… y al final siempre gana Alemania

La gloria.

La gloria.

Quizá estaba todo contenido en el guiño cómplice de Müller a cámara durante la presentación de las alineaciones. Hace falta mucha confianza para ejecutar ese guiño en un momento así, señores. La proverbial confianza germánica, su renovado orgullo nacional, la inercia mecánica de la victoria. Y sin embargo entre las ruedas dentadas de la máquina introdujo su pata Mascherano para cortocircuitar una superioridad prevista y solo cumplida a medias: al principio y al final. Con eso suele bastar. Y bastó, con todo merecimiento. Deutschland, Deutschland über alles: sois hermosos y eficientes como las metáforas de Marinetti. Enhorabuena, Angela. No por nada os odia Pablemos y os espía Obama.

La teoría sabelliana de la ocupación de los espacios contra el ser y el tiempo del reloj alemán. La racialidad contra la geometría. La presión de la tribu contra el orden de la tropa. La baja de Khedira contra la baja de Di María. La lengua doblada de Sabella contra la lengua indomable, agramatical de Kiko Narváez. América contra Europa. Y todos los tópicos contra todos los lugares comunes que se sirven liofilizados para estimular los embotados sentidos del espectador estival.

Contra todo pronóstico la final empezó como un partidazo. Alemania ensayaba su juego de toque hispánico corregido y aumentado por la urgencia vertical, el pase interior a la busca impaciente de un remate. O sea, el tiki-taken. Argentina invocaba al Cholo y se apretaba atrás para recuperar y lanzarse en pos de Messi o de Higuaín, que en aquel tiempo aún parecían peligrosos. Alemania llegaba tocando pero no culminaba la jugada, y Messi respondía conduciendo hasta la línea de córner para exorcizar cuanto antes el complejo de inferioridad porteño. La facilidad insultante de Müller volcado en la derecha, con las medias tan bajas como su estrés, conocía la réplica del cambio de ritmo de Messi, quien parecía recuperado para la historia del fútbol. “Mira cómo corre ahora”, me escribió un amigo culé. Espera, amigo, tan solo espera. Messi completó una buena primera parte, sin excesos tampoco, pero nunca fue el pibe que se siente llamado a ocupar el hueco dejado por Di Stéfano. De hecho, Messi no se siente llamado a nada por nadie, ni siquiera por él mismo. Fue languideciendo a medida que avanzaba la final de su vida y acabó mandando al Corcovado una de esas faltas que ya solo se conforma con provocar.

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14 julio, 2014 · 17:52

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