Archivo mensual: febrero 2014

Felicidad y cuartos de final

Carletto rules.

Carletto rules.

Para que todo sea perfecto, a don Carlo Ancelotti solo le falta fumar puros en público, a poder ser en rueda de prensa, delante de todos los que le ahorraban prematuramente la ingesta del turrón en el banquillo eléctrico del Real Madrid. Pero hoy yo miro a Ancelotti y le veo perfectamente capaz de comerse en este club su cesta de Navidad y la de la prensa.

A don Carlo le venían diciendo que ojito con los equipos alemanes, que allí el Madrid había ganado solo uno entre los últimos 25 partidos, que esos bárbaros juegan duro y disciplinado y que entrábamos ya en la fase caliente de la Champions. Nuestro hombre enarcó la ceja y se plantó en Gelsenkirchen con su 4-3-3 y su tridente de caníbales, esa BBC que tiene más familiaridad con las redes que el mismísimo Punset. Y no es solo que rompiese la maldición: es que redujo aquel campo de minas a llanura, sembró césped y levantó allí mismo un parque temático para todos los públicos con un enorme letrero a la entrada: “Bienvenidos al espectáculo”.

Esa palabra, espectáculo, que pronunció el día de su presentación en el Bernabéu. ¿Se acuerdan? ¿Y se acuerdan de las risas privadas que suscitó? Eran las risas de los mismos que ahora corren a comparar al Schalke con el Elche para rebajar la importancia indiscutible que tiene la exhibición del Madrid en Alemania. Es la comparación del miedo. El Madrid ha vuelto a dominar en tres competiciones y eso produce en sus adversarios primero risitas nerviosas, luego pataditas bajo la mesa y al final excusas para ir al baño en el momento exacto en que Ancelotti propone un brindis.

En cuanto a los madridistas de ley, nada tengo que decirles que no hayan devorado ya con sus propios ojos. La explosión de Bale, que hace decir a nuestro amigo Jabois que cada semana Neymar vale 10 millones más y Bale 20 menos. El sinuoso descaro con que Benzema está actualizándonos a Zidane. El hambre intacta de Cristiano. La impenetrabilidad de la portería, la seriedad en defensa, la ubicuidad en el medio, la profundidad por bandas. Qué queréis que os diga si la felicidad, amigos, no se pone en palabras: se paladea y se pasa a cuartos.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de febrero de 2014)

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Vente ‘pa’ Alemania, Carlo

Crónica del partido según Tiziano.

Crónica del partido según Tiziano.

Y se quedaron los alemanes cantando, porque los alemanes o duermen o marchan. Un alemán despierto es una garganta presta a la épica, sea la de la victoria o la de la derrota. Y qué manera de ser derrotados, qué paseo militar el del Real Madrid, que tomó Alemania como no se veía desde Carlos V en Mühlberg. Si en estos momentos no suena la Marcha Radetzky en el iPod de Benzema entonces no sé cómo justifica la nómina Pardeza, que para eso es el que pone la cultura.

Empezaron cantando las gradas de Gelsenkirchen su himno de mineros, su tonada siderúrgica, y abajo en el césped los muchachos del Schalke obraron en consecuencia: adelantaron la presión y lograron poner nerviosos a Pepe y a Ramos. Pero aquello duraría poco. Pronto se advirtió que el histórico tembleque del Madrid en Alemania se curaría esta noche.

Gareth Bale agarraba el balón y salía disparado hacia el área con la determinación de no parar hasta la boca de la mina. Sorteaba defensas con fastidio, porque se veía que lo que le apetecía era traspasarlos directamente. Karim Benzema no es que esté enchufado: es un puro calambre, un roce de electricidad estática que se prende en la combinación con Cristiano. Así llegó el primero: diagonal galesa, taconazo portugués y remate galo. La BBC sintonizada en prime time para traerles el show del más difícil todavía, pasen y vean.

Enseguida pudo empatar el Schalke, pero apareció el Santo. Su parada de santería, brazo incorrupto. Gran acción de Casillas para enmendar una confusión infantil, enojosa, entre Ramos y Pepe, que eligieron el peor momento para ponerse a jugar al Twister. Pero de ahí en adelante los mineros se empequeñecieron, fueron devueltos a las profundidades de su campo como una raza tolkieniana de enanos. El elfo Modric cogió su carcaj y ya no paró de correr hasta completar once kilómetros, según las últimas estadísticas. Di María hizo lo mismo, cubriendo un recorrido larguísimo y bombeando centros que invertían el guión de los agoreros: ¿no habíamos quedado en que el juego aéreo era la especialidad local? Marcelo se sumaba al doblaje y la BBC en general buscaba el desmarque constante. Así resulta muy difícil cegar el avance madridista, que llegaba en oleadas ansiosas bajo el grito tarzanesco de Ronaldo, hambriento como los lobos del amigo Félix.

Huntelaar, con esa cara como salida del Diario de Ana Frank, llamaba desesperado a sus compañeros. Pero no podían oírle. Farfán, nombre de entrante árabe –yo tomaré cuscús; para mí farfán–, tocaba algo más de bola, trataba de progresar por banda y fue el mejor de los suyos, lo que no es decir mucho visto lo visto. Porque de pronto se oyó un silbato en la estación: era Karim con visera y banderita, robando un balón a un lateral incauto y abandonándolo suavemente en la vía por la que llegaba el expreso de Cardiff. Bale recortó a uno, recortó a otro y soltó la zurda un segundo antes de descarrilar. El segundo estaba aquí, y era un golazo que estira el repertorio intuido a este jugador extraordinario, cada vez más barato: tiene el disparo, tiene el remate, tiene el autopase en velocidad y ahora tiene también el doble regate en estático seguido de gol. Bale ya es el Bale del YouTube, para catástrofe del franciscanismo mediático que le busca los millones con recelo digno de mejor causa. La de Neymar, sin ir más lejos.

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27 febrero, 2014 · 14:35

Rajoy ya nota el calor

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Para ser ese país demoscópicamente harto de políticos y periodistas, el jaleo como de primer día de rebajas que se monta en el Congreso por el debate del estado de la nación está de lo más conseguido. ¿No sería una teatralización para afianzar el crédito dañado del sistema parlamentario? En vano busqué entre el gentío la barba de Garci o las gafas endiabladas de Évole. Pero lo cierto es que si las elecciones son la fiesta de la democracia, el patio de las Cortes se antojaba a mediodía un after-hours con derecho de admisión reservadísimo. Desde luego disimulamos bastante bien la famosa desafección hacia la política.

Un reportero logra acomodar el culo en la tribuna de prensa solo después de soportar la cola de acreditaciones, persuadir al departamento de prensa de que no trabaja para Manikkalingam, acreditar un buen juego de codos con los colegas para avanzar por los pasillos abarrotados, pasar el escáner de rayos X y probablemente otro de rayos UVA, reptar bajo la alambrada de espino y dirigir una caída de ojos reverencial a don Jesús Posada. Superados todos los filtros, accede uno al hemiciclo en el momento justo en que Mariano Rajoy está constatando que se ha invertido la dirección de la economía nacional.

Rajoy venía al debate a señalarse la espalda, porque un año después puede presentar datos para ello. Repasaba el jardín en que estamos metidos como el jardinero al final del invierno, cauto ante los restos del granizo pero optimista por la llegada de la primavera. Exponía con cuidado cada brote verde y depositaba luego la maceta en el suelo matizando que con cinco millones y medio de parados aún es pronto para decretar una semana de circo, naumaquia, cuentacuentos y juegos florales. Pero vamos, que el orgullo se le escapaba por las cinchas del traje. En la tribuna de invitados, un cortejo de barones o alfiles varios no tan pendientes de reparar en el jefe como de que el jefe reparara en ellos: Pío, Rudi, Monago, Fabra, Pedro Sanz, Herrera, los de Ceuta y Melilla e incluso Cospedal, que estaba tan guapa que no me atreví a saludarla en el patio y cuyo broche lila emitía destellos cegadores cada vez que Rubalcaba la llamaba cacique durante su réplica vespertina. Por la mañana, sin embargo, la oposición escuchó a Rajoy sin patalear, como si de verdad rigiera un protocolo diferente al de las sesiones de control de los miércoles. Esa formalidad duraría poco, como veremos ahora.

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26 febrero, 2014 · 0:01

Bale y el antimadridismo

Insomnio antimadridista.

Insomnio antimadridista.

Ahora que se ha restaurado el orden natural de la historia y que el Real Madrid es líder en solitario de la Liga, finalista de Copa y equipo de récord en las primeras fases de la Champions que al fin vuelve, los enemigos de la hegemonía blanca pasan las noches atormentados por el insomnio, atareándose febrilmente en la busca de alguna manera de hacer daño al equipo.

Lo tienen difícil, porque los resultados se suceden con cadencia de plusmarca, el juego carbura sobre el hallazgo de un 4-3-3 goleador y equilibrado, el estadio se llena hasta para los partidos contra la droga, el vestuario convive entre la placidez y la motivación y el entrenador es un italiano tranquilo que sofoca cualquier conato de guerra con un levantamiento de ceja ante la prensa y, en el campo, con un inteligentísimo sistema de rotaciones. Y al mismo tiempo que sucede todo esto, los rivales inmediatos amagan derrumbe institucional, o fiscal, o físico, o deportivo en general.

Sin embargo el antimadridismo es un virus celoso que no permite a sus pobres huéspedes un momento de descanso. Sus penúltimos síntomas son los minutos de Jesé e Isco, debates ficticios que los propios jugadores han desinflado con su discreción: solo hablan con la puntera derecha o el empeine izquierdo, con la elocuencia incontrovertible del gol.

Pero si esta es la lupa de un madridista confeso, la lupa de mil aumentos del antimadridismo disfrazado últimamente se viene aplicando sobre Gareth Bale, a ver si se le descubre una hernia íntima, un descontento privado, que Marcelo le dio una colleja en un entreno o que aún no habla castellano antiguo. Todos son pretextos para desaguar la misma rabia: no solo que el Madrid tenga 90 millones para fichar al mejor jugador de la Premier, sino que no tenga por qué ocultárselos a Hacienda. A Bale se le prejuzga y se le juzga con la impaciencia de verle fracasar en el Madrid para poder salir corriendo a pellizcar a Florentino Pérez. El problema de este precario plan es que se desmorona pasadas las cinco de la tarde de un sábado cualquiera en el Bernabéu, cuando Gareth Bale agarra un balón a 30 metros de la portería contraria, se la coloca con cariño en el disparadero de su pierna izquierda, aplica la mecha al cañón y despinta el interior del larguero antes de clavar la bala de cuero en el fondo de la red.

Bale no solo marca más goles y da más asistencias que Neymar, que el tan llorado Özil, que Beckham en su mejor año. Si hace eso sin pretemporada, el año que viene va a haber que liberar a diez becarios para llevarle las estadísticas. Pero es que todos sospechamos –incluidos los antimadridistas– que lo que llevamos visto del galés es solo la punta de un monumental iceberg, y que cuando este jugador empiece a soltarse de verdad vamos a ver naves ardiendo más allá de Orión. Bale ha confesado que su primer recuerdo de la Champions, a los doce años de edad, fue la volea de Zidane en la Novena. Debería ponerse ese vídeo seguido del vídeo de su propio gol al Elche. Solo necesita mirarse al espejo para sumir a los impacientes interesados en la más negra de las melancolías.

(La Lupa, Real Madrid TV, 25 de febrero de 2014)

La locución, aquí.

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Un cañonazo a la hora de la siesta

Cañoncito Bale.

Cañoncito Bale.

La heroica ciudad dormía la siesta, diría Clarín diciendo Concha Espina donde decía Vetusta, que al fin y al cabo Ana Ozores avanza un paradigma decimonónico de la pipera. Solo que toda la heroicidad del Elche se redujo en la ida a la épica del lúser desatada por el penalti de Muñiz, gesto fascista que le valió una nevera y le presentó ante España como el expósito de una familia problemática por boca o bocaza de Arminio o Arminione. Decidió Arminione que contra el Elche tampoco jugaría Cristiano y luego se paseó por la Federación como Don Fanucci por Little Italy, dando a besar la mano convexa.

Se evitó que el bostezo sesteante coincidiera con el pitido inicial mediante un minuto fúnebre por el yayo de Ramos, pues en España, tierra necrófila, nada anima tanto como un buen funeral. “Ya no nos volveremos a divertir tanto hasta que muera Azorín”, le susurró Raúl del Pozo a Umbral durante el entierro de Ruano. Me desvío. El caso es que Di María y Jesé se pusieron a presionar arriba con alegría noctámbula, a doblarse y a asociarse en pos del gol rápido que solucionara el trámite y devolviera a la tarde su necesidad de siesta. Estos dos jugadores a veces parece que se bañan el cuerpo en aceite antes del partido, como los luchadores griegos, porque se escurren entre defensas con facilidad líquida.

Por el lado opuesto, Carvajal y Bale maridan peor, por lo que a veces el galés derrota hacia el medio con la boca abierta, buscando oxígeno y pradera. De todos modos el canterano hizo bien su trabajo, con ese nerviosismo práctico que desbroza tupidas bandas. En cuanto al galés, mandó una a las nubes, se ofuscó un par de veces y esperó a que en los bares empezaran a contar millones para acabar marcando uno de los golazos de la Liga. Así es Gareth: un héroe que siempre fracasa en su intento de fracasar.

Confortaba ver a Varane ejerciendo de nuevo su mando sensato en la zaga, y nos sorprendía la ubicuidad de Illarramendi, que se beneficiaba de la ausencia de Modric. Arriba Benzema esperaba la suya, pero como no llegaba quiso hacerla Jesé a pase de Di María: colocó bien el interior sin control previo, pero ese remate lleva copyright galo y no se encuentra en los chinos. En la medular vasca del Madrid, RH verificable, el alumno Asier crecía a costa del maestro Xabi, aventurándose con un desparpajo nuevo por el frente de ataque. A Illarra se le ha insistido tanto en que es el relevo generacional de Xabi, el heredero de su tacticismo conservador, que se ha corrido el riesgo de castrar algunas tendencias originales de su tierno espíritu. No todo va a ser foralidad: hay espacio para la aventura entre los hijos de Zalacaín. Lo vimos con su gol: un gol de llegador. Y un disparo croata, en ausencia del genio. Los locutores del Plus lloraron amargamente el fuera de juego no pitado que precedió al córner que precedió al gol.

Quiso el Madrid cerrar pronto el recreo con el segundo y atacó en oleadas como las hordas godas, de modo que si un pase se quedaba atrás, aparecía otro de blanco para recogerlo. El Elche no se rindió y adelantó líneas, pero la defensa merengue no regalaba un balón y cumplía obsesivamente con el mandato heráldico de sacarla jugada. Nobleza obliga. Pero el buen tiempo comenzó a punzar los párpados de los jugadores, el estómago a reñir con las piernas y el partido de fútbol a devenir sobremesa. Solo Jesé giraba de vez en cuando el tobillo con un ademán brusco, absolutamente suyo, porque el tobillo de Jesé ya es como las cabezas de los búhos: pueden girar 360 grados sin partirse.

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23 febrero, 2014 · 17:00

De la oratoria a la neurastenia

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Don José Echegaray, Nobel español y comediógrafo feble, no solo acredita el menos merecido de los grandes galardones hasta el cuarto Balón de Oro de Leo Messi. También entró en la Real Academia cinco años tarde por culpa de don Emilio Castelar, el mayor orador que ha dado la política española. Era tan buen orador que no sabía escribir sus discursos y por eso tardó cinco años en tener lista la pieza de bienvenida a Echegaray.

El propio Castelar había tardado otros nueve años en presentar el discurso de entrada cuando su insigne culo resultó bendecido con un sillón en la RAE. Los estatutos académicos obligan a leer un texto preparado con antelación, pero Castelar no había escrito un solo discurso en su vida y prefería demorar su ingreso en la Casa de los inmortales antes que coger una pluma. “Toda la prensa –cuenta don Gregorio Salvador, filólogo ilustre y también académico– comentó si, en razón de la personalidad del gran tribuno, no hubiese sido posible y, en cualquier caso, preferible olvidar por una vez lo establecido y permitirle que hablara en lugar de leer, porque en esto último no era ni sombra de lo que era al hablar”. La rectísima RAE no lo vio posible ni preferible y Castelar, al fin, escribió.

Por cierto que a otro gaditano ilustre, José María Pemán, le pasaba un poco lo mismo. Cuando le tocó a Eugenio D’Ors pronunciar su discurso de entrada en la Española, Pemán, que era quien debía darle la réplica, no llevó nada escrito: prefirió clavar la vista en unos papeles en blanco posados sobre el atril y fingir que leía un discurso que en realidad estaba improvisando.

Hoy el nombre de Castelar, liberal de Cádiz que llegó a presidente de la I República, apenas evoca el perpetuo embotellamiento de una glorieta de la Castellana. Pero si uno lee sus intervenciones parlamentarias descubre, bajo el follaje retórico y la consabida pesadez decimonónica, un cerebro prodigiosamente dotado para la sintaxis de ideas y oraciones, un dominio clásico del ritmo y la variación, una cultura vasta que armoniza con el giro improvisado, una interpretación fogosa y persuasiva; un hijo digno, en suma, de la estirpe de Demóstenes y Cicerón, de Disraeli y Churchill, de Lincoln y Mirabeau.

Hubo un tiempo en que la política fomentaba la oratoria. En que aferrarse al folio desde la tribuna del Congreso acarreaba un timbre de desdoro. El prestigio político de un aspirante –a alcalde, a diputado, a presidente– caminaba de la mano de su capacidad oratoria, promesa de aceptación en las urnas. Y si algún ambicioso llegaba a amasar poder sin pasar por el examen de la dialéctica, la anomalía se registraba mediante la concesiva de rigor: “Pese a no ser un gran orador, recabó el apoyo del partido”. Hoy la declamación política sin chuleta ha quedado restringida a los mítines de campaña, y así se dice en ellos lo que se dice. Y a veces vale más que lo que pone en la chuleta.

Uno tiene la suerte o la desgracia de ser cronista parlamentario y ha oído muy pocas intervenciones pasables en la Carrera de San Jerónimo en los tres últimos años. Se han pronunciado, sí, frases efectistas, párrafos incluso de hilada elocuencia; y hay señorías que se defienden con nota en la réplica y la contrarréplica, que son las suertes parlamentarias que exigen del orador algún talento propio, pues no cabe la lectura. En la tarea de replicar hay que decir que el presidente Rajoy es de los mejores, y esto lo digo como técnico de la palabra, al margen de ideologías. Es difícil despertarle, cierto; pero cuando un opositor lo consigue, el gallego sabe cómo ridiculizarle con poca piedad. A su estilo susurrante tampoco es malo Rubalcaba, cuya gestualidad profesoral y falso tartamudeo imitan descaradamente Eduardo Madina y algunos otros cachorros del PSOE. Elena Valenciano puede ser una pegadora notable en cuestiones de feminismo, ganando convicción y rabia según se acerque su reivindicación al tono carmesí del ideario. Wert y Gallardón tienen lecturas como para ensamblar sin papel una cita pertinente en un discurso articulado, y Sáenz de Santamaría es muy capaz de replicar con mordacidad sin caer en la frontalidad insidiosa de Rosa Díez. Duran Lleida me parece el mayor caradura de la democracia, pero si un tema le interesa sabe expresarlo con decoro, aunque personalmente suelo aprovechar sus intervenciones para salir a fumar. Recuerdo por último, y que Dios me perdone, a un portavoz de Amaiur, Iñaki Antigüedad, que celebró el retorno a las Cortes de su infame formación con un discurso potente, bien armado dentro de la paranoia criminosa en la que chapotean; creo que su locuacidad asustó a sus propios correligionarios, pues le echaron enseguida y pusieron a un cabrero en su lugar, supongo que para ganar coherencia entre su fondo y su forma.

Y sin embargo ninguno de ellos resiste la comparación no ya con los portavoces de la época de Castelar, sino con los propios actores de la Transición. Desde Felipe y Guerra hasta Blas Piñar, desde Leopoldo Calvo-Sotelo hasta Adolfo Suárez –que no había leído un libro en su vida pero dominaba la pausa dramática–, desde Tierno Galván hasta Miquel Roca: cualquiera de ellos en su mejor forma dejaría con la palabra en la boca a cualquier diputadito con cuenta en Twitter muy seguida. La deriva estrictamente verbal que va de José Antonio a Carlos Floriano produce escalofríos. El nivel discursivo que hoy impera, y que algunos han bautizado como politiqués, ya estaba prefigurado por Wenceslao Fernández Flórez en una de sus crónicas parlamentarias de 1916:

«El señor Allende tiene, además, esa funesta costumbre de los oradores nada fáciles que les obliga a repetir tres o cuatro veces el mismo concepto.

El señor Allende dice:

–Es evidente, es innegable, es positivo, es público…

Y se queda una instante como buscando algo más en el fondo de su cerebro.

–Es notorio… –agrega, después de esa labor de rebusca laboriosa.

Si se pudiesen podar, como se poda un árbol, los discursos del ex ministro, apenas se aprovecharían cincuenta palabras. Es como si en ese árbol un hacha fuese echando abajo las ramas frondosas, y más ramas, y luego la acorchada corteza, y después la madera dañada, y los nudos, y la médula blanda e inservible… Y del corpulento ejemplar, tan solo un aguzado palillo para los dientes.

El señor Allende apela siempre también a las frases hechas y busca el apoyo patriarcal de los refranes. Él os dirá que a la tercera va la vencida, y que para muestra basta un botón, y que no las hagas y no las temas. Y después se quedará tan orgulloso, como si hubiese descubierto el Mediterráneo.

El señor Allende ha hecho perder mucho tiempo a España y ha sido causa de que muchos taquígrafos y periodistas que han tenido que tomar sus discursos falleciesen de neurastenia. Los gobiernos deben preocuparse de esta cuestión. Debe haber un español heroico bien retribuido, que se encargue de leer a solas los discursos del señor Allende y condensarlos en las líneas precisas.

El infeliz no tendría una vida muy larga, pero la patria sabría recompensar su arrojo».

La oratoria ha entrado en decadencia en España, y sus políticos no son desde luego ajenos al hundimiento, como tampoco la industria del teletipo. La neurastenia es general y nos tiene al borde del fallecimiento. Pero en este artículo, y como conocedor de primera mano de la retórica política, yo encuentro que han caído mucho más bajo la oratoria empresarial y aún la oratoria periodística: esos locutores que se han creído que por avillanar el lenguaje, por hablar “como la calle”, comunican mejor. ¿Alguien se explica cómo Juan Rosell ha podido llegar a presidir la patronal hablando como habla? Entiendo que la afasia patética de Ferran Adrià no le impida cocinar, pero ¿a qué oscura virtud deben tantos tertulianos de dicción pedregosa y mente escolar su micrófono y su silla? Hay gurús que escriben libros sobre cómo aprender a hablar en público y que van por las empresas dando charlas de formación durante las cuales comprimen en frases de galleta china conectadas por flechitas de Power Point los viejos esquemas de Quintiliano. Hay truquitos de asesor de imagen para que un candidato no haga el gesto feo que le resta simpatía en directo. Pero lo cierto es que no hay más atajos para alcanzar el dominio de la palabra que la lectura, la memoria y el ejercicio.

Compruebo además que nuestros políticos hablan peor cuanto más jóvenes son. Esta observación vincularía la ineptitud expresiva con el fracaso de la educación en España y el auge de lo audiovisual, como no podía ser de otra manera. En los próximos años no creo que surja en España un Matteo Renzi, quien no ha heredado tampoco la puesta en escena de Mussolini que sedujo a Ruano y a Pla –por no hablar de la elocutio volcánica de Hitler que enamoró a Heidegger y al último salchichero del país–, pero sí ha ganado debates sin mirar un papel y sabe al menos cómo apoyar despreocupadamente el codo en un ambón.

En todo caso, la oratoria como vehículo para la persuasión social no puede morir. Dicen que la democracia y las redes sociales han desprestigiado la propia idea de púlpito, pero no es cierto: más bien ha multiplicado y empequeñecido los púlpitos: un hombre, un púlpito. Ahora, en cuanto aparece un talento y se sube a lo alto de un buen púlpito, todo el mundo deja lo que está haciendo y le presta atención. Lo que faltan son púlpitos resonantes de verdad. Nadie puede desvincular el éxito en ventas de Apple del carisma derrochado por Steve Jobs en sus míticas presentaciones de aparatitos. Ni tampoco habría sido posible la creación de la marca Obama sin su reconocida (y trabajada) facundia. El hombre ambicioso que en un mundo global tenga una idea y cultive la elocuencia necesaria para comunicarla, partirá con la ventaja decisiva que le falta al hombre de labia embotada, por preparado que esté en lo suyo. En la sociedad de la información cada vez hay menos profesiones que puedan permitirse el lujo de la inexpresividad. Quizá la excepción más flagrante a esa norma se llame Messi.

(Publicado en Suma Cultural, 22 de febrero de 2014)

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Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: “es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos” (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) “¡Y además no fue penalti!”, completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10