Archivo diario: 30 enero, 2014

Las edades de Ramos

Ramos versus Lewandowski.

Ramos versus Lewandowski.

 Hace diez años que Sergio Ramos debutó en primera división. Le puso Caparrós en un Depor-Sevilla para cubrir a Albert Luque, que pronto notaría la cercanía caliente de un chaval de 17 que jugaba y pegaba como uno de 27. Son 27 los años que tiene ahora el central sevillano y 28 los que tendrá cuando dispute su tercer Mundial. Cartel de veterano y edad casi de canterano recién consagrado: yo no sé qué más le puede pedir a la vida un futbolista.

Ramos es un jugador temperamental, físicamente superdotado, taurino, flamenco, sanguíneo y transparente. De estas cualidades nace todo su fútbol, cuya mejor destilación se envasó en el partido heroico contra el Borussia del año pasado. Así le quiso Mourinho, que le cogió en banda y le reconvirtió a central laureado y con el que más discutió, probablemente porque poseen caracteres homologables. Pero al final Mou acabó diciendo de Sergio que era un tío fantástico y le siguió poniendo, porque es muy difícil prescindir de Ramos en alta competición. Uno va a la guerra con tácticos y estrategas, pero también necesita capitanes y soldados.

Ramos fue una apuesta personal de Florentino Pérez, que normalmente prefiere delanteros acreditados a promesas defensivas. Pero algo vio en Sergio que al final ha acabado viendo hasta la prensa y los seleccionadores nacionales. Ramos vive con intensidad cada una de sus temporadas, y en esta campaña está dibujando una línea ascendente que va de menos a más y que viene a enseñar una vieja lección: en el fútbol vales siempre lo que vale tu último partido, y que el más alto estatus puede disolverse sin el sacrificio cotidiano y la disciplina atenta.

El Madrid lleva ocho partidos seguidos sin encajar un gol con Sergio Ramos de titular indiscutible, concentrado como en su mejor edad. Yo, que soy un raro caso de madridista al que lo único que le importa es ver al Madrid ganar títulos, le deseo a Ramos que en su décimo año de alternativa levante la décima Copa de Europa, que es el único título que le falta para ser torero de época.

(La Lupa, Real Madrid TV, 30 de enero de 2014)

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La vigorexia otoñal del aznarismo

El aznarismo es un ismo correoso que se resiste a morir. No hay imagen más elocuente del aznarismo que aquellos abdominales extemporáneos de su fundador en la playa, musculado contra natura en un anacronismo pectoral que lo es también político. No era aquella una musculatura juvenil sino casi atemporal, como la de un elfo maduro. Aquel tegumento de piel se atirantaba no sobre el músculo sino sobre la determinación implacable de un espíritu. La vigorexia de Aznar –y esto creo que no se ha entendido bien, y por eso se le buscaban francesas a lo Hollande o becarias a lo Clinton– era de naturaleza espiritual, lo cual le ha obligado no a mantenerse en forma durante su mandato, que también, sino sobre todo a seguir entrenándose después como conciencia de la nación, ejercicio mucho más exigente que el mero gobierno.

El aznarismo que hoy se revuelve contra el PP de Rajoy invoca principios traicionados como los había invocado Fraga contra el pragmatismo de la UCD, pero al final Fraga se reveló como un político Dorian Gray que dejaba al franquista pudriéndose en el desván pero que en la escena achicaba espacio ideológico al BNG. Si Fraga crecía en progresismo a medida que no podía andar, Aznar se ha medievalizado a golpe de abdominales. Quiero decir que en política los principios no se invocan para reformar a la sociedad sino para desprestigiar a tus rivales, preferiblemente a tus compañeros de partido. Se invocan para pisar moqueta y una vez allí levantar una esquinita y meter debajo la voz de la conciencia. Luego se va o se le echa a uno de la moqueta y los principios reaparecen como por ensalmo, y uno acaba dando lecciones de vigorexia espiritual en platós y en presentaciones de libros.

Pero Aznar no siempre fue su propia caricatura derechista. Aznar llegó a ser liberal, llegó a ser centrista y a la vez periférico de catalán en la intimidad. Ni derogó la ley del aborto socialista ni recentralizó las competencias autonómicas: antes bien las llevó más lejos que nadie con tal de gobernar. Aznar sacrificó a Vidal-Quadras, aunque ahora los meten en el mismo saco antimarianista. Aznar desechó a Mayor porque no quería un PP democristiano y desechó a Rato porque no quería un PP pijo. Aznar purgó a toda figura heredada de Alianza Popular en mucho menos tiempo del que ha tardado Rajoy en hacer lo propio con el aznarismo, en aplicación escrupulosa del ciclo de la vida y la santa ley de la selva política. Así que menos fascismo, caperucita.

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30 enero, 2014 · 13:15