Velocidad de crucero y un comandante en jefe

El Madrid dudó al principio si bajar del autobús, pero al final acabó haciéndolo para ponerse el primero en la parada del liderato a la espera de que lleguen o no los muchachos desfondados de Simeone y los huérfanos de Rosell. El equipo da la impresión de poseer una caja de cambios más larga que ninguno, de disponer de velocidades que todavía ni ha estrenado, y el aficionado, que de momento solo ha intuido las prestaciones del bólido por acelerones parciales, fía partidos como el de liga contra el Granada a la marcha de crucero asentada por Ancelotti. Y con eso basta y sobra, pero todos desean ya las carreras de primavera que demanden el rugido a fondo del motor. A ver cómo suena.

No salieron enchufados los blancos. En la radio decían que eso pasa por inaugurar un día antes residencias deportivas y por distraerse de mañana en homenajes a Cristiano. Como si homenajear a Cristiano no fuera fiesta de precepto en el madridismo. Lo cierto es que la defensa ordenadita que planteó Lucas Alcaraz y un cierto descaro en el toque cuando tenían la pelota agigantaron al Granada durante la primera mitad, aunque se sospechaba que aquella insolencia duraría lo que quisiera el gigante de verdad: precisamente Cristiano. Velocidad de crucero más comandante en jefe igual a victoria.

Volvía Di María al Bernabéu y salió de él aplaudido. Eso quiere decir que la afición ha reacomodado sus afectos tras atestiguar el propio reacomodo penitencial del argentino, que lleva cuajando partidazo tras partidazo desde que se tocó los huevos. Esta meritocracia olvidadiza es una de las cosas que más nos gustan del fútbol, donde uno siempre puede valer lo que valió su último partido, haya cometido el crimen que sea en el penúltimo. Di María centró bien y mal, corrió la banda, defendió la espalda de Marcelo y la de otros, se asoció con Cristiano, intentó marcar de rosca exterior –es un zurdo excluyente–, de empalme frontal, de zigzag canchero. El temible runrún de Concha Espina cedió jabonosa y justamente a la ovación. Otra muestra de finezza del salomónico italiano, que primero reanima a Di María con la titularidad fuera de casa para ponerle en el Bernabéu cuando su buena forma garantice la reconciliación con la grada.

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25 enero, 2014 · 21:03

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