Archivo de la etiqueta: Bale

El animal vuelve a casa

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Animal en su hábitat.

Cardiff es una ciudad brumosa y fabril sitiada por la campiña. Sobre tanta hierba parece imposible no imaginarse a Gareth Bale galopando, feliz entre vacas mudas y homenajes patrióticos. Y sin embargo ayer el príncipe deportivo de Gales velaba armas en el sofá de un hotel, charlando con viejos amigos, distendiendo los músculos en la víspera del galope final. No le importan, pensábamos mirándole, los minutos de juego de los que finalmente disponga; le importa que cuando pare de correr vuelva la vista y confirme que el Real Madrid ha ganado doce Copas de Europa.

La expedición blanca amaneció poseída del optimismo que le consiente la historia. Todas las finales que la Juve lleva perdidas las ha ganado el Madrid, y alguna más. “Me daba más miedo el Atleti, donde defendían todos”, confiesa Roberto Carlos tomándose el primer café del día, aún en Barajas. Compara plantillas y concluye que hay razones poderosas para el sosiego. Una se llama Benzema, que parece más delgado desde que se filtró entre tres defensas en el Calderón; otra es Cristiano, que oscilaba ayer entre la sonrisa y la franca carcajada. Y está el nuevo look mohicano de Ramos, tan hortera que todo el madridismo respiró aliviado al corroborar la intacta autoestima de su capitán.

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4 junio, 2017 · 12:35

La falange de Kopa

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Kopa, capo de Europa.

A Kopa le faltaba una falange del dedo índice de la mano izquierda. Tuvieron que amputársela tras un accidente en la mina antes de hacerse futbolista, antes de conseguir para Francia el primer Balón de Oro, antes de fichar por el mejor equipo del siglo XX, a cuya gloria contribuyó durante tres años napoleónicos. En la vida hay que perder una parte a cambio de conseguirlo todo, y el Real Madrid replica con generosidad esa moraleja en los últimos tiempos. Sacrifica el control del juego, la paz cardiaca o la alineación de Cristiano y Bale a cambio de una goleada imprevista en un lugar tan traicionero como Eibar.

Porque nadie esperaba una goleada blanca en Eibar. El Madrid venía sometiendo a sus aficionados a la rutina del infarto y de la épica, y a los antimadridistas a la dulce expectativa del buen golpe de hoz que segase definitivamente la flor de Zidane, como si fuera el dedo de Kopa. Ya no recordábamos un partido dominado desde el principio por los de blanco, un partido Prozac, hipotenso y hegemónico, casi marianista. Al fin lo cuajó el Madrid sin la BBC ni su correlativo 4-3-3, lo cual invita a concluir con euforia de bar que Cristiano y Bale resultan superfluos. Los dos goles anotados por el tercer elemento de la BBC, el único alineado este sábado y paisano del ilustre finado, no son tanto un homenaje fúnebre como una reprimenda a los piperos que le han perdido la fe. Ipurua ha demostrado que el problema no es de nombres, sino quizá de sistema y de actitud.

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El bueno (Roig), el feo (Maíllo) y el malo (González Macho) en La Linterna de COPE

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5 marzo, 2017 · 11:48

Coloso luso

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Liderazgos.

La contracultura todavía nos seduce, pero en secreto añoramos el clasicismo, la jerarquía, el primus inter pares que lidera naturalmente la manada. El Gales-Portugal prometía un choque de tribus canónicas, cada una con su macho alfa y el resto de la familia suministrándoles balones con la ansiedad de los leales. Bale y Cristiano, sin embargo, encarnan liderazgos opuestos. El galés carga con el peso histórico de la nación, ha ejercido en esta Eurocopa un caudillaje político, casi de estadista; en cambio el luso no es una deidad indiscutida en su país, soporta la tiranía de su propio yo, que no es pequeño, que crece contra los pitos y la estadística y propone la incomprendida pedagogía de la soberbia por méritos propios: esa odiosa capacidad de pagar siempre en goles el cheque enloquecido que su ego extiende desde el mismo peinado. Una delicada moldura entre gym de Fuenlabrada y cenefa Biedermeier, por cierto.

En el minuto 42 tuvimos un vislumbre de lo que pasaría. Portugal botó un córner y Bale se fue a cubrir el primer palo sin dejar de lanzar miradas nerviosas a su cómplice de BBC. Cristiano no llegó a rematar, pero para entonces Gareth ya estaba temblando bajo las redes. Un descanso y varios penaltis no pitados después, Ronaldo accionó en otro córner los tendones de kevlar que cablean sus muslos para colgarse del aire, cabecear con furia y satisfacer su psicología predatoria.

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7 julio, 2016 · 11:03

Mariano Boskov

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Mariano Boskov.

Conviene tener muy en cuenta el paso de don Mariano por los micrófonos deportivos de la COPE porque en sus sentencias, deudoras del estilo tautológico de Vujadin Boskov, puede hallarse la solución a la crisis que atraviesa el Real. Si Boskov afirmó tajantemente que fútbol es fútbol, don Mariano declaró con rotundidad que no hay mejor defensa que una buena defensa. Tan es así que el Shakhtar estuvo a punto de empatar el partido por culpa del trastorno de déficit de atención ya diagnosticado en la zaga blanca. Pero como dijo Boskov, «ganar es mejor que empatar y empatar es mejor que perder».

Don Mariano le ve el peligro a Bale por la izquierda -a Iglesias menos- pero dejó claro que los jugadores tienen que jugar donde les diga Benítez. Ahora bien, presidente: si usted colocó a Margallo en Exteriores y le juega de central para Asuntos Catalanes, luego no puede quejarse de que Benítez ordene a la BBC que ayuden en defensa y luego se queden arriba viéndolas venir.

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30 noviembre, 2015 · 16:15

Corre, Gareth

Dijeron de Zátopek que corría como si llevara un cuchillo clavado en el pecho. Más que un corredor heterodoxo, él fue un existencialista con problemas de atletismo: agonizaba olímpicamente, y parecía que cada uno de sus pasos podía ser el último.

Bale. Corriendo.

Bale. Corriendo.

Alan Sillitoe, en cambio, corría por conciencia de clase. No era japonés sino británico, pero hizo de su soledad de corredor de fondo un sacerdocio obrero a la japonesa, de modo que accionaba sus piernas como palancas de subversión. Cada metro ganado declaraba una huelga contra el hambre impuesta, con la rabia insolente de la juventud.

En cuanto al cansancio auténticamente nipón de Murakami, se trata de celebrar esa penitencia un poco boba del que se agota por narcisismo: por sentir ese bienestar privado que procura al hombre próspero un interludio de sufrimiento gratuito. Es una vanidad de red social con filosofía de galleta china. Y a lo peor, con libro y todo. Es el sudor intrascendente que se suda en la era de la cultura pop, fecunda en idolatrías: el running como religión que hace del chándal una casulla y que sustituye el sursum corda por unos estiramientos, antropocentrismo ful que no pasa de los isquiotibiales.

Gareth Bale es otra cosa. El jugador galés del Real Madrid ha impuesto un nuevo paradigma en el arte de correr, y es hora de que se diga. Gareth Bale es un niño eterno y macizo que corre por encima de sus posibilidades, y muchas veces de las de sus compañeros. Bale no calcula cuando echa a correr: no mide sus pasos, no los acompasa a la longitud y anchura del campo de juego. Su campo de juego es el mundo, como debe ser la niñez. Solo así se logra ridiculizar a Bartra en aquella carrera gloriosa que dio al Madrid la Copa del Rey el año pasado. Solo así se llega a la portería en el momento exacto en que cae la bola repelida por Courtois a tiro de Di María para detonar la salva legendaria de la alegría en Lisboa.

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‘Modridismo’

Luka o la visión.

Luka o la visión.

Cuando a Bernabéu le preguntaron por qué no había fichado a Cruyff, el gran visionario zanjó cualquier suspicacia: «No me gustaba su jeta». Se ha criticado a Florentino por empeñarse en fichar caras bonitas que principalmente vendiesen y camisetas y que luego, a poder ser, tocaran con algún criterio la pelota. Pero hay un poderoso argumento que refuta esta acusación: se llama Luka Modric, es hoy el mejor jugador libra por libra del Real Madrid -Real Modrid– y uno no juraría que los One Direction le admitieran en el grupo ni que su rostro forre carpetas adolescentes, si eso aún se hace. Y sin embargo Modric se parece a Cruyff no solo curiosamente en su jeta sino también en su capacidad de despliegue de un fútbol total, que defiende atacando y penetra combinando y controla arriesgando.

La cinética tiene pendiente explicar el modo en que un centrocampista tan pequeño logra ocupar tanto espacio; la lingüística, cómo un croata puede entenderse tan bien con acentos de Francia, Portugal, Gales o Málaga; y la historia, por qué un balcánico teje alianzas de civilizaciones hasta hace poco tan separadas como la delantera y la defensa del Madrid. Con su retorno ha confirmado lo que todos sospechábamos: que el bajón de juego del equipo no se debía al 4-3-3, ni a la diadema de Bale, ni siquiera al Instagram de Irina; sino sencillamente a la lesión de Modric. Suya es la claridad del último pase a Benzema que culmina en la chilena fallida de Cristiano y el primer gol de Bale; suya es la presteza con que saca la falta para Carvajal y concluye en el segundo de Bale a tiro de CR; suyo es el péndulo del mediocampo con el que hipnotiza a sus marcadores cambiando de ritmo o encuentra agua para llevarla al molino de la BBC, zahorí profundo en la zona de tres cuartos.

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¡Viven!

James planeando.

James contra Newton.

Si en los telediarios se libra a diario una batalla territorial entre los sucesos, el deporte y el tiempo, el Madrid-Sevilla conjugó todos esos elementos en un partido crítico que desde el principio se planteó como una lucha por la supervivencia. Saltar al campo en calzones a cero grados condiciona decisivamente el juego: los delanteros corren más para entrar en calor, los defensas se quiebran con la delicadeza de un témpano y los centrocampistas, antes de meter la pierna, meditan inevitablemente si les tocará ponerse en la barrera. Todo eso sucedió mientras los jugadores iban cayendo lesionados, Casillas se aparecía y los lobos aullaban.

El Real Madrid recordó a tiempo que en ¡Viven! uno sobrevivía comiéndose a los compañeros crudos, pero antes había que encontrarlos y desenterrarlos. La tarea de buscar comida en el área les fue encomendada a expedicionarios como Marcelo, que botó la imprevisible asistencia del primero, y a zapadores como Benzema, que desmintió su sangre fría implicándose en Stalingrado al punto de lesionar a Beto, con el solidario objetivo de nivelar las bajas de Ramos y James: su gol en plancha pedía un patrocinio de Red Bull. Las carreras de Bale por la izquierda merecieron aplausos de desagravio; o quizá eran piperos sacudiéndose el frío.

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Los predicados del madridismo

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

[Los amigos de Qué Crack me pidieron un texto para su sección de Cómplices y les pasé esta tipología del madridismo que escribí como prólogo a un libro de relatos editado en mayo por la peña Primavera Blanca, libro que sujeto en la foto adyacente. Lo reproduzco en su práctica integridad porque sigo estando de acuerdo conmigo mismo]

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose inexorablemente al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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