En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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