Archivo diario: 6 abril, 2013

Periodista o escritor

English: W. Somerset Maugham British writer

W. Somerset Maugham (Wikipedia)

“El periódico tiene una impersonalidad que afecta insensiblemente al escritor. Quienes escriben mucho para la prensa parecen perder la facultad de ver las cosas por sí mismos, las ven desde un punto de vista generalizado, a menudo vívidamente, a veces con una brillantez febril, aunque nunca con esa idiosincrasia que sólo puede dar una imagen parcial de los hechos pero que está inmersa en la personalidad del observador. Lo cierto es que la prensa mata la personalidad de quienes escriben para ella”.

Cuando flaquea la vocación o cuando te echan de un periódico, citas como esta de Somerset Maugham vienen en tu ayuda, susurrando palabras de sabiduría. Falta saber qué se elige, periodista a lo Chaves Nogales o escritor a lo Mara Torres. Porque ahora el periodismo, como el fútbol, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin cartabones y pizarras y un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Esta hegemonía del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa ya dirigían el cotarro cuando negaron a César González-Ruano el carné de prensa. La respuesta de Ruano, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos (o a fascistas): “Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. Uno, por tanto, no debería aspirar jamás a gustar a todos, sino a ser considerado el más humilde de los epígonos de la escuela anarco-conservadora, hedonista y estilizada de Ruano.

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El Maestro Mateo o la invención de la vanidad

El artista medieval se llamaba a sí mismo artesano y ofrendaba su artesanía a la propaganda de la fe como la cosa más natural del mundo. Cobraba por su trabajo, evidentemente, y le preocupaba que su obra contentase al cliente, que podía ser un señor feudal más o menos belicoso o un abad de cierto sibaritismo o ambas cosas, porque a los efectos de aquel mecenazgo política y religión venían a ser lo mismo y consumían idéntica temática. Una vez cumplido el encargo, recibido el plácet y cobrados los honorarios, el artista medieval se daba por satisfecho. Que el vulgo supiera o no el nombre de quien diseñó la capilla catedralicia o retrató al caballero castellano no le importaba en absoluto, porque el vulgo era analfabeto y pobre, así que jamás podría entenderle y mucho menos contratarle. Con que le conocieran el noble y el eclesiástico le alcanzaba para seguir desempeñando el oficio.

En literatura ocurría algo parecido. El rapsoda de cualquier ciclo oral europeo recitaba por las plazas sus cantares de gesta o sus leyendas mitológicas sin que se le ocurriera firmar el centón de versos propios o ajenos que se encadenaban con cadencia milagrosa en su garganta. En alguno de sus oyentes prendía entonces la vocación poética, memorizaba las historias oídas, las completaba con versos de propia cosecha y se echaba a declamar por las aldeas contribuyendo así a la viveza anónima, escondida, indiscernible, de la literatura oral. El plagio era la norma, y en las orgullosas firmas que se preocuparon de legar los grandes autores griegos y latinos advertían nuestros primitivos artesanos de la rima cierto pecado de arrogancia. En España hay que esperar al siglo XIV para topar con el origen canónico de la voluntad de autoría: se suele señalar al Infante Don Juan Manuel como el primer literato orgulloso de su obra y celoso de su transmisión fidedigna, porque este culto aristócrata que se pasó la vida leyendo y guerreando se retiró finalmente a su castillo para compilar sus escritos y asegurarse de que el manuscrito de El conde Lucanor pasaba a la posteridad tal y como él lo dejó dispuesto.

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6 abril, 2013 · 21:04

Cómo confundir a Anna Karenina con Ana Torroja

No hace falta leer a Wilde para saber que en arte la separación entre forma y fondo es puramente convencional. Cuando se afirma que un escritor o un cineasta prima el preciosismo de la expresión sobre la transmisión de unos hechos o de un mensaje moral se quiere subrayar tan solo que el artista posee una marcada voluntad de estilo, que le gusta llamar la atención sobre cómo dice las cosas; no se le acusa de carecer absolutamente de algo que decir. Porque el cómo no opera en el vacío, sino siempre sobre un qué. Cuando se tiene un qué poderoso, un artista sabio escoge un cómo modesto, elástico, adaptado generosamente a la idea o argumento que se pretende realzar. Y viceversa, cuando el artista sabio solo dispone de un qué vulgar, extremará los recursos de su talento expresivo para lograr un efecto artístico de similar calado.

El fondo es la forma, el medio es el mensaje, etcétera. Por eso yerran en su argumentación las críticas que han destrozado por esteticista la Anna Karenina de Joe Wright, estreno de cine en el que tuve la desgracia de invertir una lluviosa tarde de domingo y un billete canjeable por una cena opípara comparada con las que en los últimos tiempos se encuentra en disposición de sufragar mi exhausto bolsillo. La película es la broma cara de un director pueril con serios problemas de adaptación social, dandismo hueco y comprensión lectora, y que sea tratada como tal por la crítica especializada constituye una magnífica noticia para la maltrecha causa de la veracidad periodística. Pero esas críticas insisten en el estéril y huero esteticismo de la película, advirtiendo en Wright la “arrogancia artística” del cineasta enamorado de sus propios trucos de estilo. Y se olvidan de decir lo fundamental: que ese barroquismo efectista y meramente pirotécnico no solo no logra nunca servir a la historia, que es a lo que debe aspirar toda competencia en técnica artística, sino que la opaca y hasta sustituye groseramente, de donde el espectador medianamente formado infiere, atendiendo a la ecuación con que empieza este párrafo, que la única medida de consistencia de la que es capaz el cerebro de Joe Wright la da el cartón piedra coloreado de un atrezzo de ópera rusa.

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6 abril, 2013 · 21:01

Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

El juicio que emerge del descubrimiento del Wilde ensayista –con razón, el editor Andreu Jaume asigna al género de la reflexión lo más perdurable de la obra wildeana– consagra, paradójicamente, la asombrosa coherencia intelectual del rey de la iconoclastia finisecular y la hondísima sensibilidad moral del mayor réprobo de la era victoriana, condenado en sede judicial por sodomía y encarcelado en Reading durante dos penosos años de descenso a los infiernos y redención final. El presente volumen se divide en nueve secciones, incluyendo piezas ensayísticas publicadas como tales en vida del autor, textos periodísticos, una selección de sus afamados aforismos y esa estremecedora confesión a caballo entre el reproche amoroso, la ascesis religiosa y el testamento estético que es De profundis, la obra ya desnuda de adornos que cierra el círculo cabal del pecador justificado.

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6 abril, 2013 · 20:52

Hasta siempre, comandante

La Parca bolivariana.

La Parca bolivariana.

[Reproduzco, por debilidad sentimental, la última columna que publiqué en la contraportada de La Gaceta un  jueves 7 de marzo de 2013, escrito la víspera de que entrara en vigor la huelga indefinida que acordamos los trabajadores en protesta por el impago de cuatro nóminas. Poco después la empresa suprimió el blog en el que durante años yo había ido archivando mis artículos. Ya no volvería a escribir en ese periódico]

“Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura / donde el Sol de tu bravura / le puso cerco a la muerte”. Hasta siempre, Comandante, le canta con Carlos Puebla el lacrimoso orfeón de orfandad bolivariana desde la tierra del petróleo ingente que sufragó la última gran novela de dictador, género que no cesa nunca en Sudamérica. Hugo Chávez no era el golpista, el militar tronado, el presidente sospechosamente electo, el logomáquico gorila acallado por el rey de su ex colonia: qué prosaísmo el del periodismo que lo juzgará con tal inobjetable exactitud, ciertamente. Uno, no siendo víctima suya, lo circunscribió a las tablas de la ficción que interpretó mientras existía y no lo piensa bajar de ahí ahora que ha caído el telón tumefacto de su vida.

Hugo Chávez no era un hombre real, de carne y hueso. Por eso me indignó tanto aquella portada de El País: porque nos presentaba a un Chávez en exceso biológico, violentamente desmilitarizado por la enfermedad, humanizado por un tubo. Para mí Hugo Chávez era un personaje genial, era Tirano Banderas, el coronel que siempre tenía quien le escribiera, el supervillano remanente de la Guerra Fría, el chivo en su fiesta televisiva, la reencarnación épica de Jesús Gil, el prohombre de bronce que se arranca del tremendo caballo erigido en el parque y se pasea por una cumbre internacional como un presidente contemporáneo cualquiera, o que reserva toda una planta del Villa Magna como si las estatuas ecuestres necesitaran descansar.

Aprendimos a quererle no –imposible– como se quiere a las personas, sino como se celebra a los héroes y a los antihéroes de las series de televisión menos complacientes. Los noticiarios sacaban un corte de sus palabras en televisión y el mando se negaba a cambiar de canal, magnetizado por aquella retórica novelesca, improbable, narcótica. No podía ser verdad, no podía existir alguien así en este mundo de burócratas aburridos que nos siembra la peligrosa semilla de la expectativa mesiánica. Era una suerte poder contar con Chávez como archibufón del planeta mediático, y no confiamos en que Beppe Grillo sea capaz de suplirle porque Grillo, con todos sus monólogos de cómico nihilista, nunca se pondrá delante de la televisión a anunciarle al pueblo, íntimamente con en revolucionaria comunión, que le ha comprado a los rusos unos cohetitos capaces de llegar a Washington, donde mora la bestia yanqui entre géiseres de azufre. No es posible que un antisistema declare algo así, porque el antisistema cree luchar por el futuro, mientras que Chávez luchaba abiertamente por el pasado.

Si puede haber paz para los febriles, alucinados, indesmayables hijos bastardos de Bolívar, descanse en ella al fin el penúltimo ectoplasma de la Revolución.

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