Archivo mensual: enero 2014

Las edades de Ramos

Ramos versus Lewandowski.

Ramos versus Lewandowski.

 Hace diez años que Sergio Ramos debutó en primera división. Le puso Caparrós en un Depor-Sevilla para cubrir a Albert Luque, que pronto notaría la cercanía caliente de un chaval de 17 que jugaba y pegaba como uno de 27. Son 27 los años que tiene ahora el central sevillano y 28 los que tendrá cuando dispute su tercer Mundial. Cartel de veterano y edad casi de canterano recién consagrado: yo no sé qué más le puede pedir a la vida un futbolista.

Ramos es un jugador temperamental, físicamente superdotado, taurino, flamenco, sanguíneo y transparente. De estas cualidades nace todo su fútbol, cuya mejor destilación se envasó en el partido heroico contra el Borussia del año pasado. Así le quiso Mourinho, que le cogió en banda y le reconvirtió a central laureado y con el que más discutió, probablemente porque poseen caracteres homologables. Pero al final Mou acabó diciendo de Sergio que era un tío fantástico y le siguió poniendo, porque es muy difícil prescindir de Ramos en alta competición. Uno va a la guerra con tácticos y estrategas, pero también necesita capitanes y soldados.

Ramos fue una apuesta personal de Florentino Pérez, que normalmente prefiere delanteros acreditados a promesas defensivas. Pero algo vio en Sergio que al final ha acabado viendo hasta la prensa y los seleccionadores nacionales. Ramos vive con intensidad cada una de sus temporadas, y en esta campaña está dibujando una línea ascendente que va de menos a más y que viene a enseñar una vieja lección: en el fútbol vales siempre lo que vale tu último partido, y que el más alto estatus puede disolverse sin el sacrificio cotidiano y la disciplina atenta.

El Madrid lleva ocho partidos seguidos sin encajar un gol con Sergio Ramos de titular indiscutible, concentrado como en su mejor edad. Yo, que soy un raro caso de madridista al que lo único que le importa es ver al Madrid ganar títulos, le deseo a Ramos que en su décimo año de alternativa levante la décima Copa de Europa, que es el único título que le falta para ser torero de época.

(La Lupa, Real Madrid TV, 30 de enero de 2014)

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La vigorexia otoñal del aznarismo

El aznarismo es un ismo correoso que se resiste a morir. No hay imagen más elocuente del aznarismo que aquellos abdominales extemporáneos de su fundador en la playa, musculado contra natura en un anacronismo pectoral que lo es también político. No era aquella una musculatura juvenil sino casi atemporal, como la de un elfo maduro. Aquel tegumento de piel se atirantaba no sobre el músculo sino sobre la determinación implacable de un espíritu. La vigorexia de Aznar –y esto creo que no se ha entendido bien, y por eso se le buscaban francesas a lo Hollande o becarias a lo Clinton– era de naturaleza espiritual, lo cual le ha obligado no a mantenerse en forma durante su mandato, que también, sino sobre todo a seguir entrenándose después como conciencia de la nación, ejercicio mucho más exigente que el mero gobierno.

El aznarismo que hoy se revuelve contra el PP de Rajoy invoca principios traicionados como los había invocado Fraga contra el pragmatismo de la UCD, pero al final Fraga se reveló como un político Dorian Gray que dejaba al franquista pudriéndose en el desván pero que en la escena achicaba espacio ideológico al BNG. Si Fraga crecía en progresismo a medida que no podía andar, Aznar se ha medievalizado a golpe de abdominales. Quiero decir que en política los principios no se invocan para reformar a la sociedad sino para desprestigiar a tus rivales, preferiblemente a tus compañeros de partido. Se invocan para pisar moqueta y una vez allí levantar una esquinita y meter debajo la voz de la conciencia. Luego se va o se le echa a uno de la moqueta y los principios reaparecen como por ensalmo, y uno acaba dando lecciones de vigorexia espiritual en platós y en presentaciones de libros.

Pero Aznar no siempre fue su propia caricatura derechista. Aznar llegó a ser liberal, llegó a ser centrista y a la vez periférico de catalán en la intimidad. Ni derogó la ley del aborto socialista ni recentralizó las competencias autonómicas: antes bien las llevó más lejos que nadie con tal de gobernar. Aznar sacrificó a Vidal-Quadras, aunque ahora los meten en el mismo saco antimarianista. Aznar desechó a Mayor porque no quería un PP democristiano y desechó a Rato porque no quería un PP pijo. Aznar purgó a toda figura heredada de Alianza Popular en mucho menos tiempo del que ha tardado Rajoy en hacer lo propio con el aznarismo, en aplicación escrupulosa del ciclo de la vida y la santa ley de la selva política. Así que menos fascismo, caperucita.

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30 enero, 2014 · 13:15

La belleza de la derecha

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Hace poco los curiosos muchachos de Arsuaga extrajeron de la Sima de los Huesos un fémur de cuatrocientos mil años cuyo análisis de ADN arrojó una conclusión asombrosa: pertenecía a un homínido más siberiano que burgalés. Hasta ahora en Atapuerca se creía haber encontrado básicamente casquería neandertal, individuos peor o mejor representados de la especie heidelbergensis. Pero resulta, dicen los chicos de Arsuaga, que la familia humana se dividió en dos ramas hace un millón de años, y que la fetén alumbró neandertales y sapiens mientras que la lerda siguió dando indocumentados documentados en norte de Rusia y norte de Burgos. El descubrimiento complica las cosas, enreda el árbol familiar y establece científicamente la verdad del torero: no solo hay gente pa tó, sino que la hay al mismo tiempo en el mismo planeta.

Creíamos que la historia de la evolución humana venía regida por un patrón de progreso lineal que iba enderezando al mono hasta erguirlo completamente para alcanzar cierta manzana por consejo de una mujer tentada por un ofidio, y ello antes de doblar al hombre otra vez sobre un ordenador de oficina según enseña el famoso chiste. Pero Atapuerca nos muestra que en el mundo convivieron especies distintas con distinto grado de sofisticación genética. Es decir, que la humanidad es en primer lugar gradual, y en segundo lugar tan sincrónica como diacrónica. Hubo un tiempo en que se podía ser más o menos humano no por educación sino de mero nacimiento, y en que los linajes pugnaban darwinianamente entre sí para pasar de la prehistoria a la historia pero a la vez eran exponentes cabales de su linaje particular, gorilesco o lampiño.

En Atapuerca ya se daba por tanto uno de los principales rasgos de la democracia: las minorías. La democracia es simultaneidad de estadios evolutivos dispares. Umbral definía Madrid por su simultaneísmo, por su generosidad para albergar a la vez a tontos y a listos, a carrozas y a dandis emprendiendo en el mismo barrio su acción contradictoria. Bien, pues ese simultaneísmo va a resultar muy viejo, de hecho connatural a lo humano desde su albor, y abre debates insospechados. ¿Cómo es posible que ante la reciente muerte de Nelson Mandela unos humanos entonasen la alabanza al ángel ido y otros de su misma especie lo despachasen como criminal? Pues porque ya que no la genética, sí la formación, las lecturas, la dotación neuronal estratifican incesantemente a la humanidad en minorías de desigual sofisticación, como ha sucedió siempre según sabemos ahora por los sabuesos de Arsuaga. Y no nos preguntaremos si el aborto de un feto neandertal habría sido más legítimo, por más inhumano, que el de un feto sapiens, aunque podríamos especular bizantina y deliciosamente al respecto puesto que ambas especies coexistieron hasta que el sapiens, inexplicablemente, se impuso a su pariente bruto hace quinientos mil años. Antes incluso de la Transición y de sus ancianos periodistas.

Exactamente lo mismo ocurre en la historia de la literatura y del arte en general. En arte no existe el progreso lineal: los frescos bajomedievales de Giotto no quedan superados por el descubrimiento de la perspectiva renacentista. Poseen un valor en sí mismo, ejemplifican una cima del espíritu humano en su tiempo, sí, pero también emocionan a ojos venideros. Hoy, mal cobijados bajo ese gran paraguas permeable que es la posmodernidad, la coexistencia de especies literarias es una realidad delirante. Hay gente escribiendo novelas exactamente igual que como las escribía don Alejandro Dumas —¡y recibiendo premios por ello!— y hay, supongo, oscuros y eternos becarios experimentando en su buhardilla con las vanguardias y los estilos del mañana. Y hay una infinidad de matices intermedios.

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29 enero, 2014 · 14:34

Velocidad de crucero y un comandante en jefe

El Madrid dudó al principio si bajar del autobús, pero al final acabó haciéndolo para ponerse el primero en la parada del liderato a la espera de que lleguen o no los muchachos desfondados de Simeone y los huérfanos de Rosell. El equipo da la impresión de poseer una caja de cambios más larga que ninguno, de disponer de velocidades que todavía ni ha estrenado, y el aficionado, que de momento solo ha intuido las prestaciones del bólido por acelerones parciales, fía partidos como el de liga contra el Granada a la marcha de crucero asentada por Ancelotti. Y con eso basta y sobra, pero todos desean ya las carreras de primavera que demanden el rugido a fondo del motor. A ver cómo suena.

No salieron enchufados los blancos. En la radio decían que eso pasa por inaugurar un día antes residencias deportivas y por distraerse de mañana en homenajes a Cristiano. Como si homenajear a Cristiano no fuera fiesta de precepto en el madridismo. Lo cierto es que la defensa ordenadita que planteó Lucas Alcaraz y un cierto descaro en el toque cuando tenían la pelota agigantaron al Granada durante la primera mitad, aunque se sospechaba que aquella insolencia duraría lo que quisiera el gigante de verdad: precisamente Cristiano. Velocidad de crucero más comandante en jefe igual a victoria.

Volvía Di María al Bernabéu y salió de él aplaudido. Eso quiere decir que la afición ha reacomodado sus afectos tras atestiguar el propio reacomodo penitencial del argentino, que lleva cuajando partidazo tras partidazo desde que se tocó los huevos. Esta meritocracia olvidadiza es una de las cosas que más nos gustan del fútbol, donde uno siempre puede valer lo que valió su último partido, haya cometido el crimen que sea en el penúltimo. Di María centró bien y mal, corrió la banda, defendió la espalda de Marcelo y la de otros, se asoció con Cristiano, intentó marcar de rosca exterior –es un zurdo excluyente–, de empalme frontal, de zigzag canchero. El temible runrún de Concha Espina cedió jabonosa y justamente a la ovación. Otra muestra de finezza del salomónico italiano, que primero reanima a Di María con la titularidad fuera de casa para ponerle en el Bernabéu cuando su buena forma garantice la reconciliación con la grada.

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25 enero, 2014 · 21:03

El último héroe de Troya

¿Loco hasta qué punto?

¿Loco hasta qué punto?

Hubo un tiempo en que Alemania no miraba a Grecia como el cobrador al moroso y en que sus relaciones no se cifraban en la materialidad de una prima de riesgo, sino en la fuerza del espíritu que cantó la musa, la cólera terrible de Aquiles, de pies ligeros, cuyas hazañas fundan la historia de la literatura occidental. Como surgiría de Alemania el Sturm und Drang que detonaría la tempestad romántica por toda Europa (en colaboración con los lakistas ingleses), también de la tierra de Goethe brotó la mirada neoclásica que idealizó la cultura y el arte grecolatinos, reclamó la vigencia de los antiguos modelos y fundó la Filología, la Arqueología y la Historia del Arte como modernas disciplinas humanísticas de pleno derecho académico.

Fue Jacobo Joachim Winckelmann el historiador germánico que asignó a Grecia el alfa y el omega de toda educación ilustrada, la cual a partir de entonces se orientaría al ideal humanístico de la paideia, cuyo fin persigue la integración de belleza y virtud, de estética y ética. Aunque yo no perdono a Winckelmann sus intemperantes diatribas contra el Barroco italiano, cuyo sentido dramático no podía entender, tengo que agradecerle la honda siembra de humanismo con que fertilizó Europa, esa entusiasta propuesta de elevación espiritual –hoy, de nuevo, tan pertinente– que más tarde los historiadores catalogarían con ternura como “visión winckelmanniana”, idealizada, de la Antigüedad. Uno de los frutos de esa semilla de fascinación clasicista se llamó Heinrich Schliemann (Mecklemburgo, 1822-Nápoles, 1890), y se trata del genio alemán más loco y entrañable de entre toda la caudalosa historia de visionarios que ha parido la inefable Alemania.

Tenía Heinrich cinco años de edad cuando oyó de su padre, pastor protestante, las primeras historias homéricas. En ese momento las reputó verídicas, como haría cualquier niño de su edad; lo original en Schliemann es que no solo se negó a suspender su credulidad a medida que fue creciendo, sino que cuando murió había probado al mundo que la fantasía desatada de un niño podía equivaler a pura cartografía. A los ocho años anunció en casa que se proponía encontrar Troya, poco más que un nombre mítico para la comunidad científica de su tiempo, y a los diez años escribió un ensayo en latín que postulaba la existencia real de la ciudad de Héctor, de tremolante penacho. Luego le sobrevino la adolescencia y aparcó el proyecto para colocarse de vendedor en una droguería. El pragmatismo le fue ganando, hasta el punto de embarcarse rumbo a Venezuela para hacer fortuna, pero su barco naufragó en la costa holandesa. Tomó el suceso como una invitación a enrolarse en afanes más factibles y decidió hacerse viajante de comercio y después banquero, actividades que suelen rentar más que la filología, dónde va a parar.

Pero mientras sus pies se cosían a la tierra con el hilo de cobre de una incipiente fortuna, su mente seguía soñando con el mundo de Homero. Se hizo rico comerciando con armas durante la guerra de Crimea, pero él secretamente hacía planes para la guerra de Troya. Por sus constantes viajes de negocios se aplicó al estudio de lenguas con resultados bochornosos para la considerada hoy generación-mejor-preparada-de-la-historia: a los 22 años, Heinrich Schliemann dominaba el holandés, el francés, el inglés, el italiano, el español, el portugués, el polaco, el árabe y el ruso. Además de latín y de griego antiguo, por supuesto. El ruso en concreto le sirvió para intimar con una aristócrata de la corte zarista, Ekaterina Lishin, que admiraba más la cartera de su rumboso esposo que su creciente delirio helenístico. Pero dejemos que sea Indro Montanelli quien en su preceptiva Historia de los griegos cuente lo que pasó acontinuación:

“De improviso cerró banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Enrique se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto”.

Acompañado de su griega esposa Sophia Engastromenos, el loco Schliemann se dirigió a Hirsalik, en la esquina noroeste de Turquía, donde algunos historiadores habían situado más bien tímidamente la mítica Troya o Ilión que da nombra a la Ilíada. En 1870, tras un año de negociaciones con el gobierno turco para obtener el permiso de excavación, comenzó a escarbar en busca del casco de Patroclo, amado entre los compañeros, o la calavera de Menelao, famoso por su lanza, o ya puestos el talón de Aquiles, destructor de hombres. Pasaron doce meses y de allí solo salía mucha arena y mucho dinero derrochado en operarios y maquinaria. Pero Heinrich por fin estaba haciendo lo que quería en la vida, y los dioses recompensaron su fidelidad: un día el pico chocó contra algo metálico que resultó ser una caja de cobre que contenía un puñado de antiquísimos abalorios de oro y plata. Con ojos alucinados, Schliemann identificó enseguida el cofre con el tesoro de Príamo, rey de los troyanos. Se fue corriendo a su casa, se encerró en la alcoba con su mujer y la engalanó con las joyas que habían adornado los cuerpos míticos de Helena y Andrómaca, no cabía duda.

El arqueólogo telegrafió su victoria a todo el mundo pero la comunidad científica, que seguía con escepticismo los trabajos de aquel lunático alemán, repuso que las joyas provenían seguramente de un mercadillo de Atenas. Solo el gobierno turco le creyó y se puso a pleitear con Schliemann por la propiedad del tesoro hallado. Las excavaciones continuaron y los eruditos menos prejuiciosos acabaron desplazándose a Hirsalik para atestiguar la maravilla: no una, sino nueve ciudades sedimentadas una encima de otra fueron apareciendo bajo las febriles piquetas de Schliemann. El desafío ya no consistía en probar la existencia de Troya, sino en establecer a cuál de aquellas nueve Troyas cantó el ciego Homero. Hoy los especialistas se inclinan por señalar como homérica a Troya VII-A, cuyas ruinas informan de una ciudad amurallada de la Edad del Bronce, de entre cinco y diez mil habitantes, que guerreó contra las colonias aqueas del Peloponeso hacia el 1.250 a. C., cinco siglos antes de que un trovador itinerante nacido quizá en Quíos ordenase métricamente sus memorables ecos para embelesar al público de las aldeas.

Heinrich Schliemann sumó a aquel hallazgo otros muchos si no tan emblemáticos, siempre igual de improbables. Con entusiasmo indeclinable marchó a Micenas para buscar la tumba y el cadáver del mismo Agamenón, conductor de pueblos. Y escribe Montanelli: “Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados”. Más tarde excavó en Ítaca, buscando probablemente la bitácora de Ulises, fecundo en recursos, y volvería varias veces a Troya a profundizar en su obsesión de niño.

El gran visionario del XIX junto con Verne moriría poco después en Nápoles, aquejado de una infección de oído, probablemente de no utilizarlo frente a tanto agorero como se opuso a su determinación. En cumplimiento del testamento sus restos fueron llevados a Atenas, al mausoleo con forma de templo dórico que allí se había hecho construir. “Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás”, concluye Montanelli. Su historia no solo es la del genio que acaba demostrando el fundamento de sus intuiciones meramente fantásticas en un mundo de escépticos incurables. En efecto, muchos hombres han alcanzado el Olimpo, pero a ningún otro le hizo Zeus en vida el secreto favor de mostrarle sus cimientos.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de enero de 2014)

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Últimas lecciones del profesor Alonso

El estratega.

El estratega.

Teníamos pendiente hablar de Xabi Alonso cuando la gloria de Ronaldo se nos cruzó por medio. Si Cristiano es el comandante que carga en primera línea de batalla, Alonso es el estratega que guarda el orden de la formación, y también el profesor que alecciona a los cadetes en la escuela militar. A los cadetes y a los veteranos, pues todos le obedecen en el campo y a todos coloca con el brazo, que es una extensión del cuerpo técnico. Fue Ancelotti el que le bautizó con toda propiedad, el que reconoció su magisterio futbolístico cuando más falta hacía, cuando buscábamos el equilibrio como el arca perdida. Ancelotti, que sabe lo que es jugar en ese arduo puesto de mando e intemperie; Ancelotti, que como entrenador edificó sus éxitos sobre la inteligencia de Pirlo, el pariente italiano de nuestro elegante vasco.

Xabi Alonso, con su porte caballero y su conversación universitaria, es el futbolista menos futbolista del mundo. Hay que remontarse a Pardeza y Butragueño para encontrar una textura humana semejante, unas inquietudes distintas al imperio de la Play que gobierna los ocios del deportista contemporáneo. En la tertulia que en Real Madrid TV le dedicamos por la feliz noticia de su renovación, dije que posiblemente sea el único futbolista del planeta capaz de escribir sus memorias sin necesidad de un negro. Tampoco necesita a un negro para defender el medio centro del Madrid, porque su clase es tan incontestable como su coraje cuando el partido exige trinchera, choque y deslizamientos por el barro.

Alonso es guipuzcoano y de la Real, fe íntima que profesa sin dobleces, pero igualmente admite que el madridismo ha ido calando en él como cala cualquier causa a la que se entrega lo mejor de uno mismo. Lo que empezó siendo profesionalidad, que es el mínimo exigido por la afición, ha terminado cediendo a estandarte unánime, indiscutido, con lo imposible que resulta la plena conformidad del madridismo, no digamos ya de la prensa satélite. Pues bien: a Alonso hoy todos le respetan porque se lo ha ganado, y esta es una de las primeras lecciones que nos recuerda el profesor de Tolosa: todavía hay en el fútbol una cosa que no se compra, y es el respeto.

Podríamos glosar ahora otras lecciones suyas sobre el campo, como la generosidad con que ha asumido el retraso de su posición para facilitar la tarea de los centrales al tiempo que cede el lucimiento del juego creativo a Luka Modric, quien por otro lado no puede recorrer mejor su trecho hasta entregar el testigo a los delanteros en la carrera del gol. Alonso es admirable porque no ejecuta un solo movimiento para sí mismo; porque cada una de sus maniobras refuerza las costuras de una idea de equipo.

Pero yo quiero celebrar una virtud suya no futbolística sino personal: la decisión de atarse al Madrid desde la libertad absoluta de un contracto ya expirado. En un tiempo en que el último representante de una estrella menor exige renovaciones anuales cuando no mensuales, la decisión de Xabi de quedarse adquiere el brillo de lo deseado. Xabi ha elegido sin presiones y seguirá dando lecciones en el Madrid porque le da la Real gana. Y en esa forma limpia de decidir su futuro nos ofrece su penúltima lección el profesor Alonso.

(La Lupa, Real Madrid TV, 22 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 70:25.

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Pasión bíblica y aborto pasionario

De entre los muchos tipos de democracia que existen, la parlamentaria no es de las que menos me gustan. Ciertamente no es tan eficaz como la democracia gamonalera, pero a cambio es más aseada y se pasa menos frío ejerciéndola. Uno ocupa su sitio en la tribuna de prensa y contempla a los diputaos, que dice Rajoy, y puede entretener el fárrago de 16 folios que ocupó su balance del Consejo Europeo decidiendo qué señoría le representa mejor.

¿Quizá Rosa Díez, cruzada de piernas en su escaño, los tacones color cereza apuntando peligrosamente a la escalera? ¿Y aquellas diputadas populares del fondo que han pasado las navidades consumidas en la impaciencia de pasear el nuevo modelito por la sede de la soberanía nacional? Desde luego no nos representa el montaraz jersey de cuello vuelto de Errekondo, como tampoco la maraña húmeda que corona el cráneo de aquella otra diputada de Esquerra. ¿Qué puede haber de monárquico en un secador? Luego pasa lo que pasa, que el hemiciclo era hoy un mar de gripe A agitado por olas de pañuelos blancos, sonoros, sacudidos violentamente por las narices congestionadas de nuestros representantes. Y uno, que arrastra un catarro reglamentario, se siente al fin perfectamente representado por los mocos de sus señorías. “¡La democracia gripada!”, me señaló un ágil tuitero.

El parón navideño y la envidia del relumbrón de que ha gozado la democracia real en Burgos preparaban el desquite de los portavoces, quienes no ahorraron ni un minuto de intervención al sufrido reporterismo. Fue servido sin pausas un engrudo retórico que se extendió uniformemente desde la nueve hasta las tres. Ahí queríamos ver nosotros al llorado Leguineche. Se oyó a Rajoy insistir en que los eurolíderes reunidos en Bruselas le ven mejor color a la orina del enfermo. Se oyó a Sánchez Llibre mentar a Schumann y a continuación oponer al tabarrón catalán “la política con mayúsculas” –qué será eso de la política con mayúsculas: ¿una teocracia?– para acabar quejándose de los procedimientos de limpieza de los cuarteles. Sic.

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22 enero, 2014 · 19:50

La música callada del recorte

La plena integración de Croacia en la Unión Europea no se produjo hasta julio de 2013, en paralelo a la plena integración en el Real Madrid de Luka Modric, quien ya llevaba meses presentando firme candidatura a la titularidad. Hoy todo el vestuario blanco habla croata, al menos en el campo, y apetece llamarle Real Modrid. En justa correspondencia, Lukita se ha españolizado hasta el punto de conducirse como un torero de poder en los medios, desde donde cita, recibe, da pases, vigila los derrotes, burla la embestida, gesta la faena y dispensa en suma la música callada del recorte que ayer se hizo sinfonía en el gol de Benzema. Tres defensas al suelo con un gesto y el balón cosido como una muleta para cuadrar al portero indefenso ante el remate del francés. ¿Cómo es posible, siendo croata?

Otro partido genial del pequeño Luka, cuyo recorte de hoy entronca con la dinastía del taconazo de Guti (jugada que también coronó Benzema: un terminador en piel de gato) y del regate de Di María a Puyol, y torerías por el estilo. Para ponerse líder del campeonato el Madrid recuperó precisamente el querido estilo vertical, el gozo de la zancada, la lujuria de la transición sin componendas debidas al ídolo azteca de la posesión. Llegaba el Madrid con prisa arriba, con tanta prisa por marcar el primero que Cristiano no quiso correr más y tiró a la salida del primer quiebro. De su rica panoplia esta vez desechó el misil teledirigido y eligió el mortero, el zapatazo Premier, empeine total, el golazo de toda la santa vida por la escuadra. Un gol difícil de ver en el Madrid que vuelve a argumentar la superioridad de repertorio a favor del luso y en contra de Messi, quien siempre mete más o menos el mismo gol, por más que sea un golazo.

Saciada la primera sed con la que salta al campo, no le importó a Cristiano ceder una falta a Bale, que se lo agradeció marcando con sutileza caballeresca. Bale mete una de cada dos faltas que tira, registro solo al alcance de Lee Harvey Oswald. El Betis intentaba levantarse de la lona pero la defensa del Madrid –¡albricias!– ha vuelto a soldar, y a la espera de sopletes ofensivos más fundentes no tuvo problemas para mantener la puerta a cero ni cuando Marcelo se quedaba arriba alisando las sábanas. Correcto estuvo Carvajal, Pepe puso otra piedra en el fiel de la fiabilidad que contrapesa sus episodios oscuros y Ramos se fue aplaudido del Villamarín, no solo por los béticos. Nacho cumplía hoy 24 y Carletto, que es un padrazo, le regaló unos minutos; me gusta Nacho por sobrio y porque va al balón dividido con decisión y limpieza, por lo que le suelen pitar la falta a favor. En las coberturas se aplicaba Di María, que está cumpliendo su penitencia a base de gol y sacrificio, y ya parece claro que será un jugador importante lo que queda de temporada. Al menos fuera de casa: el Bernabéu decidirá cuándo corta la soga que une al pecador al fardo ominoso que arrastra catarata arriba como Rodrigo Mendoza en La Misión. Marcó un golazo de empalme desde Rosario que levantó en su escaño (albi)celeste al padre Bartolomé de las Casas, el primer intelectual que creyó en la dignidad de los indios.

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19 enero, 2014 · 13:39