Cuando Verne anticipó el terrorismo contemporáneo

[Ayer, viernes 19 de abril, se presentó el tercer número impreso de Jot Down en la librería Tipos Infames de Madrid. Dicho número acoge generosamente este ensayo sobre la debilidad literaria y la fortaleza ficcional de Julio Verne, una de cuyas anticipaciones más originales -piensa uno- no fue otra que el terrorismo contemporáneo. Lo reproduzco aquí ahora por si sirviera para abrir un apetito más amplio de esta golosina]

Estaremos todos de acuerdo en que Julio Verne no es un gran escritor, un artista inmortal. El artista inmortal debe legar algo de su peculiar talento al arte que eligió practicar, alterando para siempre su decurso en alguna exquisita medida, hacia algún caprichoso meandro. Verne no inventó el estilo indirecto libre ni el monólogo interior, ni perfeccionó el perspectivismo psicológico, ni domeñó un estilo propio y brillante, ni dotó a sus historias de hondas repercusiones morales, ni armó un mundo vasto y sutilmente interconectado, ni modeló un personaje arquetípico que antes no existiera y que después continuara sirviendo de significativo espejo a los hombres o mujeres que leen para entender lo que les pasa. Las novelas de Verne no enriquecieron la historia de la literatura. Pero sí la de la ficción. Y mucho.

Si aceptamos la dicotomía fundamental de Pla, hay una literatura de observación y otra de imaginación. La primera se dirige a la realidad y asume modestamente su límite descriptivo, aunque Pla consideraba esa modestia la más ardua brida, el entrenamiento más exigente, el mérito más artístico al que podía aspirar la mentirosa vanidad del escritor, y tenía razón. La segunda abre su campo ingente a temperamentos fantasiosos, de poco escrúpulo y mucho hartazgo de este mundo que se les queda irreparablemente pequeño. Estas personas, estos escritores, no tienen tiempo –ni capacidad- para el adorno del arabesco ni el calado de la perspectiva: les arde la pluma en la mano imaginando no lo que no ha pasado pero podría pasar, que es la definición aristotélica –realista- de literatura, sino lo que jamás podría pasar de ningún modo, y qué importa. Saben sin embargo que la literatura de evasión no lo justifica todo en la mente calenturienta del creador, porque para evadirse hace falta que el lector se reconozca en ciertos tipos y caracteres, así como debe tender con facilidad las analogías necesarias entre El País de Nunca Jamás y el suyo propio, o la ficción no funcionará.

No nos referimos ahora a la capacidad alegórica de Kafka cuando idea la peripecia disparatada –y sin embargo creíble, horriblemente real para muchas personas del siglo XX- de un comerciante de telas de 23 años que amanece convertido en insecto y es despreciado –justamente porque es creído- por sus padres y por su hermana. Hay una verosimilitud en La metamorfosis, un pacto de lectura que evita que el lector cierre el libro al concluir la primera página exclamando con cerrilidad empirista: “Ningún hombre se convierte en cucaracha, no me lo creo”. El lector sabe que el autor quiere decirle algo a condición de que asuma lo inasumible, y sigue leyendo, y acaba descubriendo -vaya si lo acaba descubriendo- que Kafka dice la pura verdad. Pero eso es porque Kafka no es un escritor fantástico, sino un realista alegórico y un psicólogo puntilloso. De hecho los intentos alegóricos de los escritores de pura imaginación, como el señor Tolkien, suelen acusar una pobreza de detalles alarmante: el bosque queda muy aparente, pero como te fijes en un solo árbol se descoyunta el cuadro entero ante tus ojos.

Verne, por volver al tema, no es un artista inmortal, ni sus aventuras permiten más de un nivel de lectura, pero sí es un escritor de imaginación que ha pasado a la posteridad. Su campo no fue la fantasía neta sino ese territorio intermedio que la teoría de los géneros viene a denominar, mejor que ciencia ficción, ficción anticipatoria, género en el que luego brillarían Bradbury o Huxley con plenitud de rango literario. Verne sabía que escribía inocentes disparates, pero al mismo tiempo se hacía la ilusión de que la ciencia un día haría posibles algunas premisas inasumibles de sus tramas. Fue un positivista entusiasta y cerrado, influido por la escuela cientista liderada por su compatriota Comte, aquel filósofo tan loco que fundó la Sociología y que de tanto oponer la ciencia a la fe acabó fundando una religión laica atrincherada en dogmas positivos cuyo sumo sacerdocio ejerció él mismo, por supuesto. Las ficciones de Verne presentan esa misma fe paradójica y adanista en el poder taumatúrgico de la ciencia, y podemos disculparle, porque la biografía de Verne corre paralela al estallido tecnológico posterior a la primera Revolución Industrial, y todo ingenio mecánico parecía factible, y faltaban aún décadas para que el mito del eterno progreso saliera en forma de pavesas humanas por las chimeneas de Auschwitz. Fueron factibles su submarino, su helicóptero, su nave espacial para ir a la luna. En cuanto a la máquina del tiempo, seguimos trabajando en ello, porque como drástica solución a la crisis igual sale más barata que la aniquilación del Estado de Bienestar.

Verne era viajero y curioso, y su sincero y trabajado interés por la ciencia preconizó la figura del novelista-documentalista, que fía la verosimilitud de sus historias a una solvente impostura del crédito que aureola al rigor científico. Este tipo de novelistas no suelen conquistar los manuales de literatura, pero sí los corazones de sus banqueros. Verne, en todo caso, escribía mejor que Michael Crichton, porque la decadencia educativa es global y también ha afectado a los autores de best sellers. Verne es un novelista muy dueño de los recursos que exige la maestría narrativa, y yo aún creo –bien que no sé por cuánto tiempo- que un preadolescente de hoy es muy capaz de disfrutar leyendo con La isla misteriosa como yo lo hice en los lejanos años dorados de mi púber condición. Recuerdo perfectamente la nítida felicidad que me deparó aquella lectura. Y por eso creo que Verne no tiene ninguna necesidad de ser Cervantes o Joyce para acreditar un sillón orejero en el palco de la historia universal de la ficción.

Hemos afirmado que ningún personaje de Verne conquistó la dimensión del arquetipo novedoso, y es verdad. No tenía pulso don Julio para construir lo que su paisano Gustavo Flaubert construyó durante los cinco años de redacción de Madame Bovary, digamos. Pero si alguno de sus personajes logra trascender la planitud del tipo aventurero o científico, gentleman o rufián, pecador terrible o santo redimido, siendo una mezcla difusa y esotérica de todos ellos, ese es sin duda el capitán Nemo. El propio Verne se dio cuenta de que su criatura submarina reclamaba más protagonismo del que le había brindado el mero timón del Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino, así que lo recuperó para La isla misteriosa, donde tiene un cameo absolutamente estelar que redondea su estatura de personaje con relieve, atribulado, torvo, heroico o antiheroico en función de quien le mire y, en una palabra, moderno.

El Nemo que nos interesa es el de la segunda novela citada, el Nemo crepuscular y equívoco que confiesa su desgraciada y vengativa biografía a Ciro Smith y el resto de sus compañeros náufragos. Nótese que en La isla misteriosa Verne otorga el liderazgo del grupo humano no al marino Pencroff –y mucho menos al periodista Spillet, en un sabio ejercicio de realismo-, sino a Smith, un ingeniero defoeano gracias a cuyos enciclopédicos conocimientos la estancia de los náufragos en la inhóspita isla se vuelve a ratos un punto por encima de “confortable”, aunque cuatro por debajo de “molicie en el spa”. Es el científico pronóstico de una erupción volcánica realizado por Smith lo que lleva a los protagonistas a emprender la huida de la isla amenazada y a topar en ella con el Nautilus, fondeado en una cueva submarina bajo el volcán, y con su sombrío y solitario capitán. Nemo presiente que le llega su hora, que el volcán no es sino el instrumento natural elegido por una Justicia sobrenatural para cobrarse el castigo a su vida inconfesable, y es entonces cuando el vencido capitán del orgulloso Nautilus narra a sus fascinados huéspedes el secreto de su identidad, en unos de los clímax más memorables de toda la novelística de Verne.

Y es que en ese instante Verne consigna la más estupefaciente –y menos halagüeña- de sus anticipaciones: el terrorismo antioccidental. Nemo cuenta a los boquiabiertos náufragos que él es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajah indio que fue criado en Europa, donde no pudo asimilarse lo suficiente como para olvidar la vesania colonialista padecida por su familia. Nemo confiesa odiar todo lo que Inglaterra representa; detesta el imperialismo inglés que ha sojuzgado a su pueblo con mano de hierro durante décadas ominosas, del mismo modo que un etarra alimenta su odio asesino a España inventariando agravios a su pueblo, con la diferencia de que el colonialismo inglés está documentado históricamente. Narra el capitán a continuación el asesinato de su mujer y de su hija a manos de los sedicentes portadores de la civilización. Y explica cómo desde ese momento planeó la construcción del Nautilus como arma de destrucción masiva al servicio de su sed de venganza. La voz de Nemo parece enronquecerse cuando describe su pasión oceanográfica como un pretexto honorable para cultivar secretamente su misión terrorista: servirse de la superioridad tecnológica del Nautilus –el primer submarino de la historia- para perjudicar a Inglaterra en las batallas navales libradas al alcance del letal ingenio subacuático, o para directamente hundir con toda su tripulación aquellos barcos en cuyo mástil ondeara el nefando pabellón de San Jorge. (Incluso comparte Nemo, o mejor dicho Dakkar, formación británica con los yihadistas del 7-J londinense, nacidos ya en suelo inglés). Pero la carrera criminal de Nemo, cuya desproporcionada reacción a los abusos cometidos contra los suyos él había justificado toda su vida, toca a su fin y en el momento decisivo del balance el fanatismo se quiebra y deviene lucidez contrita. En señal de arrepentimiento y voluntad postrera de reparación, Nemo entrega el botín de sus rapiñas a Ciro Smith y a los demás supervivientes con el encargo de que inviertan tales riquezas en obras de caridad cuando arriben a tierra firme.

Tratándose del final del primer terrorista, el estallido autodetonado del Nautilus bajo el Puente de Londres con su capitán dentro –lo de los calzoncillos ya es opcional- habría resultado mucho más verosímil. Pero, señores, no olvidemos que Julio Verne era tan sólo un escritor de ciencia ficción.

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20 abril, 2013 · 17:01

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