Archivo de la etiqueta: La España que ora y que bosteza

Corrupción, abono literario

La corrupción goza en España de una excelente salud. Abre los periódicos, alimenta el share de las tertulias de la tele, monopoliza las redes sociales y ya hasta ha colonizado las conversaciones de autobús y de ascensor, antaño dominio exclusivo de la climatología. Este año incluso le han dado el Premio Planeta a la corrupción, tratada por Jorge Zepeda en su más negra acepción mexicana.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Lo que sorprende un poco es que tema tan antiguo provoque un escándalo tan nuevo. Aristóteles definió la corrupción como un “estancamiento” que pudre las aguas de la democracia, degenerando en ciénaga de demagogos que abona el terreno para la irrupción del tirano. El mecanismo es tan conocido, y tan indefectible, que causa estupefacción la facilidad con la que los humanos –también los altivos demócratas de la Europa posmoderna– nos precipitamos a cumplir el mismo guión milenario que fijó Tucídides en su Historia de las guerras del Peloponeso. Es la primera descripción en Occidente de un caso de corrupción y sucedió en Corcira en el siglo V a. C. La cita es larga pero su precisión resulta de una escalofriante actualidad:

“La audacia irreflexiva pasó a ser considerada un valor fundado en la lealtad al partido; la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada; la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría; y la inteligencia capaz de entenderlo todo, incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. Estas asociaciones no se constituían de acuerdo con las leyes establecidas con vistas al beneficio público, sino al margen del orden instituido y al servicio de la codicia. Y las garantías de recíproca fidelidad no se basaban tanto en la ley cuanto en la transgresión perpetrada en común”.

Por los mismos años escribió Aristófanes su Pluto, ácida comedia contra el desigual reparto de la riqueza que los gobernantes prometen mientras la practican en exclusiva. La reciente puesta en escena de esta obra en el festival de Mérida serviría a algunos adanistas para descubrir que el discurso contra la plutocracia no es precisamente un genialidad de Podemos. Mención especial merece Luciano de Samosata (siglo II d. C.), quizá el primer genio satírico de la historia, un antidogmático radical y descacharrante cuyos textos asombrosos leíamos en Clásicas como el iniciado que penetra en Delfos y descubre el mayor burdel de Europa. La tradición lucianesca es la que relanzan Jonathan Swift y nuestro Quevedo con sus Sueños, entre tantos otros. Y qué decir de Roma, donde se idearon todos los vicios y todas las soluciones, desde el tribuno de la plebe al pan y circo. De los muchos escritores que eligieron la corrupción como tema literario –la galería de infames de Tácito, los epigramas afilados de Marcial, las sátiras implacables de Juvenal y Persio– yo me quedo con el taimado Salustio, que hizo un carrerón al elegir el bando correcto del divino Julio, rapiñó todo lo que pudo en el año y medio en que César le confió el gobierno de los númidas, fue acusado por el Senado de exacción ilegal en el ejercicio de cargo público y acabó reinventándose como historiador moralista alejado de las vanidades del mundo… en una mansión que los emperadores le expropiarían a su muerte, muertos de envidia. A este precursor tan latino del fraile después de cocinero debemos la sofisticada trama de vileza de La conjuración de Catilina.

Hay en la Edad Media toda una literatura goliarda que fustiga los vicios del poder, ya ocupara este el estamento noble o el eclesiástico, y cuya tradición llega a las chirigotas gaditanas. Pero debemos a los renacentistas algo parecido a un tratamiento sistematizado –casi un género ensayístico– de la corrupción, con Erasmo, Moro y Maquiavelo como faros de costa de la moralidad pública. los partidos (gobierno de los grandes) generan oligarquía. Bien común. “Los hombres son malos todos, y el áncora del bien público está toda entera en la bondad de las leyes, la cual consiste en hacer que los hombres se abstengan, más por necesidad que por voluntad, de obrar mal”, escribe el autor de El príncipe con irrefutable realismo. El gran crítico soviético Bajtín extrae del Gargantúa de Rabelais el concepto de lo carnavalesco como subversión reglada del orden establecido: es decir, como desahogo del pueblo sometido a un régimen opresivo que se perpetúa precisamente gracias a la válvula de escape que supone el carnaval, el negativo lúdico de la revolución.

Así se van sentando las bases de una de las grandes aportaciones hispanas a la literatura mundial, y a los propios paraísos fiscales: la picaresca. Ni el autor del Lazarillo ni Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache ni mucho menos Quevedo en su Don Pablos idealizan lo que cuentan: sencillamente eliminan el filtro de la hipocresía social y lo que queda es la condición humana en pelotas. Una sociedad corrupta, donde el pobre no carga contra la corrupción de los aristócratas por indignación moral sino porque a él se le excluya de ese banquete. El criterio ético del bien común lo salvaron cronistas patrios del XVII –verdaderos periodistas del Siglo de Oro– como Pellicer, Saavedra Fajardo (“La murmuración es argumento de la libertad de la república, porque en la tiranizada nos e permite”, escribe, reflejando el clima social de la España de Felipe IV) o Jerónimo de Barrionuevo. Todos ellos levantan acta del desgobierno de la monarquía y reflejan la carestía reinante. Los pasquines críticos infestan las esquinas de Madrid y la queja general contra el “menoscabo de la Real Hacienda” convive con los arrestos sumarísimos por delito de sedición.

Cervantes, manco para unas cosas y de mano larga para otras.

Don Miguel tampoco era manco.

¿Y dónde dejamos, por cierto, a don Miguel de Cervantes, que fue condenado por irregularidades recaudatorias en el desempeño de su cargo? No deja de ser idiosincrásico que la mayor gloria de las letras españolas cediese en vida a la tentación de la picaresca. Si nos ponemos estrictos, señores, Cervantes fue también un corrupto. Habrá que estar atentos a esos papeles que al parecer Bárcenas está escribiendo en Soto del Real.

Vélez de Guevara levantó los techos de la hipocresía social de la sociedad barroca en su Diablo Cojuelo, y aún tuvo que dulcificar el tono en la segunda parte del libro porque comprendió que su manutención dependía del mecenazgo de aquellos estamentos a los que atacaba.

Será el absolutismo el sistema que venga a aplacar el temperamento crítico de la sociedad barroca, y será el abuso de poder de los reyes absolutos el que justifique la doctrina del contrato social de Rousseau, cuya ruptura define precisamente el fenómeno de la corrupción. El concepto de voluntad general del autor del Emilio es el germen del democratismo moderno, pero también será el chivo expiatorio más invocado por los futuros populistas para encubrir sus propias corruptelas.

La vocación pedagógica de los ilustrados produjo una rica veta de ensayismo didáctico, de intención moralizante. Feijóo, Jovellanos y el viperino Moratín tienen páginas sobre la viciada maquinaria de la administración que ha permanecido inexpugnable a la democracia. Una misma sensación de tiempo perdido que nos despierta el Madrid galdosiano de ¡Miau!, verdadera radiografía de lo que el gran novelista llamó “el panfuncionarismo burocrático”, cuyos frutos más consabidos eran el nepotismo de corte, el caciquismo localista y el revolucionario de salón. Pero caeríamos de nuevo en el papanatismo aldeano si creyéramos que nuestra situación, pese a su proverbial atraso teocrático, era mucho peor en lo tocante a corrupción política que la de otros europeos. Los franceses encontraron su espejo en los burgueses corruptos de Balzac y Maupassant; en los infinitos engranajes del Imperio británico se escondían los arribistas victorianos de Dickens y Thackeray. Y en Italia, entretanto, la semilla de picaresca sembrada por los españoles durante el virreinato de Nápoles y Sicilia germinaba en ramificaciones mafiosas que andando el tiempo llegarían consolidar una vertiente endémica de la novela negra que encuentra en Sciascia su culminación.

No olvidemos la tesis ya clásica de Enzensberger y otros que han señalado el origen español de la Camorra como un sistema paralelo y clandestino de distribución de recursos que florece allí donde ciertas funciones sociales no están suficientemente atendidas por el Estado capitalista, que tampoco puede o quiere imponer la ley del todo. Luego los italoamericanos exportaron el modelo de negocio a Chicago, Nueva York, Atlantic City o Nueva Jersey con el éxito conocido en novelas, películas memorables y series de HBO. Fuera del subgénero mafioso, pero sin salir de Estados Unidos, cabe recordar que la gran aportación –aparte de la estilística– de Hammett y Chandler al canon detectivesco consistió precisamente en la introducción de un propósito de denuncia, pues las víctimas no son ya únicamente de un asesino más o menos sofisticado sino de todo un entramado social injusto que premia con el medro la corrupción de policías, políticos y empresarios, mientras que mantener un código ético solo reporta soledad personal y penuria económica.

Valle instituyó el género de dictador, o corrupción suprema.

Valle instituyó el género de dictador, que corrompe absolutamente.

Un fenómeno parecido ocurría entretanto al otro lado del Atlántico. El genial aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, frente al indigenismo incipiente, no culpaba a España de haber colonizado el vergel suramericano, sino de haberlo colonizado tan mal: “La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas”. Y comparaba los resultados en limpieza cívica que exhibían los países de la Commonwealth, por donde había pisado la bota británica, con la yuxtaposición de satrapías en las que se habla el español. No es una visión demasiado amable con España, pero el hecho de que la novela de dictador –con el precedente canónico que según la crítica sienta el Tirano Banderas de Valle– se convirtiese en un género casi autóctono desde Panamá hasta Tierra de Fuego parece refrendar su amarga constatación. De toda la narrativa de Vargas Llosa, un autor que ha consagrado a la degeneración de la política buena parte de su obra de ficción, acaso sea Conversación en La Catedral la novela que mejor nos pasea por las simas de general indignidad que propicia todo régimen tiránico y corrompido.

La descomposición de toda superestructura política suele abonar una exuberante floración literaria. Sea porque el fin de la censura suelta las lenguas reprimidas, sea porque en el fango se revela con más plasticidad la naturaleza humana, no podemos olvidar las gestas narrativas de heroicos disidentes soviéticos como Solzhenitsyn o Vasili Grossman desde la óptica realista, o las de Bulgákov o Voinóvich desde la paródica. No se trata solo literatura testimonial, sino de verdaderos informes sobre la vivencia humana bajo el máximo grado de corrupción (lingüística, económica, ética, estética…) jamás alcanzado. Con parecida chapucería aunque menor crueldad cursó el estertor entre elegíaco y bufo del Imperio austrohúngaro, tan formidablemente retratado por Joseph Roth, o por el desopilante Jaroslav Hašek de Las aventuras del buen soldado Švejk. Y la literatura poscolonial ha seguido arrojando frutos de denuncia escalofriante en Oriente Medio y en África.

Nuestro país afronta, si no una genuina descomposición, como poco una olorosa catarsis, y nadie puede discutir la oportunidad de conceder a Rafael Chirbes, novelista ácido del pelotazo inmobiliario, el último Nacional de Narrativa (¡y sin devolverlo!). Lo que está claro es que la corrupción, como buen excremento, resulta un abono excelente para la fertilidad de la imaginación.

(Revista Leer, número 258, Diciembre 2014 – Enero 2015)

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Es la Navidad, estúpido

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

A un oficial que le pidió a Churchill unos días de asueto con su familia en plena guerra mundial, el premier le respondió:

–¿Vacaciones? Las vacaciones son un concepto de paz

Y el oficial se reintegró de inmediato al frente.

La Navidad parece un concepto de paz, pero lo es tanto como de guerra. En Navidad siempre hay un ministro o un primer ministro o un segundo primer ministro que viaja hacia desiertos remotos y lejanas montañas donde nuestros muchachos pasan la Nochebuena preparando la guerra para tener la paz, reza el adagio latino. En España este año le ha tocado a Soraya personarse en Afganistán, y a su regreso ella misma me contó en la copa de prensa monclovita que allí ahora no hace frío, lo cual complica la interpretación fidedigna tanto del Blanca Navidad como del Noche de Paz, entre otros entrañables villancicos. Mi preferido es de José Luis Perales, compositor cálido de mi infancia, artista injustamente preterido en beneficio de histriones como Raphael o chuloplayas como Julio: “Ven, soldado, / vuelve ya, / para curar tus heridas, / para prestarte la paz”. Claro que un soldado de veras no quiere regresar a casa por Navidad, porque su casa es la guerra y una cena de Navidad su verdadero infierno.

De las cenas de Navidad, de empresa como de familia, o incluso de empresa familiar –a las que se va directamente en traje antiébola–, uno puede salir como Jünger en Tempestades de acero: “Prescindiendo de pequeñeces como los rasguños y las contusiones producidas por balas de rebote, mi cuerpo había retenido al menos catorce proyectiles que dieron en el blanco, y contando las entradas y salidas me habían dejado veinte cicatrices. […] En aquella guerra en la que ya se disparaba más a los espacios que a los individuos había conseguido que once dieran en mi cuerpo”. De ahí que estos días proliferen las piezas de telediario y los decálogos digitales sobre cómo sobrevivir a la reunión navideña, tan inexorables como las medidas para no deshidratarse con la ola de calor en agosto. En ambos casos el taimado periodista se excusa en unos “expertos” a los que al parecer se les encuentra en el listín siempre dispuestos a decir perogrulladas.

De perogrulladas está llena la Navidad, en donde tan tópico resulta la insufrible comedia moñas de sobremesa como los visajes del hipster anticastizo: ambos están ya contenidos en la obra de Dickens que funda el relato occidental aún vigente de lo navideño. Paradójicamente, poner en pie un tópico que dure es quizá la mayor prueba de originalidad que distingue a la obra maestra. Cuento de Navidad lo es, del mismo modo que llamar kafkiano a lo desasosegante constituye ya un lugar común. Así que mientras odiemos la Navidad o bien nos compadezcamos del niño con mocos que la pasa sin regalos, seguiremos siendo criaturas de Dickens: canónicamente navideñas.

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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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La España de los cuatro complejos

Debate español.

Debate español.

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta.

Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque.

Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX.

Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico.

Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera.

Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo hacia el autoodio por pura reacción más o menos esnob a la fatiga retórica del imperialismo. Todo complejo expresa una carencia por exceso o defecto de expectativas, y el complejo de superioridad aflora en formas tan traumáticas como el de inferioridad al contacto seco con la atmósfera.

¿Y España? Ah, España: ese enigma, insisten los mejores entre la historiografía patria. España es indudablemente un país acomplejado por los efectos de una larguísima decadencia, tan larga como sus melancólicos dominios. Tierra que ya era de perdedores en la plenitud imperial del Barroco; tierra de hidalgos irreductibles, orgullos museísticos, afanes tridentinos, espadones conjurados, miradas de vaca autista al paso del tren de la historia y demás. Se trata de una consabida letanía, solo aproximadamente veraz y desde luego sin pretensión de originalidad alguna: a ver si va a resultar que el Londres decimonónico o la Comuna de París equivalían al campamento infantil de fútbol de Iker Casillas. Y hablando de La Roja, que no deja de ser el eufemismo que articula un complejo, ¿qué hay de los complejos de la España actual?

A mí se me ha ocurrido que España está hoy poseída por cuatro complejos que responden a otras tantas corrientes ideológicas que bullen resistiéndose a morir bajo el peso fukuyamesco de la tecnocracia. Digamos que hay cuatro ideologías que subsisten más o menos mezcladas: izquierdistas, socialdemócratas, liberales y conservadores. Creo que las patologías psíquicas asociadas a sus más altisonantes exponentes no son privativas de lo español, pero creo que en ningún país como en el nuestro se divisan con semejante claridad. De esos cuatro complejos portados por otras tantas tribus teóricas, dos son de superioridad (socialdemócratas y liberales) y dos son de inferioridad (izquierdistas y conservadores). Veamos por qué.

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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El ídolo caído, su iglesia intacta

Franco derrotado demasiados años después.

El general Franco derrotado también demasiado tarde.

Amaneció derribada la estatua iraquí de Jordi Pujol en Premià de Dalt y yo lo lamenté mucho recordando un comunicado impecable –¿la pluma de Espada?– de Libres e Iguales, que se manifestó en contra de la corrección artificial de la Historia. Había que dejar a Pujol en su pedestal para que los hombres no olvidaran la clase de becerro que un día adoraron. Pero ningún pueblo sometido al mito es capaz de resistir la exhibición frontal y cotidiana de la verdad, así que ahora la estatua languidece en un almacén municipal del mismo modo que otros almacenes estatales ocultan un Franco a caballo. Como si la obra de ambos próceres no caminara a plena luz del sol que alumbra por igual a antifranquistas con retardo y a pujolistas sin vergüenza criados a los pechos del tres por ciento, a la espera de que la Udef los ilumine del todo.

Estoy por asegurar que el autor del derribo fue un independentista canónico, un tierno brote de esos que el nacionalismo paternal ha ido cultivando bajo el estiércol fresco de su invernadero mediático. La historia de las religiones nos enseña que el mayor fervor acaba degenerando en la iconoclastia más violenta. El santo fue derribado de su peana –esa altísima peana que quería compensar su estatura, hoy un rasero más moral que físico– con gesto sacrílego, que es el negativo de la devoción, porque como saben en Montserrat no queda otra fe en Cataluña que el nacionalismo y Pujol es su profeta.

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La desgracia de encontrar petróleo

Con petróleo o sin petróleo, vota a Paulino.

Con petróleo o sin petróleo, vota a Paulino.

De todas las cosas malas que se pueden encontrar en Canarias, el ser humano ha ido a encontrar la peor: petróleo.

En esas aguas, tal y como está el paisanaje, podía haber encontrado bolsas de Alcampo, jirones flotantes de camisetas escotadas para hombre, cangrejeras con cámara de aire o sencillamente túmulos de algas que no valen para sushi. Pero se ha tenido que encontrar petróleo, o indicios de petróleo: hay que fastidiarse.

Las reacciones no se han hecho esperar. Todos los canarios, temblorosos como teta de novicia ante la amenaza negra y acaudillados por su presidente Rivero, se han echado a la calle para tratar de bloquear las prospecciones que José Manuel Soria, a la sazón ministro de Industria y canario desnaturalizado, impulsa en la zona sospechosa de una inmensa, intolerable riqueza. Las espadas siguen en todo lo alto, pues aunque el Gobierno ha autorizado los sondeos exploratorios a los Bruce Willis de Repsol, Rivero va a pedir la suspensión cautelar de las catas a la mismísima Audiencia Nacional, donde toda justicia tiene su asiento y toda causa noble hace su habitación.

La oposición socialista, muy atenta, se ha unido a Rivero en este esfuerzo roussoniano por conservar intacto el himen subacuático canario. Algunos desaprensivos tratan de cizañear recordando que este Rivero es el mismo Rivero que pactó con Aznar en 2001 las exploraciones petrolíferas que tanto bien podían traer a las Islas, ya de por sí Afortunadas. Otros, más cucos, deshacen la contradicción con sutileza escolástica: Coalición Canaria no está en contra del petróleo sino en contra de Repsol.

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