Archivo diario: 8 diciembre, 2015

No nos cabe un debate más

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Autoaplauso.

¿Por qué lo llamamos debate si queremos decir televisión? El marianismo impuso un régimen tan anoréxico de comparecencias que propició la ansiedad reactiva de la telecracia: cuantas menos explicaciones daba Rajoy, más audiencia cosechaban las cadenas especializadas en la espectacularización de la política. Hasta el punto de que España dejó de salir a emborracharse los sábados por la noche y se quedó viendo tertulias políticas, una forma de embriaguez más barata pero no menos patriótica. Aunque no debemos confundir al votante con el telespectador, del mismo modo que no confundimos al lector con el usuario de internet.

Yo no sé si algún indeciso salió de su trance hamletiano viendo anoche la tele. Sobre todo porque si algo le sobra a España es debate político en televisión. Una novedad era el plató, construido para la ocasión como templo rutilante que amedrentó al principio a los oradores, todos ellos más nerviosos que de costumbre. Oficiaban Pastor y Vallés según rito propio, aunque no lograron evitar la yuxtaposición de monólogos a cuatro a la que tendía inevitablemente la ceremonia. La segunda novedad era Soraya, y tampoco es que la tengamos poco oída. Acusó su bisoñez catódica: habló más despacio que en el Parlamento y no logró distanciarse de su tonillo de opositora aplicada. Al principio sonreía con cara de haberse comido al canario, pero se fajó y encajó bien los ataques de los aspirantes, que de todos modos no hicieron sangre para no victimizarla. Sánchez empezó con aplomo, casi apolíneo, pero su serenidad se quebraba en cuanto le recordaban a Zapatero, al parecer compañero suyo de partido. Cuando Iglesias le minaba la autoestima, a don Pedro se le escapaba una abrupta carcajada de odre hueco. Rivera mantuvo el tono propositivo, aferrado al suarismo como a un salvoconducto que franquea el paso por la izquierda y por la derecha. Vaciló más que otras veces, pero colocó su mensaje: hay que pinchar la burbuja política, desteñir el rojo y el azul con grandes pactos de Estado.

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8 diciembre, 2015 · 13:28

Utopía y hambre

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Revolussssssiónnn.

En carta de 1858 a su amigo Engels, describe Marx a Simón Bolívar como “el canalla más cobarde, brutal y miserable”. Y desmonta la épica del Libertador añadiendo: “La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es Bolívar”.

A Marx le había encargado un editor de Nueva York un artículo sobre Bolívar que resolvió sin concesiones a la figura del héroe, al que pinta como un traidor rencoroso que huye el primero en las derrotas, permite largos saqueos en las victorias y conspira contra su rival Piar porque le llamaba “el Napoleón de las retiradas”. Piar fue fusilado y Bolívar siguió persiguiendo su sueño de una gran dictadura sudamericana.

Nos conmueve leer a Marx cargando contra la mitomanía bolivariana que su propia obra sustenta aún hoy en Latinoamérica. Es como leer a Freud cargando contra la verborrea de los psicoanalistas argentinos. Lo cierto es que el marxismo lleva siglo y medio peleándose con la realidad y perdiendo siempre, con el agravante de que sus derrotas las pagan en piel poblaciones enteras inmoladas sobre el altar chorreante de la igualdad: la diosa más sanguinaria que el mundo ha conocido.

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8 diciembre, 2015 · 13:23