Archivo de la etiqueta: La España que ora y que bosteza

Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

5 comentarios

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

El bolo evangélico de La Roja

Quizá se estén apresurando los medios occidentales al censurar la visita de La Roja, que te quiero roja, a Guinea Ecuatorial, donde mora un señor feudal negro llamado Teodoro Obiang. Cierto que a Guinea de Obiang no es precisamente la América de Kennedy, pero quizá la situación manifiestamente mejorable de los derechos humanos guineanos justifique mejor que cualquier tierra de libertades el viaje evangélico de la ‘Roja’.

Sabemos que el fútbol hoy es en primer lugar un depósito de valores educativos para niños ávidos de ejemplo y solo en segundo lugar un deporte de masas. Ya que la ‘Roja’ debe hacer bolos por el mundo para pasear su estrella mundialista y engordar las arcas del tinglado de Villar, digo yo que mejor que gire precisamente por los lugares más necesitados de su mensaje de ecumenismo y solidaridad. Villar no ingresará gran cosa de estas miserables tierras de misión, pero a cambio ganará un incalculable tesoro en el cielo.

Leer más…

Deja un comentario

18 noviembre, 2013 · 16:33

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

Leer más…

Deja un comentario

30 octubre, 2013 · 19:32

Cristina Cifuentes es un ser humano

Cuando un político sufre un accidente grave o le acontece cualquier género de desgracia personal, sus adversarios más cucos se apresuran a puntualizar su compasión en la misma frase en que deslizan, incontenibles, su censura ideológica. Así, si a Esperanza Aguirre se le declara un cáncer, la cuquería de sobremesa que practican las personas de progreso impone una proposición cortés –“A la persona le deseo que se mejore”– antes de deponer la adversativa fatal: “Pero como política no me da ninguna pena”. Como a ella no le dieron ninguna pena las familias oprimidas de los sindicalistas de metro etcétera. Y esto sucede en los mejores casos, cuando el dinero de los padres del progresista alcanzó a pagarle una cierta educación. Que en trayectorias fallidas como las de Pepiño, Llamazares o Tomás Gómez, ni eso.

Todo el mundo entiende que al adversario ideológico damnificado se le desee pública y gentilmente una pronta recuperación apelando a su tautológica condición de “ser humano”. Será Esperanza Aguirre, pero también es un ser humano. O será Cristina Cifuentes, pero al fin y al cabo es una persona. Y enseguida unos murmullos de aprobación recorren de punta a cabo la mesa de contertulios. Esta actitud deferente que distingue con devoto esmero lo personal de lo institucional se antoja un rasgo de fair play, un gesto de magnanimidad que eleva la confrontación política por encima del barro espiritual en que chapotea el chequista o el inquisidor. No hablamos ahora de Twitter, donde ciertamente el anonimato espolea esa heroica bravura del brazo español, musculoso de tirar piedras y elástico de esconder manos. Nos referimos a una convención en el debate público tan vigente como la de no reportajear suicidios o no sacar a pasear a las amantes de los candidatos en campaña electoral.

Leer más…

Deja un comentario

26 agosto, 2013 · 11:36

Gibraltar para los ingleses

Mucho me temo que al final se enfríe el asunto y nos quedemos sin guerra contra Inglaterra. Hace ya demasiados años que los españoles no entramos en guerra contra Inglaterra, incluso contra nadie ajeno a nosotros mismos, y eso no puede ser sano. Inglaterra nos ganaría, por supuesto, porque a los ingleses –en boca de Churchill– sólo los vence el Real Madrid, tradicionalmente poblado de extranjeros talentosos, pero la decisión de convertir Gibraltar en el Vietnam de mi generación nos mantendría ocupados mientras termina la crisis y encontramos empleo. Una guerra thatcheriana pero a la inversa ahorraría a este Gobierno mucha vergüenza, como es la de cargar con un 60 por ciento de paro juvenil en menores de 25 años. Cuando se tiene esa edad lo más indicado es estar haciendo el amor o la guerra, y quizá ahora estemos a tiempo de desplazar a un contingente de feos a convertir La Línea de la Concepción en la Línea Maginot. Del paro a la leva, de la frustración al honor marcial: ¡menudo golpe de efecto, don Mariano!

En Europa la guerra ha estado muy mal vista en las últimas décadas, pero todas las modas son pasajeras y es de esperar que pasado el tiempo del aburrimiento y desaparecida la UEFA acabemos matándonos de nuevo entrañablemente. De momento, sin embargo, todo se ha reducido a un cruce de llamadas entre Cameron y Rajoy, y yo creo que hay pocas acciones más ignífugas, más antibelicistas, que llamar a Rajoy. Si Kim Jong-un llama a Rajoy, lo siguiente que hará al colgar el teléfono será cambiar misiles por bicicletas. Fue Rajoy el tipo que inventó el famoso refrán que reza: dos no se pelean si uno no quiere. Así que me malicio que Margallo está envidando sin cartas.

Leer más…

1 comentario

8 agosto, 2013 · 16:14

Eduardo Punset: el Sepu de la ciencia

Parece que el CSIC corre el riesgo de desaparecer si no le inyectamos entre todos otros 76 milloncetes de dinero público. De todos modos hay más españoles llorando por la extinción del Atleti de balonmano que por el peligro de quiebra que ronda al CSIC. ¿Qué pasaría si el CSIC desapareciera? Pues algo muy parecido a nada, porque los españoles lo de la I+D no lo han entendido nunca, y por eso pedía Unamuno que inventaran los demás, y por eso a los políticos, a fuer de españoles, el primer recorte que se les pone en la punta de la tijera es siempre el recorte en investigación, ciencia, laboratorio o biblioteca polvorienta cuyos legajos no interesan sino al doctorando. Aquí el doctorando integra una casta baja en españolidad, una excepción afrancesada de compañía tan sospechosa como los intocables hindúes.

Y además qué importa que se hunda el CSIC, teniendo a Punset. Eduardo Punset es el último renacentista –siempre que decimos “el último renacentista” confiamos en que sea el penúltimo, confiamos en la surgencia de otra criatura polifacética que ahora mismo es un niño con gafas desechando la tableta por ese Larousse que papá compró por un estricto prurito decorativo–, es decir, un hombre que ha sido de todo y, si no ha alcanzado la excelencia en nada, tampoco sería justo aplicar a su plural carrera el rasísimo rasero que marcó un día en que necesitaba pasta –no tanta como el CSIC– y accedió a vender rebanadas de pan Bimbo como si fueran puras hélices de ADN.

Leer más…

Deja un comentario

29 julio, 2013 · 11:48

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

Leer más…

Deja un comentario

8 julio, 2013 · 14:43

La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

Leer más…

1 comentario

24 junio, 2013 · 10:49