Archivo de la etiqueta: La España que ora y que bosteza

Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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11 junio, 2014 · 17:12

La homilía performativa de don Rouco

Acto performativo del lenguaje.

Acto performativo del lenguaje.

Y entonces el cardenal decidió añadir el sintagma de la discordia: “… y que la pueden causar”. Se refería a la guerra civil, no como concepto discutido y discutible sino como realidad producida y reproducible, y en el torpe deslizamiento semántico hacia este segundo adjetivo todo el sermón se le despeñó por la pendiente vertiginosa de la hipérbole. Y los españoles, pastoreados por el nuevo mester de clerecía que integran teletipistas astutos y tertulianos de ancha vestidura, corrieron a cumplir la infalible sentencia de Foxá: “Los españoles están condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote”.

Si Foxá no exageraba en un sentido literal, quizá Rouco tampoco en un sentido figurado, a jugar por las inflamadas reacciones a su polémico sintagma. ¿Hipérbole? No tan rápido, españoles. El filósofo del lenguaje John Langshaw Austin tipificó en su conocida teoría de los actos del habla una modalidad lingüística a la que llamó performativa, y a la que definió por su fascinante poder de causar aquello que nombra en el momento mismo en que lo nombra. Si un cura católico, explicaba Austin, pronuncia en las circunstancias apropiadas la frase “Yo te bautizo”, no simplemente estará pronunciando una fórmula ritual sino que estará introduciendo a una nueva oveja en el rebaño de Dios. El lenguaje performativo es por tanto la modalidad adecuada a toda liturgia, pero no solo a la religiosa sino también a la judicial –yo, Pablo Ruz, condeno al Barça a pagar tanto dinero escamoteado a la caja pública, por ejemplo–, o incluso a la afectiva: “Te perdono, Palomita, pero no me los vuelvas a poner”. Desde ese mismo instante, el Barça sería (no más que) un club condenado y Paloma una casquivana novia redimida por obra y gracia del puro lenguaje.

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2 abril, 2014 · 8:24

Lluvia en las gradas

¿Por qué me pitáis?

¿Por qué me pitáis?

Sabemos que las metáforas las carga el diablo, pero resulta difícil no advertir en la lluvia que empapó el partido contra el Rayo algo más que agua precipitándose tras un proceso de condensación atmosférica. Aunque se ganó por paliza, en el Bernabéu parecía caer sobre los jugadores cierta melancolía apresurada, cierto derrotismo prematuro que nos enfada.

El público es soberano, y puede descargar sus pitos y sus quejas sobre el equipo cuando lo estime oportuno, pero eso no nos impide señalar que demasiadas veces el público del Bernabéu pasa de soberano a despótico, de cargarse de razón a guiarse por el capricho o el despecho de marquesa, de conducir el calor que la plantilla necesita a evacuar el frío del descontento a la primera de cambio, tras 30 partidos consecutivos sin perder.

Se han vertido ríos de cháchara en los bares de Chamartín sobre qué va antes, el apoyo o la petición de cuentas, sobre si la afición madridista existe para que la diviertan los señores del calzón corto o si los señores del calzón corto han de jugar siempre con el respaldo de su hinchada. Lo sensato es que ambos estamentos, jugadores y afición, se alimenten mutuamente, y como buenos matrimonios se alienten y perdonen también.

Me perdonaréis el tono moralizante, pues no soy argentino como para andar mezclando fútbol y metafísica, pero es que los pitos al equipo del sábado me irritaron. Era obvio que el vestuario estaba tocado, que las derrotas ante Barça y Sevilla habían hecho daño, que lo último que necesitaban los jugadores era añadir a la frustración de las últimas derrotas la reprimenda de los de casa. Comprendemos que el malestar se vaya condensando en nubes situadas en el ceño del aficionado, pero pedimos humildemente que se queden en el ceño y no baje a los labios. Ya habrá tiempo para pedir cuentas, y desde luego este no es el momento.

Es en cambio el momento de dejar el señoritismo en el sofá y acudir al campo a apoyar a un equipo que pelea por las tres competiciones desde el primer año de un proyecto nuevo. Porque si no, luego en Cibeles uno corre el peligro de sentirse un poco Judas.

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Palizas sin calorías

El coloso de Cardiff.

El coloso de Cardiff.

La reforma moral de la grada del Bernabéu es un proyecto hermoso porque es estrictamente irrealizable. Será una de los pocos alardes de genuino romanticismo al que pueda entregarse cualquier madridista tribal o en solitario. Es cierto que Byron cruzó a nado el Helesponto pese a la deformidad congénita de sus pies, pero su hazaña no sirvió a la independencia de Grecia. Hoy Grecia pertenece a Alemania y las gradas del Bernabéu –que hoy vieron un 5-0 y se vaciaron mucho antes de verlo entero y pitaron a Diego López, a Cristiano y a Benzema– pertenecen al alma mesocrática, ternurista e invencible del pipero español, categoría eterna contra la que ya se estrelló Alonso Quijano. ¿Pasó Rust Cohle por Chamartín? ¿Se le reveló allí el secreto de la misantropía? Ya que la reforma moral del Bernabéu no es posible, Florentino Pérez, con pragmatismo, impulsa la reforma urbanística.

El resultado, digámoslo todo, engaña. Apalizar al Rayo de Paco Jémez es como pegar al Dalai Lama y no sirve como termómetro de recuperación anímica, como el crecimiento de las exportaciones no vale para medir la recuperación económica. Hasta el segundo gol, de hecho, el equipo blanco exhibió las mismas dudas que ante Barcelona y Sevilla; la herida, a qué ocultarlo, ha sido profunda. El orgullo podría sanarla en un día, pero de momento el Madrid no lo encuentra dentro de sí y necesitará un pinchazo de sus rivales para enchufarse de veras a la esperanza. La persistencia de la épica culé –penalti y expulsión– no ayuda.

En todo caso se merodeó el área rayista desde el minuto cinco. Illarra quiso ser Modric por momentos pero sus pases al hueco resultan aún de una timidez enternecedora. Xabi recibió algunos gritos de don Carlo motivados supuse por su querencia a las tablas. Pero a cambio están Di María y Bale. Fuera de Suárez no hay otro hombre que simbolice mejor la transición que el galés: va del medio a la banda, de la banda al medio, de la carrera al frenazo, de la asistencia al gol, del poderío a la caricatura también. Ejecuta la pared y el disparo con la suficiencia con que Roddick hacía su tenis de saque y volea. Cambia de ritmo como Butragueño (como dos Butragueños, uno encima de otro). Metió un gol de rematador, otro de fondista para el que partió desde el punto en que Lasa vio al portero adelantado y asistió a Ronaldo con una pausa exquisita, incoherente casi con su potencia. También falló, claro, como falló Benzema, y esta es la parte que nos desespera al pensar en Dortmund.

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30 marzo, 2014 · 14:03

11-M: hito y tabú

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Cuando el gene­ral De Gau­lle deci­dió al fin depo­ner la lucha y reco­no­cer el dere­cho de Arge­lia a su inde­pen­den­cia, se cuenta que uno de sus ase­so­res más recal­ci­tran­te­mente beli­cis­tas pro­testó: “¡Se ha derra­mado dema­siada san­gre!” A lo que el gene­ral res­pon­dió, en pala­bras de már­mol: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Se cum­plen diez años del aten­tado terro­rista que derramó más san­gre en la his­to­ria reciente de Europa. Ocu­rrió un 11 de marzo de 2004, en Madrid, a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Y en torno a la trá­gica efe­mé­ride, el perio­dismo se dis­pone a pre­sen­tar su pri­mer borra­dor de la his­to­ria, más cer­cano ya de la his­to­ria que del borra­dor. Por­que los pla­zos de la his­to­rio­gra­fía, su pro­ver­bial exi­gen­cia de pers­pec­tiva, se acor­tan cada vez más a tono con el vér­tigo evo­lu­tivo de la época, con lo que el 11-M ya es un hito historiable.

El 11-M es, de hecho, el hito con­tem­po­rá­neo que marca un punto de infle­xión en la his­to­ria de España, pues cam­bió muchas más cosas, en el tiempo de un país y en el espa­cio de su con­cien­cia colec­tiva, que el puro des­ga­rro ori­gi­nal, pri­vado: la vida talada de 200 fami­lias. El aten­tado fija el 2004 en las enci­clo­pe­dias como la muerte de Franco fija 1975: con la misma emble­má­tica tras­cen­den­cia. Ahora es cuando lo empe­za­mos a ver, y a leer.

Y sin embargo la san­gre derra­mada en aque­llos tre­nes, como sabía De Gau­lle, está más seca que nunca. Si su noti­cia se halla ya lo sufi­cien­te­mente lejos como para pro­pi­ciar la sere­ni­dad del pri­mer aná­li­sis his­tó­rico, el res­coldo de su trauma social sigue aún dema­siado vivo en nues­tra memo­ria, que reac­ciona al enfren­ta­miento anual con la masa­cre cada vez menos, cada vez más silen­cio­sa­mente, de hecho con un rechazo camu­flado de has­tío –incluso de fas­ti­dio– ante las imá­ge­nes con­sa­bi­das recor­da­das por el enésimo docu­men­tal. El 11-M empieza a adqui­rir en la memo­ria colec­tiva los incon­fun­di­bles con­tor­nos del tabú. Más ade­lante tra­ta­re­mos de expli­car por qué la inco­mo­di­dad que pro­duce el 11-M no obe­dece solo a con­tro­ver­ti­das razo­nes polí­ti­cas, a car­gan­tes teo­rías mediá­ti­cas de la cons­pi­ra­ción, a la incle­mente rueda de la actua­li­dad que sepulta incluso los hechos más tre­men­dos; no solo es eso, que tam­bién. Noso­tros pen­sa­mos que el 11-M es ante todo un tabú socio­ló­gico, un temor supers­ti­cioso que apa­reja un giro en la men­ta­li­dad del pue­blo, sin­gu­lar­mente en la de los jóve­nes de mi gene­ra­ción, y que explica en buena medida el nuevo volks­geist de esta España pos­trada, cri­sis aparte. El 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo.

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Convocatoria para mi tuit-entrevista de mañana.

Una cosa que se llama storify, o resumen de tuits que pautaron la entrevista.

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10 marzo, 2014 · 15:06

Rajoy ya nota el calor

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Para ser ese país demoscópicamente harto de políticos y periodistas, el jaleo como de primer día de rebajas que se monta en el Congreso por el debate del estado de la nación está de lo más conseguido. ¿No sería una teatralización para afianzar el crédito dañado del sistema parlamentario? En vano busqué entre el gentío la barba de Garci o las gafas endiabladas de Évole. Pero lo cierto es que si las elecciones son la fiesta de la democracia, el patio de las Cortes se antojaba a mediodía un after-hours con derecho de admisión reservadísimo. Desde luego disimulamos bastante bien la famosa desafección hacia la política.

Un reportero logra acomodar el culo en la tribuna de prensa solo después de soportar la cola de acreditaciones, persuadir al departamento de prensa de que no trabaja para Manikkalingam, acreditar un buen juego de codos con los colegas para avanzar por los pasillos abarrotados, pasar el escáner de rayos X y probablemente otro de rayos UVA, reptar bajo la alambrada de espino y dirigir una caída de ojos reverencial a don Jesús Posada. Superados todos los filtros, accede uno al hemiciclo en el momento justo en que Mariano Rajoy está constatando que se ha invertido la dirección de la economía nacional.

Rajoy venía al debate a señalarse la espalda, porque un año después puede presentar datos para ello. Repasaba el jardín en que estamos metidos como el jardinero al final del invierno, cauto ante los restos del granizo pero optimista por la llegada de la primavera. Exponía con cuidado cada brote verde y depositaba luego la maceta en el suelo matizando que con cinco millones y medio de parados aún es pronto para decretar una semana de circo, naumaquia, cuentacuentos y juegos florales. Pero vamos, que el orgullo se le escapaba por las cinchas del traje. En la tribuna de invitados, un cortejo de barones o alfiles varios no tan pendientes de reparar en el jefe como de que el jefe reparara en ellos: Pío, Rudi, Monago, Fabra, Pedro Sanz, Herrera, los de Ceuta y Melilla e incluso Cospedal, que estaba tan guapa que no me atreví a saludarla en el patio y cuyo broche lila emitía destellos cegadores cada vez que Rubalcaba la llamaba cacique durante su réplica vespertina. Por la mañana, sin embargo, la oposición escuchó a Rajoy sin patalear, como si de verdad rigiera un protocolo diferente al de las sesiones de control de los miércoles. Esa formalidad duraría poco, como veremos ahora.

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26 febrero, 2014 · 0:01

La barbarie de los programas de cocina

El espejo del alma.

El espejo del alma.

Cómo que qué tengo en contra de los programas de cocina. Lo tengo todo en contra, todo. Hubo un tiempo en que la afición culinaria delataba al bon vivant, en que comer bien iba indisolublemente aparejado con hablar bien, en que las madres repetían que en la mesa y en el juego se descubre al caballero. Pero la tele ya no enseña nada de eso sino al señor Chicote, un Sancho Panza con mandilón situado a mil jodidas millas de ser un caballero en la acepción que manejaba Brillat-Savarin, fisiólogo del gusto, francés perfecto que fundó la moderna literatura culinaria.

Me enoja esta moda menestral de los programas de cocina que infestan la parrilla televisiva de las cadenas privadas pero sobre todo de las cadenas públicas: ¿qué eso de que los contribuyentes depauperados estemos pagando la confección de unos platos suntuosos que no nos vamos a comer? ¿Cómo vamos a seguir embaulándonos tristes sándwiches y latas de Litoral frente a una pantalla cargada de suculencias inaccesibles cocinadas por chivos expiatorios de la dictadura del reality?

Todo lo empezó Ferrán Adrià, cuyo restaurante postinero era frecuentado por respetables hombres de letras de la derecha y de la izquierda –a partir de los 3.000 euros al mes se suavizan todos los extremos ideológicos: las dos Españas quedan perfectamente soldadas–, personas que sabían conversar. Personas que habrían leído El libro de la cocina española de Néstor Luján, quien postuló en este autorretrato esa necesaria correlación entre las funciones vitales de nutrición y relación: “Me gusta comer, beber, hablar con los amigos, y no creo haber sido un mal conversador. Soy enemigo de la intolerancia y de la perfección, de los predicadores de las dietas y de los administradores de las depresiones saludables. Adoro a la gente inteligente, porque pienso, alarmado, que tener ideas pronto será considerado como una enfermedad de psiquiatra”. Pero Arguiñano jamás será capaz de balbucear nada parecido a esto, y al genial Adrià –decimos genial Adrià como decimos bella Afrodita– una noche de juventud se le cayó toda su capacidad dialéctica en el puchero del nitrógeno líquido.

¿Y no actuarán de oficio los psiquiatras nacionales alarmados como Luján ante esta morbosa exhibición pantagruélica en un país de parados? ¿Qué clase de anémicas mentes sancionan en los audímetros esta opulencia empalagosa de comida por la tele a todas horas? Todo colectivo humano se obsesiona con aquello que tiene prohibido: el comunista con el dinero, el meapilas con el sexo, el nacionalista catalán con lo español, el parado con la comida. Ahora todos abrigan deseos de ser chef, y yo digo que esa pulsión es la misma que llevaba al hidalgo del Lazarillo a colocarse un reguero artificial de miguitas en las comisuras de los labios para echarse a la mísera calle de la España renacentista a fardar de atracón.

Pero quizá sea más sencillo que todo eso. Quizá sea simplemente que mientras cocinas y comes no tienes que pensar gran cosa, algo que siempre asusta al público. Es como programar un documental en donde los protagonistas no zigzaguean por la sabana tras una gacela de Thomson sino que pelan patatas o escalfan huevos. Un producto meramente animal, vaya.

Hace un año y medio cubrí el III Congreso de Mentes Brillantes al que, en un innecesario alarde de ironía macabra por parte del organizador, fue invitado como conferenciante estrella el amo de El Bulli. Tras oírle encadenar penosamente una abrupta ringlera de fonemas, en una crónica que titulé “La Bullipedia no es una logopedia”, escribí esto: “Concederemos que Adrià cocina bien porque yo no distingo un fogón de un orinal, pero eso no prueba sino que cocinar bien exige aptitudes intelectuales muy inferiores a las que demanda la emisión de un discurso articulado, mínimamente inteligible, equiparable al menos en eficacia comunicativa a la gestualidad rudimentaria de los niños-lobo, ya que no al sofisticado sónar de los delfines”.

Padecemos en esta hora una fiebre de televisión gastronómica que cabe atribuir también a la muerte reciente de todos los guionistas españoles. En su defecto, sale barato montar realities de cocinillas aficionados y dejar que sus rencillas miserables se derramen sobre el altar público de la santa audiencia.

La etnología ha dado noticia de cierta tribu suramericana cuyos miembros se escondían para comer, cada indio tras un árbol, horrorizados ante la posibilidad de que otro compañero les viera meterse cosas en la boca. Nosotros, menos sofisticados, hemos aceptado practicar una actividad tan grosera como comer en compañía unos de otros a cambio de satisfacer un peaje de urbanidad y buenas maneras, la primera de las cuales estipula que la comida ha de funcionar siempre como un accidente aristotélico de la conversación, que es la verdadera sustancia. Y he aquí que va la tele y eleva la manduca a centro y fin de su prime time, mientras los espectadores aplauden y salivan.

Una sociedad que sacraliza de este modo la cocina, que la vacía de su dimensión humanista –la filosofía nació en los banquetes, incluso el amor platónico nació en El banquete–, es una sociedad de animales que se figuran heraldos del sibaritismo. Cuando en la mítica Síbaris no habría sitio para Chicote, porque los gritos estaban prohibidos a fin de no perturbar la placidez vital de los sibaritas. El materialismo zafio de Master Chef no tiene nada que ver con La casa de Lúculo de Julio Camba, y la expulsión del programa de un aspirante no cabe en la sentencia de Cunqueiro según la cual “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

Mucho me temo que de la civilización de Cunqueiro solo queden las sobras. Pero a mí no me importa porque yo, como Rajoy en las cumbres, soy un decidido partidario del tupper.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de enero de 2014)

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Elegía mortal y rosa por el diario La Gaceta

El periódico La Gaceta no llegará mañana a los quioscos. Hace ya tiempo que llegaba a ellos anémica de páginas y de razones, y solo a los de Madrid, aunque eso no se decía para que la gente siguiera pensando que era un diario de tirada nacional. La Gaceta no expira sino que a su cadáver le retiran piadosamente el respirador artificial, tan artificial como los delirios de grandeza de la dirección del grupo Intereconomía que la había comprado en septiembre de 2009 con la tartarinesca idea de construir una PRISA –qué risa– de derechas contra Zapatero. Y sí, claro, por qué no, vamos a ello y a lo que haga falta mientras la nómina entre con religiosa puntualidad. Si limpia, fija y da esplendor es el lema de la Academia, dame pan y llámame tonto es el del periodismo real.

En realidad, La Gaceta fue primero La Gaceta de los Negocios, periódico económico fundado en 1989 que llegó a pelear con Expansión y Cinco Días por el liderazgo en el sector salmón. Yo me incorporé a ella en febrero de 2008, siendo su director José María García Hoz, que leyó un par de artículos míos en un diario local donde curraba y me hizo un contrato como no me lo hará nadie, supongo, ya. Un año y poco después le estaba haciendo una huelga porque aquella Gaceta también iba a pique y necesitó de un ERE en el que salían amigos. Descubría uno el sindicalismo solidario, no ideológico, aunque supongo que el segundo no es más que la continuación cancerosa del primero en el mismo tejido de la complicidad laboral, páginas, langostinos y petacas escondidas tras el monitor en aquella primera Gaceta mía de iniciación y locura.

De algún modo Intereconomía nos salvó y nos trajo a Castellana desde el polígono de Alcobendas en donde penábamos, y aquello estaba lleno de tías buenas y de ideología, no necesariamente solapadas, y disfrutamos de todo ello con sacerdotal aplicación. Zapatero, con su delirante día a día, regaba de espuma pavloviana los titulares tonantes de Dávila (las querellas de mañana). Al compartir la redacción con las chicas de la tele –creo que había varones también, ahora no estoy seguro–, cada jornada equivalía a preparar un examen puritano de Historia Americana y a arreglarse luego para el baile de graduación.

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26 diciembre, 2013 · 15:37