
El robo del Tesoro de Villena arrancó sollozos al alcalde del municipio expoliado y despertó una efímera indignación en las tertulias. Tampoco cabía pedir mucho más al país donde leer se reputa capricho de extranjeros, según PISA. Pero si uno pegaba la oreja al murmullo subterráneo del periodismo cultural, percibía un debate pertinente: ¿Debe tener cada pueblo su propio museo? ¿El hallazgo arqueológico pertenece a la localidad donde se produce o a la colección estatal que lo contextualiza? ¿Cumple eso que llamamos cultura alguna función ajena al mero reclamo turístico? ¿Y cuánta descolonización museística podemos permitirnos sin que los ladrones y los nacionalistas (valga la redundancia) hagan su particularísimo agosto?






