Auge y caída del mítico ‘Pablemos’

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Para qué los hechos si tenemos los iconos.

Asisto al proceso de mitificación de Iglesias Turrión con un asomo de ternura en mis ojos viejóvenes que tienen muy manida la consabida historia, la misma esperanzada irrupción, la misma apoteosis popular, el mismo inevitable hundimiento. Tenemos el recuerdo ya de la caída de Podemos, de la decepción de su candorosa militancia, de la traición de su cúpula ensoberbecida, de las memorias melancólicas escritas por su fundador en un chalé de Torrelodones, recordando –nevada ya la melena– el día glorioso en que el presidente de la Eurocámara le mandó callar con la barata excusa de que había agotado su turno de intervención.

De Prometeo a Espartaco, de Moisés a Bolívar, de Robin Hood al Che, de Danton a Trotsky, de José Antonio Primo de Rivera a Beppe Grillo, el bucle revolucionario se anuda y se desata con la incurable nostalgia que el pueblo siente por los héroes y los santos, nostalgia que en tiempos aconfesionales y pacifistas solo puede repetirse como farsa. El canon de este antiguo mito, sin embargo, lo va calcando nuestro entrañable Pablemos con ayuda de sus hábiles rapsodas y el empuje decisivo de la dramática circunstancia. Están presentes todos los elementos del movimiento mesiánico: identificación de un enemigo exterior (la casta), denuncia de una campaña contrarrevolucionaria (la prensa del Sistema), avistamiento de la tierra prometida (la paguita general), el culto a la personalidad del líder (ejem). Ya circulan pegatinas con la icónica coleta, aunque todavía queda trecho para que le veamos a él (¿Él?), a Juan Carlos Monedero y a Iñigo Errejón ocupando los tres vanos solemnes de la Puerta de Alcalá. Como entonces.

Iglesias cultiva pose como si Korda anduviera al acecho con la cámara siempre preparada. Yo me imagino a Pablemos masticando con rictus dickensiano un sándwich de salami en un bar de Bruselas, temeroso de ser fotografiado junto a una ración de gambas plancha, símbolo burguesón y quizá también afrenta a los marineros sin convenio colectivo. Su autoconsciencia actoral es extraordinaria. No sonríe jamás. No se permite la ironía si no es contra la casta, supongo que porque habrá visto La vida de Brian y sospecha del poder disolvente de la parodia cuando se vierte sobre los fanatismos más sagrados. Con Podemos hemos pasado del abuso campechano del cuñadismo a la cofradía del ceño fruncido, esa tabarrera perpetua de cigarras éticas que acecha, si se nos escapa una risa extemporánea, para avergonzarnos desde Cuatro o desde La Sexta: “¿Cómo te atreves a reír, con todos estos subsaharianos prendidos a la valla de Melilla?”

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4 julio, 2014 · 10:39

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