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Bajad a Cervantes de ahí

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Plaza de las Cortes, 1835.

Por la exposición conmemorativa de la Biblioteca Nacional supe que Miguel de Cervantes fue el primer civil español al que se colocó encima de un pedestal, en la madrileña plaza de las Cortes. Ahí sigue desde 1835, años antes de que llegasen a custodiarle las espaldas los leones de bronce del Congreso. Que Cervantes estrenara en España la condición de hombre monumental mejora nuestro estereotipo de ingratos culturales, pero empeora decididamente a Cervantes. Es preciso bajar a don Miguel de la peana. Es preciso boicotear todos los universales simposios perpetrados en su nombre. Urge pagarle de nuevo con el trato familiar, irreverente incluso, con que los lectores del XVII respondieron a su disparatada criatura, recreada en los festejos aldeanos por puro regocijo, no para justificar una partida presupuestaria.

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23 abril, 2016 · 20:02

Otro quijote en Moncloa

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Quijotillo (izquierda) contra molino (derecha).

Hasta don Mariano, retén analógico de Eurasia, ha terminado por rendirse a la política de gestos, cuyo último estadio consiste en el obsequio con mensaje, preferiblemente un libro o una serie de televisión. Tampoco debemos ser muy críticos con su modernidad súbita: si Isabel II, que ha cumplido 90 años y supera el medio siglo de reinado, puede inaugurar unas Olimpiadas tirándose en paracaídas desde el avión de James Bond, no creemos que la Civilización se tambalee por el hecho de que Rajoy reciba al presidente Puigdemont con el correspondiente regalo para la galería. Y menos si el libro elegido es el Quijote, ya saben, ese título polvoriento que dio nombre en España a una exitosa marca de membrillos.

Que el volumen escogido no sea la novela completa sino solo la segunda parte es una genialidad que habría merecido culminarse con otra: entregarle el libro, saludar a las cámaras, darse la vuelta y perderse en el interior de La Moncloa dejando al presidente de la Generalitat en el umbral -ese umbral metafórico de la ley que Puigdemont no sabe si traspasar-, con toda la tarde para sumergirse en tan provechosa lectura. Porque el Quijote II encierra lecciones no mejorables por una conversación protocolaria. Porque el Quijote II escribe entre tantas otras la historia misma del Procés, con su principio demencial y su final cantado de cordura recobrada. Si Alonso el Bueno descubre en esas páginas los límites de su sinrazón al ser derrotado en la playa de Barcelona, la gran quijotada que supone el independentismo catalán retornará a la senda constitucional en cuanto Europa, las urnas, la división interna o el mero desgaste que produce el ridículo desmonten del todo el tinglado de la cansina farsa. Esto es lo que habría querido decirle don Mariano al presidente de la Generalitat si don Mariano conociera la facundia de la nueva política, que no es el caso.

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21 abril, 2016 · 15:53

Miguel de Cervantes cuenta su hallazgo

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

Este periódico ha obtenido en exclusiva la opinión del manco de Lepanto sobre su propio hallazgo, la cual reproducimos a continuación:

“Sin juramento me podrás creer, desocupado lector, que este que tiene ante vuesa merced es el primer sorprendido de su propio descubrimiento. Bien sabe el cielo que me gustaría comparecer en más airosa manera que bajo la apariencia de “reducción de esquirlas óseas” con que han tenido a bien presentarme mis temerarios indagadores, pero cada cual es hijo del tiempo y a tal desmejoramiento me veo reducido.

Ni el riguroso trance en que se halla España -que algunos llaman crisis y otros recuperación-, ni el escaso contento que a mi modestia concede tan desaforada atención me privarán de tomar una vez más la pluma para dar mi opinión sobre el asunto, que con no ser tan premioso como las malhadadas economías digo yo que algún interés reviste, siendo el muerto quien opina y siendo España quien a menudo no atiende.

Me encuentro convertido en motivo de disputa entre quienes acusan de necrófilo el intento de ubicarme, quienes sospechan engaños y afeites para lustre de poderosos y quienes advierten tan solo una porfía mercantil emboscada de cultura. No veo en cambio a mis sedicentes lectores alegrándose del hallazgo, que para tal cortedad de júbilo habría preferido que nadie me moviera de mi sitio. No se me oculta que es patrimonio de nuestra triste raza -acaso ya decadente cuando entre hermanas trinitarias dispuse mi enterramiento- el discutirlo todo y debatirlo todo y no hallar paz en escrutinio ninguno, donoso las menos veces, así en banalidades deportivas como en urgencias que debieran serlo de Estado. Pero paisanos, por Dios y su Madre Santa, ¿es que nadie va a celebrar la sede de mi destino? ¿Es que nunca se ha de coincidir para el legítimo festejo en este pobre país donde toda suspicacia tiene su asiento y todo negro augurio hace su habitación?

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