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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: “A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural”. Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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Anzoátegui, o la izquierda de la literatura de derecha

En esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son sólo los demás y no nos dejan nada. El fascismo, ya se sabe, son siempre los demás, y uno puede dejar de fascista a cualquiera con sólo correrse unos centímetros a la izquierda, aunque el pobre fascista en realidad no se haya movido del centro. Todo esto sucede en España desde que la izquierda patrimonializa la industria cultural, quede lo que quede de este oxímoron entrañable. Sin embargo hubo una época felizmente superada en que el fascismo no se limitaba a una acusación vertida para robarle a otro la silla en la tertulia de radio sino que informaba de una condición lealmente asumida, y presumida. En 1934 hubo en Argentina un hombre que antes de cumplir la treintena publicó una obra maestra de la diatriba literaria y que no tenía complejo en empezar un artículo confesando: “Seamos claros: soy nazi”. Se llamaba Ignacio Braulio Anzoátegui y su caso ilustra violentamente el viejo debate de la ortodoxia ideológica del escritor –¿necesidad, irrelevancia o directamente pose?– que enseguida se plantea en los suplementos culturales cuando llega el centenario de primera comunión de un Céline, un Sartre, un Pound, un Hamsun, un Nobel chino o un Foxá al que se niega plaza en el callejero municipal andaluz.

Después de leer sus inmortales Vidas de muertos, uno opina que Anzoátegui era mucho menos fascista de lo que él deseaba. El propio José Antonio, cuando cenaba con Lorca o abrazaba en el hemiciclo a Indalecio Prieto, avergonzaba un poco a sus seguidores menos ilustrados y más ortodoxos. Llevarse la mano a la pistola cuando se oye la palabra cultura es el haz de una frase bárbara cuyo envés arranca en el escándalo igualmente bobo de esta falsa premisa: “¡Cómo Alemania, la nación más culta de Europa, fue capaz de…”. Las naciones no son cultas, lo son sólo los individuos, y hay muy pocos que lo sean de verdad porque cuesta mucho llegar a serlo, ahora con el iPhone más. Una verdadera cultura comporta tolerancia del mismo modo que el analfabetismo prepara la exclusión, del mismo modo que la duda es otro de los nombres de la inteligencia del mismo modo que un millón de dólares invita a la cobardía. Hannibal Lecter es un paradigma imposible.

El principal problema que para su normal desarrollo encontraba el fascismo declarativo de Anzoátegui lo representaba la cultura indisimulable de Anzoátegui. Cuando el nombre de este atrabiliario ensayista argentino salía en las sobremesas top de Borges y Bioy, ambos escritores solían extrañarse de “que una prosa tan violenta tuviera detrás a un caballero tan cordial y educado”, según apunta Juan Bonilla en su magnífica reseña del libro que nos ocupa. Fuera de que en mi (aún corta) experiencia laboral ha constatado con significativa frecuencia esa paradoja –que el columnista más intransigente, incluso orgulloso de su delirio predemocrático, se conduzca cotidianamente como un perfecto caballero y viceversa, que el laico paladín del progreso teórico putee como un miserable a sus colaboradores más cercanos–, el caso de Anzoátegui escenifica un conflicto interior entre el mundo moderno y su credo tridentino de sorprendentes resultados. Porque la prosa de Anzoátegui, estamos seguros, no va a morir fácilmente, y este libro se leerá mientras existan lectores capaces de aislar el placer literario de la calaña mental de su productor.

Si la primera paradoja de Anzoátegui se tensa entre su ideología y su conducta, la segunda paradoja la entablan la forma y el fondo, o el estilo y el prejuicio. Anzoátegui acertó al pulir una fórmula decididamente antirromántica y antirretórica que conserva sus frases restallantes en el formol de la sobriedad conceptista. No sobra nada. Hiere hondo con cuatro palabras (“Dijo: “gobernar es poblar” y se quedó soltero”). Le basta un párrafo de plomo lacónicamente graneado para apear de su peana en el parque a la glorias literarias patrias, las mismas que aspiraban a la educación sentimental del pueblo (Jorge Isaacs con su hoy ilegible María) o bien le prescribían el corpus legislativo volteriano que lo sacaría de su atraso secular (Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi). Anzoátegui piensa como un medieval, pero escribe como un tuitero insuperable, afilado y original, imbatible en su humor irreverente y en su cultivada sagacidad, razones por las que le auguro prontas reediciones. Por supuesto no estarán exentas de polémica, porque hablamos de alguien que proclamó su admiración por Franco y Mussolini, de un tipo al que Sócrates ya le parecía un peligroso izquierdista, de un nacionalista beligerante que recetaba el retorno a la teocracia católica como único medio de devolver la salud a la raza. El responsable de su recuperación editorial en Argentina, Horacio González, ya supo defender con habilidad la naturaleza heterodoxa de su oficio: “La de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que ríe”. Esa crueldad divertida y quevedesca aleja a Anzoátegui de otro reaccionario eminente pero de temperamento más sapiencial como Nicolás Gómez Dávila –también lo separa del optimista Chesterton– y lo emparenta con el talante zumbón y malicioso de Alberto Guillén, el corrosivo autor de La linterna de Diógenes. En su enmienda total a la modernidad también le acompañaría el jesuita argentino Leonardo Castellani, tratadista de cabecera de Juan Manuel de Prada, y prosista de no poca agudeza.

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30 septiembre, 2013 · 12:12

Gómez Dávila. El hombre que nos vengó de la modernidad

En las semanas posteriores a mi adquisición de los Escolios a un texto implícito, editado por Atalanta con prólogo de Franco Volpi, confieso que buscaba inspiración para mis columnas leyendo un par de páginas de aquellos aforismos diamantinos, candentes como lascas de cobre. Lo dejé pronto porque me di cuenta de que la columna se me acababa siempre antes de tiempo y falta de espacio: para desarrollar un solo escolio necesitaba la extensión de un reportaje.

El mejor escritor de Colombia, dirán ustedes a tono con la opinión canónica, ha sido Gabriel García Márquez. Pero cuando a Gabo le preguntaron por don Colacho, aquel sabio casi mitológico que vivía encerrado en su casa estilo Tudor de Bogotá –carrera 11, esquina de la calle 77-, respondió: “Si no fuera de izquierdas, pensaría en todo y para todo como él”. Desde luego, yo consideraría a Nicolás Gómez Dáviladon Colacho para los amigos, entre ellos Álvaro Mutis, que le visitaba con la asidua devoción de Bioy a Borges– como el equivalente al doctor Johnson de las letras hispanoamericanas: si no su mayor escritor, sin duda su primera inteligencia. El desdén de la crítica y el desconocimiento del público lo explica él mejor que nadie en uno de sus fogonazos de magnesio en serie: “Tener razón es una razón más para no tener ningún éxito”.

¿Y cómo habría de tenerlo un autor eremítico que escolio a escolio edificó la más violenta, totalizante y sagaz de las refutaciones a la Modernidad, que afrentada castigó la quijotesca factura de aquel inclemente retrato con el más ortodoxo de los silencios? Ha sido Gómez Dávila una víctima colateral del boom hispanoamericano, de ideología casi uniformemente izquierdista –lo que engrasó el plácet de la intelligentsia europea y la consecuente promoción-, y eso que, como señala agudamente otro de sus escolios, debemos las estéticas modernistas a escritores reaccionarios como Balzac, Baudelaire y Eliot. O como el mismo Nietzsche, pues aunque su literatura sapiencial se inscribe en la tradición de los moralistas franceses (de Montaigne a Chamfort, pasando por Pascal) y a otros genios del ingenio breve como Gracián o Lichtenberg o Canetti, a lo que más se parece Gómez Dávila es a un Nietzsche católico, un hombre “sensual, escéptico y religioso”, por citar los tres adjetivos con los que él mismo se definió.

“Nació, escribió, murió”, dice Volpi en el prólogo. Y eso fue todo, ciertamente, pero le bastó para justificar sobradamente, ahora que se ha cumplido el centenario de su nacimiento, las tardías aunque bienvenidas conmemoraciones internacionales de su figura, de la monumentalidad cultural que levantó en épica soledad. Nacido en Bogotá en el seno de una familia acomodada que pudo costearle estudios en París y en Inglaterra, regresó a la capital de Colombia para casarse con Emilia Nieto, criar a sus tres hijos y enclaustrarse en la babélica biblioteca de 30.000 volúmenes donde agotó su existencia insular, leyendo y escribiendo de la mañana hasta la madrugada, decantando de sus lecturas en el idioma original –dominaba el griego y el latín entre otras lenguas, y al final de su vida aprendió el danés para poder leer a Kierkegaard sin mediaciones- las notas mentales que tras un arduo proceso de adensamiento conceptual y depuración estilística, quedaban esculpidas en forma de escolios.

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29 mayo, 2013 · 11:42