
Lo novedoso del apocalipsis no es anunciarlo (eso lo hace hasta Marcos Llorente) sino experimentarlo. No pertenezco a la primera generación de la historia que puede asistir a la extinción de la especie, privilegio que correspondió –Oppenheimer mediante- a la generación de mis padres, criados en la paranoia nuclear. Así que por muy letal que sea la vanidad de los adanistas de Silicon Valley, tendremos que reconocer que la destrucción mutua asegurada por un fulminante intercambio de epístolas atómicas entre Washington y Moscú será siempre mucho más vistosa que una pandemia o un apagón desatados por un robot excesivamente curioso. El sapiens no merece extinguirse con el gemido del poeta sino en mitad de un cósmico estallido. ¿O es que vamos a ser menos que los dinosaurios?






