Bale y el antimadridismo

Insomnio antimadridista.

Insomnio antimadridista.

Ahora que se ha restaurado el orden natural de la historia y que el Real Madrid es líder en solitario de la Liga, finalista de Copa y equipo de récord en las primeras fases de la Champions que al fin vuelve, los enemigos de la hegemonía blanca pasan las noches atormentados por el insomnio, atareándose febrilmente en la busca de alguna manera de hacer daño al equipo.

Lo tienen difícil, porque los resultados se suceden con cadencia de plusmarca, el juego carbura sobre el hallazgo de un 4-3-3 goleador y equilibrado, el estadio se llena hasta para los partidos contra la droga, el vestuario convive entre la placidez y la motivación y el entrenador es un italiano tranquilo que sofoca cualquier conato de guerra con un levantamiento de ceja ante la prensa y, en el campo, con un inteligentísimo sistema de rotaciones. Y al mismo tiempo que sucede todo esto, los rivales inmediatos amagan derrumbe institucional, o fiscal, o físico, o deportivo en general.

Sin embargo el antimadridismo es un virus celoso que no permite a sus pobres huéspedes un momento de descanso. Sus penúltimos síntomas son los minutos de Jesé e Isco, debates ficticios que los propios jugadores han desinflado con su discreción: solo hablan con la puntera derecha o el empeine izquierdo, con la elocuencia incontrovertible del gol.

Pero si esta es la lupa de un madridista confeso, la lupa de mil aumentos del antimadridismo disfrazado últimamente se viene aplicando sobre Gareth Bale, a ver si se le descubre una hernia íntima, un descontento privado, que Marcelo le dio una colleja en un entreno o que aún no habla castellano antiguo. Todos son pretextos para desaguar la misma rabia: no solo que el Madrid tenga 90 millones para fichar al mejor jugador de la Premier, sino que no tenga por qué ocultárselos a Hacienda. A Bale se le prejuzga y se le juzga con la impaciencia de verle fracasar en el Madrid para poder salir corriendo a pellizcar a Florentino Pérez. El problema de este precario plan es que se desmorona pasadas las cinco de la tarde de un sábado cualquiera en el Bernabéu, cuando Gareth Bale agarra un balón a 30 metros de la portería contraria, se la coloca con cariño en el disparadero de su pierna izquierda, aplica la mecha al cañón y despinta el interior del larguero antes de clavar la bala de cuero en el fondo de la red.

Bale no solo marca más goles y da más asistencias que Neymar, que el tan llorado Özil, que Beckham en su mejor año. Si hace eso sin pretemporada, el año que viene va a haber que liberar a diez becarios para llevarle las estadísticas. Pero es que todos sospechamos –incluidos los antimadridistas– que lo que llevamos visto del galés es solo la punta de un monumental iceberg, y que cuando este jugador empiece a soltarse de verdad vamos a ver naves ardiendo más allá de Orión. Bale ha confesado que su primer recuerdo de la Champions, a los doce años de edad, fue la volea de Zidane en la Novena. Debería ponerse ese vídeo seguido del vídeo de su propio gol al Elche. Solo necesita mirarse al espejo para sumir a los impacientes interesados en la más negra de las melancolías.

(La Lupa, Real Madrid TV, 25 de febrero de 2014)

La locución, aquí.

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