Archivo diario: 8 abril, 2013

Waiting for Maggie

[Reproduzco, por si fuera oportuno, la página que le dediqué el 10 de enero de 2012 en La Gaceta al biopic de Margaret Thatcher, protagonizado por Meryl Streep, que nos dio a una dama de cobre. Eso sí, formidablemente interpretada]

Al cine prefiero ir con mujeres, aunque también he ido bastante con hombres, incluso con niños –no míos, según me aseguraron– y probablemente con ácaros invisibles prendidos a la ropa en las tórridas noches de verano. Para ver La Dama de Hierro no encontré acompañante, pero casi mejor –pensé luego–, porque así sería todo de la Thatcher por un par de horas. No creo que Margaret sea de la clase de mujeres que admiten fácilmente la competencia de otras en un plan de cine.

English: Margaret Thatcher, former UK PM. Fran...

Iron Lady. (Wikipedia)

Las dos advertencias que me habían hecho sobre la película resultaron de lo más fundadas. Meryl Streep al parecer sabe algo de interpretación, eso por un lado. Este papel otoñal suyo equivale al de Marlon Brando en El Padrino por calado artístico, cota de madurez y hasta por concomitancia argumental: el tema shakesperiano del poder y sus efectos. Y dos: la industria del cine occidental se ha internado tanto en el lugarcomunismo de progreso que ya no sabe cómo desandar el camino de las baldosas melifluas para retratar debidamente a una mujer memorable no por mujer, sino por adalid desafiante del conservadurismo. Quiero decir que la Thatcher es la Dama de Hierro y en la película la muestran mayormente como a la anciana de cobre o así. Su ideología desacomplejadamente conservadora se yergue como piedra de escándalo insalvable para cualquier guionista o cinero posmoderno, con todas las servidumbres rosas o verdes o marrón glacé que el público necesita para irse a dormir echándole la culpa a otro, que es como duermen los niños. La película falla porque traiciona la razón vital de la propia biografiada, tal y como ella misma la expone en una visita al médico, pasaje excepcionalmente thatcherista de la película:

—¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente… ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien.

Se me quedó grabada de una vez esta retahíla como de sermón de la montaña tory que colisiona con el imperio Disney del cerebro licuefacto, este algodón de azúcar que habita hegemónicamente las paredes craneales de nuestra sociedad pueril en el lugar del seso individual y reivindicable.

La película, como los jueces maniqueos, se deja ir por la pendiente del aplauso feminista cuando describe el ascenso de la hija del tendero en un mundo de machos inmovilistas, pero enceguece ante sus triunfos verdaderos, los hechos políticos, y justifica su caída por su falta de empatía proponiendo la demencia senil como justo castigo narrativo a tanta soberbia. Y eso, como diría Fouché, es peor que un crimen: es una equivocación. Es no entender que Maggie siempre prefirió hacer antes que ser. Otra cosa es que la política haya devenido identitarismo –sustituir la trabajosa forja de un carácter individual por una hospitalaria militancia: la gay, la nacionalista, la vegetariana o la del club de las almendritas periodísticas al punto de sal–, como bien olfateó el Zapatero paladín de las minorías en su primer mandato, cuando se podía uno mear en los hechos y la prima de riesgo estaba vacacionando. Si Chacón quiere aspirar a algo más que a Dama de Barro(so), debería dejar de enredarse en viajes de la identidad catalana a la almeriense pasando por la cabra de la Legión y ponerse a hacer, verbo que custodia el secreto de la perennidad de su rival Rubalcaba, que se cena políticos con imagen desde hace un cuarto de siglo.

Luego está ese marido de celulosa, un payaso alucinatorio que sólo parece existir para dar base a un nuevo aforismo: “Detrás de una gran mujer sólo puede haber un pelele”. Esperemos que el de Merkel mantenga mejor la dignidad.

Seguiremos esperando una película valiente sobre la más valiente de las mujeres del siglo XX –una señora que hundía barcos enemigos y bebía whisky–, del mismo modo que Soraya sueña ya con su propio biopic protagonizado por la eterna Streep.

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Roma 2013. Apuntes de una peregrinación

El 11 de febrero de 2013 Joseph Ratzinger decidió renunciar al papado e imprimir así un cierto giro a la historia de la Iglesia que no se estilaba desde 1294. La noticia nos pareció suficientemente sugestiva a una banda de cinco periodistas de La Gaceta, propiedad del Grupo Intereconomía, que andábamos por entonces —y ahí seguimos— necesitados de estímulos espirituales, puesto que los materiales nos estaban siendo negados desde hacía meses; cuatro nóminas por cobrar, exactamente, y una consecuente huelga indefinida de la redacción. Era la segunda huelga que le hacía yo a este periódico en cinco años, con propietarios distintos, y aunque la nueva propiedad ofrecía al ejercicio sindical más alicientes que la anterior por su descarada similitud con el equipo municipal de Bienvenido, Mister Marshall —parangón en el que ahora no voy a extenderme—, lo cierto es que la lucha perdía novedad y ganaba desesperanza vertiginosamente cuando la renuncia de Benedicto XVI vino a remover nuestro marasmo existencial.

—Nos vamos a Roma y a tomar por culo todo.

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Bernini, el genio desatado. (Wikipedia)

—Venga.

Con palabras parecidas empiezan siempre las peregrinaciones más memorables. Y aunque el eco se había adueñado de la Visa y el bolsillo boqueaba exhausto por la incuria del patrón, no lo pensamos más y con lo restante cogimos billete a Ciampino en Ryanair —lo que quizá siempre deba pensarse más— y techo en una pensión cercana a Termini de precio tan irrisorio que confesarlo aquí me produciría bochorno y también algún temor a la condescendencia de los pordioseros que duermen acartonados bajo los soportales de la Plaza Mayor.

Día primero

Cae una lluvia fina cuando un autobús nigeriano nos introduce en la Ciudad Eterna procedente del aeropuerto. Dejamos las maletas en la habitación quíntuple, almorzamos unas porciones aproximadamente infames de pizza callejera y traspasamos el atrio de Santa María la Mayor, primer hito turístico de nuestro peregrinaje. Allí, a la derecha del altar, bajo una lápida insignificante y penumbrosa reposan los restos del fastuoso Gian Lorenzo Bernini, por quien profeso desde mi primer viaje adolescente a Roma una turbadora devoción que procuraré inocular en mis cuatro compañeros, con un éxito espero dos puntos por encima de incontrovertible y solo uno por debajo de febricitante. Empezamos ahí, testimoniando su humildísimo fin para ir retrocediendo en flash-back no temporal sino espacial a los días gloriosos de su ejecutoria eternizada en piedra.

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8 abril, 2013 · 20:09