Ya no es país para mártires

Si te obligan a explicarte, malo.

Si te obligan a explicarte, malo.

Cuando mataron a Miguel Ángel Blanco, un agente le dijo a una veinteañera llamada Arantza Quiroga que podía ser la siguiente, y le recomendó que se alejara por una temporada de Irún, donde la habían elegido concejala. Quiroga se fue a Málaga y regresó a la trinchera norteña unos meses después, convenientemente escoltada. Hará unos seis años que fui a Irún a entrevistarla: me citaron en los soportales de una plaza y estuve viendo llover hasta que alguien a quien yo no veía decidió que era solamente un periodista. Se acercó de la nada y me condujo hasta el domicilio de Quiroga. Recuerdo que esas cautelas me impresionaron ayer, y me persuaden hoy de que una vida sometida durante dos décadas al protocolo diario exigido por la amenaza no muta tan fácilmente hacia el colaboracionismo con el victimario. Que de eso la están acusando su partido (en concreto la facción que lidera el ministro Alonso) y algunos medios, no necesariamente de derechas. Incluyendo este periódico.

¿Ha contraído Quiroga una cepa galopante del síndrome de Estocolmo que la empuja a entenderse con los testaferros de quienes quisieron matarla? Uno, modestamente, opina que en absoluto. Uno opina que Quiroga, en su deseo de adaptar el PP vasco a una sociedad post-ETA, ha equivocado los tiempos (una precampaña de elecciones generales) y las formas (un exceso de autonomía respecto de Génova en asunto tan sensible). Es posible que ambas cosas lo sean todo en política, y es natural que Quiroga, al hacerse cargo de tan cínica verdad, descubra que no vale para el puesto. Pero su intención no admite reproche: pretendía atraer a Bildu a la postura contrita que le toca en el relato sin empates de la vesania etarra. ¿Una quimera beata? Ya hemos visto que sí, pues a la primera de cambio Bildu -el alacrán siempre pica a la rana que le ayuda a vadear el río- ha traicionado la disposición de la dirigente ‘popular’ aplaudiendo su “ejercicio de realismo”. Para Quiroga solo hay una cosa peor que la desautorización de su partido y la queja de las víctimas del terrorismo: el elogio de los verdugos. Normal que se ausentara ayer del escaño por indisposición.

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9 octubre, 2015 · 11:08

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