¿Pero hay algo más importante que hablar de fútbol?

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Chencho Arias y José Luis Garci publican sendos libros futboleros, género en boga en su caso enriquecido por una memoria prodigiosa y una elegancia indesmayable. LEER habló con ellos a escasos días de la final de Lisboa y a tres semanas del Mundial de Brasil, la reválida de un ciclo legendario para el fútbol español… y para sus cronistas.

Todo español es un seleccionador nacional de fútbol que no cobra por su pasión, salvo que sea el barman de una tasca con canal de pago. Si un diplomático o un cineasta, haciendo memoria de su españolísima afición, encuentran que han dedicado al fútbol mucha más energía que a la política internacional o al montaje de un argumento, nunca se les ocurrirá pensar que aquella fue energía derrochada. Piensan, de hecho, que viendo Mundiales emplearon las horas más productivas de su vida. En calidad de seleccionador nacional yo también he quedado a gastar tiempo hablando de fútbol con dos de los mejores seleccionadores del país, Chencho Arias y José Luis Garci, que acaban de sacar libro futbolero al abrigo editorial del Campeonato del Mundo Brasil 2014, de próximo estallido.

Mis Mundiales. Del gol de Zarra al triunfo de la Roja es el título de la obra de Chencho Arias, hincha del Murcia por oriundez a quien Di Stéfano convirtió al madridismo, y nos lo explicamos perfectamente. “No ha habido otro como él. ¿Maradona? Sí, tuvo cuatro años en los que fue incomparable, pero Di Stéfano tuvo 13”. “Si aceptamos que el fútbol forma parte del arte –interviene Garci, cuya facundia brinca alegremente del balón al ring, y del New Jornalism al cine negro–, Pelé equivale a El Quijote, la gran obra maestra; pero Di Stéfano sería el Shakespeare de este deporte: un demiurgo total, que jugaba de todo y en todas partes: era fútbol all seasions”. ¿Y Cruyff? “Fue mejor entrenador que jugador”, sentencia el cineasta.

Le pregunto a Garci por el nombre de su libro. Foot-ball days y otras taquicardias pop, me escribe en la libreta. Declaración de intenciones de quien es quizá el mayor mitómano de España, alguien que literalmente no distingue entre un padre y John Ford. Garci cubrió para ABC el Mundial de Estados Unidos en 1994, viajando de Dallas a Chicago y de la crónica deportiva a la evocación gangsteril sin solución de continuidad. El director de cine desdoblado en cronista ofrece aquí páginas inéditas de aquella cobertura, pero no ha tratado tanto de contribuir a la historiografía futbolística como de componer, sobre la base de aquellas notas de viaje, un dietario personal, planiano, en el que funde con entusiasmo la experiencia recreada con la nota histórica y el apunte cultural. Garci es un gran conversador cuyo infinito anecdotario se dispara en presencia de un interlocutor inclinado como él a la confusión cabal entre naturaleza y cultura, costumbrismo y ficción, noticia y mito. Su buen amigo David Gistau revela en el prólogo que el autor, cuando escribe sobre fútbol, en realidad escribe sobre la amistad. Esa que desde su primera infancia labra el español en la vivencia compartida de los grandes partidos.

Garrincha, o la clase.

Garrincha, o la clase.

La memoria de Chencho Arias es igual de prodigiosa. Entre ambos completan alineaciones arqueológicas que avergonzarían a cualquier tertuliano autoproclamado experto en fútbol. La perspectiva de Chencho incorpora la dimensión política, de modo que el lector descubre que el fútbol no solo es un fenómeno de masas sino también –y por lo mismo– de élites. “Recuerdo que estando yo destinado en Brasil, el presidente João Goulart reunió a la Canarinha y les dijo que la moral de todo el país estaba en sus manos. Ahí me di cuenta de hasta qué punto el circenses es a veces más importante que el panem”. “Eso fue en Chile 1962, el Mundial del golazo injustamente anulado de Adelardo contra Brasil”, apostilla Garci, revelando su alma colchonera –y del Sporting– en la reivindicación del gran mediocampista atlético. Aquella Copa sería efectivamente para Brasil, en donde jugaba un tal Garrincha. Le pregunto a Chencho por la protesta popular que se recrudece en Brasil conforme se acerca el Mundial y que acusa al Gobierno brasileño de gastar en estadios lo que ha recortado de prestaciones sociales. “Es preocupante pero a la vez revelador. Por primera vez en la historia de Brasil, el fútbol no lo tapa todo”.

El tiempo concertado para la entrevista vuela a lomos de nombres de leyenda. “Eusebio era como Cristiano pero encarando siempre. Porque Cristiano a veces se escaquea, eh. ¡Y Puskas! Puskas metía más goles a medida que cumplía años. De diez tiros, nueve iban a puerta y cinco eran gol”. La conversación fluye suavemente hacia la nostalgia. Repasan a otros grandes jugadores y recuerdan los tiempos en que un intelectual no podía aficionarse al fútbol so pena de descrédito inmediato; los tiempos en que la prensa deportiva estaba excelentemente escrita y el Marca de Jaime Campmany, Antonio Valencia, Fernando Vadillo o Manuel Alcántara dejaba en revistilla de trazo grueso a L’ Equipe y rivalizaba en calidad de página, asegura Garci, con Ínsula, órgano literario de la progresía. “La intelligentzia despreciaba el fútbol por reaccionario y franquista. Pero en eso el Partido Comunista se equivocaba, porque el fútbol es precisamente el lugar donde el obrero se iguala al empresario y al político. No hay clases en un estadio”, explica el director de El crack.

Para Chencho Arias, ese desprecio del fútbol vigente durante décadas en las filas de la izquierda proviene de la utilización propagandística que del deporte había hecho el fascismo, pero todo apunta a que el fascismo más bien se servía de cualquier cosa para su propaganda, fuera el fútbol, la ópera o el cine documental. “Luego está esa bobada de que Franco era madridista. Franco no entendía mucho de fútbol, pero su jugador favorito era Samitier, centrocampista del Barça”, cuenta Chencho­. “Una vez fue el Barça a El Pardo para entregarle la insignia del club al Caudillo. Franco, al recibir a la delegación culé, buscó con la mirada a Samitier, que no había podido venir, y exclamó: “¡Pero dónde está Sami!”. A esta tarea de desmitificación del pedigrí antifranquista en ciertos clubes se suma Garci: “Cuando el Athletic encadenaba Copas del Generalísimo, y Gainza subía al palco a recoger la copa de manos de Franco, el general le decía amistosamente: “¡Hasta el año que viene, Piru! Y todo el estadio vitoreó a Franco en el 64 cuando España gana la Eurocopa a la URSS, con quien iba secretamente todo el estamento intelectual del país”.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Pero Chencho Arias y José Luis Garci no se dejan embaucar por el romanticismo del tiempo pasado. Les gusta demasiado el fútbol, y el fútbol es ante todo una afirmación del instante. Al introducir la cuestión candente, la decadencia intuida de La Roja –“Nunca la hemos llamado así; siempre fue la Selección”–, Chencho coincide conmigo en que España vive un momento crepuscular, pero Garci apuesta todo su dinero a que los chicos de Del Bosque se vuelven a traer la Copa a casa. “Creo que Del Bosque debería mantener el sistema de tiquitaca retocando algunos puestos, incluyendo a Coke por Xavi, que para mí ha sido el mejor medio ofensivo español desde Gento. La baja de Puyol también puede notarse y Xabi Alonso está justo. Pero Juanfran, Jordi Alba, Silva, Cazorla, Diego Costa… son relevos de garantías. Y Casillas en la portería”. Chencho confía en la laureada capacidad de Del Bosque para crear ambientes propicios en el vestuario. Y cuestionan a los rivales: que Brasil juega a la contra, que Argentina depende del capricho de Messi, que Alemania ya no da tanto miedo, que si acaso la Bélgica de Courtois y Hazard y el Chile de Vidal van de tapados…

La ventosa mañana pasa, pero ellos no han venido a hablar de su libro sino de fútbol. Algo –como sabía Bill Shankly­– mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.

(Revista Leer, número 253, Junio 2014)

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