Archivo de la etiqueta: Esperanza Aguirre

El abril de la tercera España

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El chico de Pepiño.

Antes de que una formidable máquina de propaganda lo convirtiera en el nieto no reconocido de Azaña, cuando no era más que el chico aventajado de Pepiño, Sánchez obtuvo por dos veces los peores resultados de la historia del PSOE. Algo muy evidente había en él que no gustaba a los votantes de izquierdas, que si de algo saben es de calibrar el grado de autenticidad en el penúltimo mesías enviado a representarles. Pero por aquella época, auténtico parecía Iglesias.

Entonces Pedro se puso a estudiar a Pablo. Y fue adoptando su marco mental guerracivilista a medida que iba expulsando lastre institucional de la sigla histórica anteriormente conocida como PSOE. Hubo resistencia, claro. Hubo incluso una victoria efímera de la razón weberiana encarnada por Javier Fernández. Pero el virus anidaba ya en las bases y la enfermedad populista se propagó según lo calculado hasta reponer en el trono de Ferraz a una criatura de aparato travestida de guerrillero anticapi. ¿Que cómo pudo colar? Supongo que por lo mismo que un chico generosamente apesebrado por Esperanza Aguirre puede presentarse como azote de las oligarquías. La razón y la memoria son lujos de gente serena, y España hoy es el álbum íntimo de una adolescente excitada.

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16 abril, 2019 · 10:43

Pablo Casado: el parto de un líder

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El relevo.

La victoria de Pablo Casado no debería sorprender a nadie. Si la fortuna ayuda a los audaces y si la política occidental está recorrida por el rechazo al elitismo inercial de las estructuras tradicionales de poder, cabía esperar que Soraya Sáenz de Santamaría fuera apeada del puente de mando en cuanto se le permitiera elegir a la militancia. Es lo malo de dejar votar a la gente, que acaba votando lo que le da la gana. Lo que mejor le llega.

Casado ha podido levantar en mes y medio un liderazgo propio porque tenía un líder dentro, largamente gestado, que el tapón marianista impedía salir. Durante su energizante discurso -una pieza notable de oratoria, directa al corazón del compromisario y a las piernas del público, que no pudo evitar ponerse en pie hasta cinco veces-, el orador sudaba no porque Soraya tuviera secuestrados a sus hijos, como apuntó un malvado tuitero, sino porque estaba de parto: estaba alumbrando al próximo presidente del partido.

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Un resumen de mi largo diálogo con Gistau en COPE

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22 julio, 2018 · 12:23

Esperanza y el ornitorrinco

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“Traedme Mariano, si es hombre”.

Para demostrar que ella no se calla, Esperanza Aguirre ha escrito un libro aproximadamente estrepitoso que pretende refutar el primer axioma del oficio de escribir en España: si quieres guardar un secreto, cuéntalo en un libro. El secreto que de ningún modo quiere guardar Aguirre, la cólera de Dios, no era ningún secreto desde hace décadas, o bien lo era a voces, voces que en estos días de libresca promoción anda profiriendo para quien la quiera oír, que suelen ser mayoría porque Aguirre da audiencia como todos los outsiders de partido con cuentas que ajustar.

Que doña Esperanza diga que un líder sin ideología es como un pollo sin cabeza se antoja una proyección freudiana del propio descabezamiento, llevado a cabo con ese calmoso filo del tiempo que don Mariano maneja tan limpia y letalmente como un verdugo medieval. La numantina lideresa confiesa haber sentido cómo la tierra se abría bajo sus pies el valenciano día de 2008 en que su jefe avisó que los liberales y conservadores podían ir saliendo del PP. Pero si en el PP no caben los liberales ni los conservadores, ¿qué socio admiten en club tan sobrante? Porque ahí acierta de plano doña Esperanza: Rajoy ha desideologizado el partido hasta dejarlo en una correduría de seguros poblada por contables.

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Esta semana Juan Marsé, que saca novela, a examen en el Parnasillo de Herrera en COPE

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15 abril, 2016 · 18:57

Matanza de San Valentín

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“¿Se me escucha?”

La relevancia política de Esperanza Aguirre es tal que se mide mejor por el odio de sus detractores que por el fervor de sus partidarios. Estos ya empezaban a escasear, incluso entre sus paladines mediáticos más numantinos; y en Génova y Moncloa, directamente ya no existían. Por eso ignoramos quién se alegra más por su dimisión. Errejón estaba tan eufórico que confundió a Reagan con Nixon y la Púnica con el Watergate; y es lógico, porque el liberalismo seguramente no entra en el temario Somosaguas. Garzón dijo que la había echado la Gente, la Unidad Popular, y abstracciones por el estilo. Y Rivera no perdió ocasión de recordar que el mérito purgante corresponde a Ciudadanos, cuya alianza con Cifuentes permitió abrir la comisión de investigación en la que el portavoz naranja se mostró mucho más duro con Aguirre que el morado.

Rivera es el más autorizado para exigir una criba por dos razones: porque es el único realmente interesado en llegar a acuerdos con el PP; y porque su partido, con Fran Hervías en funciones de Señor Lobo, acaba de entrar en la historia de la democracia española como el primero en denunciar ante la Fiscalía a uno de sus afiliados por corrupción. Eso es predicar con el ejemplo. Eso sí es nueva política. Otra cosa es que un club tan selecto de incorruptibles -los intocables de Albert Ness– acabe desmoralizando a la cantera y fomentando el rencor de los atrincherados, que atacan a los de C’s llamándolos… «¡limpios!».

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15 febrero, 2016 · 12:02

La España de los cuatro complejos

Debate español.

Debate español.

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta.

Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque.

Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX.

Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico.

Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera.

Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo hacia el autoodio por pura reacción más o menos esnob a la fatiga retórica del imperialismo. Todo complejo expresa una carencia por exceso o defecto de expectativas, y el complejo de superioridad aflora en formas tan traumáticas como el de inferioridad al contacto seco con la atmósfera.

¿Y España? Ah, España: ese enigma, insisten los mejores entre la historiografía patria. España es indudablemente un país acomplejado por los efectos de una larguísima decadencia, tan larga como sus melancólicos dominios. Tierra que ya era de perdedores en la plenitud imperial del Barroco; tierra de hidalgos irreductibles, orgullos museísticos, afanes tridentinos, espadones conjurados, miradas de vaca autista al paso del tren de la historia y demás. Se trata de una consabida letanía, solo aproximadamente veraz y desde luego sin pretensión de originalidad alguna: a ver si va a resultar que el Londres decimonónico o la Comuna de París equivalían al campamento infantil de fútbol de Iker Casillas. Y hablando de La Roja, que no deja de ser el eufemismo que articula un complejo, ¿qué hay de los complejos de la España actual?

A mí se me ha ocurrido que España está hoy poseída por cuatro complejos que responden a otras tantas corrientes ideológicas que bullen resistiéndose a morir bajo el peso fukuyamesco de la tecnocracia. Digamos que hay cuatro ideologías que subsisten más o menos mezcladas: izquierdistas, socialdemócratas, liberales y conservadores. Creo que las patologías psíquicas asociadas a sus más altisonantes exponentes no son privativas de lo español, pero creo que en ningún país como en el nuestro se divisan con semejante claridad. De esos cuatro complejos portados por otras tantas tribus teóricas, dos son de superioridad (socialdemócratas y liberales) y dos son de inferioridad (izquierdistas y conservadores). Veamos por qué.

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Cristina Cifuentes es un ser humano

Cuando un político sufre un accidente grave o le acontece cualquier género de desgracia personal, sus adversarios más cucos se apresuran a puntualizar su compasión en la misma frase en que deslizan, incontenibles, su censura ideológica. Así, si a Esperanza Aguirre se le declara un cáncer, la cuquería de sobremesa que practican las personas de progreso impone una proposición cortés –“A la persona le deseo que se mejore”– antes de deponer la adversativa fatal: “Pero como política no me da ninguna pena”. Como a ella no le dieron ninguna pena las familias oprimidas de los sindicalistas de metro etcétera. Y esto sucede en los mejores casos, cuando el dinero de los padres del progresista alcanzó a pagarle una cierta educación. Que en trayectorias fallidas como las de Pepiño, Llamazares o Tomás Gómez, ni eso.

Todo el mundo entiende que al adversario ideológico damnificado se le desee pública y gentilmente una pronta recuperación apelando a su tautológica condición de “ser humano”. Será Esperanza Aguirre, pero también es un ser humano. O será Cristina Cifuentes, pero al fin y al cabo es una persona. Y enseguida unos murmullos de aprobación recorren de punta a cabo la mesa de contertulios. Esta actitud deferente que distingue con devoto esmero lo personal de lo institucional se antoja un rasgo de fair play, un gesto de magnanimidad que eleva la confrontación política por encima del barro espiritual en que chapotea el chequista o el inquisidor. No hablamos ahora de Twitter, donde ciertamente el anonimato espolea esa heroica bravura del brazo español, musculoso de tirar piedras y elástico de esconder manos. Nos referimos a una convención en el debate público tan vigente como la de no reportajear suicidios o no sacar a pasear a las amantes de los candidatos en campaña electoral.

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26 agosto, 2013 · 11:36

Las damas de hierro también lloran

Único llanto documentado.

Único llanto documentado.

[Escribí en La Gaceta lo que reproduzco a continuación el 17 de septiembre de 2012, día en que Esperanza Aguirre anunció entre lágrimas su dimisión. Las lágrimas de Aguirre, como las de Chuck Norris, curan el cáncer, pero no se le había visto llorar hasta la fecha, siquiera bajo una balacera hindú o un helicóptero grávido. De aquellas lágrimas -hoy queda claro que prematuras-, mezcladas con el polvo de la mentira programática, bajan hasta Génova los actuales lodos de la división interna. Ingenuo de mí que pensé que Aguirre, efectivamente, se estaba despidiendo]

Las damas de hierro también lloran, pero nunca lo harán por frivolidades como una balacera terrorista en Bombay o un accidente de helicóptero. Esperanza Aguirre sólo llora cuando dimite y por eso sólo la veremos llorar una vez en la vida. A una dama de hierro se le quiebra de veras la voz cuando se despide de sus periodistas más incisivos, como ella misma reconoció. Y en esa nostalgia anticipada de la emboscada mediática revela Aguirre su temple anacrónico de auctoritas sin complejo, de político previo a los sonrosados tiempos del gabinete profiláctico. ¡Dimitir en una rueda de prensa con preguntas, dejarse preguntar entre lágrimas hasta que enmudecen los preguntadores atónitos! Fue el postrer desafío torero de Aguirre a Rajoy, alérgico a la modalidad interrogativa del lenguaje y al propio concepto de curiosidad civil, de modo que el alivio cierto que bajo los chorretones de la emoción constatábamos en la lideresa ha coincidido por primera y última vez con el alivio superviviente de Mariano, ingeniero mayor del puente de plata.

¿Por qué se va Esperanza? En España, y esto en el caso de tener mucha vergüenza, uno se va antes de que lo echen. Pero con la garantía de tantas mayorías absolutas –Madrid es de derechas, no hay mucha vuelta de hoja– como veces siguiera presentándose, no queda más remedio que abundar en la excepcionalidad política de Aguirre, que sonreía traviesa al blandir su triunfo final:

—Lo llevaba pensando hace mucho tiempo. ¡Y no se ha filtrado! ¿Se han dado cuenta ustedes?

Aguirre era sobre todo una forma de estar frente al toro de los medios que ya no veremos más. Nadie para, templa y manda igual entre los correveidiles alcornoqueños y veletas que nos va dejando la partitocracia. Aguirre se quedaba de pie en la trayectoria menos airosa, como Belmonte, y o te quitabas tú o había cogida. Un periodista sabía que había cogido a Aguirre porque normalmente quedaba peor que ella. Ella dominaba el arte de cavar trincheras y hacer levas de partidarios, y también el de acoger conversos y no dejar prisioneros. Son habilidades bélicas propias de los viejos y heroicos juegos de tronos que ofertan de primeras el pacto y de últimas la guerra y no al revés, como se hace ahora. Imaginamos a Aguirre pactando con el oncólogo como en el chiste del paciente que aferra al dentista de los huevos:

—¿Verdad que no vamos a hacernos daño, doctor?

Personalmente opino que el cáncer es una de las razones fundamentales por lo que apareja de cansancio vital incompatible con el navajeo trapero del puesto. Aguantar, con escasas compensaciones y la vanidad colmada, no tiene sentido pero irse en la victoria está al alcance de altiveces en peligro de extinción. No quiero decir que la enfermedad constituya el motivo fundamental porque ante esta adversaria eso sería sobrevalorar al cáncer; y el apacible retorno a la familia, a estas alturas de vivencia en el poder, supone para Aguirre antes un aprendizaje horaciano del beatus ille que una añoranza sentida. Pero en el fondo yo creo que Esperanza Aguirre se va para darse el gustazo definitivo de mirar las caras de tonto que se les quedan a sus enemigos, desposeídos súbitamente de todo argumentario, es decir, de chivo expiatorio, con el vídeo Marquesa Antisocial, toma VII a medio montar.

Aguirre dice adiós con un pasado cumplido, un presente de huelgas y un futuro de rescate. Su mutis exhausto parece sobrellevar discretamente una certeza terrible: la vecindad de novedades testimoniables preferiblemente desde casa, lo cual quiere decir más o menos que vamos a morir todos y pronto. Ella se va y deja al articulismo huérfano de sus micrófonos indiscretos y sus rajadas gloriosas que actuaban sobre la jodida disciplina de partido como esa palanca de hierro que Sam Spade profesaba en El halcón maltés como epistemología favorita:

—Mi método para averiguar las cosas es arrojar, violenta e impredeciblemente, una barra de hierro en medio de la maquinaria. Por mi parte, no tengo inconveniente, si tú estás segura de que las piezas, al saltar, no te van a hacer daño.

Yo, que no la voté, la voy a echar de menos a diario.

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