
No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad.






