Lluvia en las gradas

¿Por qué me pitáis?

¿Por qué me pitáis?

Sabemos que las metáforas las carga el diablo, pero resulta difícil no advertir en la lluvia que empapó el partido contra el Rayo algo más que agua precipitándose tras un proceso de condensación atmosférica. Aunque se ganó por paliza, en el Bernabéu parecía caer sobre los jugadores cierta melancolía apresurada, cierto derrotismo prematuro que nos enfada.

El público es soberano, y puede descargar sus pitos y sus quejas sobre el equipo cuando lo estime oportuno, pero eso no nos impide señalar que demasiadas veces el público del Bernabéu pasa de soberano a despótico, de cargarse de razón a guiarse por el capricho o el despecho de marquesa, de conducir el calor que la plantilla necesita a evacuar el frío del descontento a la primera de cambio, tras 30 partidos consecutivos sin perder.

Se han vertido ríos de cháchara en los bares de Chamartín sobre qué va antes, el apoyo o la petición de cuentas, sobre si la afición madridista existe para que la diviertan los señores del calzón corto o si los señores del calzón corto han de jugar siempre con el respaldo de su hinchada. Lo sensato es que ambos estamentos, jugadores y afición, se alimenten mutuamente, y como buenos matrimonios se alienten y perdonen también.

Me perdonaréis el tono moralizante, pues no soy argentino como para andar mezclando fútbol y metafísica, pero es que los pitos al equipo del sábado me irritaron. Era obvio que el vestuario estaba tocado, que las derrotas ante Barça y Sevilla habían hecho daño, que lo último que necesitaban los jugadores era añadir a la frustración de las últimas derrotas la reprimenda de los de casa. Comprendemos que el malestar se vaya condensando en nubes situadas en el ceño del aficionado, pero pedimos humildemente que se queden en el ceño y no baje a los labios. Ya habrá tiempo para pedir cuentas, y desde luego este no es el momento.

Es en cambio el momento de dejar el señoritismo en el sofá y acudir al campo a apoyar a un equipo que pelea por las tres competiciones desde el primer año de un proyecto nuevo. Porque si no, luego en Cibeles uno corre el peligro de sentirse un poco Judas.

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