Archivo mensual: julio 2014

Cantar de gesta del nacionalista español

  1. “Acusar a alguien de militar en el nacionalismo español (sic) es presenciar el salvamento marítimo de un canguro a manos de un surfista. Sucede, pero no tiene sentido. El sufijo ‘ismo’ en castellano indica, entre otros significados, movimiento ad quem, tendencia. Uno se declara partidario del cainismo cuando aspira a eliminar a su igual, que aún sigue vivo. Del mismo modo, uno se declara nacionalista catalán cuando es consciente de que Cataluña no es una nación-Estado, pero debe serlo. Uno pudo declararse nacionalista español cenando con Juana la Beltraneja, pero no hoy, cuando el objetivo de ver a España convertida en nación-Estado hace tiempo que se ha cumplido.

  2. El tertuliano de cuota territorial que acusa a otro de nacionalista español lo hace buscando equiparar dos sentimientos –uno de ley y otro de partido– para así evitarse razonar y fiarlo todo a la dialéctica desatada entre la condición victimaria de la tesis y la victimista de la antítesis, y alumbrar de ambas un nuevo estatuto o síntesis, o cambalache presupuestario. El otro tertuliano, que igualmente cuenta sus neuronas con rosario de dedo, trata de defenderse desmintiendo su militancia españolista (sic), con lo que acepta la inexacta premisa del tertuliano victimista. Otra cosa es tacharle a uno de patriotero, término exacto habiendo patria, pero llamarle a otro españolista es como llamar carlista a un simple Carlos. En el momento en que Cataluña sea una nación con todas sus cositas no tendrá objeto el nacionalismo catalán, de ahí que convenga alargar el proceso para no tener que cambiar unas siglas que se han revelado excepcionalmente lucrativas en los últimos decenios. Contra la tesis, sobre todo si es mayoritaria y garantista, uno puede pasarlo en grande por muchas décadas montando tiberios callejeros y enmoquetando edículos públicos. En consecuencia, nadie hay menos interesado en la independencia de Cataluña que un nacionalista catalán, así como no hay mayor papista que los diarios de izquierdas, cuyas tiradas son proporcionales a la facundia de los obispos”.

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Rescato estas reflexiones de un dietario de juventud que llevaba hace cinco años, en una época –como se ve– aún enérgica de mi vida. Las he recordado oyendo hablar tanto y tan gratis del nacionalismo español, usted lo que pasa es que es un nacionalista español, esto es un choque de trenes nacionalistas, hay mucho nacionalista español en Madrit, y otros pancismos.

Con el primer párrafo de la autocita sigo estando de acuerdo, porque la gramática no ha cambiado. Un nacionalista español es un artefacto retórico que se puede arrojar en las tertulias pero que no duele porque no tiene peso semántico real, carece de correlato callejero. En la calle encuentras españoles más o menos chillones, más o menos encariñados con la Costa Brava, más o menos hartos de que les acusen de robar a Cataluña y oprimir cada mañana al rico pueblo del nordeste; pero técnicamente los últimos nacionalistas españoles murieron con la propaganda franquista, si bien nuestra opinión pública aún no ha aprendido a vivir sin Franco, por lo que a todas horas hay que recrear el espantajo de fajín y bigotito para proceder a tundirlo democráticamente, heroico antifranquismo del siglo XXI. Como si Cataluña, por otra parte, no hubiera dado tantos y tan entusiastas franquistas durante aquellas divinas décadas que hicieron posible, naturalísimo, el brazo extendido de Samaranch.

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30 julio, 2014 · 18:05

Juanan: año uno

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y la canción de Oasis favorita de Dick.

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y su canción favorita de Oasis.

Estando en Galicia de vacaciones me pidió Juan G. Leániz, de la web Meritocracia Blanca, que participara junto a Hughes en el podcast de la noche del 25, día de Santiago, aniversario de la desgracia de Angrois que segó la vida de Juanan, Van Palomaain o Dick para el madridismo tuitero. Aunque tenía un compromiso esa noche -en concreto cenar en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira, en otra gratísima velada gallega- no quise dejar de participar de algún modo, así que grabé y envié unas palabras de tributo y memoria que este podcast reproduce a partir del minuto 4:18, y que complementan quizá el recuerdo que aquí ya dejé escrito de él, con la pena aún caliente. Recomiendo, si se tiene tiempo, oír la tertulia entera, porque Hughes, Antonino y Juan glosan con libertad y buen sentido el fenómeno de las amistades digitales en el mourinhismo, el carismático influjo que sobre él ejerció Van Palomaain (del puro underground a las abiertas celebraciones de Arbeloa) y, sobre todo lo anterior, la figura polifacética, irreductible y entrañable de Juan Antonio Palomino: madridista genial, tuitero inolvidable.

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Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. “Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas”. Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de “élite intelectual” y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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Los domingos de un burgués en París

Maupassant, azote de burgueses.

Maupassant, azote de burgueses.

“Llamo burgués a todo el que piensa de un modo vil”. Así acotaba Flaubert el espécimen favorito sobre su mesa de disección literaria, y la misma fobia pavloviana heredó su discípulo más aventajado y sin embargo amigo devoto, Guy de Maupassant (Dieppe, 1850 – París, 1893). En 1880 el maestro del cuento naturalista francés acaba de publicar Bola de sebo y, animado por ese primer éxito, el periódico Le Gaulois le publica los diez capítulos de la vida de Patissot que conforman esta nouvelle concebida sin otro propósito que el de fustigar la mediocridad de la clase burguesa. Patissot es un funcionario prototípico y pequeñoburgués sin conciencia, herencia de los Bouvard y Pécuchet del maestro, hombre mesocrático sin maldad y sin grandeza que va ascendiendo en la función pública merced a la pura acumulación de trienios y a una camaleónica sensibilidad para averiguar por dónde sopla el viento y colocarse a favor. Algo tan español, por otra parte. Tan universal, posiblemente.

Se trata de una novelita-marco donde la trama se reduce a la yuxtaposición de estampas que sirven al autor para lucir mejor el ridículo sociológico de su antihéroe: Patissot ligando torpemente con mujeres, Patissot aprendiendo a cazar, Patissot pretendiéndose intrépido aventurero, Patissot poniéndose de perfil en un debate político… Como en la novela flaubertiana, cada personaje encarna un arquetipo y cada situación ofrece una lectura moralizante sin perseguirlo directamente, pues en ese caso estaríamos ante una novela de tesis. El genio desabrido y punzante de Maupassant, ácrata y misógino, se muestra aquí todavía descompensado y primerizo pero ya poderoso. La pintura de ambientes y caracteres, el ritmo ágil y el estilo antirretórico, la plasticidad descriptiva, el costumbrismo afilado se perfilan ya como las peculiares armas literarias que le ganarán la fama futura. A cambio, aquí aún lastra su fórmula cierto exceso discursivo, tentación doctrinaria del joven Maupassant que todavía debe descubrir cómo rellenar de carne verosímil, de palpitación humana, una criatura de ficción antes de zarandearla como un pelele.

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15 julio, 2014 · 10:02

… y al final siempre gana Alemania

La gloria.

La gloria.

Quizá estaba todo contenido en el guiño cómplice de Müller a cámara durante la presentación de las alineaciones. Hace falta mucha confianza para ejecutar ese guiño en un momento así, señores. La proverbial confianza germánica, su renovado orgullo nacional, la inercia mecánica de la victoria. Y sin embargo entre las ruedas dentadas de la máquina introdujo su pata Mascherano para cortocircuitar una superioridad prevista y solo cumplida a medias: al principio y al final. Con eso suele bastar. Y bastó, con todo merecimiento. Deutschland, Deutschland über alles: sois hermosos y eficientes como las metáforas de Marinetti. Enhorabuena, Angela. No por nada os odia Pablemos y os espía Obama.

La teoría sabelliana de la ocupación de los espacios contra el ser y el tiempo del reloj alemán. La racialidad contra la geometría. La presión de la tribu contra el orden de la tropa. La baja de Khedira contra la baja de Di María. La lengua doblada de Sabella contra la lengua indomable, agramatical de Kiko Narváez. América contra Europa. Y todos los tópicos contra todos los lugares comunes que se sirven liofilizados para estimular los embotados sentidos del espectador estival.

Contra todo pronóstico la final empezó como un partidazo. Alemania ensayaba su juego de toque hispánico corregido y aumentado por la urgencia vertical, el pase interior a la busca impaciente de un remate. O sea, el tiki-taken. Argentina invocaba al Cholo y se apretaba atrás para recuperar y lanzarse en pos de Messi o de Higuaín, que en aquel tiempo aún parecían peligrosos. Alemania llegaba tocando pero no culminaba la jugada, y Messi respondía conduciendo hasta la línea de córner para exorcizar cuanto antes el complejo de inferioridad porteño. La facilidad insultante de Müller volcado en la derecha, con las medias tan bajas como su estrés, conocía la réplica del cambio de ritmo de Messi, quien parecía recuperado para la historia del fútbol. “Mira cómo corre ahora”, me escribió un amigo culé. Espera, amigo, tan solo espera. Messi completó una buena primera parte, sin excesos tampoco, pero nunca fue el pibe que se siente llamado a ocupar el hueco dejado por Di Stéfano. De hecho, Messi no se siente llamado a nada por nadie, ni siquiera por él mismo. Fue languideciendo a medida que avanzaba la final de su vida y acabó mandando al Corcovado una de esas faltas que ya solo se conforma con provocar.

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14 julio, 2014 · 17:52

A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el “sostenido prestigio” de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por “inteligencia con el enemigo”. Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan “modélico”, por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Auge y caída del mítico ‘Pablemos’

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Asisto al proceso de mitificación de Iglesias Turrión con un asomo de ternura en mis ojos viejóvenes que tienen muy manida la consabida historia, la misma esperanzada irrupción, la misma apoteosis popular, el mismo inevitable hundimiento. Tenemos el recuerdo ya de la caída de Podemos, de la decepción de su candorosa militancia, de la traición de su cúpula ensoberbecida, de las memorias melancólicas escritas por su fundador en un chalé de Torrelodones, recordando –nevada ya la melena– el día glorioso en que el presidente de la Eurocámara le mandó callar con la barata excusa de que había agotado su turno de intervención.

De Prometeo a Espartaco, de Moisés a Bolívar, de Robin Hood al Che, de Danton a Trotsky, de José Antonio Primo de Rivera a Beppe Grillo, el bucle revolucionario se anuda y se desata con la incurable nostalgia que el pueblo siente por los héroes y los santos, nostalgia que en tiempos aconfesionales y pacifistas solo puede repetirse como farsa. El canon de este antiguo mito, sin embargo, lo va calcando nuestro entrañable Pablemos con ayuda de sus hábiles rapsodas y el empuje decisivo de la dramática circunstancia. Están presentes todos los elementos del movimiento mesiánico: identificación de un enemigo exterior (la casta), denuncia de una campaña contrarrevolucionaria (la prensa del Sistema), avistamiento de la tierra prometida (la paguita general), el culto a la personalidad del líder (ejem). Ya circulan pegatinas con la icónica coleta, aunque todavía queda trecho para que le veamos a él (¿Él?), a Juan Carlos Monedero y a Iñigo Errejón ocupando los tres vanos solemnes de la Puerta de Alcalá. Como entonces.

Iglesias cultiva pose como si Korda anduviera al acecho con la cámara siempre preparada. Yo me imagino a Pablemos masticando con rictus dickensiano un sándwich de salami en un bar de Bruselas, temeroso de ser fotografiado junto a una ración de gambas plancha, símbolo burguesón y quizá también afrenta a los marineros sin convenio colectivo. Su autoconsciencia actoral es extraordinaria. No sonríe jamás. No se permite la ironía si no es contra la casta, supongo que porque habrá visto La vida de Brian y sospecha del poder disolvente de la parodia cuando se vierte sobre los fanatismos más sagrados. Con Podemos hemos pasado del abuso campechano del cuñadismo a la cofradía del ceño fruncido, esa tabarrera perpetua de cigarras éticas que acecha, si se nos escapa una risa extemporánea, para avergonzarnos desde Cuatro o desde La Sexta: “¿Cómo te atreves a reír, con todos estos subsaharianos prendidos a la valla de Melilla?”

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4 julio, 2014 · 10:39

Breaking tertuliano

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

Siempre me gustaron la política y el fútbol, y fui -lo confieso- un devorador de tertulias mediáticas desde la adolescencia, en radio o en tele, que estas vinieron después, para quedarse. También veía las de cine de Garci y las de libros de Dragó en madrugadas absurdas de universitario ocioso, deliciosamente especulativas. Pero sobre todo seguía los programas de discusión política. Yo estudiaba las estrategias de los tertulianos, desenmascaraba sus quiebros demagógicos, me entrenaba en su falsa modestia o captatio benevolentiae, admiraba su rara brillantez o me espantaba más a menudo de su creciente simpleza, su coloquialismo puro. Luego me desencanté de esas lizas mediocres y vacié sobre la clase tertuliana algunos frascos de mi mejor acritud. Pero en el fondo yo era un tertuliano sin tertulia y algunos amigos me lo decían, y yo les decía que quizá mi entusiasmo opinativo se pasaba como el arroz de las treintañeras.

Haciendo mi once titular del Madrid en El Chiringuito, anoche.

Haciendo mi once titular del Real Madrid como un chiringuitero más.

De pronto me vi trabajando en un grupo con radio y tele. Creo que la primera tertulia televisiva en la que participé fue Dando Caña de Intereconomía hacia el 2010, más o menos, con Javier Algarra. Yo era redactor y columnista de La Gaceta, donde frecuentemente escribía ya contra los tertulianos, pero las sinergías allí digamos que, si no obligatorias, eran rigurosamente aconsejables. Por ese mismo mecanismo empecé en tertulias radiofónicas como El color de la tarde de María José Bosch o tiempo después La espuela con Dávila en Radio Inter. Después vendría la Real Madrid TV de Alcaide y Muñoz, de Alfonso Villar y David Álvarez y tantos amigos, y también algunas noches en El Contrapunto de Telemadrid con José Antonio Ovies. Una incursión en el primer Jugones de La Sexta, el de Esteva y Rincón, que se cayó enseguida. Luego me llamaron de Radio Nacional de España para la tertulia de 24 Horas, la de la noche, con Miguel Ángel Domínguez. Y ayer lunes 30 de junio de 2014 todos los astros del cielo dialéctico se alinearon para que yo madrugara en Las Mañanas de Radio Nacional con Alfredo Menéndez, siguiera por Rojo y Negro en Radio 4G -el espacio vespertino de Periodista Digital, presentado por Alfonso Rojo– y al final de la tarde me llamaran del equipo de Josep Pedrerol para debutar en El Chiringuito de La Sexta. Me acosté con un agudo dolor de cabeza ubicado en el lóbulo frontal, pero había sido un día divertido.

En 'Rojo y Negro' de Radio 4G, ayer por la tarde.

En ‘Rojo y Negro’ de Radio 4G, ayer por la tarde.

El español, que aún mide el éxito por minutos de televisión, debe de creer que me va fenomenal y que gano ingentes sumas de dinero. La realidad es mucho menos glamurosa, pero desde el hidalgo del Lazarillo sabemos que lo que importa es aparentar a la espera del contrato verdadero, que diría Anson.

La tertulia es un género contingente y necesario a la vez. Allí uno crece en humildad, pues mal que bien siempre acaban llegando insultos entrañables de la audiencia tuitera, y también gana en compañerismo corporativo, conociendo a viejos periodistas con mucha mili y a algunos otros con mucho morro. En términos epistemológicos, la tertulia es perfectamente contingente; en términos financieros, absolutamente necesaria para el bolsillo del periodista posindustrial y precarizado.

Yo, en mi disparatado quijotismo, espero seguir rompiendo a tertuliano en lo venidero, y juro tratar de esforzarme para serle grato al oyente o al telespectador, e incluso para exponerle algún argumento que pueda ser de su provecho o que cuestione alguno de sus prejuicios, e incluso de los míos. No hay que esperar mucho más de un tertuliano, pero tampoco nada menos.

Ahora tengo que irme: acaban de llamarme de Telemadrid.

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