Las manos blandas van al pan

Mano blanda en guante de seda.

Mano blanda en guante de cuero.

El populismo no nació en televisión sino exactamente en el banquillo del Real Madrid hace ya algunas décadas. Cuando el pueblo y la prensa se dieron cuenta de que allí residía la madre de todos los chivos expiatorios, se aplicó a su periódico sacrificio con fruición, pues pocas sensaciones hay tan gratificantes como cargar sobre un solo hombre una culpa compartida, de compleja atribución. Por eso en Inglaterra, que da entrenadores blindados como Ferguson o Wenger, nunca ha arraigado el populismo.

No se trata de defender a la desesperada a Ancelotti, más allá de los títulos logrados, sino de recordar que los culpables de este juego feble son en primer lugar los jugadores, que lo mismo rechazan la mano dura por incompatible con sus compromisos publicitarios que pagan con desprecio la concesión de mayores márgenes de autogestión a sus citas nocturnas. Las manos blandas de don Carlo se refugiaban en sus blandos bolsillos -o en zonas más blandas aún del cuerpo- mientras contemplaba el esplendor de la decadencia, espectáculo majestuoso desde tiempos de Nerón.

-Todo son ciclos, todo son subidas y bajadas… -comentaba alguien en el bar.

-Pues que tengan cuidado con las bajadas -respondía otro parroquiano, portavoceando insuperablemente el narcisismo amenazante de una afición malcriada por su larga cohabitación con la excelencia.

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