Archivo mensual: junio 2013

Mi cameo en ‘Manu’, de Jabois

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, un fragmento del nuevo dietario que acaba de publicar Manuel Jabois (Manu, Pepitas de calabaza, 10 euretes de nada), que presentó el pasado 1 de junio en la librería Tipos Infames de Madrid y que anda estos días luminosamente disponible en la Feria del Libro. Lo reproduzco con la descarada vanidad que me causa su cariñosa mención y con el deseo de promover su venta, si es que ello está al alcance de mis pulmones. Publicaré una reseña de Manu -a quien conozco personalmente, y ese niño moreno y asombrado ha nacido para conductor de pueblos- en el número de julio de la Revista Leer. Entretanto brindo este aperitivo por lo que me toca, y me toca mucho, porque en Jabois yo no distingo al amigo cordial del autor que me enseña cosas en cada texto. Por lo que respecta a la veracidad de lo narrado, por supuesto, no cabe dudar de una sola coma.]

(…) Nos fuimos a Madrid de nuevo, esta vez para firmar en la Feria del Libro con los jóvenes de Libros del KO. Tres de las personas que más me ayudaron fuera de Galicia estuvieron allí ese fin de semana: Elvira Lindo, Alfonso Armada y David Gistau. Con Gistau comimos varios, entre ellos Jorge Bustos, por el que siento una veneración contracultural desde que se presentó en Pontevedra para conocerme como si yo fuese Salinger y me negase a salir de mi escondrijo; bebimos licor café y cuando parecía que nos íbamos a liar a copazos cogió su macuto y se fue corriendo.

-¿Pero ya está? –le pregunté.

-Sí, sí. Si yo he venido a conocerte, nada más.

El calientapollas me dejó volviendo a casa a las once de la noche muerto de vergüenza sin saber qué decirle a Ana.

-Va a pensar que soy un aburrido, Jorge, quédate un poco más, no me hagas esto.

-Qué va, qué va, me esperan en otro lado.

-Qué es, ¿otro columnista?

-No me lo hagas más difícil, Manuel.

El taxista, que acariciaba de vez en cuando el crucifijo del espejo, estaba alucinando.

-Esto parece una cita por Internet que ha salido mal, Jorge, no me jodas.

Tanta prisa tenía por alejarse de mí que al llegar a la estación y ver que había salido el tren, le pidió al taxista que lo llevase a la siguiente parada, que está a cuarenta kilómetros. Persiguiéndolo, persiguiéndolo, lo mismo le alcanzó coger el vagón para los últimos dos kilómetros.

En Madrid hubo revancha y no paré de meterle copas por la boca hasta que se dobló sobre sí mismo a las puertas del Matadero y tuvimos que recogerlo entre varios. Madrid, también, me procuró la amistad de Israel Vicente, que me regaló dos entradas para San Isidro para ir con Ana. Pero a Ana el calor de Madrid le complicaba por momentos la salud, acarreando de un lado a otro la barriga a tontas y a locas pendiente de nuestros caprichos, y terminamos Jorge y yo bebiendo cerveza y haciéndonos fotos en el tendido mientras Israel, no sabíamos desde dónde, nos espiaba, pues de vez en cuando enviaba mensajes riñéndonos (si bien ninguno como el primero, cuando me hizo ver que salía el cuarto toro de la tarde y aún no estaba en mi localidad; había ido a saludar a San Sebastián de los Reyes al mismísimo Alsina, que me deprimió un poco por joven: los jóvenes en general, cuando destacan tanto, provocan profundas depresiones incluso a los que aún son más jóvenes. “Ya nunca podré ser locutor estrella”, le dije a Ana a la vuelta, “ni futbolista, ni ministro, ni corrupto; y mira Bustos con treinta: ni columnista voy a poder ser”).

Jabois y uno en Las Ventas, junio de 2012, en la desenfadada actitud que describe el relato.

Jabois y Bustos en Las Ventas, junio de 2012, en la desenfadada actitud que describe el relato.

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Volver al boxeo

Hace poco que han dejado de temblarme los dedos, así que aprovecharé para contaros este día gozoso de regreso a los entrenos de boxeo en el Metropolitano. Si habéis pegado al saco con cierto método alguna vez reconoceréis ese párkinson puntual que os agita las manos tras el ejercicio como si acabaran de daros un susto tremendo. Es un temblor satisfactorio, hemingwayano, que nos recuerda que nos hemos comportado como hombres, empleándonos agresiva y tenazmente contra algo que en el fondo está dentro de nosotros mismos.

Después de seis meses en que apenas falté al gimnasio, tres días a la semana de duro aprendizaje que nunca nos enseña apenas nada -el boxeo es una disciplina complejísima, una mezcla de ajedrez, crimen y coreografía que exige de nuestro cuerpo y de nuestra mente cotas de destreza prácticamente inalcanzables-, al concluir marzo tuve que dejarlo. Acababa de lograr que me echaran de Intereconomía pero de momento no que me pagaran por ello, así que decidí suspender prudentemente cualquier gasto de tiempo y dinero hasta tanto reconstruyese una rutina productiva. Hoy tengo cobrada parte de la indemnización, establecidas algunas colaboraciones y aparte está la red del paro y la esperanza, que es lo último que se pierde justo antes que los lectores. Escribo, leo, cubro plenos en el Congreso, veo El ala oeste, tuiteo, facturo, bebo con los amigos e incluso con periodistas, cocino pescado al microondas y gasto dinero con mi novia. Sólo me faltaba volver a boxear para ajustar a satisfacción la horma de mis días.

Ha sido muy grato comprobar que los chicos no me habían olvidado. Jero se ha alegrado de que volviera a ponerme bajo su carismática dirección y los compañeros se han acercado a preguntar por mi ausencia. Muchos empiezan las clases de boxeo pero pocos perseveran más allá del primer mes, y en el gym al final siempre éramos los mismos, el mismo reconocible núcleo de tarados. Siendo de los nuevos, yo ya había sido golpeado lo suficiente como para ganarme el dulce derecho a la camaradería que Chesterton circunscribía al macho humano, ese sentimiento fraternal que tanto atrae a las mujeres y que tanto envidian porque a su especie caníbal le ha sido vedado. Al asomarme al cuadrilátero ha sido conmovedor chocar de frente con aquella agria vaharada a sobaquina insumergible, inembalsamable, encostrada en las paredes como una última capa de invisible gotelé, efluvio que ya habíamos olvidado junto con la risa de la infancia y el tacto del primer beso y otras cosas hermosas de la vida. Ha sido aún más gratificante aguantar casi hasta el final el entrenamiento con Ramón de pareja, que tiene más envergadura y más ritmo. Tampoco andaba rápido de piernas por una inflamación absurda en el empeine derecho: fue una patada que me propinaron el sábado jugando al Futbolín Humano durante una despedida de soltero en Segovia. Y sin embargo, pese a que alguna serie se me atrancaba, contra todo pronóstico he efectuado la de esquiva-gancho-croché-derecha con apreciable fluidez, visto lo visto. Al saco ya no he llegado entero, la camiseta chorreando, las sienes martilleándome como si tuviera un xilófono en el cráneo. Pero el fondo ya lo cogeré de nuevo. Lo importante era volver.

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Bustos y Gistau entrenando en el Metropolitano, noviembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Volví en el metro con Gistau, que lleva ocho meses boxeando sin parar y ya ha adoptado envidiables automatismos. Se sujetaba a la barra del vagón mientras charlábamos sobre su salida de El Mundo y su flamante incorporación a ABC; de haberse producido un frenazo, estoy casi seguro de que la barra metálica se habría combado.

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Salvad el Senado

Del legado político de Zapatero nos acordamos a diario, pero nos acordamos especialmente en días como ayer en que se celebró un pleno del Senado. Zapatero fue una vez al Senado y lo vio tan tristemente hueco que quiso llenarlo de contenido, y pudiendo llenar aquel vacío con las motos acrobáticas de Red-Bull o los animosos leones marinos del Zoo Aquarium, eligió llenar la Cámara Alta de provectos senadores cabreándose a lo largo de prolongadísimas sesiones parlamentarias convenientemente televisadas, a ver si así los tertulianos dejaban de cacarear que el Senado no sirve para nada y que hay que suprimirlo, con el dramático coste que tan bárbara decisión depararía a las arcas del Estado, obligado a subvenir los internamientos de sus senatoriales señorías en lujosos asilos repartidos por las 17 autonomías. Porque en algún sitio habrá que meter a los senadores si el Senado chapa, oigan.

Pero pese a las proverbiales buenas intenciones de Zapatero, que nadie se atreverá a discutir, el Senado no ha logrado equipararse al Congreso en interés mediático, no digamos ya en interés ciudadano. No hace mucho, cuando los esforzados quincemistas luchaban por la democracia en los alrededores de la Cámara Baja -bien que prefiriendo enseñar las tetas a recitar capítulos de Montesquieu, pero ése es otro tema-, los senadores contemplaban en sus tabletas aquellas vistosas cargas policiales y les acometía una envidia cainita:

—¡Míralos! ¡Siempre igual! Asaltemos el Congreso, asaltemos el Congreso… ¿Y el Senado, qué? ¿Quién se acuerda del Senado? —se lamentarían por entonces los senadores en límpido castellano, sin necesidad alguna de pinganillo autonómico para entenderse.

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5 junio, 2013 · 11:59

El señor de los banquillos

[Reproduzco, por si fuere oportuno, la crónica de mi única rueda de prensa con Mou cubierta para La Gaceta. Se publicó el 14 de octubre de 2011. Fue la vez que más cerca he estado de Mourinho. No descarto, por supuesto, estarlo más un día. Si la crónica tiene interés es porque refleja un estado de la relación del periodismo hacia Mou aún previo al napalm, la calumnia que algo queda, la venalidad inflamada del gañoterismo lerdo y la caza del salmón con bomba de racimo multimedia. Ya se intuía que todo acabaría mal, pero aún se guardaban las formas y la presencia de Mou generaba más expectación que saliva pavloviana. Aún se hacían preguntas deportivas y aún no salía Karanka. Se percibía de hecho una natural complicidad en el gran tinglado: por entonces todos cumplían más o menos con su papel. Por eso pertenece al umbrío ámbito de la psicopatología hispana la causa por la que José Mourinho acabó excitando sólo lo peor de la prensa deportiva mayoritaria, cuando debió haber motivado piezas antológicas de periodismo Mailer. Adiós, querido Mou. Gracias y hasta pronto, señor de los banquillos.]

En esta sala, el puto amo.

En esta sala, el puto amo.

Para alguien como uno, que ya celebraba los goles del Madrid chapoteando en el líquido amniótico, que simpatiza irremediablemente con los caracteres soberbios y punzantes –si van apuntalados por el talento– y que de hecho considera el mayor error de Felipe II no haber ubicado la capital del Imperio en Lisboa, asistir por primera vez a una rueda de Mou viene a ser como poder elegir ministerio para Gallardón. Medité pasarme la noche de la víspera releyendo a Clausewitz y abrillantando mi Beretta, y el compañero Tenorio me advirtió oportunamente: “Tienes el kit en mi cajón: machete, lata de anchoas, brújula, linterna y botiquín”.

Enfilo el Polo hacia Valdebebas, que sólo se distingue del Muro de Berlín porque no hay alambre de espino, no descartemos que Mou lo haga instalar esta temporada. Qué barbaridad, oigan, aquello parece el Pentágono. Se lo comento a un par de colegas con los que peregrino hacia la sala de Prensa, una vez que el patrullero de guardia ha confirmado nuestras identidades periodísticas y nos sube la barrera, ya cerciorado de que ninguno de los tres somos Pito Vilanova.

—¿El Pentágono? Qué va, hombre, ojalá. El Pentágono por lo menos desclasifica papeles cada 10 años. Aquí como mucho pega una rajada por Twitter Iván Campo mucho después de haber abandonado el club.
Guti sí que era un tío que se vestía por los pies —tercia el segundo—. Si algo no le gustaba, lo decía. Aunque llegara tarde al entreno y de resaca…
—Transparente no es el adjetivo que uno asociaría al Madrid, no… Ah, y otra cosa que es culpa de Mourinho: ¿cuándo va a dejar de hacer este pu… calor?

El gremio del periodismo deportivo engaña mucho, porque la simpleza aparente de tanto titular obvio –democracia obliga– contrasta en el trato corto con un sarcasmo ágil, una camaradería afilada que te gana enseguida. En la sala los reporteros ponen en común las preguntas que van a hacerle a Mou para no repetirse, rememoran aquel partido en El Molinón que retransmitieron de resaca, se preocupan por el ERE anunciado en la empresa de un colega o comentan un artículo de Gistau.

—¿Hará mucho frío en Bosnia? —inquiere un inteligente reportero de los que viajan siempre con el equipo.
—La verdad es que es fácil meterse con Valdano, pero… ¡qué difícil decírselo a la cara, con lo elegante que va siempre! —manifiesta un locutor radiofónico.
—A riesgo de parecer impopular, he de decir que he hojeado la novela de Pepe Mel y no parece del todo mala… —informa un tercero.

Una azafata uniformada que ríete de Carbonero me pregunta si quiero preguntar. Le contesto que aún no estoy preparado, gracias. Una suerte de regidor dispone luces y sillas con mucho ringorrango y se asegura de que todos los periodistas están en sus puestos. La verdad es que aquello se antojaría una liturgia algo ridícula si olvidáramos la sentencia de Shankly: “Para algunas personas, el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso”.

Aparece Mourinho. Camiseta de jugar y chándal. Sorprendentemente, no invade la sala el característico olor a azufre del que van previniéndonos los hare krishna del Gandhi de Sampedor. Me he sentado bien centradito y me clava los ojos: no le suena mi cara, claro. A la primera pregunta –si sacará “el equipo de siempre”– ya empieza por parar y templar: “No sé cuál es el equipo de siempre”. Y prosigue administrando su metódica, teatral sentenciosidad indomeñable. Apenas gesticula, le basta la voz. Responde ensimismado, la mirada perdida salvo cuando un nuevo reportero toma el micro, momento en que le clava los ojos al modo de inyecciones preventivas de epidural. Al que trata de provocarlo, lo deja sin respuesta; al que le plantea una cuestión inteligente, le concede una adicional. Disimula la satisfacción que le produce el amor que acaba de declararle otro rockero, Noel Gallagher. “Hay gente que te aprecia y gente que te detesta”. Pues eso.

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Rajoy logra revertir el cambio climático

Pocas horas después de que Rajoy abandonara París, unos meteorólogos franceses van y afirman que no va a haber verano. Todo lo que toca Rajoy o es tocado por él se enfría irremisiblemente, incluyendo el hemisferio norte o el entrañable cainismo español, según pudo uno atestiguar para este medio en la última sesión de control al Gobierno, cuando fue el presidente el que controló de tal forma a la oposición que se fundió con ella en amoroso abrazo, y en cualquier momento sale de ahí un Pacto de La Moncloa rubiasco y sonrosado. Claro que para que se consume ese clima de «gran acuerdo» que deshoja Rubalcaba ha de contarse con el visto bueno de Ana Mato, quien seguramente encuentre la relación no del todo consentida y en todo caso excesivamente prematura.

El clima está frío y no hay modo de que lo calienten las noticias críticas con el Gobierno, que se airean en la prensa y se maceran en las tertulias mediante la enfebrecida gimnasia de la diatriba, y es que a don Mariano no parece quererle nadie excepto Soraya y yo, que no le voté pero admiro la manera mecánica en que disgusta a todo el mundo sin ganar un kilo ni criar una cana. El entusiasmo me durará hasta que una epifánica mañana me salude en el Congreso y compruebe con decepción que su frialdad se derrite en la cercanía.

Lo que quiero decir es que no se les puede reprochar a los medios que no estén poniendo toda la leña de la detracción en la estufa del descontento, sin que en La Moncloa suba un solo grado la temperatura y, ya puestos, tampoco en el mapa del tiempo. La culpa científica de este frío extemporáneo y escasamente primaveral la ha tenido el anticiclón de las Azores según dicen los colegas de Roberto Brasero, poético hombre del tiempo que con los partes meteorológicos arma verdaderos dramas shakesperianos y que viene a ser el reverso luminoso y vocacional de José Antonio Maldonado, a quien siempre imaginamos embaulándose un chupito de Jägermeister y carraspeando segundos antes de entrar en directo. Ahora bien, no hay que confundir el anticiclón de las Azores con el trío de las Azores, aunque lo cierto es que en ambos casos se trata de contravenir por aire o por tierra el orden mundial, o al menos el atlántico.

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3 junio, 2013 · 14:45