Archivo mensual: abril 2014

Roma vincit

El centauro de Camas.

El centauro de Camas.

En el año 2767 desde la fundación de Roma, que equivale al 2014 del calendario gregoriano, el capricho de los dioses encomendó al Real Madrid la ardua misión de arrasar Germania. Debía vencer donde la historia le había humillado. Eliminar a los esquivos mineros del Schalke, a los jóvenes orgullosos de Dortmund. Y en una noche primaveral del mes cuarto, con todos los elementos en contra, la horda bárbara perfectamente alineada, la mofa de los conspiradores ya secándose en amarillento pergamino a la espera de ser difundida, el equipo blanco llevó a término su misión reduciendo a escombros los cimientos de Baviera, con ayuda de Marte, guiado por la cegadora astucia de Carlo Ancelotti, fecundo en ardides, y los poderosos muslos de un hispano y un lusitano, de tremolantes penachos, queridos por los dioses.

No hay palabras en la ancha paleta de las musas para describir la gloria de los vencedores ni el pesar de los vencidos, en especial el pesar de su primus inter pares: Pep Guardiola, de torva mirada y lengua silbante. La batalla comenzó como se esperaba, pero terminó antes de tiempo. El esquema de Ancelotti era tan previsible como eficaz: 4-4-2 en defensa que se desplegaba en fulminante 4-3-3 cuando el Madrid robaba y lanzaba el ataque. La principal novedad la representaba el trabajo defensivo de Bale, que corría hacia atrás sin reparo para ayudar a Carvajal a secar a Ribery, interpretando a la perfección el plan del mando: los atacantes defienden, los defensores atacan. Nada más y nada menos bordó el Madrid en una primera parte homérica que obró el milagro de un ninguneo histórico al Bayern en su campo.

Sabemos que, llegados hasta aquí, sin Décima no habrá paraíso ni memoria. Pero valdría la pena recordar siempre el modo en que el Real Madrid de Carlo Ancelotti se ensañó con la potencia muniquesa del filósofo Guardiola, cuyo dogma de la santa posesión queda tan seriamente revisado en Europa como el geocentrismo. Veremos si no es Beckenbauer el primero en prender la tea del sacrificio expiatorio, la quema del heresiarca.

El Bayern no tejió su rondo como en la ida. El partido nació a brincos, a cabezazos, a desconexiones nerviosas. Carlo y Pep ya estaban de pie en el minuto dos para tratar de atajar semejante espectáculo, tan indigno de una legión romana como de una horda bárbara con estudios. Enseguida Di María quiso emular la de Coentrao en el Bernabéu y sacó un centro desde la banda al que esta vez no llegó Karim. Bale voleó luego muy alto un rechace de Neuer que anunciaba cosas raras, inversiones de hegemonía, fallas paradigmáticas: un gol en Múnich. Y el gol no tardó, pasados unos rifirrafes pueriles entre Ribery, Carvajal y Pepe que evidenciaban tanta ansiedad alemana como picaresca madridista. Recupera el Madrid, Cristiano toca de espuela, Benzema controla en la frontal, se la roban y es córner. Modric al lanzamiento. Coloca el balón en la curva fantasmal donde se aparecen los muertos. Y ahí estaba Ramos, agazapado. Se elevó con toda su raza, aplicando lo ensayado ante Osasuna, y la puso tan lejos de Neuer que todo pareció hecho. El sagitario de Camas inauguraba su noche colonial, insomnio de los niños bávaros que soñarán con la criatura mitológica que hundía imperios a cabezazos.

Los alemanes acusaron el golpe. Empezaron a pegar. Plantillazo escalofriante a Cristiano de Dante (faltaban Virgilio y Beatriz), signo elocuente de frustración. Ni siquiera tuvieron tiempo de hacer muchas más faltas. Di María cuelga otra falta al área y Ramos avanza el rostro con determinación caníbal. Segundo gol. El relincho del centauro apaga las gargantas. ¿No era este el que tiró aquel penalti hace dos años? Sí era, sí.

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30 abril, 2014 · 1:47

Soraya ha dicho puta

Esta boca es mía.

Esta boca es mía.

Soraya ha dicho puta.

–¿Qué Soraya? –te preguntan en el Twitter, donde creen más verosímil que lo diga Rodríguez, ellos sabrán por qué.

Pero lo soltó la vicepresidenta del Gobierno y lo soltó en los pasillos, no desde el escaño. Con la crisis en la prensa y su cosecha de cobardía, oficiosidad y ventriloquia por un lado, y la tradicional omertá que vigila el sanedrín del periodismo parlamentario por el otro, uno ya no sabe con qué grado de exactitud hay que recoger una conversación de corrillo con un político. La redactora de El Mundo no dudó en titular por lo literal, con el escandalito consecuente.

El casticismo de la vicepresidenta solo puede sorprender a quien crea en los estereotipos como de hermano Grimm de las tertulias, donde se quiere un bando de pijos azules y otro de milicianos carmesíes. A lo sumo oiremos el rasgado vestimentario de algún humorista de La Sexta –clerecía del nuevo puritanismo–, sin necesidad tampoco de que procedan a mesarse las barbas y a recoger cantos para la lapidación. Porque los políticos, fuera de micro, hablan como todo el mundo, aunque quizá un poco mejor: ya dijo Churchill que no hay mayor refutación de la democracia que charlar cinco minutos con tu votante. A Aguirre le daban votos sus micrófonos traicioneros y a los que no conocían la expresividad en privado de Sáenz de Santamaría quizá les guste enterarse de que la mujer más poderosa del país no es ajena al gracejo popular del mejor castellano. Uno da fe.

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29 abril, 2014 · 20:10

Maniobras militares

Mortero a punto.

Mortero a punto.

La parsimonia también gana y tenemos ejemplos vivos en Moncloa. El Madrid apalizó al Osasuna sin conceder un solo gol en contra, sin conceder un solo minuto de la certidumbre de sufrimiento que le espera en Múnich, sin conceder tampoco otra vibración al público que los misiles y los cabezazos de sus atletas. De Cristiano, que volvió a afrentar al fútbol con dos tomahawks escasos de rondo desde el pico del área: uno parabólico y curvo como hojarasca macondiana, otro hermosamente lineal y directo, el hachazo invisible y homicida que deja a los pájaros cantando.

A Cristiano se le descifra tan bien la ansiedad después de un error –el error ante Neuer– que sabíamos que no dejaría tranquilo ni al balón ni a sus compañeros hasta que satisficiera su propio desagravio. De paso, se daba el gustazo de contradecir a los médicos, que siempre creen saberlo todo. Como si el cuerpo de CR pudiera figurar vulgarmente en la Lección de anatomía de Rembrandt y no, como le corresponde, en el área ufológica 51 de la CIA, desierto de México. Esos latigazos no los puede soltar una pierna netamente humana, y mucho menos convaleciente.

El Madrid afluía balones a Cristiano para calmarle, y este monopolizaba el fútbol de ataque (por allí se movía la voluntad china de Morata, y hasta la compostura universitaria de Nacho) bien asistido por Isco y Xabi, a veces doblado por Marcelo, que ha visto a su vez cómo Coentrao le doblaba en la carrera por los partidos cruciales: triunfo de la disciplina militar sobre su fútbol de capoeira. El Osasuna no se sentía con ánimo de presionar, de forzar alguna marcha más del partido, y parecía conformarse con su destino colocando dócilmente la cabeza en el taco de su verdugo. Por cierto que cuando buscas decapitación en Wikipedia, tropiezas con la maravillosa exactitud de esta frase: “No existe un tratamiento médico conocido para salvar a un paciente decapitado”. Sic.

Los pases del Madrid en campo contrario parecían el abanico de lady Butterfly. Muñeca suave y nívea, cadencia desacelerada. El partido se fue al descanso con 1-0, pero el Bernabéu entendía que no era jornada para exigir tempestades. Fue, eso sí, día para despedir a Tito con señorío verdadero y para adivinar en los ausentes la alineación de perforadores lunares para el Armageddon bávaro.

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27 abril, 2014 · 16:01

Como un solo hombre

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

¡Ay Guardiola, mira que si te echa el Madrid de la Champions en tu primer año al frente del Bayern todopoderoso, que venía al Bernabéu no ya con la vitola de favorito, sino casi con la compasión en los labios por el destrozo que pretendías causar! Parecía que el estadio quedaría arrasado tras el partido y que Florentino tendría que anticipar su reconstrucción para el jueves por la mañana. Todo el florido antimadridismo del país cuchicheaba prematuramente la paliza, contaba el saco de goles que iban a encajar los de Ancelotti, ese italiano con suerte –decían- que nunca podrá compararse al genio filosófico de Pep.

Y sin embargo el filósofo perdió toda su flema a medida que las coreografías alemanas chocaban contra la solidez defensiva del Madrid. Y cuando en la segunda parte, comandados por un imperial Xabi Alonso, los blancos subieron líneas y robaron la posesión al mismo equipo que había hecho bandera de ella, el impecable Guardiola se transfiguró en el Mono Burgos. Cualquiera se hubiera atrevido a acercarle una botella de agua.

Ancelotti venció a Guardiola y el Madrid ganó al Bayern con el increíble mérito añadido de una alineación diezmada por las bajas, con Cristiano y Bale convalecientes. Sin el concurso idóneo de sus dos mayores estrellas, el Madrid tuvo que ser más solidario que nunca, más abnegado en la presión, más atento a las ayudas. Pepe y Ramos ganaron todos los balones aéreos, de tal manera que los córners del Bayern dejaban de representar una amenaza. Carvajal y un homérico Fabio Coentrao, auxiliados en la cobertura por Di María e Isco, taparon todos los accesos a Robben y Ribery, que se fueron frustrados del partido. Benzema dio otro recital de juego de espaldas entre los centrales bávaros, y cuando tuvo que ser un nueve lo fue con un gol de relojería que puede valer una final. El sacrificio colectivo desactivó al campeón de Europa, que aún salió vivo de Madrid, pues Di María y Cristiano perdonaron dos ocasiones de una claridad que el Bayern no soñó en todo el encuentro. Y en la mejor que tuvo apareció Casillas, como requiere la épica.

No hay nada hecho todavía. Alemania será un infierno. Pero nadie le quitará al madridismo la noche en que se comportaron como un solo hombre para derrotar al todopoderoso Bayern de Pep Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 24 de abril de 2014)

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Conversaciones con Fabio Coentrao

El feo y el bueno. Falta el malo.

El feo y el bueno. Falta el malo.

Cuánta cerveza derrochada para acabar coreando una posesión intransitiva y mucho córner venial. Cuánto orgullo restañado contra el equipo maldito y el entrenador imperdonable. Cuánta reminiscencia de la gloria primisecular bajando por la Castellana como entonces, cuando fuimos los mejores.

Don Carlo Ancelotti, sin necesidad de tirar una sola botella de agua, apenas mascando el interior curtido de sus carrillos venció a la Historia de la Filosofía representada por su último epígono hegeliano: Pep Guardiola, germanófono y gurú. Qué dulce noche de reencuentro con el espíritu de Europa que vaga hace años por el imaginario blanco sin terminar de concretarse. El Madrid ganó con casta y contraataque en la primera parte; con ambición y esparcimiento en la segunda. Nada está resuelto aún, por supuesto, salvo una cosa importantísima: Guardiola, con todo su Bayern en estado de revista, ha sido derrotado en el Bernabéu que tanto profanó por un Real Madrid sin apenas Bale, sin apenas Cristiano, sin Marcelo, sin Arbeloa, sin Khedira y sin Jesé. Bastó un hombre de peinado imposible, afición tabaquera y prensa nefasta –portugués: mayor regocijo– para desafiar la hegemonía bávara. Ya nadie nos quitará la noche de Fabio Alexandre da Silva Coentrao. Se rumorea que el Sabadell quiere incluirle en una próxima conversación de su catequesis financiera.

Y no fue el único, porque ahí está la guerra de Blas de Lezo, que tomó carne nueva en Xabi Alonso. Ahí está, en algún lado del área, la espalda entregada de Pepe en la caída de su enésimo salto de hotentote. Ahí está el despliegue estajanovista del canteránida Carvajal, anoche graduado para los restos. Ahí están el mascarón croata, el endiablado francés, el sacrificio malagueño. Ahí estuvo el Santo, el realismo mágico de Móstoles, para volver más reconocible el camino hacia la añorada orejona, inconcebible sin una parada –una única parada, tiene que ser una única parada– que sostenga el sentido del esfuerzo grupal. Aún no hay nada hecho, por supuesto; pero anoche el Madrid ganó al todopoderoso Bayern de Múnich del inmaculado Josep Guardiola, y el madridismo tiene derecho a recrearse en el atentado.

Sobre todo por la afirmativa sensación que deja flotando. La cohesión en la doble línea de cuatro, solidaria e intensa, pero (a diferencia del Chelsea en el Calderón) con la comisura de los ojos puesta en Neuer. Así llegó el zarpazo del gato: la recuperación de Xabi, el pase a Cristiano, el toque insidioso para la carrera de su compatriota, la asistencia afilada de este para la placentera llegada de Benzema. Tras un cuarto de hora de posesión alemana, cuando más subía la espuma del fervor de los locutores viudos, el Madrid se señalaba el pecho y decía: también vosotros sois mortales.

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24 abril, 2014 · 1:14

La nariz de Cataluña

Nariz catalana con nariz de Huesca.

Nariz catalana con nariz de Huesca.

En el día de Sant Jordi la FIFA, finalmente dragón bufo de restaurante chino, levantó la sanción al Barça para que pueda reconstruir su ciclo sobre nuevos cimientos más exóticos que los de La Masía. Esto se daba por descontado y los madridistas nos alegramos de ello, porque nunca sabría igual otra Copa ganada a un equipo castrado. Un equipo de estirpe netamente catalana condenado a dos años de soledad.

Siendo así que hoy el Barça, mes que un club, ejército desarmado, proyección senyera, celebra con alivio la venia de la FIFA, lo que no terminamos de entender es que sus aficionados de querencia independentista no completen el silogismo: si se acepta que un gran equipo de fútbol reducido por la fuerza a su cantera no puede competir con garantías en Europa, ¿por qué habría de competir mejor en el mismo ámbito un nuevo Estado edificado por la fuerza sobre la segregación social y la oligarquía endogámica?

–Oiga, no compare el fúpbol, que es un juego, con una cosa tan seria como el derecho de autodeterminación de los pueblos.

No, hombre: ni el fútbol es un juego ni la autodeterminación un asunto serio. El fútbol es quizá la industria más poderosa de nuestro tiempo y como tal se ajusta a criterios de eficiencia que mantienen erecta la carpa del circo. Uno de esos criterios es un mercado de fichajes minuciosamente regulado, como sabe pero ignoró el señor Rosell. Sin fichajes no hay espectáculo y sin mestizaje no hay sociedad abierta. La autodeterminación es siempre la humedad febril de un oligarca que aspira a ampliar su poder, independizándolo del papá Estado que te pone hora de llegada, aconseja verdura cuando se antoja mona de Pascua y obliga a posponer la nómina en la conselleria prometida al sobrino Macià para destinar ese dinero a charnegos necesitados. Así no hay manera de vivir.

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23 abril, 2014 · 19:00

No nos fiamos de Guardiola

Idea naciendo en cabeza de filósofo.

Idea naciendo en cabeza de filósofo.

En las últimas horas viene sonando en la prensa especializada una cantinela peligrosa: el Real Madrid llega al cruce de semifinales en su mejor momento y el Bayern de Múnich en su peor. El aserto se acompaña de la cascada de datos habitual en estos casos: en los últimos cuatro partidos de sus ligas respectivas, los de Ancelotti han marcado 14 goles y recibido solo dos, mientras que los chicos teutones de Pep han anotado cinco y recibido siete. Eso no es todo: entre Cristiano y Bale suman 19 goles en Champions, mientras que el saldo conjunto de los cinco máximos anotadores del Bayern se queda en 18. Por si esto fuera poco, la ceja de Carletto se ve más relajada que nunca, en tanto que la alopecia de Pep avanza imparable hacia la conquista total de las sienes. Y cosas por el estilo.

Ahora bien: ya que hablamos en términos capilares, la actitud de un madridista inteligente debe ser la de no fiarse un pelo de Guardiola, entrenador de un maquiavelismo menos voceado que el de Mou pero igual de indudable. Personalmente no me extrañaría que una vez ganada su liga, el gurú de Sampedor hubiese ordenado un relajamiento táctico a sus hombres para inducir alguna confianza en su futuro rival europeo, rebajando así su tensión competitiva. Al Bayern le pesa su ya duradero cartel de favorito, pues espolea al adversario a darlo todo contra el mejor, mientras que un equipo que se presente en el campo murmurando que los bávaros ya no son lo que eran constituye la víctima perfecta para una emboscada.

Lo bueno es que Ancelotti, por supuesto, no se cree una palabra sobre el mal momento del Bayern. Tampoco se lo cree Cristiano, que se ha machacado para llegar a la cita vital del miércoles. Ese día, el Bernabéu debe arder como el décimo anillo del infierno: debe derretir a los jugadores alemanes como si fueran cirios pascuales rubios. Puede que hayamos acabado con el ciclo del Barça en una final de Copa apoteósica pero aquí no se confía nadie, no nos fiamos de nadie y mucho menos de Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 22 de abril de 2014)

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En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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