
En la primera sesión de control del curso el presidente del Gobierno ha presumido de ser «un perro sin collar». Se trata de una proyección interesante. Pedro se ve a sí mismo como un perro cimarrón, callejero, indomable: precisamente la clase de perro al que ningún hombre consideraría su mejor amigo. Porque en nuestra tradición cultural existen dos acepciones antagónicas de lo canino: una positiva y otra negativa. La primera define a Argos, el insobornable lebrel del errante Ulises que no morirá hasta ser el único en reconocer a su amo retornado bajo la apariencia de mendigo. Pero luego tenemos a Diógenes, que fundó la escuela de los cínicos («los perrunos», en griego) apropiándose con orgullo del insulto que los atenienses le dirigían por vivir en la calle y no respetar las leyes de la ciudad. ¿A qué paradigma moral podríamos adscribir a Pedro si fuera efectivamente un perro, al del cinismo o al de la lealtad?






