
Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.

Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.

En todos los vagones de metro se oyó un suspiro de alivio cuando Bolaños, canónigo del sanchismo, anunció que Gobierno y oposición habían alcanzado por fin, tras cuatro años de bloqueo y tres horas de reunión, el acuerdo por el que tratarán de acordar cordialmente la renovación del Cegepejota. Pero tras el alivio inicial, sobre las cabezas de los viajeros que seguían en sus móviles las comparecencias de los negociadores se dibujó un signo de interrogación. ¿No nos estarán tomando por imbéciles?, parecía inquirir la hilera de rostros estupefactos, usuarios de metro que sienten verdadera devoción por el Cegepejota, que no hablan de otra cosa mientras se deslizan por el oscuro subsuelo de Madrid, atestado de clase media trabajadora y de ministras de progreso, como todos ustedes saben.

La última contradicción cabalgada por Pablo Iglesias, que tantas lecciones da, es un suspenso en el examen que lo habría habilitado para dar lecciones. Ahora tendrá que resignarse a aleccionarnos sin título habilitante, según lleva haciendo desde el día epifánico en que fue enviado a nosotros para redimirnos del capital y la oligarquía. Claro que si lo pensamos bien, lo contradictorio habría sido que aprobara. ¿Qué clase de revolucionario se rebaja a perseguir la aceptación de un tribunal universitario, que no deja de ser un producto más del orden burgués?

Habrá que hablar del varón, y España es buen sitio para comenzar. Esos muecines priápicos de colegio mayor, por ejemplo. Al oír su provocador llamamiento a la yihad genital podemos reaccionar con el escándalo de rigor, competir en desgarro vestimentario, reclamar castigos ejemplares. Pero si de veras nos importa la salud de la igualdad deberíamos entender que esos muchachos no estaban exhibiendo su poder sino su fragilidad, cuando no su súplica. Que fuera una novatada no modifica el diagnóstico: una novatada es un rito de paso extraoficial por el que se regula el ingreso de un candidato en una comunidad organizada. La pregunta entonces es por qué los jóvenes sapiens exigen hoy una credencial de machismo aparatoso, contracultural, para ser aceptados en la tribu. La respuesta es la misma que explica el alboroto por la mano de Federer en la mano de Nadal: solo al adanismo le parece noticia, solo los inseguros expresan su rechazo, solo los fuertes se perdonan una lágrima.

Sin darse importancia, aunque la tenga, Andrés Trapiello (León, 1953) no solo está construyendo el más imponente edificio literario de nuestras letras, sino que se ha propuesto recuperar la técnica barroca del bel composto, la integración de las artes: sus libros son objetos hermosos sobre los que opera como artista total, desde la documentación y la tipografía hasta esa prosa honesta y rica que actualiza una sensibilidad clásica, en la tradición que va de Cervantes a Galdós, de Juan Ramón a Baroja. Nadie más confiable para contar -y curar- las cicatrices del fratricidio español.
¿Cómo consigues separar siempre al pecador de su pecado, es decir, admirar el coraje personal y prescindir del sesgo ideológico, sin dejar de señalar sus errores?
El tema del que trata el libro es muy difícil de dilucidar. ¿Fue justa o no la acción revolucionaria antifascista en aquellos años? Todos ellos son valientes, porque se juegan la cárcel o el pelotón de fusilamiento. Es gente desesperada, que sabe que la alternativa es obedecer o morir. Franco también está en la tesitura de vencer o morir: ha ganado la guerra pero mientras no termine la Segunda Guerra Mundial su poder no está seguro. Mussolini va a acabar colgado por los pies y a los aliados les quedan tres meses para entrar en Berlín cuando suceden los hechos de este libro. El tipo que dirige la célula, Vitini, acaba de ser condecorado en Francia por las fuerzas de liberación de De Gaulle. Y recibe la encomienda del Partido para hacer lo mismo en Madrid, solo que aquí, por hacer lo que él creía que era lo mismo -asesinar falangistas como seguramente ejecutaría nazis y colaboradores de la Gestapo en Francia- se le va a ejecutar.

Y Nadia empezó a ser alguien: Alguien Calviño. Ocurrió durante la réplica a Iván Espinosa de los Monteros, que había afirmado no conocer a nadie beneficiado por la política económica de Sánchez. La vicepresidenta primera capturó al vuelo las posibilidades dialécticas de tan tajante afirmación: tomándola de la punta literal y girándola sobre su eje podría apuntar el flanco débil del portavoz de Vox -una imagen de clasismo de la que no está excluida la propia Calviño- al tiempo que reivindicaba las medidas del Gobierno, que está bastante necesitado de reivindicación. Tanto lo está que cuando Calviño concluyó su eficaz letanía, Sánchez se puso en pie para aplaudirla. Al incorporarse se le cayó la careta de presidente y emergió ese tuétano frentista que explica su carrera. Para rodar la serie le vuelven a colocar la máscara y listos.

La política fiscal del PSOE ha sufrido tal mutación ideológica en la última década que obliga a desconectar -también en esto- al sanchismo de la tradición que inauguró el felipismo. González fundó su liderazgo sobre la premisa de la renuncia al marxismo, y una vez en Moncloa exploró sin dogmas todas las posibilidades del capitalismo redistributivo. La pana fue solo un manto retórico con el que se cubrían los guerristas mientras Boyer y Solchaga -«España es el país europeo donde es mas fácil hacerse rico»- avanzaban en la liberalización de una economía lastrada todavía por la herencia estatista del franquismo. Aquel PSOE asumió el coste político de la reconversión industrial -incluida la mayor huelga general de la historia-, emprendió iniciativas de colaboración público-privada como los conciertos educativos y hasta ideó una cosa chulísima llamada sicav, instrumento financiero diseñado para captar inversores a cambio de ventajas tributarias. Eran tiempos legendarios en los que la izquierda ibérica cultivaba la convicción -hoy exclusivamente portuguesa- de que para redistribuir la riqueza primero hay que crearla.
GAZPACHO CON TABASCO
blog personal de un cierto jarroson
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
you are so cute when you are frustrated, dear
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain
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“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain