
No puedo creer lo que cuentas que pasó. Acá sería impensable. Por la mañana nos llevaron al cerro de Monserrate, contiguo al cerro de Guadalupe: la ciudad se derrama a sus pies hasta donde alcanza la vista. Los bogotanos los llaman cerros con un punto de ironía, porque forman más bien una cordillera frondosa a tres mil metros sobre el nivel del mar que ciñe la extensión caótica de Bogotá con una corona verde. No fue fácil llegar hasta arriba porque los indígenas se toman muy a pecho la fiesta obrera del primero de mayo. El presidente Petro los necesita en la calle bien movilizados; quiere decirse inmovilizando a todos los demás. Llegaron veinte mil del Cauca y acamparon en el campus de la Universidad Nacional antes de montarse en sus chivas engalanadas, guerrilleras y contaminantes. Cortaban carreteras ondeando la minga bicolor y blandiendo varas de mando, revolucionarios exitosos por un día.







Iba a preguntarle si socializó en esas fiestas con Antonio Caballero, cronista local de la ganivetiana e instructiva «Sin remedio», cuando un sexto sentido me llevó a consultar el internet. No es que haya perdido uno la pista al escritor (no tanto, vaya) pero es que su afición al toreo me deja frío: no por los toros en sí, sino por alguna recalcitrante, infantil manía al festejo y a las chirriantes chirimías que parecen necesarias para acompañar las faenas. Y mire, uno traga de todo, pero las pachangas y orquestinas es que no. Así que comprobamos, comprobamos y Caballero resultó haber dimitido hace ya sus años. Una pena, especialmente por su negativa a esas novelitas donde se procede a ordenar un moño con cuatro pelos, a diferencia de las primeras novelas cortas de G Márquez, que impresionaron a Juan Benet. Bien ¿Acabaron ya los sesenta por allá o continúan como los conejitos de Duracell?