Podemos citar a Churchill hasta que su noble cráneo se revuelva en la tumba, pero no hay en Putin acertijo ni misterio ni enigma. Putin es un psicópata dentro de un nacionalista envuelto en un nostálgico de la URSS. Separar sus tres capas mentales importa poco y no aclara nada, porque sus hechos hablan a gritos por todas y cada una.
Reconócelo. Te gusta. Llevas tantos años rezongando contra los políticos de todos los partidos que tu desafección te ha conducido a la secreta simpatía por un tirano. No te sientas original: tu proceso interior fue advertido por Aristóteles y actualizado por Schmitt. Parlamento, deliberación, burocracia, consenso. Palabras odiosas que debilitan la nación y engordan las nóminas de la casta. Soberanía, fortaleza, decisión, moralidad.Palabras honorables que Europa ha olvidado. «Pero Putin es cristiano, un enemigo del relativismo», objetarás si eres de derechas. «Pero Putin es antiamericano, un enemigo del neoliberalismo», objetarás si eres de izquierdas. Da igual cómo te definas: en cualquier caso recelas de la libertad. Nunca has sabido qué hacer con tanta, pero llevas aún peor que sí lo sepan los demás. Mano dura, valores fuertes: eso es lo que el prójimo necesita. La democracia liberal, hablemos claro, no funciona.
Reunió fuerzas suficientes para tomar la palabra una última vez, flanqueado por el coro de sus enemigos: los adversarios los tenía enfrente. Evitó dar vuelo al verbo como hizo en sus instantes de mejor inspiración, automatizó la garganta y leyó el discurso para ahogar las emociones antes de que pudieran traicionarle, pues ya iba servido de traiciones. Apeló a la concordia, reivindicó al PP, añoró el bipartidismo. Su pudor castellano le prohibió el broche sentimental, la despedida explícita que habría fijado en la memoria la marcha de un gran parlamentario. Hablar no es liderar, pero siempre habló bien.
El PP está en el desfiladero de las Termópilas, solo que los persas no son sanchistas sino casadistas. Los lidera todavía un conocido vigoréxico de Murcia que de momento enfrente solo tiene a una masa de descontentos desorganizados bisbiseando su desazón y exigiendo cabezas desde el sofá. Hablar, lo que se dice hablar, han hablado las de siempre: Esperanza y Cayetana. El resto está chateando muy enfadado y transmitiendo consignas a tertulianos, fórmula segura para la derrota que brindará, eso sí, nuevas ocasiones de seguir chateando muy enfadado y seguir transmitiendo consignas.
Quizá ya se haya dado cuenta Pablo Casado de que disparar a tu mejor soldado es como hacerlo sobre tu propia sien. En política el muerto equivale al cornudo -suele ser el último en enterarse-, pero ni siquiera las gruesas paredes de Génova, compactadas por la mediocridad e insonorizadas por la cobardía, pueden aislar ya al difunto de la clamorosa plegaria que se eleva en su nombre desde las calles de Madrid, rompeolas de todas las Españas.
Se guardó un minuto de perfecto silencio por el desastre del pesquero gallego en Terranova. Que lo único que una ya a nuestros políticos sea un naufragio resulta suficientemente elocuente como para insistir en la metáfora. En cuanto sus señorías recuperaron la voz se reanudó la partida infinita de los tahúres que tratan de salvar sus apuestas desesperadamente.
Bastaron tres carreras sincronizadas para presionar el saque inicial del Madrid y el Parque de los Príncipes se convirtió en el suburbio de los mendigos, condenados los de blanco a sobrevivir en un entorno hostil del primer al último minuto. El minuto exacto en que cayó herido, que no muerto. Quién sino Mbappé iba a honrar la noble tradición del madridista vocacional que daña al club que tanto le espera. Recortaba al francés a Carvajal y de paso la respiración, con una superioridad que volvía insultante cualquier comparación física, técnica, antropológica. Messi merece hoy el Goya al actor revelación al lado de la superestrella gala.
El votante de derechas random, pongamos que se llama Paco, hace tres años que asume, aprueba, desea y hoy hasta suspira -en este orden cronológico- por un entendimiento natural entrePP y Vox, porque al nivel de la calle solo se percibe una semejanza fundamental entre ambos: no son sanchistas. Paco no trata con políticos ni tiene por qué conocer el hábitat caníbal en que se desarrolla la vida cotidiana de un partido, de un Parlamento, no digamos ya de un gobierno de coalición. Si se asomara por una mirilla -como hacemos a diario los periodistas- y les oyera hablar como hablan cuando saben que sus votantes no les ven, Paco no saldría ya nunca de la abstención, como tampoco Manolo, el votante de izquierdas random. Estafarsa estructural es el gran secreto de las democracias representativas, pero en latitudes menos defectuosas está paliada por una cuota vocacional de servidores públicos decentes.