Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. “Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas”. Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de “élite intelectual” y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Libres e Iguales: una crónica

  1. Helvetius

    Me parece un error eso de desacreditar el nacionalismo separatista catalán con la etiqueta de “reaccionario”, como si lo reaccionario fuera malo per se y lo progresista fuera necesariamente lo bueno.

    El problema no es que sea reaccionario -al fin y al cabo, esto no es más que una etiqueta ideológica- sino que es malo para España y ya está. Además, hay nacionalismos y nacionalismos. El nacionalismo catalán es un nacionalismo mezquino -esto ya no es una etiqueta ideológica-, corto de vista, y tan absurdo, demencial y suicida que llega a preferir a los musulmanes antes que a los compatriotas españoles. ¿De qué le servirá su independencia si se convierte en un patio multiculti sin identidad étnica y cultural, y cada vez menos europeo? No será una nación ni será nada. Lo que tienen que hacer los micronacionalistas es levantar la vista al panorama general que se presenta hoy en día, y tal vez se den cuenta de que ya no se trata de Cataluña contra España, o de Euskadi contra España, sino de Europa y de Occidente contra lo que se le viene encima: el diferencial demográfico de la vieja Europa con el Tercer Mundo y los movimientos migratorios sin control. España y Europa tienen que tomar nota de Israel y perseverar en su ser.

    Esto me recuerda a las ridículas trifulcas y enemistades entre ciudades estado de la Antigua Grecia mientras el Imperio Persa amenazaba con tragarse a toda la Hélade.

    • Jordi Vergés

      Apreciado sr Helvetius.
      Me gustaria que me aclarara porqué decir que “el nacionalismo catalán es un nacionalismo mezquino” no constituye una etiqueta ideològica.
      No entiendo porqué “reaccionario” es etiqueta y “mezquino” no lo haya de ser, más que porque vd así lo afirme.
      Aparte, todo este “peyorativismo” con que se refieren ciertas personas al proceso que està teniendo lugar en Cataluña (micronacionalistas, dice vd) no hace sino alimentar los motivos y el caldo de cultivo separatista, en vez de proponer un debate respetuoso que tuviera la intención de al menos intentar comprender las razones de los separatistas, puesto que estos parecen ser más numerosos que nunca, y además muchos de ellos se sienten españoles de cuna o de raíz però aún así apoyan la causa separatista. Sus razones tendrán, però no veo mucha voluntad de comprenderlas en la sistemàtica negación a ultranza de cualquier dialogo constructivo al respecto. Tal vez esa sea una de las razones del separatismo: la falta absoluta de dialogo por la parte unionista, que ni dialoga ni acepta más que dejar las cosas como están y punto.

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