribir la autobiografía perfecta de un desconocido: aquella que terminamos de leer sin saber exactamente si el protagonista es él o cualquiera de los demás. Llegó a acumular tal número de noticias faltantes sobre sí mismo que su gloria nunca se supo, y en adelante nunca sería posible terminar de ignorarlo, de tal manera que ni siquiera somos capaces de equivocarnos sobre él con algún acierto.

Del profundo desconocimiento en que existía vinieron a sacarlo dos genios dotados de un talento quizá más precioso que el de escribir bien: el talento de reconocer el verdadero talento. El primero fue Ramón Gómez de la Serna, que ya en 1927 mantenía correspondencia con Macedonio, cuyas piezas delirantes leyó en las revistas de vanguardia de la época con la instantánea adhesión que prende el hermanamiento estético: la rara confluencia de tonos, estilos y caracteres a ambos lados del Atlántico. Cuando Ramón se exilió a Buenos Aires le buscó enseguida para seguir cultivando en persona la coherente amistad entre dos de los grandes incoherentes de las letras españolas; dos talantes seducidos fatalmente por la ingenuidad seria de los problemas. «Macedonio es el gran hijo primero del laberinto espiritual que se ha armado en América, y hace metafísica sosteniéndola con arbotantes de humorismo, toda una nueva arquitectura de metafísica que, como se sabe, solo es arquitectura hacia el cielo», escribió Ramón en el obituario a su amigo ido.

Esa nueva arquitectura de la prosa argentina, esa metafísica bienhumorada de Macedonio la explicó luego con más detalle Borges, para quien la escritura de quien fue su primer maestro (junto a Cansinos Assens) niega el yo por esconderlo de la muerte, supremo escándalo que asquea a los temperamentos vitalistas. «Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. (…) Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color». Así le despidió el autor de Ficciones un mes después de su muerte.

Y así, sobre los elogios de dos genios se alzó una cierta resurrección editorial del nombre genesíaco en la primera vanguardia argentina. Hoy, mientras la fama de Cortázar —que tanto le imitó— no mengua, la del primero de la saga del irracionalismo literario y la invención de géneros híbridos dormita en un letargo seguro, apenas interrumpido por un quijote o un pedante. Lo cual no deja de ser apropiado a su vida de solitario de mate y guitarra, soñador en gabán raído de éxitos que nunca llegaron.

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Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

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6 marzo, 2014 · 10:10

Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Fábula del mimo perfecto

Mimo redentor.

Mimo redentor.

En el país del paro el mimo es el rey. Si hay un arte netamente español es el de quedarse parado, pararse como se paran los mimos de la Puerta del Sol y de la plaza Mayor, de la calle Postas y de la plaza de Oriente. Una industria florece silenciosa y quedamente en el noble centro de Madrid, kilómetro cero –inmóvil– de una España que laboralmente no sabe echar a andar por mucho que suban las exportaciones y vuelvan los inversores, porque los inversores vuelven pero no contratan, o contratan tan precariamente que vale más quedarse parado.

Y esto lo han entendido mejor que nadie los buscavidas urbanos de calderilla, los comediantes de un arte menor, efímero, antiacadémico y callejero, libadores de la impresionabilidad turística, verdaderos emprendedores en un negocio sin otra norma que detenerse de la forma más original posible. Con horma en vez de norma.

El paradójico negocio de pararse ha de reinventarse cada día a fin de seguir impresionando al turista que ayer cruzó la plaza y echó el euro al cesto para desafiar una quietud perfecta. El turista hace sonreír a Adam Smith premiando con una moneda la bonita paradoja del mimo: el espectáculo que, para continuar, debe aquietarse. El turista elegirá siempre al mimo más arriesgado, a la estatua humana menos respirante, al equilibrista inasequible a los calambres. Pero otros mimos en la misma plaza compiten con él por pararse en una posición aún más complicada, soportando un maquillaje más espeso. Y así se construye una estampa urbana de liberalismo purísimo donde nadie regala nada y solo se premia la creatividad, reinando la meritocracia absoluta del ingenio y el mecenazgo ciudadano del arte sin subvención.

El cronista, afortunado por avecindarse en este Silicon Valley de la mímica que se extiende por las inmediaciones de Vodafone Sol, los ve cada día cambiarse bajo su manta verde, abultándola como gato en un saco mientras dura la metamorfosis, capullo del que emergerán convertidos en otra cosa más bella y más inútil: un minero de arcilla, con su boca de pozo y todo; dos chinos meditando uno encima del otro, unidos por un bastón; una lucha terrorífica de Alien contra Predator en la que vence quien mejor logra congelar su fiereza. Hace no mucho, en la era analógica del mimo, los artistas del quietismo buscaban el aplauso amparándose en la elementalidad de Charlot o la obviedad del Discóbolo. Pero la disciplina se va sofisticando, atraviesa su renacimiento y alcanza ya su manierismo, y hasta algunos artistas caen en un barroquismo gratuito, o son arrastrados a reyertas suburbiales como Caravaggio, o se entregan a la autodestrucción del brick de Solán de Cabras.

Hay muchas familias en el sector del saltimbanquismo civil. Está el monigote de Walt Disney que persigue el favor del niño y la limosna del padre. Hay el muñeco de la factoría Simpson que se orienta al turista yanqui de foto fácil. El superhéroe de Marvel refuta sus poderes con la exhibición inocultable de una panza humana, demasiado humana. De un lado a otro deambula inquieto el almirante sin cabeza, y ahora que es Navidad bueno será que no se lleve el inexorable Papá Noel la propina que merecen disfraces más creativos pero menos pertinentes.

Pero el oficio de estos titiriteros no iguala en exigencia física y psíquica el arte superior del mimo urbano. Estarse quieto y callado es una cosa muy difícil, por si no lo sabían. En España el silencio y el estatismo se consideran signos precursores del rigor mortis, de ahí que los españoles sean especialistas en no hacer nada a toda leche, y en consecuencia lideran las tasas del otro paro: el paro no estético sino estadístico. Pocas cosas tan españolas como la premura improductiva, la revolución de café, el toreo de salón. Por eso pasma el mimo que se sube a su cajón a las nueve de una mañana de diciembre y no se mueve hasta la hora del bocadillo, que se comprará con las monedas que le hayan arrojado los paseantes admirativos.

¿Qué pensará el mimo mientras no hace nada? ¿Maldecirá al joven que pasa a toda prisa frente a él con el móvil pegado a la oreja? ¿Se entretendrá ideando una escenografía más impactante, es decir, destinando recursos mentales a la I+D de su negocio? Y sobre todo: ¿cómo hace para no tiritar?

Kafka imaginó a un artista del hambre que languidecía en su jaula ante un público expectante. Durante un tiempo es considerado el más grande ayunador de todos los tiempos, y su empresario se forra exhibiéndolo como tal. Hasta que los espectadores, rehenes impenitentes de la última novedad, pierden interés por el hambriento perpetuo. En la fábula kafkiana el artista muere víctima de su propia perfección artística, cuyo secreto no era otro que la falta de apetito. Su jaula la acaba ocupando una pantera que vuelve a arremolinar tras los barrotes al pueblo curioso.

En alguno de mis paseos puertasolinos (Ramón) descubriré un día al mimo perfecto, al inapetente total de movimiento, al Miguel Ángel de la estatuaria apenas palpitante. Lo reconoceré porque un día se subirá a su cajón y ya no se bajará. Su cuerpo paralizado será donado al Museo Antropológico y allí quedará como el más extremo símbolo de una determinada coyuntura económica en España, del mismo modo que la mujer de Lot simboliza la nostalgia de Sodoma y Gomorra: el último exvoto de la iniquidad. Será entonces cuando empecemos salir de la crisis.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de diciembre de 2013)

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