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Cantar de gesta del nacionalista español

  1. «Acusar a alguien de militar en el nacionalismo español (sic) es presenciar el salvamento marítimo de un canguro a manos de un surfista. Sucede, pero no tiene sentido. El sufijo ‘ismo’ en castellano indica, entre otros significados, movimiento ad quem, tendencia. Uno se declara partidario del cainismo cuando aspira a eliminar a su igual, que aún sigue vivo. Del mismo modo, uno se declara nacionalista catalán cuando es consciente de que Cataluña no es una nación-Estado, pero debe serlo. Uno pudo declararse nacionalista español cenando con Juana la Beltraneja, pero no hoy, cuando el objetivo de ver a España convertida en nación-Estado hace tiempo que se ha cumplido.

  2. El tertuliano de cuota territorial que acusa a otro de nacionalista español lo hace buscando equiparar dos sentimientos –uno de ley y otro de partido– para así evitarse razonar y fiarlo todo a la dialéctica desatada entre la condición victimaria de la tesis y la victimista de la antítesis, y alumbrar de ambas un nuevo estatuto o síntesis, o cambalache presupuestario. El otro tertuliano, que igualmente cuenta sus neuronas con rosario de dedo, trata de defenderse desmintiendo su militancia españolista (sic), con lo que acepta la inexacta premisa del tertuliano victimista. Otra cosa es tacharle a uno de patriotero, término exacto habiendo patria, pero llamarle a otro españolista es como llamar carlista a un simple Carlos. En el momento en que Cataluña sea una nación con todas sus cositas no tendrá objeto el nacionalismo catalán, de ahí que convenga alargar el proceso para no tener que cambiar unas siglas que se han revelado excepcionalmente lucrativas en los últimos decenios. Contra la tesis, sobre todo si es mayoritaria y garantista, uno puede pasarlo en grande por muchas décadas montando tiberios callejeros y enmoquetando edículos públicos. En consecuencia, nadie hay menos interesado en la independencia de Cataluña que un nacionalista catalán, así como no hay mayor papista que los diarios de izquierdas, cuyas tiradas son proporcionales a la facundia de los obispos».

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Rescato estas reflexiones de un dietario de juventud que llevaba hace cinco años, en una época –como se ve– aún enérgica de mi vida. Las he recordado oyendo hablar tanto y tan gratis del nacionalismo español, usted lo que pasa es que es un nacionalista español, esto es un choque de trenes nacionalistas, hay mucho nacionalista español en Madrit, y otros pancismos.

Con el primer párrafo de la autocita sigo estando de acuerdo, porque la gramática no ha cambiado. Un nacionalista español es un artefacto retórico que se puede arrojar en las tertulias pero que no duele porque no tiene peso semántico real, carece de correlato callejero. En la calle encuentras españoles más o menos chillones, más o menos encariñados con la Costa Brava, más o menos hartos de que les acusen de robar a Cataluña y oprimir cada mañana al rico pueblo del nordeste; pero técnicamente los últimos nacionalistas españoles murieron con la propaganda franquista, si bien nuestra opinión pública aún no ha aprendido a vivir sin Franco, por lo que a todas horas hay que recrear el espantajo de fajín y bigotito para proceder a tundirlo democráticamente, heroico antifranquismo del siglo XXI. Como si Cataluña, por otra parte, no hubiera dado tantos y tan entusiastas franquistas durante aquellas divinas décadas que hicieron posible, naturalísimo, el brazo extendido de Samaranch.

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30 julio, 2014 · 18:05

Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. «Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas». Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de «élite intelectual» y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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Sueña el Rey que es Rey

Sueña el rey que es rey. Y vive con este engaño, mandando, disponiendo, gobernando… Y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas lo convierte la muerte, desdicha fuerte. ¿Quién hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte?

Así hablaba Calderón por boca de Segismundo, pero no fue él sino Cervantes el autor que escogió Felipe VI para cifrar el propósito de su reinado joven, sensitivo y consciente: “Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”. La autoexigencia es la clave de bóveda en la política y en la vida, en el periodismo y en el fútbol, pero lo es más que en ninguna en la institución monárquica. En toda monarquía parlamentaria el rey recibe un mandato de excelencia que hoy Felipe de Borbón y Grecia alzó al friso de su programa, que no es un programa sino una hipoteca moral. En la idea más bella y arriesgada de su equilibrado discurso, el nuevo Soberano situó la ejemplaridad como excusa de su privilegio hereditario, de su función excepcional al frente de un Estado democrático. Y lo hizo precisamente porque sabe que su propia Familia demasiadas veces no ha rayado a la altura ejemplar que pedía Don Quijote. Por momentos los suyos no hicieron más que otros hombres, sino como mínimo lo mismo, y así no se puede ser rey, ni infanta, ni duque. Él –nos ha dado su palabra– va a tratar de estar a esa altura desde la cual se marea el pequeño político partitocrático, porque un rey sin urnas también sabe que su aplauso es prestado: no solo por el deterioro inexorable de una cadera, sino porque el trono español se justifica a diario ante 47 millones de fiscales y no ante el aparato de tu partido.

Un relente suave refrescaba los entumecidos músculos de la clase periodística, que componía a las siete de la mañana la enésima cola beckettiana para acceder a una acreditación parlamentaria por la calle Zorrilla. Las escenas que yo viví el miércoles por la noche en el centro de prensa del Senado me acompañarán siempre como los horrores selváticos al veterano de Corea. Pero no es elegante en un día como hoy que los apaleados cronistas roben foco al acontecimiento. Al final se acabó entrando y hasta se pudo experimentar esa vívida lucidez de lo histórico, lo verdaderamente histórico, valioso adjetivo que a diario dilapida el garrafón mediático.

En el patio, mientras llegaban las autoridades, uno podía cruzarse con un perro antibombas (igual también olfateaba republicanos) o un ordenanza con pistola; con diputadas de pitiminí y reporteras de tacón y peluquería que entablaban con sus señorías soterrada guerra textil; con padres de la Patria y artífices de la Santa Transición; el Parlamento entero parecía un poco una boda italiana. Las mujeres se frotaban la comisura del ojo en un gesto muy tierno de temor al corrimiento de rímel. Sobre nosotros giraban uno o dos helicópteros dando el santo coñazo, cernícalo avizor suponemos que petado de francotiradores o de radares del carné por puntos por si estaba invitado Enrique López. Llegaban los senadores detrás de los diputados; llegaba la sonrisa de Esteban González Pons y un poco después llegaba el propio González Pons; o llegaba el estuche de la corona –alguno rumoreó con mal gusto que se trataba de las cenizas de Don Juan– y también el cojín suntuoso donde Posada la posaría. Lo dicho, una boda: la boda, si queréis, del viejo Estado con su relevo, que ya va tocando, encarnado todo en Felipe VI y la Reina Letizia.

Vayan acostumbrándose al título porque lo tienen, vaya si lo tienen. Por la mañana en Zarzuela Don Juan Carlos se había acercado tambaleándose a su hijo para ceñirle el fajín de Capitán General. Habíamos visto entonces retransmitida la sonrisa humana del hijo ante la debilidad de un padre anciano, más que una cesión institucional. A la Princesa Leonor preguntando el protocolo a su madre; a su hermana Sofía, despiertísima, mirándolo todo para empaparse de dinastía.

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19 junio, 2014 · 17:15

Mi querida España

El salmantino de la triste figura.

El salmantino de la triste figura.

Se puede caer con más dignidad, pero no con menos autocrítica. España terminó su ciclo triunfal con una aparatosidad torera, concluyente, y así como pasó de la leyenda negra a la rosa sin matices, anoche volvió de golpe a pintarse el blasón de hollín, de manera que solo la proclamación del rey Felipe proporciona hoy un motivo de exhibición a la rojigualda. Esta brusquedad nuestra, idiosincrásica, se explica por la inexistencia de la autocrítica, por la sobreabundancia de la adulación, por la secular victoria del amiguismo sobre la meritocracia, por la obsesión hegeliana con la Idea Innegociable de Nuestro Juego, por la hipoteca del estatus en detrimento de la calidad. Vicente del Bosque, caballero de la triste figura en Maracaná para los restos, no quiso negociar con la realidad como Alonso Quijano no quiso hacerlo con los molinos. Pero al final siguen siendo molinos. Y La Roja se ha estrellado contra ellos: el peor Mundial de su historia en números redondos.

Lo dijo el papa Francisco: “La única diferencia entre el protocolo y el terrorismo es que con el terrorismo se puede negociar”. Pero en La Roja, como en todo, ha durado más el protocolo que la grandeza a la que sirve, y aunque pequeñas voces tildadas de radicales señalaban que el rey iba desnudo desde la final de la Confederaciones, nadie estaba dispuesto a renunciar al dulce protocolo de la estrellita pectoral ni a reconocer que Xavi, Casillas, Piqué, Alonso y compañía ya no son amadises sino hidalgos avejentados. Gloria a ellos por lo que dieron. Y oprobio también por su final, porque pudo evitarse la humillación, el astillamiento de lanzas, el revolcón de caballos, las carcajadas inmisericordes del planeta fútbol.

Chile se desató sobre España como el tsunami de Lo Imposible, que arrasó Lo Innegociable. La diferencia es que el ingenioso hidalgo acababa recobrando la cordura en el lecho de muerte, mientras que el campechano marqués declaró tras la debacle: “Hoy el equipo ha demostrado carácter”. ¡Ah, qué poca cosa es el carácter cuando se trata de marcar goles! En fin. Corramos un pudoroso velo sobre un espectáculo siempre terrible: el de la pérdida del sentido de la realidad.

La alineación de Javi Martínez y Pedrito parecía atender una petición general, pero ni de lejos fue suficiente. En la primera que tuvo Costa, lento como un burócrata, ya se vio que persistía su crisis de identidad. Tras el Mundial que ha hecho tendrá muy difícil explicar que en realidad no ha jugado para Brasil. Alonso estuvo nefasto, gerontocrático. Da su patapúm y a ver qué pasa, pero ahora ya no pasa nada: o al muñeco o al anfiteatro, o a Costa, que es lo mismo. De una pérdida de balón del tolosarra nació la contra fulminante de los chilenos, que en dos pases de genio malvado dejaron a Vargas ante Casillas, que hoy por hoy es poner a Robin Hood ante el arco iris. Gol. Y es que la última caridad de San Iker es aumentar la ficha de los delanteros que le encaran. El dios de la amargura lloró sobre el estudio de Mediaset: allí nadie podía creerse lo evidente.

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19 junio, 2014 · 11:11

España bien vale un partido

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades compatibles. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades excluyentes. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

«La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos»: la puntería de este aserto de Eric Hobsbawm puede probarse perfectamente en el campo de pruebas del fútbol español, teatro de identidades siempre en conflicto que ha analizado con académico rigor Alejandro Quiroga Fernández de Soto, profesor en Newcastle y Alcalá de Henares y autor de varios trabajos sobre historia contemporánea de España.

Mucho ha tardado la investigación universitaria en elevar el fútbol a categoría de estudio serio. De hecho, este es el primer ejemplo acabado que conozco, muy alejado del tono banderizo, informal, adocenado y agotador que caracteriza este boom editorial de libros de fútbol que estamos viviendo a rebufo comercial del Mundial de Brasil. Pero lo cierto es que el fútbol constituye una manifestación sociológica de primerísimo orden, tan significativa de nuestro tiempo como la moda o el cine; es quizá la mayor industria de ocio y consumo del planeta, en ascenso constante desde los años veinte del siglo pasado; y es también un poderosísimo canal de propaganda masiva y de construcción nacional. La anomalía era no haberlo estudiado antes. Como dice el autor, «a través de los comentarios futbolísticos, los medios de comunicación han reescrito en los últimos años las narrativas sobre la identidad española». Lo que es España y sus pedazos, o lo que creen ser, o lo que aspiran a ser y no son: todo ello ha quedado en las hemerotecas, retratado en el discurso deportivo que bajo distintos regímenes ha formado y deformado a los españoles, deseosos de identificarse con once personas cuyos nombres conocen y cuyo triunfo o fracaso sienten como historia viva y símbolo propio.

Mediante un escrupuloso rastreo de materiales eminentemente periodísticos, el profesor Quiroga va componiendo el retablo evolutivo de la identidad española desde el origen de la selección nacional de fútbol hasta su brillante presente, pasando por sus tribulaciones legendarias. Hablar de fútbol es una forma de hablar del estado de la nación, en España y en el mundo, e incluso quizá sea la forma más directa de hacerlo en este país atravesado de complejos y suficiencias históricas que, cuando no se exalta, se odia, y viceversa, o a la vez. Así, asistimos primero a lo que el autor denomina «la narrativa de la furia y el fracaso» que a todo aficionado no demasiado joven le resultará familiar: esa ambivalencia apasionada y fulminante que llevaba a los medios, del nodo a El País, a celebrar una épica clasificación para cuartos de final y a deplorar unos días después la enésima eliminación vergonzosa e inevitable. Este estereotipo idiosincrásico que bascula del coraje a la fatalidad dominó el relato del periodismo español –y hasta el extranjero, que se ha mecido cómodo durante décadas en el tópico de la furia roja y el quijotismo individualista de los españoles– durante todo el siglo XX, y solo cedió ante la creciente sofisticación del juego del equipo nacional a principios del siglo XXI, culminada con el ciclo triunfal de 2008 a 2012: dos Eurocopas y un Mundial.

El libro repasa los pocos pero resonantes hitos de que pudo aprovecharse la propaganda franquista para explotar su idea retórica de una España corajuda y heroica, cuya hazaña fundacional fue la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, gesta que la selección española celebró por las calles de Irún, Bilbao y San Sebastián con inequívoca adhesión local. Más tarde, de hecho, el franquismo aplaudiría el coraje ancestralmente vinculado a la raza vasca como quintaesencia de la «furia española». Esos pocos hitos gloriosos fueron el gol de Zarra en Maracaná en 1950, que dio a la selección su primer paso a semifinales de un Mundial y que motivó un telegrama caluroso de Franco por haber vencido a la Pérfida Albión; el triunfo en la Eurocopa de 1964 nada menos que contra la Unión Soviética, con todo el Bernabéu dando vivas al Caudillo y el nodo vendiendo la gesta como la consabida cruzada anticomunista; o el pírrico pero emotivo 12-1 contra Malta, que no era más que un partido de repesca, pero que sirvió para actualizar el mito de la furia española entre los andares titubeantes de la naciente democracia. A su vez, se evocan como mojones inolvidables del fatalismo nacional la cantada de Arconada ante Francia en 1984, el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en 1994 o el robo arbitral en el Mundial de Corea de 2002, entre tantos otros.

El autor acierta a desmontar con datos algunos mitos persistentes, como el pretendido madridismo de Franco, quien en realidad explotaba propagandísticamente lo mismo las Copas de Europa del Madrid que los triunfos de Bahamontes, Ángel Nieto, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa. Lo mismo, apunta bien Quiroga, hizo luego la democracia, con Zapatero fotografiándose con «La Roja» en La Moncloa y prometiendo un ministerio de Deportes, o Rajoy acudiendo a Gdansk al debut de España en la Eurocopa de 2012 horas después de anunciar el rescate financiero del país. Especial interés revisten los capítulos que analizan los conflictos identitarios asociados al fútbol en Cataluña y el País Vasco, vehiculados a través de dos clubes que se pretenden más que clubes y lo consiguen: el Barça y el Athletic de Bilbao, el único equipo del mundo que todavía alinea únicamente a jugadores vascos o criados en clubes vascos, apelando a un anacrónico «etnorromanticismo», dice el autor, que quizás hubiera que llamar racismo a secas.

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17 junio, 2014 · 13:38

¿Pero hay algo más importante que hablar de fútbol?

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Chencho Arias y José Luis Garci publican sendos libros futboleros, género en boga en su caso enriquecido por una memoria prodigiosa y una elegancia indesmayable. LEER habló con ellos a escasos días de la final de Lisboa y a tres semanas del Mundial de Brasil, la reválida de un ciclo legendario para el fútbol español… y para sus cronistas.

Todo español es un seleccionador nacional de fútbol que no cobra por su pasión, salvo que sea el barman de una tasca con canal de pago. Si un diplomático o un cineasta, haciendo memoria de su españolísima afición, encuentran que han dedicado al fútbol mucha más energía que a la política internacional o al montaje de un argumento, nunca se les ocurrirá pensar que aquella fue energía derrochada. Piensan, de hecho, que viendo Mundiales emplearon las horas más productivas de su vida. En calidad de seleccionador nacional yo también he quedado a gastar tiempo hablando de fútbol con dos de los mejores seleccionadores del país, Chencho Arias y José Luis Garci, que acaban de sacar libro futbolero al abrigo editorial del Campeonato del Mundo Brasil 2014, de próximo estallido.

Mis Mundiales. Del gol de Zarra al triunfo de la Roja es el título de la obra de Chencho Arias, hincha del Murcia por oriundez a quien Di Stéfano convirtió al madridismo, y nos lo explicamos perfectamente. “No ha habido otro como él. ¿Maradona? Sí, tuvo cuatro años en los que fue incomparable, pero Di Stéfano tuvo 13”. “Si aceptamos que el fútbol forma parte del arte –interviene Garci, cuya facundia brinca alegremente del balón al ring, y del New Jornalism al cine negro–, Pelé equivale a El Quijote, la gran obra maestra; pero Di Stéfano sería el Shakespeare de este deporte: un demiurgo total, que jugaba de todo y en todas partes: era fútbol all seasions”. ¿Y Cruyff? “Fue mejor entrenador que jugador”, sentencia el cineasta.

Le pregunto a Garci por el nombre de su libro. Foot-ball days y otras taquicardias pop, me escribe en la libreta. Declaración de intenciones de quien es quizá el mayor mitómano de España, alguien que literalmente no distingue entre un padre y John Ford. Garci cubrió para ABC el Mundial de Estados Unidos en 1994, viajando de Dallas a Chicago y de la crónica deportiva a la evocación gangsteril sin solución de continuidad. El director de cine desdoblado en cronista ofrece aquí páginas inéditas de aquella cobertura, pero no ha tratado tanto de contribuir a la historiografía futbolística como de componer, sobre la base de aquellas notas de viaje, un dietario personal, planiano, en el que funde con entusiasmo la experiencia recreada con la nota histórica y el apunte cultural. Garci es un gran conversador cuyo infinito anecdotario se dispara en presencia de un interlocutor inclinado como él a la confusión cabal entre naturaleza y cultura, costumbrismo y ficción, noticia y mito. Su buen amigo David Gistau revela en el prólogo que el autor, cuando escribe sobre fútbol, en realidad escribe sobre la amistad. Esa que desde su primera infancia labra el español en la vivencia compartida de los grandes partidos.

Garrincha, o la clase.

Garrincha, o la clase.

La memoria de Chencho Arias es igual de prodigiosa. Entre ambos completan alineaciones arqueológicas que avergonzarían a cualquier tertuliano autoproclamado experto en fútbol. La perspectiva de Chencho incorpora la dimensión política, de modo que el lector descubre que el fútbol no solo es un fenómeno de masas sino también –y por lo mismo– de élites. “Recuerdo que estando yo destinado en Brasil, el presidente João Goulart reunió a la Canarinha y les dijo que la moral de todo el país estaba en sus manos. Ahí me di cuenta de hasta qué punto el circenses es a veces más importante que el panem”. “Eso fue en Chile 1962, el Mundial del golazo injustamente anulado de Adelardo contra Brasil”, apostilla Garci, revelando su alma colchonera –y del Sporting– en la reivindicación del gran mediocampista atlético. Aquella Copa sería efectivamente para Brasil, en donde jugaba un tal Garrincha. Le pregunto a Chencho por la protesta popular que se recrudece en Brasil conforme se acerca el Mundial y que acusa al Gobierno brasileño de gastar en estadios lo que ha recortado de prestaciones sociales. “Es preocupante pero a la vez revelador. Por primera vez en la historia de Brasil, el fútbol no lo tapa todo”.

El tiempo concertado para la entrevista vuela a lomos de nombres de leyenda. “Eusebio era como Cristiano pero encarando siempre. Porque Cristiano a veces se escaquea, eh. ¡Y Puskas! Puskas metía más goles a medida que cumplía años. De diez tiros, nueve iban a puerta y cinco eran gol”. La conversación fluye suavemente hacia la nostalgia. Repasan a otros grandes jugadores y recuerdan los tiempos en que un intelectual no podía aficionarse al fútbol so pena de descrédito inmediato; los tiempos en que la prensa deportiva estaba excelentemente escrita y el Marca de Jaime Campmany, Antonio Valencia, Fernando Vadillo o Manuel Alcántara dejaba en revistilla de trazo grueso a L’ Equipe y rivalizaba en calidad de página, asegura Garci, con Ínsula, órgano literario de la progresía. “La intelligentzia despreciaba el fútbol por reaccionario y franquista. Pero en eso el Partido Comunista se equivocaba, porque el fútbol es precisamente el lugar donde el obrero se iguala al empresario y al político. No hay clases en un estadio”, explica el director de El crack.

Para Chencho Arias, ese desprecio del fútbol vigente durante décadas en las filas de la izquierda proviene de la utilización propagandística que del deporte había hecho el fascismo, pero todo apunta a que el fascismo más bien se servía de cualquier cosa para su propaganda, fuera el fútbol, la ópera o el cine documental. “Luego está esa bobada de que Franco era madridista. Franco no entendía mucho de fútbol, pero su jugador favorito era Samitier, centrocampista del Barça”, cuenta Chencho­. “Una vez fue el Barça a El Pardo para entregarle la insignia del club al Caudillo. Franco, al recibir a la delegación culé, buscó con la mirada a Samitier, que no había podido venir, y exclamó: “¡Pero dónde está Sami!”. A esta tarea de desmitificación del pedigrí antifranquista en ciertos clubes se suma Garci: “Cuando el Athletic encadenaba Copas del Generalísimo, y Gainza subía al palco a recoger la copa de manos de Franco, el general le decía amistosamente: “¡Hasta el año que viene, Piru! Y todo el estadio vitoreó a Franco en el 64 cuando España gana la Eurocopa a la URSS, con quien iba secretamente todo el estamento intelectual del país”.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Pero Chencho Arias y José Luis Garci no se dejan embaucar por el romanticismo del tiempo pasado. Les gusta demasiado el fútbol, y el fútbol es ante todo una afirmación del instante. Al introducir la cuestión candente, la decadencia intuida de La Roja –“Nunca la hemos llamado así; siempre fue la Selección”–, Chencho coincide conmigo en que España vive un momento crepuscular, pero Garci apuesta todo su dinero a que los chicos de Del Bosque se vuelven a traer la Copa a casa. “Creo que Del Bosque debería mantener el sistema de tiquitaca retocando algunos puestos, incluyendo a Coke por Xavi, que para mí ha sido el mejor medio ofensivo español desde Gento. La baja de Puyol también puede notarse y Xabi Alonso está justo. Pero Juanfran, Jordi Alba, Silva, Cazorla, Diego Costa… son relevos de garantías. Y Casillas en la portería”. Chencho confía en la laureada capacidad de Del Bosque para crear ambientes propicios en el vestuario. Y cuestionan a los rivales: que Brasil juega a la contra, que Argentina depende del capricho de Messi, que Alemania ya no da tanto miedo, que si acaso la Bélgica de Courtois y Hazard y el Chile de Vidal van de tapados…

La ventosa mañana pasa, pero ellos no han venido a hablar de su libro sino de fútbol. Algo –como sabía Bill Shankly­– mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.

(Revista Leer, número 253, Junio 2014)

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Respeto en el velatorio

Ponte de rodillas.

Ponte de rodillas.

“Aquí no vamos a tener ese debate”, advertía Carreño, comisario de una ortodoxia acorralada. Porque la crítica se impone a raudales y desborda los venales márgenes del gañote mediático, del entrañable forofo de granito, del camachismo aferrado al clavo de la tautología ardiendo: “¡España es nuestra Selección!”, clamaba don José Antonio en el minuto 88. Ahora habrá un gato tiñoso maullando de tristeza en el bombo rajado de Manolo.

España, aquel equipazo. Cuánto le debemos. Ni una traición a su memoria gloriosa. A las duras y a las maduras. Y otros argumentos de tapa de rabas que ignoran que en el fútbol, como en el periodismo, vale uno exactamente lo que vale su último partido o su último artículo. El fútbol es el puro presente, y el presente de La Roja es tan patético, ha sido tal la real desnudez exhibida contra Holanda que ciertamente solo podemos hablar de este grupo de futbolistas desde ese respeto que reclamaba aterrado Telecinco: el respeto exacto que se guarda en un velatorio ante un cadáver todavía tibio.

Pero no pasa nada, e incluso aún es posible que lleguemos a cuartos, como antaño. Don Vicente lo tuvo claro. Veía acercarse Brasil y veía alejarse la juventud de sus muchachos y veía acercarse a don Louis Van Gaal, siempre positivo, siempre inteligente, escondiendo en el puño de la mano el tornillo que sujetaba la carpa del tiquitaca español. Pero don Vicente, como buen marqués, apostó por conservar y no por progresar, y vino a Brasil a triunfar o morir con los suyos, hermosa hidalguía. ¡Que inventen ellos!

Por toda novedad, un nueve verdadero que era Diego Costa, faro de costa para novedosos pases en largo a la espalda de la defensa del Feyenoord. Lo malo de Costa es que de faro tiene la fijeza pero también el cemento, y tarda en armar la pierna lo mismo más o menos que se tarda en subir a la Torre de Hércules, por citar el faro más viejo de España. Es cierto que superó el minuto ocho, para cabreo de Simeone, pero también que perdonó cuando aún había espacio para la inclemencia. Como vio que tratando de marcar como nueve cierto no lo hacía, lo intentó por lo falso y le salió: penalti bien simulado y gol de Xabi Alonso. La solicitud arbitral en estos trances también es consecuencia de la estrella pectoral, oiga. Y al menos no era japonés. Mediaset al completo vio penal indubitable, claro. Antes había declarado un déjà vu en un rechace de Iker a tiro de Sneijder. Esta precipitación en la analogía que trae la simpleza siempre acaba produciendo monstruos.

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14 junio, 2014 · 1:56

Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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2 comentarios

11 junio, 2014 · 17:12