Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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